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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-02-14

Los cubanos no están dispuestos a negociar la soberanía nacional

SPUTNIK NEWS 3 de febrero del 2017 RUSIA

Entrevista realizada a Salim Lamrani por Jacques Saphir

El reciente fallecimiento de Fidel Castro ha colocado a Cuba en el centro de la actualidad. Pero, ¿cuál es la situación económica y política de la Isla?

Jacques Saphir: ¿Acaso podemos pensar que habrá menos represión política en los años venideros?

Salim Lamrani: Creo que conviene colocar la realidad cubana en la problemática latinoamericana, particularmente en cuanto a la cuestión de los derechos humanos. Es verdad que en Occidente se habla mucho de represión política. Pero es importante recordar el contenido del informe de Amnistía Internacional. Según Amnistía Internacional, no hay ningún país en América, desde Canadá hasta Argentina, que presente una mejor situación de los derechos humanos que Cuba. No lo digo yo. No se trata de una afirmación del Gobierno cubano. Es el resultado de un análisis comparativo de los informes de Amnistía Internacional. Creo que hace falta recordar esta realidad cuando se trata de disertar sobre el tema de los derechos humanos.

Además, cuando se habla de represión política o del tema de la disidencia en Cuba, es necesario recordar que uno de los pilares de la política exterior de Estados Unidos desde 1960 ha sido financiar y organizar una oposición interna en Cuba con el objetivo de derrocar el orden establecido. Si esta política fue clandestina hasta 1991, es una política reconocida por Washington desde 1992 y la adopción de la ley Torricelli. Conviene recordar que todo disidente que reciba emolumentos de una potencia extranjera –y fue el caso de los opositores políticos encarcelados en el pasado en Cuba– viola la ley penal en Cuba, pero pasaría lo mismo en Francia o en cualquier otro país occidental que tipifica como delito el hecho de recibir financiamiento de una potencia extranjera con el objetivo de cuestionar el orden establecido.

Cuando recordamos esto la perspectiva es diferente y cambia la imagen de Cuba.

Jacques Saphir: Uno se pregunta si Cuba no va a enfrentar un reto nuevo. Miremos la situación. Hay una nueva generación en Cuba que no conoció la Cuba de antes de Castro y la situación de la isla antes de 1959. Hoy tiene expectativas tanto más importantes en cuanto que se trata de una población joven particularmente bien educada. De cierto modo, ¿acaso el Gobierno cubano no estaría confrontado al reto de satisfacer las expectativas de esta nueva generación?

Salim Lamrani: Tiene usted razón al subrayar que Cuba se enfrenta a un nuevo reto. Yo diría que se trata de un triple reto. Primero Cuba se enfrenta a una renovación generacional. En efecto, por las leyes de la naturaleza, la generación que hizo la Revolución cederá el poder en los próximos años. Le queda un año de presidencia a Raúl Castro. Luego está el reto de la actualización del modelo económico. Y finalmente el tercer reto es la nueva relación con Estados Unidos.

No obstante conviene recordar que desde el triunfo de la Revolución cubana en 1959 el país ha estado confrontado a retos titánicos. El primero ha sido desde luego la hostilidad de Estados Unidos, que dura hasta hoy a pesar de la política de acercamiento que emprendió el Presidente Obama en diciembre de 2014. Los cubanos, en el curso de su Historia, siempre han respondido con mucha inteligencia a las nuevas realidades.

Apuntemos que las principales aspiraciones de la juventud cubana de hoy no son de orden político sino material. Los cubanos, incluso las categorías más insatisfechas –que desde luego existen, como en toda sociedad– no están dispuestos a negociar la soberanía nacional, la independencia que es la principal conquista de la Revolución cubana. Esta juventud no aspira tampoco a un cambio de sistema político.

Cuando uno conversa con las nuevas generaciones, uno se da cuenta de que no hay reivindicaciones de orden político. La juventud cubana aspira a un mejor nivel material. Es una aspiración legítima del pueblo cubano que ha sufrido mucho, sobre todo desde el Periodo Especial, tras el desmoronamiento de la Unión Soviética y el recrudecimiento de las sanciones económicas por parte de Estados Unidos que, en 1992, en vez de normalizar las relaciones con Cuba –ya que había desaparecido el enemigo histórico, la URSS– recrudeció la hostilidad y la agresión contra Cuba. Conviene recordar que las sanciones económicas constituyen el principal obstáculo al desarrollo del país.

Los cubanos han alcanzado un nivel de desarrollo humano similar al de los países más ricos y han resuelto las necesidades básicas. La gran diferencia entre la realidad cubana y la realidad latinoamericana y del Tercer Mundo es que en Cuba se han satisfecho las necesidades básicas. Todos los cubanos comen tres veces al día, tienen acceso a una vivienda, a la educación, a la salud, a la cultura, al deporte –que es fundamental para el desarrollo físico e intelectual del ciudadano- Estas conquistas de Cuba todavía son aspiraciones en los países de América Latina y del Tercer Mundo.

Dicho eso, los cubanos aspiran a un mejor nivel de vida material. Para eso hace falta que la economía cubana aumente su producción y por lo tanto resulta indispensable que se levante el principal obstáculo al desarrollo del país y que Estados Unidos ponga término a las sanciones económicas. Hay un nuevo presidente en Estados Unidos cuyo discurso hacia Cuba ha sido algo contradictorio. En un primer tiempo reconoció la lucidez del Presidente Obama, que admitió que la política de hostilidad era un fracaso y decidió dialogar con La Habana. Después el discurso de Trump evolucionó.

Conviene recordar que desde 1959 las autoridades cubanas siempre han declarado su disposición a dialogar con Estados Unidos siempre que se respeten tres principios: la no injerencia en los asuntos internos, la igualdad soberana y la reciprocidad. Los cubanos siempre han expresado la voluntad de resolver de modo pacífico y cordial los diferendos que oponen Washington a La Habana.

Yo creo entonces que el nuevo reto al cual se confronta Cuba es el tema económico. Hay que mejorar la producción. Insisto, no creo que haya reivindicaciones de cambio de sistema económico. Los cubanos son lúcidos y cultos. Conocen las realidades del mundo. Cuando se les propone un cambio de modelo su primera pregunta es la siguiente: “¿Qué modelo nos proponen?”. ¿Acaso se trata del modelo vigente en los países occidentales donde vemos, por ejemplo, que en un país tan rico como Francia, quinta potencia del mundo, hay nueve millones de pobres? ¿Acaso se les propone la realidad mexicana o latinoamericana a los cubanos? Los cubanos no desean un cambio de modelo. Sólo aspiran a mejorar el suyo.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris


American Carnaje… O la reorganización del Imperio

LO POLÍTICO Y LA POLÍTICA 29 de enero del 2017 MÉXICO

(Primera Parte)

Ricardo Orozco*

El viernes veinte de enero, Donald Trump juró el cargo de presidente de los Estados Unidos de América, convirtiéndose, de manera simultánea, en la principal línea de mando del enorme complejo financiero-militar a través del cual el excepcionalismo estadounidense (blanco, anglosajón y protestante), ha ejercido su imperialismo sobre el resto de las Naciones que habitan el mundo —y que ocho años de mandato demócrata al frente de la Casa Blanca sólo incrementaron: a través de la reproducción de conflictos sociales en el Magreb y Oriente Medio, del financiamiento y respaldo político de golpes de estado parlamentarios en América Latina, de la militarización de Europa del Este y el Sudeste asiático y, de la acumulación y concentración de capital a costa del barrido de los aparatos productivos de otras economías nacionales.

Sin embargo, para la prensa que acostumbra a defender el status quo únicamente hasta que nuevas condiciones políticas presentan mayores rendimientos materiales, lo trascendental de la toma de protesta de Trump no es —como no lo ha sido desde que el empresario declarara sus aspiraciones presidenciales— el potencial con el que el supremacismo de éste es capaz de profundizar el avasallamiento de la modernidad capitalista sobre todos aquellos cuerpos sociales que se resisten a su avance.

Por lo contrario, para el discurso político mainstream lo que se encuentra en juego es justo la posibilidad de que la presidencia de Trump haga visible la cara oculta del progreso de la modernidad; es decir, la cara del colonialismo.

Así pues, si bien el debate público en torno a la presidencia de Trump gira, ininterrumpidamente, entorno a un conjunto definido de preocupaciones que van desde la cuestión racial hasta la distensión del enfrentamiento con Rusia (pasando por la continuación de la guerra en contra del terrorismo, la profundización de las inequidades de género y del coartado ejercicio de las libertades que los estadounidenses consideran fundacionales de la identidad política liberal), lo cierto que es que todas ellas se ven dominadas por las posiciones que el hoy presidente de la Unión manifiesta en torno al orden comercial vigente.

No es, por ello, azaroso que desde la derecha y hasta la izquierda, todo el espectro ideológico vuelva una y otra vez sobre el desprecio que Trump ha manifestado hacia el funcionamiento del mercado mundial; a grado tal que no faltan quienes ya comienzan a revivir el fantasma del comunismo, pero esta vez no recorriendo Europa o existiendo realmente en los herederos de la Unión Soviética, sino saturando las instituciones del Estado capitalista por antonomasia.

Cada vez que Trump discurre en contra de los tratados de libre comercio, cuando señala al gran capital por haber abandonado a las clases trabajadoras y siempre que consigue que la industria se desplace de la periferia a suelo estadounidense las clases ilustradas del mundo no hacen más que vociferar que éstas son acciones que presagian el retorno a modelos económicos proteccionistas; comprobados en su inoperatividad.

En este sentido, el dogma a la acumulación de capital, a la valorización del propio valor se hace presente cada vez que los analistas de la alta diplomacia y las refinadas cuestiones de la política de los grandes poderes (Great Power Politics), se manifiesta acusando que la intervención del aparato de Estado en el funcionamiento del libre mercado es el primer paso para llevar a la humanidad, en palabras de Friedrich Hayek, por un camino de servidumbre; en donde el individuo ve perdida su más esencial condición existencial: la posibilidad de ejercer su libertad sin la intermediación de fuerza social alguna que no sea la de la oferta y la demanda.

El liberalismo económico, en particular, y el capitalismo, en general; de acuerdo con las interpretaciones dominantes en el imaginario colectivo global, se encuentra en peligro, en una fase en la que probablemente la humanidad esté asistiendo, por causa del proteccionismo comercial y lo impredecible del cuadragésimo quinto presidente estadounidense, al intento más próximo del que se tenga registro histórico de dar muerte al libre mercado. Pero al argumentar y aceptar estas interpretaciones, el mundo olvida que el capitalismo nació con la colonización europea en la periferia y que la riqueza de las Naciones centrales se debe a la explotación de esta periferia.

Y olvida, también, que en América Latina el neoliberalismo se instauró, como régimen de verdad e inevitable punto de tránsito hacia el progreso, acompañado por dictaduras militares que construyeron aparatos estatales omnipresentes; que en África la esclavitud y la guerra son las condiciones sine qua non para el desarrollo y mantenimiento de los regímenes extractivistas; y que en Asia el vuelo de los gansos sólo fue posible gracias a administraciones públicas autoritarias que industrializaron a la región sobre las ruinas de sus sistemas culturales tradicionales.

El mundo parece encontrarse en vilo sólo porque un par de armadoras automotrices trasladaron sus inversiones de la periferia a los Estados Unidos, o porque los tratados de libre comercio ya no son enunciados como la panacea de la escasez de recursos y de incremento cuantitativo de la riqueza social. Sin embargo, a pesar de la realidad de estos casos —que se presentan contrarios al credo de maximización de ganancias por abaratamiento de costos—, el discurso de Donald Trump no es el de una posición contraria al capitalismo, no lo es, ni siquiera, en contra del libre mercado.

Y es que Trump no está repatriando capitales, tampoco está exigiendo al capital financiero que abandone sus inversiones en las bolsas de valores de todo el mundo, no le pide a los bancos que restrinjan sus líneas de crédito al plano nacional, no arremete en contra de mineras, gaseras, eléctricas o empresas petroleras para que detengan la extracción de recursos naturales en las periferias globales. Trump tampoco ha detenido los flujos de mercancías, servicios y capitales desde o hacia su país. Las palabras y los hechos de la gestión pública de Trump, hasta ahora, se han enfocado en sectores muy específicos del espectro productivo global; no en la totalidad de las actividades productivas/consuntivas de las que está saturada la vida en sociedad.

¿A qué responde este comportamiento? Por un lado, la economía global no se ha recuperado de los estragos causados por la burbuja especulativa del sector inmobiliario. Al finalizar el 2016 la tasa de ganancia del capital financiero aún no recobraba los niveles en los que se encontraba justo antes de que la burbuja estallara en el 2008. De hecho, las estimaciones más conservadoras indican que la acumulación de capital se encuentra siete veces por debajo de su punto más alto, en el 2007.

En este sentido, ejercer controles de intervención estatal directa en la manera en la que se desarrolla la actividad industrial tiene un objetivo claro: si se parte de la premisa de que el capital financiero es, esencialmente, capital ficticio, la necesidad de respaldar ese capital por medio de una base material, esto es, a través de la producción industrial se tiene como consecuencia que lo que se busca es acelerar el proceso de recuperación de la tasa de ganancia sin tener que recurrir, como hasta ahora, a los instrumentos especulativos.

Por el otro, el discurso de Trump se ha centrado reiterativamente en la promoción de la ética protestante como la fuerza vital que mueve al espíritu del capitalismo, y en ello, por consecuencia, no apela a una modificación de la manera en la que se encuentran organizadas las fuerzas productivas globales, no llega ni siquiera a insinuar que se requiera un cambio en la correlación de fuerzas entre las clases más adineradas y las más explotadas. Por lo contrario, afirma la posición de cada una de ellas, pero lo hace, además, forzando a las clases desposeídas a que acepten esa posición impulsando el desarrollo industrial del país; al tiempo que invisibiliza el rol que jugaron los grandes capitales (a los cuales él mismo pertenece) en el empobrecimiento de aquellas.

Por eso resultan absurdas las posiciones que afirman la muerte del capitalismo, del liberalismo y la globalización (a menudo tomando a las tres categorías como términos intercambiables). Porque no hay, ni en el gabinete de Trump —plagado de militares y economistas promotores del status quo neoliberal, blanco, protestante y anglosajón—, ni en el discurso del nuevo presidente un solo ápice de antiglobalización, anticapitalismo o antineoliberalismo. De hecho, Trump no es más proteccionista que el resto de sus predecesores (Reagan incluido). La cuestión es que Trump vocifera, tanto como puede, aquello que en otros contextos sólo era posible observar en acciones concretas, a posteriori.

Hoy, el supuesto keynesianismo de Trump no es más intervencionista que el proteccionismo de la Unión Europea y los Estados Unidos en sus sectores agrícolas; en detrimento de los productos periféricos. Su pretensión de abandonar sus acuerdos comerciales no es más sínica que todos los casos de incumplimiento del NAFTA. Y sus amenazas arancelarias no son peores que las restricciones comerciales, embargos y bloqueos comerciales que el gobierno que hoy encabeza utiliza desde siempre como mecanismo promotor de la democracia procedimental y los derechos humanos entendidos a la American Way of…

Y es que muy a pesar de los modelos ideales sobre los cuales la tradición monetarista (desde Walter Lippmann hasta Richard Posner, pasando por Friedrich Hayek, Milton Friedman, Louis Rougier, Gary Becker, Bruno Leoni y todo asociado a la Mont Pelerin Society), y contrario al dogma neoliberal reproducido por automatismo desde los centros geopolíticos del Saber, el mercado libre de toda intervención del Estado no es más que una falacia.

En todo sentido, esa libertad del mercado tan defendida por la economía de la Escuela de Chicago (que en América Latina se conoció a sangre y fuego a través del Consenso de Washington), sólo es posible si se cuenta con un Estado garante de la propiedad privada, de la represión de las resistencias sociales, y de la permanente acumulación y concentración de capital.

No importa de la sociedad de la que se trate, la historia del capitalismo, en general, y del neoliberalismo, en particular; es la historia de los aparatos de Estado y sus sistemas jurídicos como los garantes de la reproducción de la riqueza. Las concesiones de los recursos naturales, las operaciones de una empresa, los regímenes de seguridad social, los límites salariales, la regulación de la competencia, la creación de mercados en espacios sociales en los que no existen, etcétera; son todos casos de intervención del Estado en el mercado para reproducir la lógica de valorización de ese mismo mercado.

De ahí que lo realmente preocupante no sea que Trump se perfile a profundizar esas condiciones para hacer avanzar al mercado a ritmos más rápidos, sino que el debate en torno a la política económica de Donald Trump en las periferias sea el que se incline por el mantenimiento del status quo; a pesar de las atrocidades que el neoliberalismo y la militarización de los mercados en sus sociedades han causado desde hace tres décadas. Porque en realidad, lo que se combate en la periferia al acusar a Trump de proteccionista no es el mercado y sus injusticias, sino que se prive a la periferia del crecimiento por goteo que desde hace quinientos años el capitalismo les prometió.

Antaño era la periferia la que señalaba las contradicciones del capitalismo, la que mostraba al mundo el reflejo del avance de la modernidad capitalista: con todas sus muertes, con todos sus saqueos, con la explotación insaciable de sus recursos naturales y con la edificación del progreso sobre las ruinas de sus culturas tradicionales. Hoy, parece que la periferia es la vanguardia que exige al centro del capitalismo seguir exportando ese modelo económico al mundo, no detener el flujo de capitales, las inversiones directas de sus empresas o la creación de empleos en sus fábricas. Porque incluso en la periferia el dogma al capital es que no existe otra vida que no se circunscriba a la manera capitalista de reproducir la socialidad, que la vida existe y que el ser humano es tal sólo dentro del capitalismo.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Mexicano maestro en Ciencias, abogado y político