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Ascensión

Ascensión
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Concepto:La ascensión de Jesucristo al cielo en presencia de sus discípulos tras anunciarles que les enviaría el Espíritu Santo.

Ascensión. Fiesta cristiana que se celebra cuarenta días después del domingo de resurrección (durante el Tiempo pascual). Conmemora la ascensión de Jesucristo al cielo en presencia de sus discípulos tras anunciarles que les enviaría el Espíritu Santo. La doctrina cristiana sostiene comúnmente que Cristo ascendió en forma física al Cielo tras su Resurrección en presencia de sus Apóstoles.

Orígenes

Ascensión como parte integrante de la celebración del Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Precisamente porque la íntima naturaleza de la Ascensión forma parte del Misterio Pascual del Señor, puede ser de provecho desglosar el conocimiento de la formación histórica de la fiesta.

El objeto de la fiesta es el descrito por el evangelista Lucas (24, 50-52, y Hch 1, 9-11). En los restantes escritos del Nuevo Testamento sólo encontramos referencias indirectas, si exceptuamos la breve cita de Marcos 16,19. La Ascensión del Señor es presentada en estos textos como el término de la vida terrena de Cristo y formando parte de su glorificación. Es el Señor glorioso que esperamos al final de los tiempos para el juicio definitivo y el reino sin fin. Los relatos bíblicos connotan algunos detalles de lugar, tales como cerca de Betania, o elementos simbólicos como pueden ser la nube, el gesto de bendecir y el mismo subir al cielo. Son detalles que no escaparán a la posterior iconografía de la Ascension, ni en la ampliación no bíblica de los relatos.

El contenido de la fiesta se presta a un gran desarrollo histórico. En efecto, es objeto de fe y, como tal, encuentra su formulación en el Credo: «Resucitó al tercer día, según las Escrituras y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Se expresa de múltiples maneras en el arte, y se formula en los textos litúrgicos de la fiesta. Esta y otras manifestaciones son las que constituyen la historia de la fiesta.

Lugar

Lugar y fecha son dos cuestiones relacionadas con la fiesta. La tradición señala un lugar. Desde el siglo cuarto, por lo menos, los peregrinos sitúan el hecho en un determinado lugar sagrado. La tradición conserva el recuerdo de la Ascensión vinculado a un lugar teofánico. La celebración de la fiesta, según el relato de la peregrina Egeria -prescindiendo por el momento del día- tiene lugar inmediatamente después de sexta. Todos los cristianos suben al monte Olivete, esto es, a la Eleona, de modo que ningún cristiano queda en la ciudad. Al llegar al monte Olivete, esto es, a la Eleona, primero se va al Imbomón, esto es, al lugar de donde el Señor subió a los cielos, y allí se asentan el obispo, los presbíteros y todo el pueblo.

No hay duda de que la fiesta ya en los remotos orígenes del siglo IV, y aún antes, connota un carácter local y topográfico. A este lugar del monte de los Olivos donde se conmemoraba la subida del Salvador a los cielos el día de la Ascensión, Egeria le llama repetidas veces, Imbomón. No es que realmente en su tiempo hubiera allí una iglesia, al menos ella no la recuerda nunca, sólo habla del lugar. Quizá habría algún monumento que recordaba el hecho evangélico.

La iglesia octogonal de la que después hablan los peregrinos y varios autores, fue construida por Poemia, noble dama emparentada con el emperador Teodosio. Egeria no conoció esta iglesia porque Poemia llegó a Jerusalén el año 394 y Egeria había emprendido el viaje de vuelta a la patria unos diez años antes.

La cuestión del día

Es conocido el texto de San Agustín, contenido en el sermón 118, donde afirma que las fiestas litúrgicas de la pasión del Señor, resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo, son celebradas por toda la tierra. Con ello pretende remontar el origen de las fiestas a la institución de los apóstoles. Sin embargo parece cierto que en el siglo II la fiesta no es conocida. En esta época sólo se habla de Pascua y Pentecostés. Ni Orígenes, ni Tertuliano o San Cipriano hablan de la fiesta. San Paulino, en el siglo cuarto, sólo nombra entre las grandes fiestas, Navidad, Epifanía, Pascua y Pentecostés. A mediados del siglo IV empiezan a salir testimonios de su existencia. San Juan Crisóstomo (+405), habla de ella como una fiesta universal. Otro tanto ocurre con Gregorio de Nisa. El escritor Sócrates, a principios del siglo V, narra que la fiesta es celebrada en un barrio de Constantinopla, con mucha concurrencia de pueblo.

Conviene recordar que el único tiempo del año litúrgico primitivo era la cincuentena pascual, Pentecostés. Una institución de los tiempos apostólicos. Este tiempo no se entendía originariamente como los cincuenta días de después de Pascua, sino el espacio indiviso de cincuenta días. Para nuestro propósito bastará citar aquí, únicamente, el testimonio más elocuente de los primeros siglos, Tertuliano:
«Nosotros, empero, tal como lo tenemos por tradición, sólo el domingo de Resurreción nos abstenemos no sólo de arrodillarnos ...Lo mismo también durante pentecostés, que se distingue por la misma solemnidad de alegría.»
Una cincuentena, pues, que toda ella formaba una única solemnidad, y que por consiguiente excluía la idea fragmentada de unas fiestas autónomas en su interior.

Fácilmente se comprende ahora la no existencia de una mentalidad que concibe la fiesta de la Ascensión como autónoma, como si se tratara de un satélite de la Pascua y de Pentecostés.

El estudio de los orígenes de la fiesta ha puesto a plena luz unos magníficos testimonios escritos, los cuales nos resultan de gran valor para entrar en el conocimiento del misterio de la Ascensión. Aun habida cuenta de los límites de nuestro escrito, no se puede pasar por alto ofrecer una pequeña síntesis.

Entre los autores que suelen citarse está el nombre del célebre historiador, el obispo Eusebio de Cesarea. En su escrito Sobre la solemnidad pascual, alrededor del año 332, dice:
«Después de Pascua celebramos Pentecostés en siete semanas llenas... Sin embargo, el número de Pentecostés no se para en estas semanas. Con él se designa el día solemnísimo de la Ascensión.»
Hay que admitir, pues, que la fiesta que pone el sello de clausura al tiempo pascual es la conmemoración de la subida de Jesús al cielo, sin excluir, por otra parte, la memoria de la efusión del Espíritu. En un escrito apócrifo, de origen sirio, de principios del siglo cuarto, que suele llamarse Doctrina Apostolorum, en el canon 9 se lee:
«Los apóstoles establecieron que al cumplirse los cincuenta días de la resurrección se hiciera conmemoración de la Ascensión hacia el Padre Glorioso.»
El propio Cabié encuentra indicios de esta práctica litúrgica en un antiguo leccionario siríaco oriental.

Tanto por la importancia del texto como por tratarse de testimonio de Jerusalén, nos conviene volver al Diario del Itinerario de la peregrina Egeria. Curiosamente la peregrina relata la circunstancia de celebrar el día cuadragésimo en la iglesia de la Natividad. El hecho de no hacer ninguna mención al rito de la Ascensión da a entender que ésta no se celebraba. Más adelante, en el texto que hemos citado al principio, se desprende que este rito se celebraba en Pentecostés. Tenía lugar después de la misa en el monte donde Jesús subió al cielo. Allí se lee el evangelio de la Ascensión y el mismo pasaje de los Hechos de los Apóstoles, en medio de muchos cantos y oraciones.

Objeto de la fiesta y fecha

La conclusión de la cincuentena pascual, en los primeros siglos, como memoria de la Ascensión del Señor, nos plantea la cuestión de saber si éste era el único objeto de la fiesta. En todo caso nos resulta extraño no encontrar la referencia al don del Espíritu de Pentecostés.

Un planteamiento como el que antecede es ajeno al de la época que estudiamos. Si partiéramos de la fecha de los cuarenta días (Hch 1,3), o de la de los cincuenta, como aniversarios de hechos salvíficos, nos apoyaríamos sobre un supuesto histórico falso. Para aquellos cristianos la cincuentena les hacía revivir el conjunto del misterio pascual, sin ninguna fragmentación. Algunos textos, no obstante, como el apócrifo citado, Doctrina Apostolorum, incluyen en un mismo último domingo el don del Espíritu a los apóstoles. Para las iglesias de Palestina, en el siglo IV, Cabié concluye que celebraban la Ascensión el día cincuenta, sin que pueda excluirse la conmemoración del Espíritu. Los testimonios documentales ni lo afirman ni lo contradicen.

En occidente, en algunos vestigios, como los de las homilías de Máximo de Turín, aparecen simultáneos los temas de la Ascensión y de la venida del Epíritu, dando a entender que son objeto de una misma celebración.

Lo que está fuera de toda duda es que en la región de Edesa y entre las Iglesias sirio orientales, la Ascensión, en el siglo IV, se celebraba al final de la cincuentena. Quizá, en este siglo, se podría hablar de dos tradiciones diferentes, pero en ningún modo opuestas. El punto culminante del misterio pascual para la mayoría sería la Ascensión, sin excluir que para otras el acento recaería en la glorificación del Señor. No es de extañar; lo podríamos contemplar como una doble lectura de los acontecimientos narrados por los Hechos de los Apóstoles, si tenemos en cuenta que las primeras comunidades tienen acentos diferentes en la teología subyacente en estos hechos; una, la del evangelio de Lucas, que presenta al resucitado, más circunscrito a determinados espacios de tiempo, o la de Juan, en la que el Señor trasciende el tiempo.

La Ascensión en el día cuarenta

De ciertas homilías de san Juan Crisóstomo y de Gregorio de Nisa, que tienen por objeto la Ascensión el día cu[[arenta, parece deducirse que a finales del siglo cuarto, en las Iglesias de Antioquía y de Nisa]] se abre camino una fiesta autónoma de la Ascensión. El concilio de Elvira, cerca de Granada, a principios del siglo cuarto, y el de Nicea, a. 325, contienen expresiones que dan a entender un movimiento para individualizar los cuarenta días.

El hecho de la autonomía de la fiesta de la Ascensión es un fenómeno que se va produciendo entre finales del siglo cuarto y el quinto. En esta época las Iglesias de Oriente, si exceptuamos Egipto, que permanece fiel a la tradición cincuentenaria, rápidamente se suman a la reciente práctica de la Iglesia antioquena. Es lógico suponer que san Juan Crisóstomo como patriarca de Constantinopla, el año 398, no renunciaría a los usos litúrgicos que había practicado en Antioquía.

En Roma, a mitad del siglo quinto, la Ascensión ya llevaba tiempo celebrándose el día cuadragésimo. Nos resulta fácil la lectura de las homilías del papa San León (441-461) pronunciadas en el día de la fiesta, en las que el uso del término cuarenta deja fuera de toda duda. San Agustín conoce también la tradición del día cuarenta, aunque parece que en la Iglesia del norte de Africa la nueva práctica no ha alcanzado la solidez de la de Roma.

Durante el siglo quinto la documentación no es unánime, para poder afirmar que las Iglesias de Oriente y Occidente celebran la Ascensión el día cuarenta. Con todo, los testimonios son suficientemente abundantes, para creer que la mayoría de Iglesias ya habían introducido esta práctica. En todo caso la cosa es cierta para las iglesias de Brescia y Aquileia, alrededor del año 400, aunque no estemos en condiciones de afirmar que ésta sea la práctica de toda Italia. De hecho de alguna homilía de Ambrosio de Milán parece desprenderse, todavía, el concepto del antiguo pentecostés.

La documentación sobre el tema proveniente de Italia, Galia o la Península Ibérica, es más tardía. No obstante la escasez de textos, los pocos que nos han llegado coinciden en dar a entender que, durante la quinta centuria, la solemnización de la Ascensión tiene lugar el jueves de la sexta semana. Es probable que entre los años 380-390 la costumbre empieza a introducirse en el Oriente cristiano. La conclusión general sería que durante el siglo V la nueva práctica ya es universal.

Significado de la fiesta en la iglesia

Según la narración de San Lucas, la Iglesia celebra la Ascensión del Señor a los cuarenta días de su resurrección. Esta fiesta está dentro del tiempo pascual que consta de cincuenta días y concluye con la Venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia. (Cf. Lc 24, 49-53; Hch 1, 3-11; 2, 1-41) La fiesta de la Ascensión no habla de un alejamiento de Cristo, sino de su glorificación en el Padre. Su cuerpo humano adquiere la gloria y las propiedades de Dios antes de encarnarse.

Es también una fiesta de esperanza, pues con Cristo una parte, la primicia de la humanidad, está con Dios. En la Ascensión se celebra la subida de Cristo al Padre.

Fuentes