Amantes famosas

Amantes famosas
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Concepto:Solo hay una ley inviolable y es la propia ley del amor.

Introducción

Nada puede enfrenar al amor. Ni las leyes de los hombres ni las leyes de Dios, porque solo hay una ley inviolable y es la propia ley del amor. El que ama se posterga a sí mismo sin degradación, porque la pureza de sus sentimientos lo redime de toda acción innoble. Y aunque existe la tendencia de minimizar el valor de los /y las amantes, entendidos estos en la acepción de quien contrae compromisos ilegales con personas ya casadas, la historia misma se ha encargado de desmentir tal vulgarización.

Desarrollo

Puesto que no todas las amantes han significado lo mismo, y la impronta dejada tiene diversos matices, resulta propicio acudir a una clasificación no muy científica ni pensada, pero que de alguna manera organiza este mini-ensayo. De esta suerte, transitan en este orden las amantes seleccionadas:

  • La amante literaria.
  • La amante íntima.
  • La amante oportuna.
  • La amante pública.
  • La amante epistolar.
  • La amante musa.

Solo son seis, para dejar abierto el inventario con un número perfecto, puesto que perfecto fue el amor de estas mujeres amantes, aún en sus imperfecciones.

La amante literaria

Paolo y Francesca de la Divina Comedia de Dante

Amparados en este precepto, y deseosos de degustar los placeres espirituales y carnales del amor, Paolo y Francesca, en la Divina Comedia, anunciando ya los albores del homocentrismo renacentista, se entregan a su pasión una tarde leyendo la historia de Lancelot du Lac o Lanzarote del Lago y su amada Ginebra, esposa del rey Arturo.
Giovanni Malatesta de Rímini, el esposo deforme y traicionado, descubre la traición y asesina a su esposa Francesca y a su hermano Paolo. Ya muertos y adúlteros, los amantes son condenados al infierno por su poeta creador: Dante.
Pero aún allí, recitan estos versos lapidarios, de un ímpetu dramático, sorprendente y conmovedor:
“Amor que a nadie amado
amar perdona,
me ató a sus brazos con placer tan fuerte
que ni aún muerta me abandona”.
Paolo y Francesca representan la fuerza de la pasión de los amantes, y sus versos, dichos ya después de la muerte, - gracias a la ficción de la literatura- reafirman la pujanza del sentimiento más allá de todos los convencionales sociales, así como la inexplicabilidad de la pasión que se asoma, y luego crece y se entroniza sin dar tiempo a razonar. Esta pareja es un himno latente que refleja la intensidad de estos amores en el mundo real, a los que no han podido escapar ni los más éticos pensadores.

La amante íntima

Napoleón y Josefina

De soldado anónimo llegó a emperador, ganó incontables batallas y fue un genio militar, un caudillo sin precedentes, pero tuvo sus debilidades, y una de ellas fue Josefina. Esta mujer, María Josefina Rosa Tascher de la Pagerie, se separa de su primer esposo en 1783, y en 1796, gracias a amigos comunes, conoce a Napoleón Bonaparte y contrae matrimonio con él, este convertido ya en general, aunque todavía pobre.
Pero esta pareja estuvo signada por las contradicciones y las infidelidades, pues la buena Josefina- epíteto puesto por los franceses- fue, indistintamente, la amante y luego esposa de Napoleón y al mismo tiempo, la amante de otros hombres. Josefina no amaba al general, pero la atraía la fuerte personalidad de aquel joven, seis años menor que ella, fascinado por su belleza. Desde Italia, en febrero de 1797, así escribe el esposo a Josefina:

«Vd, a quien la naturaleza ha dotado con espíritu, dulzura y belleza, la única que puede mover y gobernar mi corazón, Vd que conoce pero tan bien el imperio absoluto que ejercéis sobre él!”
Pocas cartas recibió Napoleón de Josefina, incluso son famosas sus quejas por la indiferencia de su esposa:
“Usted nunca me escribe; usted no ama a su propio marido; usted sabe qué placeres sus las letras le dan, pero ¡aún así usted no le ha escrito seis líneas, informales, a las corridas!
¿Qué usted hace todo el día, señora? ¿Cuál es el asunto tan importante que no le deja tiempo para escribir a su amante devoto? ¿Qué afecto sofoca y pone a un lado el amor, el amor tierno y constante amor que usted le prometió? ¿De qué clase maravillosa puede ser, que nuevo amante reina sobre sus días, y evita darle cualquier atención a su marido? ¡Josephine, tenga cuidado! Una placentera noche, las puertas se abrirán de par en par y allí estaré.
De hecho, estoy muy preocupado, mi amor, por no recibir ninguna noticia de usted; escríbame rápidamente sus páginas, páginas llenas de cosas agradables que llenarán mi corazón de las sensaciones más placenteras.
Espero dentro de poco tiempo estrujarla entre mis brazos y cubrirla con un millón de besos debajo del ecuador”.
En carta de 8 de junio de 1796, le reprocha igualmente su desapego: “Tú nunca me amaste”. “Tengo el corazón herido con miles de cuchillos”.
Sin embargo, Josefina conservó las cartas de su segundo esposo siempre, aún después del divorcio. Nunca estuvo realmente enamorada de Bonaparte, y siguió su vida frívola con amantes, incluyendo a un teniente Húsar de nombre Hippolyte Charles, en 1796. Los rumores de la infidelidad de su esposa llegaron a oídos del Emperador, la expulsó de su casa pero pudo más su amor, y luego la perdonó.
"No pido amor ni fidelidad eternos, únicamente... la verdad, una franqueza ilimitada. El día que me digas -te amo menos- será el último día de mi amor o el último de mi vida." – escribe Napoleón.
En verdad, Josefina fue una gran amante íntima, para Napoleón y para otros y por eso tiene su mérito, hizo enloquecer a más de un hombre con su belleza y sus ardides femeninos, pero su corazón permaneció intacto, no lo entregó suficientemente ni tan siquiera al Emperador. A varios hizo claudicar, suplicar y morir de gozo, pero a ninguno se le doblegó.

La amante oportuna

Tampoco dejó Napoleón de tener numerosas amantes. Pero tal vez la más “dichosa” y oportuna haya sido María Luisa, archiduquesa de Austria.
Puesto que Josefina no había podido darle un heredero al Emperador, y ante la necesidad de tal alumbramiento para su futuro político, Napoleón decide divorciarse de ella, sobre todo, porque su amante de la época, Maria Luisa, le ha confesado que estaba esperando un hijo suyo. Entonces, se casa con la condesa polaca en el año 1810.
Años después, cuando Napoleón sabe de la muerte de Josefina, la llora durante días encerrado en su cuarto y confiesa que sólo el deseo de un heredero para Francia pudo separarlo su amor. Pero lo cierto es que María Luisa oportunamente dio a Francia lo que requería Napoleón para perpetuar su poder, y pasó de amante en tinieblas a emperatriz absoluta. Tampoco Napoleón resultó amado por esta mujer, tuvo que partir, solo y desgarrado a la isla de Elba, consciente de las infidelidades de su joven esposa, a la que nuca más vio ni aún cuando regresó a Francia ni cuando fue desterrado a Santa Elena, pero, gracias a ella pudo saborear la gloria de tener su hijo Napoleón Francisco; esa es la valía de esta amante.

La amante pública

Tina Modotti

Esta mujer es todo un mito y un escándalo para su época porque posa desnuda y se debate entre múltiples relaciones amorosas, de calibres diferentes. Pero conocer a Mella en la redacción de El machete, marcó un hito sin precedentes en su corazón. Fue un impacto sobrehumano, aquella figura del griego tropical.
Cuando se conocen, Julio y Tina Modotti quedan prendados. El está casado con Olivin Zaldívar, pero su matrimonio está en ruinas. Ella es la esposa del pintor comunista Xavier Guerreo, quien pasaba un curso político en Moscú. Los dos recién conocidos están en México, lejos de sus parejas, y envueltos en la lucha revolucionaria. Los dos se reconocen y sienten que ha llegado la hora de romper con todo y estar juntos. Los dos se convierten en amantes. Por esa fecha, Julio escribe a Tina:

Mía Cara Tinissima:
Puede ser que para ti fuera una imprudencia el telegrama, pues estás acostumbrada a llenarte de asombro por todo lo que hay entre nosotros. Como si fuera el crimen más grande el que cometemos al amarnos. Sin embargo, nada más justo, natural y necesario para nuestras vidas. Tu figura no se me borrado en todo el trayecto. Todavía te veo de luto, traje y espíritu, dándome el último saludo y como queriendo venir hacia mí. Tus palabras también las tengo acariciándome el oído. Y cuando llegué al trópico, y comenzó el festín del calor, con la selva y el cielo azul, ya sabes que me parecía ver en cada espesura su complemento: aquella espalda con aquel pelo negro, suelto como una bandera, que era mi consuelo al no poder verte. Bien, Tina, perdona que no sea largo, estoy agotado. Creo que voy a perder la razón.
He pensado con demasiado dolor en estos días y hoy tengo todavía abiertas las heridas que me ha producido esta separación, la más dolorosa de mi vida. Si ya te has serenado, escribe. Pon un poco de paz en mi espíritu. Cada vez que pienso en mi situación, me parece que estoy en la entrada de un cementerio. Te quiero, serio, tempestuosamente. Como algo definitivo. Tú dices que me quieres igual a mí. Si solucionamos esto, tengo la convicción de que nuestra vida va a ser algo fecundo y grande. Pero me repites lo de antes, que no estás dispuesta a soluciones. Por mi Tina, he tomado con mis propias manos mi vida y la he arrojado a tu balcón, cómplice de nuestros amores. Algunas veces he creído que soy un niño y me tienes lástima. Si no, explícame qué amor es este que me lleva a la desesperación. Dime cuál es la esperanza.
Si no deseas estar en México, nos vamos juntos a Cuba o a la Argentina. Tina, no está en mí suplicarte, pero a nombre de lo que nos amamos, dame algo cierto, algo que no sea humo. Conmigo no hay que temer, allí va, no un beso, porque ya no tengo alma, pero sí un recuerdo muy cariñoso para mi madrecita. También esa lágrima que saltó sobre los tipos de la dactilográfica que tú has socializado con tu arte.Salud, camarada.
Tina escribe a su esposo Xavier la carta más punzante de su vida, dice. “He conocido a un hombre maravilloso…”, le confiesa al pintor y le declara el fin de la relación.
Solo cuatro meses duraría esta historia de amor, porque el asesinato de Mella destrozaría el 10 de enero de 1929 el hechizo. Murió en los brazos de Tina, su amante incondicional. Quiso el destino que su último aliento estuviera ligado al nombre de la mujer que todos relacionan con Mella. Y la historia misma se ha encargado de prestigiar públicamente a la Modotti como la mujer- amante- perfecta para el líder cubano, y mucho más: la única mujer en la vida de Julio Antonio.

La amante epistolar

Marlene Dietrich y Heminway

Los que conocen de la vida del gran cazador, del embriagado y existencialista Heminway, no podrán creer que, luego de sus muy disímiles desvaríos amorosos y múltiples matrimonios, mantuviera una amante solo por la calidez de sus palabras, soslayando todo contacto físico, y dejando únicamente al espíritu las delicias de un amor fecundo.
Marlene Dietrich, la famosísima actriz alemana, el ángel azul, la que se opuso al fascismo a riesgo de su vida, y el escritor norteamericano, el coloso de la Generación perdida, mantuvieron por diez años una relación amorosa solo por cartas. Entre los 50 y los 60 años de Heminway esta rubia fue su “pasión sin igual”. El fuego, la ternura, la quimera, sustituyeron todos los placeres de la carne.
El la llamó "pequeña Kraut (algo así como alemanota)" o "hija"; para ella, él era simplemente "papá". Se conocieron en 1934, a bordo de un trasatlántico francés y nunca más se separarían, para lo cual eligieron la vía más idealizada, el amor mental, casi místico.
Así le escribe Marlene a Ernesto: "Creo que es un momento excepcional para decirte que pienso en ti constantemente. Leo tus cartas una y otra vez, y les hablo de ti a unos cuantos amigos. He cambiado tu fotografía de sitio, la he puesto en mi habitación y la miro con creciente sensación de impotencia".
Así le escribe Ernesto a Marlene:
"Eres tan hermosa que van a tener que hacer tus fotografías para el pasaporte de tres metros de altura". "¿En qué te gustaría trabajar de verdad? ¿En romper el corazón de todos los hombres por 10 centavos? Sabes que siempre podrás romper el mío por cinco centavos, y aún así te devolveré la moneda". Otra vez escribió: "No puedo explicar por qué cada vez que te he rodeado en mis brazos me he sentido como en casa". Termina la carta en un desenfreno diciendo: "Te amo, te abrazo con fuerza y te beso con intensidad".
Estos amantes encontraron acomodo para su pasión en la palabra escrita, tan finamente cincelada, y tan a tiempo, que no pudo la geografía romper este vínculo amantísimo.

La amante musa

Matilde y Neruda

Tres matrimonios tuvo Neruda, el último con su adorada Matilde, tras diez años de relaciones ilegítimas. Pero esta amante fue también su musa inspiradora, la provocación infinita del poeta chileno. A Matilde Urrutia; la “Chascona de Chillán”, “el amor de otoño” de Neruda, su misteriosa “Rosario de la Cerda” en los “Versos del Capitán”, su “diadema”, la bienamada de los “Cien Sonetos de Amor”, Neruda le dice con modestia que su iluminación emana sólo de ella, y que sus versos no existirían si no fuera por su mágica presencia. Esta es la dedicatoria que le escribió en “Cien sonetos de amor”:

A Matilde Urrutia:
Señora mía muy amada, gran padecimiento tuve al escribirte estos mal llamados sonetos y harto me dolieron y costaron, pero la alegría de ofrecértelos es mayor que una pradera. Al proponérmelo bien sabía que al costado de cada uno, por afición electiva y elegancia, los poetas de todo tiempo dispusieron de rimas que sonaron como platería, cristal o cañonazo. Yo con mucha humildad hice estos sonetos de madera, les di el sonido de esta opaca y pura substancia y así deben llegar a tus oídos. Tú y yo caminando por bosques y arenales, por lagos perdidos, por cenicientas latitudes, recogimos fragmentos de palo puro, de maderos sometidos al vaivén del agua y la intemperie. De tales suavizadísimos vestigios construí con hacha, cuchillo, cortaplumas, estas madererías de amor y edifiqué pequeñas casas de catorce tablas para que en ellas vivan tus ojos que adoro y canto. Así establecidas mis razones de amor te entrego esta centuria: sonetos de madera que sólo se levantaron porque tú les diste vida.
Octubre de 1959
Lo presagiado por el Premio Nobel en unos de sus sonetos, se hizo verdad y fue ella, su Matilde, la que solo pudo casarse con él en 1966, la que estuvo allí, a su lado en la hora de su muerte, en Santiago de Chile en 1973.

Soneto LXXXIX

Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos
quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
pasar una vez más sobre mí su frescura;
sentir la suavidad que cambió mi destino.

Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero,
quiero que tus oídos sigan oyendo el viento,
que huelas el aroma del mar que amamos juntos
y que sigas pisando la arena que pisamos.

Quiero que lo que amo siga vivo
y a ti te amé y canté sobre todas las cosas,
por eso sigue tú, floreciendo, florida,
para que alcances todo lo que mi amor te ordena,
para que se pasee mi sombra por tu pelo,
para que así conozcan la razón de mi canto.

Conclusiones

¿Transgresoras? Puede ser, pero estas mujeres en su status de ilegitimidad, amaron o desamaron con tal magnitud que se convirtieron en realidad y leyenda. De lo contrario, cómo concebir a hombres tan recios como Napoleón, o Mella, o Heminway, suplicando amor y colocando los nombres femeninos de sus amantes en el punto cimero de su propia historia.
En sus vidas, nada resulta ajeno, por el contrario, descubrimos palabras y actitudes que se nos parecen, y por momentos hasta creemos que somos ellas mismas, porque definitivamente, el amor, en cualquiera de sus expresiones y formas, se universaliza y renueva constantemente, resucita. Pero hay más: comprender el dilema de estas mujeres, provoca la urgencia de dejar huellas imborrables: única manera de redimirnos de cualquier olvido voluntario. ¿Lo habrán pensado ellas también?
Y por encima de todo…ahí estamos él y yo…con nuestra propia historia. Todo gira a su alrededor, y gracias a él surgen mis mejores proyectos, pero, si se atreve a defraudarme… si se atreve… mi respuesta será estos versos que Neruda escribe a Matilde, cuando era su amante:

Si tú me olvidas

Quiero que sepas
una cosa.

Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,
si poco a poco
dejas de quererme,
dejaré de quererte
poco a poco.

Si de pronto me olvidas,
no me busques
que ya te habré olvidado.

Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora,
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.

Pero
si cada día,
cada hora,
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable,
si cada día sube
una flor a tu labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas, estarás en mi brazos
sin salir de los míos.

Bibliografía

Gómez de Avellaneda, Gertrudis: Cartas desde la pasión. Editorial Letras Cubanas, 2007
Alighieri, Dante: Divina Comedia. Editorial Letras Cubanas, 1987.
Sarabia, Nydia: La patriota del silencio. Carmen Miyares. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1990.
Santos Moray, Mercedes: La pasión de Tina Modotti. Consultado en: www.rincon del vago.com
Neruda, Pablo. Matilde y Neruda. Consultado en www.rincon del vago.com