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Expedición Naval de Carlos Roloff y Serafín Sánchez.

Expedición Naval de Carlos Roloff y Serafín Sánchez.
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Desembarcando Expedicion.jpg
Alijo de una expedición en la costa cubana.
Fecha:24 de julio de 1895
Lugar:Punta Caney, Tabayacoa, Las Villas. Bandera de Cuba Cuba
Descripción:
La más grande expedición que en toda la guerra llegó a costas cubanas, en cuanto a recursos y hombres.
Resultado:
Trajo 150 hombres, 300 fusiles, 300 000 cartuchos, 300 machetes y otros pertrechos militares.
País(es) involucrado(s)
Bandera de Cuba Cuba, Bandera de España España y Bandera de los Estados Unidos de América Estados Unidos
Líderes:
Los generales Carlos Roloff Mialovsky y Serafín Sánchez Valdivia.
Organizaciones involucradas:
Partido Revolucionario Cubano

Expedición Naval de Carlos Roloff y Serafín Sánchez expedición naval dirigida por el Partido Revolucionario Cubano y organizada y comandada por los generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez, que condujo a más de 150 expedicionarios a costas cubanas. Según el General en Jefe Máximo Gómez Báez, esta expedición fue uno de los dos hechos más importantes de la guerra de 1895 hasta el inicio de la Invasión a Occidente.

Antecedentes

La estrategia martiana para la guerra que se iniciaría en 1895 tuvo como concepto fundamental el desarrollo de una contienda rápida, que propiciara la ejecución del proyecto revolucionario a un costo económico y humano más bajo. En la misma, las expediciones militares a Cuba desempeñarían un papel principal, según las experiencias adquiridas durante la Guerra Grande.

El Plan de Fernandina

Este proyecto, ideado por José Martí para llevar a cabo la guerra necesaria "rápida, unánime y grandiosa", concebía que tres expediciones llevaran a Cuba combatientes, armas y líderes: El buque Amadís recogería a José y Antonio Maceo, Flor Crombet y a otros combatientes en Costa Rica para llevarlos a Oriente; el Baracoa, con escala en Santo Domingo, desembarcaría a Martí, Máximo Gómez, Mayía Rodríguez, Enrique Collazo y un grupo de patriotas al sur del Camagüey y un tercer barco, el Lagondas, arribaría por Las Villas con Serafín Sánchez Valdivia y Carlos Roloff Mialovsky al frente. Se esperaba hacer coincidir el arribo de todos estos generales, acompañados de suficientes pertrechos militares, con el levantamiento armado que se produciría simultáneamente en varias localidades orientales y villareñas, así como en la región de Jagüey Grande y el sur de Matanzas, lo que pondría en jaque a las autoridades coloniales y encendería la llama libertaria en todo el país.

Este detallado plan falló por una indiscreción (o traición) que permitió que las autoridades norteamericanas decomisaran los buques, perdiéndose de esa manera el factor sorpresa. No obstante, este duro golpe no pudo evitar el inicio de la guerra.

La Guerra Necesaria

A poco más de un mes del fracaso del plan de Martí se produjo el inicio de la contienda, el 24 de febrero de 1895, con levantamientos simultáneos en más de 35 localidades de toda la Isla. En la provincia de Las Villas el alzamiento de Sabana de los Charcones en Aguada de Pasajeros con Joaquín Pedroso, Alfredo Arango, Jorge y Charles Aguirre entre otros, se vio frustrado con la dispersión y liquidación del brote insurrecto tras la derrota sufrida en su primer combate con tropas españolas. El 21 de abril se había levantado en armas cerca de Morón el veterano combatiente del 68 Joaquín Castillo y desde fines de ese mes operaba en la parte norte de la provincia, en los alrededores de Yaguajay. El 25 de abril se alzó en armas el Dr. Juan Bruno Zayas en Vega Alta. Por su parte en la Finca La Cueva, cerca del apeadero de Tayabacóa, en la línea férrea de Sacti Spíritus a Tunas de Zaza; se alzaron el 16 de mayo Luís Lagomasino y un grupo reducido de patriotas los que permanecieron en la zona con muy pocas acciones armadas. Nuevamente en la zona de Camajuaní se sublevaron el 15 de junio dos grupos, uno con Gerardo Machado al frente y otro con Rafael Casallas, el que se alzó en Vueltas con cerca de 300 hombres armados y equipados. Cinco días después lo hizo Leoncio Vidal. No obstante estos levantamientos previos, para el mes de julio de 1895, la lucha armada en la región de Las Villas aún no estaba consolidada, sobre todo por la ausencia de sus líderes naturales (Serafín Sanchez y Carlos Roloff), por no contar con pertrechos militares suficientes y por estar sometidos a la activa persecución de las tropas españolas. Solo los contingentes de Juan Bruno Zayas, Gerardo Machado, Cástulo Martínez y Carlos Aguilar mantenían una actividad constante.

La expedición

Conociendo esta realidad, la directiva del Partido Revolucionario Cubano en el exilio y especialmente los generales Sánchez y Roloff no permanecían ociosos; buscando organizar una expedición de la manera más efectiva y rápida para llegar e incorporarse a la lucha, enfrentándose para ello a espías españoles y de la Agencia Pínkerton, así como a las autoridades estadounidenses que se empeñaban en impedir estos planes.

Preparativos

Desde los primeros días de mayo comenzó a concentrarse en el inhóspito islote de Pine Key el personal que debía venir a Cuba en la prevista expedición. Primero llegó un grupo bajo la dirección de José Marín y posteriormente, el día 23 de mayo llegó Enrique Loynaz con 33 expedicionarios más, en la balandra Rosalía, cuyo patrón y propietario lo era el cubano Severiano Gálvez y en la que habían salido el día anterior (el 22), de Key West. Loynaz tomo el mando del campamento y organizó sesiones de entrenamiento militar para preparar a los combatientes bisoños. El día 6 de junio salieron de Cayo Hueso los generales Roloff y Sánchez con el coronel Rosendo García, el doctor Fermín Valdés Domínguez, el capitán Higinio Esquerra y Raimundo Sánchez, Pedro Piñán de Villegas, Aurelio Aulet, Ramón Marín, Eduardo Hernández, Juan de Dios Barrios y Enrique Valdés, en el balandro Blanche, tripulado por su dueño, Antonio Gutierrez y por Ángelo Figueredo, (hijo de Perucho).

El mismo día salio también de Cayo Hueso, en la goleta W. D. Cash el entonces coronel José Rogelio del Castillo Zúñiga, valeroso y experimentado oficial del ejército colombiano, incorporado a las tropas mambisas en enero de 1870, como expedicionario del Hornet. Al coronel Castillo le acompañaron 45 expedicionarios más.
Mayor General Serafín Sánchez
Mayor General Carlos Roloff

Por haber encallado ambas embarcaciones el segundo grupo llegó antes, en la tarde del dia 7 mientras el grupo de Sánchez – Roloff llegó al cayo en la mañana del día 8 de junio. Este mismo día los generales Roloff y Sánchez, a poco de su llegada, se hicieron cargo de todo el contingente, recibiendo el mando de los allí reunidos del intrépido Enrique Loynaz del Castillo y de Rogelio Castillo el grupo que acababa de llegar dirigido por el. Pine Key no era el lugar más apropiado para agrupar a los futuros expedicionarios, por la escasez de agua potable, por la plaga de mosquitos y por los pocos alimentos disponibles, lo que llegó a crear situaciones difíciles con algunos de los presentes. Debido a que demoraba la llegada del vapor expedicionario (que inicialmente debió ser el George W. Childs), y que la precaria situación en el islote se agravaba, el día 11, el mayor general Roloff salio hacia tierra firme en la goleta Rosalía y luego continuó por tren hasta Nueva York para gestionar, directamente con el Delegado del Partido Revolucionario Cubano que se facilitara el tan esperado vapor expedicionario, cuya demora no tenía ya justificación porque el dinero necesario se había depositado hacía meses por los clubes patrióticos de Cayo Hueso. Mientras tanto el 5 de julio arribó a Pine Key, el entonces brigadier Mayía Rodríguez a bordo del vapor George W. Childs, que amenazaba naufragar, y que venía de un fallido intento de desembarco en Cuba, incorporándose con 39 expedicionarios (otras fuentes citan 42 o 43), las armas y el parque de esa expedición, a la que aquí se organizaba. Los días 12 y 13 de julio se incorporaron cuatro hombres más al contingente. Por otra parte durante el mes de junio habían desertado nueve expedicionarios, y en julio doce más desistieron de embarcar, influidos por la larga estancia en el cayo, sin techo, escasos de comida y agua, atacados por la voraz plaga de mosquitos y cansados de la angustiosa y aparentemente inútil demora. Algunos de ellos se marcharon para buscar por su cuenta otros medios para llegar a Cuba e incorporarse a la guerra.

La compra del vapor James Woodall

Mientras en el inhóspito cayo esperaban los futuros expedicionarios, el mayor general Roloff trataba de conseguir un medio de transporte. En Nueva York realizó múltiples e infructuosas negociaciones con el objetivo de fletar un buque para llegar a costas cubanas. La Junta Cubana había designado al capitán John M. Hudson para conducir la expedición y les había dispuesto el dinero necesario para la compra y avituallamiento del barco, por lo que, buscando otras posibilidades se desplazaron hasta el puerto de Baltimore, en Maryland y allí el 23 de junio de 1895 compraron el vapor James Woodall por $13 000. Este buque de 150 toneladas de desplazamiento, tenía 109 pies de eslora y 19 de manga y desarrollaba una velocidad de 8 nudos. No era el más apropiado para los fines que se perseguían y la cantidad de personas a transportar pero fue el que se pudo conseguir sin llamar demasiado la atención. Una vez que tomaron posesión del buque, se procedió a la compra de provisiones, en cantidad suficiente para alimentar a cien hombres por un mes, según declaró el capitán Hudson.

Con una tripulación de quince hombres, con Roloff a bordo como un integrante más de la marinería, el barco se hizo a la mar desde Baltimore el 9 de julio de 1895, registrado en las oficinas del puerto con destino a Yucatán en transporte de mercancías para despistar a los espías que perseguían cualquier intento de envío de expediciones armadas.
Realizando el trasbordo de pertrechos a un navío

El 17 de julio, arribó el vapor James Woodall a los cayos al sur de La Florida, poniéndose al pairo frente a Pine Key, procediéndose de inmediato, con la ayuda del balandro Rosalía y algunos botes a la pesada tarea de subir a bordo a las armas, municiones y otros pertrechos que se habían almacenado en el islote y a los expedicionarios, (la mayoría de ellos vestidos con uniformes de las fuerzas insurgentes cubanas). Por decisión unánime de los expedicionarios, antes de zarpar el buque fue rebautizado con el nombre de “José Martí”

La travesía hasta las costas cubanas

Grupo de expedicionarios a bordo de un vapor

Zarparon de las proximidades de Pine Key a las 6:30 a.m. del 18 de julio y pusieron rumbo Oeste, llegando el 20 por la tarde al Golfo de Honduras, echando anclas frente a un pequeño caserío en la Isla Mujeres, lugar situado frente a la Península de Yucatán, con el fin de proveerse de agua, que ya iba escaseando. Se echaron dos botes con el capitán y veinte hombres y se llenaron varios toneles, los suficientes para la navegación.

Terminado el reaprovisionamiento y cuando se disponían a levar anclas, los aduaneros del lugar ordenaron la detención del buque por no tener el correspondiente despacho; hasta tanto se aclarara su situación. A pesar de esas órdenes, al amanecer del día 21 y en absoluto silencio el vapor se hizo de nuevo a la mar en dirección a Cuba. El 24 de julio de 1895, a las nueve de la noche, anclaron frente a la costa sur de Las Villas, en Punta Caney, en la ensenada de Tayabacoa, donde alijaron la expedición en unas seis horas, sin contratiempos.

Participantes

El contingente desembarcado lo integraban aproximadamente 150 hombres (según otras versiones 145 o 153 integrantes) y su Estado Mayor lo formaban los Mayores Generales Carlos Roloff Maialovski y Serafín Sánchez Valdivia; el brigadier José María Rodríguez; los coroneles José Rogelio Castillo, Rosendo García, Fernando Cortiña, Francisco Pérez y Manuel Reyes; los tenientes coroneles Francisco Zamora y Buenaventura Beatón Arrieta; los capitanes Higinio Ezquerra Rodríguez, Raimundo Sánchez Valdivia y Julian V. Sierra; el abanderado Tomás Armstrong; también participaron Enrique Loynaz del Castillo, Fermín Valdés Domínguez, Henry Brook, Orencio Nodarse, y Aurelio Aulet. Entre los restantes miembros de aquella legión de héroes figuraban numerosos profesionales y jóvenes instruidos, oriundos en su mayoría de las provincias occidentales; muchos llegaron a ser brillantes oficiales que, en gran parte, perdieron la vida en los campos de batalla. Treinta y cuatro años más tarde, solo vivían 20 de los participantes en aquel patriótico empeño. Entre los integrantes de la expedición fue abundante la presencia internacionalista, no solo representada por Roloff, natural de Polonia y el colombiano Castillo, pues había también varios dominicanos y puertorriqueños.

Pertrechos militares y armamento acarreados

Aunque hay diferencias en las cantidades referidas según las diferentes fuentes consultadas, se sabe que esta expedición transportó un cargamento de al menos 300 fusiles, 340 000 tiros, 300 machetes, 600 libras de dinamita y un lote de fulminantes, ropa, zapatos, medicinas, monturas y otros pertrechos bélicos. Parte de este cargamento procedía de los pertrechos que se lograron salvar del desastre del Plan de La Fernandina e incluía el equipamiento de la expedición del George W. Childs encabezada por Mayía Rodríguez.

Desembarco de la expedición

Playa de Tayabacóa, al fondo la Punta del Caney, lugar donde se realizó el desembarco

El lugar donde se produjo el alijo de la expedición, la Punta Caney es una zona de poco calado, rodeada de manglares y esteros, con abundancia de sargazo, dominada desde tierra firme por las majestuosas Sierras de Banao y encerrada entre el Estero del Caney y el mar. Esta Punta Caney es una pequeña lengua de tierra que cierra, por el extremo oeste, la ensenada de Tayabacoa y está ubicada a unos cinco kilómetros de Tunas de Zaza en la costa sur de la provincia Las Villas.

El traslado de las municiones, armas y pertrechos a sitio seguro comenzó sobre las nueve de la noche del 24 y se realizó con cinco grandes botes en unas seis horas. Uno de estos botes quedó amarrado en tierra porque el capitan del vapor, alarmado por la cercanía de dos cañoneras, fondeadas en el puerto de Tunas de Zaza, levó anclas apenas salió el último bote cargado hacia tierra.
El General Roloff en el desembarco de una expedición

Al amanecer, ya con todos los hombres y pertrechos seguros en tierra firme, se organizó el reconocimiento de los alrededores. Cerca del lugar de desembarco había un bohío grande al parecer abandonado, donde encontraron agua fresca y miel, junto a una hermosa arboleda donde abundaban matas de mango, limones, cocos, marañones y un corpulento tamarindo y un sembradío. Fermín Valdés Domínguez escribió al respecto en carta a su novia: "Los amigos me trajeron guayabas y marañones", y más tarde “(...)vimos acercarse un bote, (con) dos hombres y una mujer. Uno era un viejo cubano que conocía a Serafín, y el otro un español, marido de una bayamesa, tan ordinaria y deslenguada como vieja y fea”. Los expedicionarios ya habían desvalijado los frutales y sacado varios cangres de yuca; la cubana, creyéndolos mercenarios de España, los increpó con fiereza. Pero cuando se enteró que Serafín y Roloff estaban con ellos, se puso a degollar pollos y preparó un arroz gigantesco. En la tarde del día 25 se envió al coronel Rosendo García en servicio de exploración y en busca de carretas para acarrear el parque, regresando en la noche con carretas conseguidas en el Ingenio Mapo. A las tres de la madrugada del 26 de julio de 1895, la tropa se puso en marcha hacia la finca Río Abajo. En este lugar se encontraron con Quirino Amézaga, un ex esclavo de origen angolano, que peleara bajo el mando de Ignacio Agramonte en 1868 y a quien Serafín había enseñado a leer y que se les incorporó con nueve hombres más. Al día siguiente, se les unió con 25 efectivos el capitán Federico Toledo, veterano de la guerra de 1868 y uno de los protagonistas del alzamiento espirituano de mayo de 1895.

Consecuencias e importancia de la expedición

Esta expedición causó un gran impacto en el curso de la guerra que había comenzado unos meses antes, en primer lugar, esta fue la más grande que en toda la guerra llegó a costas cubanas, en cuanto a recursos y hombres. En segundo lugar, el que su desembarco se realizara en Las Villas tuvo un efecto inmediato en la guerra, pues no solo sirvió para equipar las pequeñas fuerzas que se movían en la región, sino que al arribar en ella, los veteranos caudillos de las anteriores gestas libertarias en esa región, provocó que en muy corto tiempo millares de hombres se lanzaran a la manigua, con incorporaciones de nuevos combatientes casi a diario, consolidándose de esa manera la revolución en el territorio y también brindó la posibilidad de extender las operaciones hasta la vecina provincia de Matanzas, donde Panchito Pérez organizó la Brigada de Colón. En poco tiempo se contacta satisfactoriamente a todos los grupos de mambises alzados en la región. Para el 28 de julio el mayor general Serafín tiene conocimiento de que en la provincia de Las Villas existían más de cuatro mil hombres armados, moviéndose libremente por todo el territorio, solamente el coronel Lino Pérez andaba entre Trinidad y Santa Clara con más de mil hombres.


Primeras acciones armadas de los expedicionarios

Desde el primer momento los líderes de la expedición comprendieron la importancia de hacer notar la presencia del contingente desembarcado y de su potencial fortaleza, buscando propinar un fuerte golpe a las tropas españolas que anunciara a todos que Las Villas estaba definitivamente en pié de guerra y sobre todo se propusieron realizar acciones que llamaran la atención y cuya repercusión no pudiera ser escondida por la prensa de la época.

Dentro de ese plan de operaciones, Roloff con 200 jinetes salió a destruir varios puentes de la línea férrea a Tunas de Zaza y a cortar las redes telegráficas de la región, mientras Serafín con el resto de las fuerzas realizo algunos combates en la zona de Taguasco.


La toma del Fuerte Taguasco

El 7 de agosto, Serafín Sánchez, comenzó el asalto al Fuerte de Taguasco. En este lugar estaban dislocadas fuerzas enemigas y tenía además un potente heliógrafo. El ataque inicialmente lo emprendió José R. Legón al frente de 70 jinetes. En esa primera jornada quemaron varias casas del poblado y se apoderaron de la tienda de la localidad. Tras dos días de asedio, el jefe del fuerte decidió rendirse. El botín de los mambises fue de solo 20 rifles, otros tantos revólveres y machetes y dos mil 500 cartuchos. Se hicieron 21 prisioneros, a los que se les respetó la vida y liberó de inmediato.

Combate de Los Pasitos

Del 12 al 14 de agosto de 1895 se hostilizó una gruesa columna enemiga que se dirigía a Taguasco en auxilio de los vencidos en el fuerte, resultando esta muy mal parada en el combate, viéndose obligada a regresar para la ciudad en muy mal estado, cargada de muertos y heridos, mientras Serafín permanecía en los mismos campamentos que ocupaba. Resultó muy impactante la conmoción que esta victoria causó entre los cubanos villareños. A partir de los combates en Taguasco, aumentaron las incorporaciones y la tropa mambisa mantuvo una constante movilidad, en espera de Máximo Gómez, cuya llegada a Las Villas se produjo en noviembre de 1895.

Hechos posteriores relacionados con el buque James Woodall

Una vez realizado el alijo, el buque se retiró, pero el capitán Hudson, en lugar de dirigirse a Cedar Key, lugar donde se había previsto que recogiera la expedición del Comandante Enrique Collazo, fue al puerto de Progreso, en Yucatán, y posteriormente navegó para Nueva Orleans, adonde arribó el 4 de agosto de 1895. Este era el lugar adonde el capitán debía dirigirse para contactar a Mr. White, representante de la Junta y entregar el navío una vez realizados exitosamente los alijos de las primeras expediciones a Cuba, este señor se haría cargo de pagar y despedir a la tripulación, así como de entregarle a Hudson una gratificación monetaria por el exitoso cumplimiento de sus misiones. El capitán Hudson se negó a devolver el barco, amenazando con entregarlo a las autoridades norteamericanas, alegando que los representantes de la Junta, al momento de comprar el James Woodall habían pactado que el barco se quedaría en su poder, siempre y cuando lograra desembarcar exitosamente y que además le habían ofrecido como recompensa adicional por su leal servicio el ser nombrado Comodoro de la armada cubana, si Cuba alguna vez llegaba a tener una armada.

No habiendo cumplido con la totalidad de los viajes pactados la Junta rechazó el supuesto pacto y se rehusó a pagarle el salario acordado y la gratificación, a no ser que el renunciara a cualquier reclamación sobre el Woodall. Finalmente el capitán Hudson aceptó y el buque fue llevado a Nueva York y vendido en $15 000, pagándosele a Hudson todo lo adeudado.

Desde el año 1897 y hasta 1898 se desarrolló en Baltimore un juicio, por los hechos relacionados con la expedición del James Woodall a Cuba, en el que se instruyó de cargos por Filibusterismo y Violación de la Ley de Neutralidad de los Estados Unidos a Carlos Roloff (en ausencia) y a otros revolucionarios cubanos. En este juicio el Capitán John M. Hudson declaró como el testigo más importante de la fiscalía junto a dos espías de la Agencia de Detectives Pinkerton.

Véase también

Fuente