Juliano el apóstata

Juliano el Apóstata
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Emperador romano
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Reinado 3 de noviembre de 361 – 26 de junio de 363
Nombre real Flavio Claudio Juliano
Nacimiento 331 o 332
Constantinopla
Fallecimiento 26 de junio de 363
Maranga, Mesopotamia
Predecesor Constancio II
Sucesor Joviano
Dinastía Dinastía constantiniana

Juliano el Apóstata. Fue el emperador romano Flavio Claudio Juliano que siempre ha excitado el interés de los historiadores, a pesar de haber ocupado el trono imperial menos de dos años. Ello se debe, en gran parte, a que fue el último campeón de un paganismo agonizante. Debido a esto, fue difamado por la mayoría de las fuentes cristianas, empezando por San Juan Crisóstomo y San Gregorio a finales del siglo IV. Esta tradición fue recogida en el siglo V por los continuadores de Eusebio (Sozomeno, Sócrates Scholasticus y Teodoreto), y luego por los estudiosos de los siglos XIX y XX. Otras fuentes contemporáneas, sin embargo, brindan una visión mucho más equilibrada de Juliano y su reinado.

Biografía

Nacimiento

(Constantinopla, 331 o 332 – Maranga, 26 de junio de 363). Fue emperador de los romanos desde el 3 de noviembre de 361 hasta su muerte. Juliano fue hijo de Julio Constancio, hermanastro del emperador Constantino I, y su segunda esposa Basilina. Sus abuelos paternos fueron el emperador Constancio Cloro (que gobernó durante la tetrarquía) y su segunda esposa, Flavia Maximiana Teodora a su vez hijastra del emperador Maximiano. Su abuelo materno fue Cayonio Juliano Camenio Julio Constancio, perseguido por la animadversión de Helena, madre de Constantino, llevó una vida errante hasta la muerte de ésta. Después se estableció en Constantinopla y fue designado cónsul por su hermanastro. De su primer matrimonio tuvo tres hijos, entre ellos Galo y Constancia, que se casó con Constancio II. De su segundo matrimonio nació Juliano.

Juventud

Siendo niño, Juliano fue testigo del asesinato de su familia en un motín militar promovido por su primo y emperador Constancio II en 337. Esto, como él mismo afirmó, dio inicio a su desconfianza hacia el cristianismo. Su hermanastro Galo y él fueron llevados a la espléndida residencia imperial de Macelo, en un solitario paraje de Capadocia, donde ambos vivieron durante seis años, en una especie de exilio dorado, dedicados al estudio y la caza. Los dos recibieron una educación cristiana, llegando incluso a ser ordenados de menores.

Posteriormente se le permitió completar su educación intelectual en Constantinopla y Nicomedia, donde asistió a las prestigiosas escuelas de retórica de Nicocles y Hecebolio. Tras el nombramiento como césar de su hermano Galo, Juliano dispuso de mayor libertad de movimientos, frecuentando las escuelas filosóficas de Atenas y Asia Menor. La enseñanzas de Edesio, famoso seguidor de Yámblico, y sus discípulos (Eusebio, Crisantio y, sobre todo, Prisco y Máximo de Éfeso) introdujeron a Juliano en la corriente neoplatónica más afín a las prácticas teúrgicas y místicas, por entonces en pleno auge, que se había convertido en el gran bastión del paganismo de las élites cultas. De entonces data su apostasía del cristianismo. Sin embargo, Juliano ocultó su conversión pagana hasta bastantes años después, tras su abierta rebelión contra Constancio.

El asscenso al poder

Destinado a la frontera del Rin, luchó eficazmente contra los germanos y reforzó las fortificaciones de la Galia; el prestigio militar que adquirió en aquellas campañas hizo que las tropas, amotinadas contra la orden de trasladarse a Oriente, le proclamaran emperador en Lutecia (París) en el 360. Marchó contra Constancio II, pero no llegó a combatir con él, pues la muerte del emperador en el 361 le franqueó a Juliano la entrada en Constantinopla.

Durante su breve reinado, restableció el paganismo como religión oficial, protegió a los judíos y trató de desmontar la influencia adquirida por los cristianos, aunque sin lanzar persecuciones religiosas (les prohibió ocupar cargos públicos y dedicarse a la enseñanza). Emprendió un programa de reformas tendente a aligerar la burocracia y combatir la corrupción.

Su última acción fue una campaña victoriosa contra los persas, que le llevó hasta el corazón de Mesopotamia (363); sin embargo, cuando se retiraba por falta de víveres, fue herido de muerte en una escaramuza. Le sucedió al frente de las tropas (y también del Imperio, en cuanto Juliano murió) un militar panonio llamado Joviano, que restableció oficialmente el cristianismo, ya muy arraigado entre las masas populares.

En el año de 360 Juliano reforzó su prestigio en la Galia realizando una nueva campaña al otro lado del Rin contra los francos y alamanes, tal vez incitados a la guerra por Constancio. Al tiempo, fortificó y restauró el antiguo limes renano. Mientras tanto, Juliano había conseguido la adhesión de numerosos medios occidentales, entre ellos la aristocracia senatorial romana y de las provincias balcánicas. En todo caso la negativa de Constancio a admitir la automoción de Juliano como colega suyo decidió a éste a marchar a Oriente para zanjar por las armas el contencioso. Pero cuando Juliano se encontraba en Naiso (Nîs) recibió la noticia de la repentina muerte de su tío en Tarso, y difundió de inmediato la noticia, cierta o no, de que Constancio le había designado sucesor en su lecho de muerte, adoptando los títulos Victor ac triumphator perpetuus semper augustus. De esta manera legitimó su poder, y honrando la memoria del difunto ganó la pronta aceptación por el ejército y las provincias orientales.

El primer acto del nuevo emperador fue verdaderamente simbólico. Llegado a Constantinopla a finales del año 361 procedió al nombramiento de una comisión depuradora de los consejeros de Constancio, compuesta principalmente por militares. En los llamados juicios de Calcedonia, por el lugar de su celebración, dieron buena cuenta de la administración civil de Constancio. Con esta purga, Juliano se libraba de la tutela burocrática para caer en manos de la aristocracia militar, que se tomaba así la revancha tras ser postergada en el reinado de Constancio.

Juliano y la religión

Algunos estudiosos sostienen que nunca fue sinceramente cristiano, en gran parte por rechazo hacia Constancio –asesino de su padre y hermano- y su religión. Otros autores –como J. Bidez- le atribuyen unas fuertes convicciones cristianas durante sus primeros años, de modo que su ruptura con el cristianismo habría sido el resultado de una crisis religiosa. También se ha intentado explicar su apostasía por la mala formación teológica recibida, atribuyéndola al hecho de ser arrianos los preceptores a los que Constancio lo había encomendado. En el fondo de muchos estudios se percibe el interés por comprender esta extraña decisión de Juliano.

El cristianismo no era aún una religión totalmente implantada en Oriente y, menos aún, en Occidente. Desde la época en que se produjo claramente el acercamiento de Constantino a la Iglesia, hasta el momento en que Juliano se convirtió al paganismo, apenas habían pasado treinta años. Durante este período el paganismo pudo ser oficialmente relegado, pero era muy poco tiempo para desarraigar una religión de siglos.

Pese a su actitud política de defensa del tradicionalismo romano, Juliano es sobre todo un oriental, un helenista, tanto en el aspecto cultural como en el religioso. Sus reflexiones religiosas -de las que sus obras nos informan ampliamente- se inspiraron directamente en los Libros Herméticos, compendio del paganismo neoplatónico tardío, aunque los autores que han estudiado profundamente las obras religiosas de Juliano coinciden en que hay en ellas elementos filosóficos que son aportaciones del propio Juliano. De sus obras se desprende que las relaciones entre el Dios Supremo y el Sol son similares a las que contemplaban los cristianos de su tiempo entre Dios Padre y el Hijo. El Dios Supremo ha creado a Helios (el Sol) con su propia sustancia, por tanto Helios es semejante y consubstancial al Dios Creador. Helios es un demiurgo o mediador entre el Dios Creador y la creación. Así, es Helios quien ha orientado la colonización griega, a través de su oráculo en Delfos, y la fundación de Roma con su esplendor también son obra suya. Helios es generalmente identificado con Apolo y, a veces, con Mitra, Marte, Serapis y Júpiter, aunque tal vez se trate de diferentes manifestaciones del Sol.

Uno de los rasgos de la religiosidad de Juliano que más pábulo ha dado a los ataques verbales de los cristianos fue seguramente su afición a los cultos mágicos. Esta afición pudo deberse a la influencia que sobre Juliano tuvieron Prisco y, sobre todo, Máximo de Éfeso. Este extraño personaje que, probablemente con razón, ha sido presentado como uno de los mayores charlatanes de todos los tiempos, inició a Juliano, en torno al 352, en no se sabe qué misterios de Hécate (según Piganiol) o de Mitra (según Bidez) en el interior de una gruta atestada de fantasmas.

La actitud de Juliano respecto al cristianismo fue inicialmente de tolerancia. En realidad se limitó a proclamar la libertad de culto ofrecido a los dioses paganos, anulando las disposiciones de Constancio sobre la prohibición de sacrificar a los dioses y abriendo los antiguos templos clausurados. Más aún, sabemos por Amiano que Juliano reunió en su palacio de Constantinopla a los jefes de las dos iglesias cristianas enfrentadas (arriana y católica) y les exhortó a que solventaran sus querellas y se reconciliaran. Pese a las pretensiones de tolerancia de Juliano, pronto se comprobó que el deseo de venganza de los paganos por las humillaciones sufridas y la intransigencia de los cristianos no iban a hacer viable una convivencia sin problemas.

Así, se sucedió una serie de arreglos de cuentas y desórdenes graves: Jorge, el obispo arriano de Alejandría, fue muerto junto con otros dos funcionarios cristianos. Sabemos de un obispo de Aretusa que destruyó un templo pagano y fue condenado a reconstruirlo; como se negara a hacerlo fue entregado a la población, que le castigó con dureza. Como era previsible, la Iglesia perdió muchas de las ventajas que había logrado de Constantino y Constancio: se suprimió la jurisdicción episcopal en materia de delitos civiles, se restituyó a las curias de las ciudades a los curiales que habían escapado de ellas para hacerse clérigos y cesaron las generosidades económicas que se habían iniciado con Constantino.

En junio del 362 Juliano promulgó la famosa ley de enseñanza, en virtud de la cual los profesores de gramática, retórica y filosofía serían en adelante nombrados por el poder central, previa propuesta de los municipios que atestiguaran la moralidad del candidato. Esta ley siguió en vigor bajo los sucesores de Juliano, con la diferencia de que los candidatos en vez de ser preferiblemente paganos, serían cristianos.

La actitud de Juliano hacia los cristianos se tornó menos benevolente con el paso del tiempo. Un ejemplo característico de esto es el castigo que aplico a Cesárea de Capadocia, donde los templos paganos habían sido destruidos. Como represalia, Juliano la borró de la lista de ciudades y le devolvió su antiguo nombre de Mazaca. Además, enroló en el ejército a los clérigos de esta ciudad y le impuso una multa de 300 libras de oro. Sócrates Scholasticus dice que excluyó a los cristianos de la guardia pretoriana y del gobierno de las provincias ya que su propia ley, decía, les prohibía usar la espada. Gregorio Nacianceno afirma que Juliano persiguió a los cristianos -idea que se ha propalado entre algunos historiadores contemporáneos-. Pero, excepto el testimonio de Gregorio, que era un encarnizado enemigo de Juliano y nada imparcial, no poseemos ninguna otra fuente que lo confirme. Incluso otro escritor cristiano, nada sospechoso de simpatías por Juliano, Sócrates, lo niega: "Juliano rechazó la crueldad de la época de Diocleciano, sin dejar por ello de perseguirnos; pero yo llamo persecución al hecho de inquietar de alguna manera a las gentes de paz". Todo lleva a considerar que Juliano dictó una serie de medidas discriminatorias contra los que profesaban la religión de Cristo, pero sin llegar a una autentica persecución.

El ataque de Juliano contra los cristianos fue mucho más sutil. Por un lado, como ya vimos, trató de privarlos de muchos de los privilegios legales que les habían sido concedidos hasta entonces. Por otro, trató de organizar una nueva Iglesia pagana, mezcla de los ritos solares del Asia Occidental y de la antigua mitología griega, para rivalizar con la cristiana. Al efecto, redactó él mismo una plegaria al Sol e instituyó un clero con un sumo sacerdote en cada provincia.

Además, trató de desacreditar al conjunto de creencias cristianas intentando mostrar que estas eran nocivas para la sociedad y que los cristianos eran simples apóstatas del Judaísmo, una religión mucho más antigua, más establecida y más aceptada. Juliano expuso la mayoría de sus argumentos en su tratado Contra los Galileos; debe decirse, de pasada, que Juliano está en deuda con Porfirio por la composición de este trabajo. En él ataca la doctrina Judeo-cristiana que afirma que los humanos, como seres creados, no eran divinos. Semejante afirmación era un anatema para el pensamiento filosófico tradicional, que en general sostenía que los humanos simplemente eran una parte de la divinidad que había sido separada por alguna catástrofe. Juliano también afirma que el Judaísmo, aunque una religión impía, era más legítimo que el Cristianismo, porque por lo menos tenía miles de años (él cuestionaba cómo alguien podía practicar una religión que tenía sólo trescientos años de historia).

Juliano llevó a la práctica su ataque a la ideología cristiana intentando reconstruir el Templo judío de Jerusalén, que había sido destruido por el emperador Tito en el año 70 d.C. Los cristianos consideraban la destrucción del Templo como un evento importante que confirmaba la profecía que invalidaba la antigua Ley judía y confirmaba el Nuevo Testamento. En 363, Juliano designó a Alypius, antiguo vicario de Britania, para que dirigiera la reconstrucción del Templo, pero la obra se detuvo debido a que un terremoto (descripto por los contemporáneos como un fuego misterioso que surgió de la tierra) destruyó lo realizado y mató a muchos obreros. Juliano suspendió el proyecto cuando se lanzó a su campaña contra Persia, y nunca fue reanudado.

Campaña contra Persia

En mayo de 362 Juliano salió de Constantinopla para Asia e hizo enérgicos preparativos en Antioquía para una gran guerra con Persia. Estando en Antioquía en el invierno de 362-63, escribió sus libros contra los cristianos. En marzo de 363 pasó de Antioquía a Mesopotamia, logró cruzar el Tigris, y peleó una batalla exitosa con los persas. Quemó su flota de suministros, y marchó al interior de Persia, pero pronto se vio obligado a retirarse por falta de provisiones, y fue sitiado por la caballería persa.

Su muerte

La muerte de Juliano el Apóstata fue prematura, cuando tenía poco más de 30 años de edad, durante la campaña contra el Imperio parto, que concebía como una reedición de la guerra de Troya y de las expediciones de Alejandro Magno. Falleció en la antigua Mesopotamia, actualmente Irak, herido por una lanza que habría sido arrojada por un soldado persa de las tropas del rey Sapor II. Sus restos fueron sepultados en Tarso, en la actual Turquía.

El 26 de junio de 363 fue herido de flecha en el costado en una pequeña contienda de caballería, y murió durante la noche. Han llegado varios informes respecto a las circunstancias de su muerte. Tanto cristianos como paganos creyeron el rumor de que en su agonía gritó: “Nenikekas Galilaie” (¡Tú has vencido, oh, Galileo!). Con Juliano la dinastía de Constantino llegó a su fin. El fue más un littérateur filosófico de un carácter algo visionario más que un gran gobernante cuyas acciones fueron dictadas por una fuerte voluntad y principios. Los buenos comienzos de un gobierno justo que mostró en Galia no fueron mantenidos cuando fue gobernante único. Aunque su vida personal careció de ostentación, era apasionado, arbitrario, vanidoso y prejuiciado, sometido ciegamente a los magos y retóricos. Se han conservado algunos de los muchos escritos controversiales, discursos y cartas de Juliano, los cuales muestran su carácter subjetivo y discordante.

Fuentes