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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-03-03

Brasil: el programa del golpe fracasó, ahora falta una salida para antes del 2018

REBELIÓN 21 de febrero de 2017 ESPAÑA

Tereza Cruvinel*

La semana que termina fue pródiga en señales de que el programa del golpe del 2016 fracasó, a pesar de que Temer y su coalición sigan gobernando. Las señales proceden de la economía, de la Lava-Jato, de las encuestas, de la vida real y del mundo simbólico, sirva como ejemplo lo que ocurrió el pasado viernes (17) en la entrega del premio Camoes: una de las mayores estrellas de nuestra literatura denunció el golpe y su degeneración autoritaria. Fue duramente criticado por el ministro de Cultura. El plan golpista fracasó, pero el país todavía no encontró una salida. Si no la encontramos antes del 2018, vendrá de la mano de las urnas, pero el país estará más arrasado y la restauración tendrá un coste mayor.

En el ámbito de la economía, la difusión, por el mismo Banco Central, de un índice provisional que apunta hacia una caída del PIB del 2016 del orden de 4,55% es la culminación del fracaso. En la estela de este hundimiento viene también el desempleo, la contracción de la renta y de la masa salarial, la pérdida de la calidad de vida de quienes viven de su trabajo. La promesa de que se iba a encarrilar el futuro del país hacia mejor fue un engaño. Vendieron la idea de que, desplazando a Dilma y al PT del gobierno, los agentes económicos recibirían una inmediata visita del espíritu santo de la confianza y todo empezaría a salir bien. Ocurrió todo lo contrario. La ilegitimidad del gobierno, su vulgaridad y cinismo sugieren cautela, un paso atrás y desconfianza.

En el ámbito ético-político, el proyecto de golpe también fracasa, a pesar de todos los esfuerzos para "frenar la sangría" de la Lava Jato, como la instrucción de Alexandre de Moraes al Supremo Tribunal Federal y el blindaje de Moreira Franco. Desde Curitiba Eduardo Cunha advierte, al presentar 21 preguntas capciosas a Temer, de que está en el límite. O lo sacan de allí, o empieza a delatar. Sectores del Supremo estudian apoyar más al gobierno, pero esas maniobras, por el contrario, tan sólo harán percibir al pueblo que la promesa de moralización de la política fue otro embuste, una estafa política sin elecciones. Se hicieron con el control del gobierno para poder actuar a sus anchas y salvar el culo a todos los corruptos.

La encuesta de la Confederación Nacional del Transporte, en asociación con la MDA-Pesquisa (CNT-MDA), también incide en la imagen del fracaso del golpe. El rechazo al gobierno de Temer asciende hasta el 62% y su aprobación cayó hasta el 10%. En los sondeos para las elecciones presidenciales, Lula aparece como el preferido en cualquiera de los escenarios posibles. Alcanza el 30% en el primer turno si el candidato tucano fuese Aécio Naves y el 31% si fuese Alckmin. Los dos líderes del Partido da Social Democracia Brasileira perdieron musculatura electoral. Marina Silva y el ultraderechista Bolsonaro disputan el segundo lugar.

Qué significa la resurrección de Lula con el 30% -después de toda la persecución judicial que está sufriendo, después de la demonización del PT y a pesar de la cantinela diaria de los medios de comunicación y de la oposición, culpando a los gobiernos petistas del descalabro económico-, si no el fracaso del golpe en su objetivo estratégico principal, que no era otro que derrotar a Dilma y, principalmente, evitar un retorno de Lula y enviar al PT a una larga estancia en la oposición.

¿Qué salida puede haber antes del 2018? Si Cunha delatase a Temer, tendríamos un escándalo, pero no una solución. El presidente de la República no puede ser procesado por actos ajenos (o anteriores) al ejercicio de su mandato. Queda el Tribunal Superior Electoral, si hubiese casación de la fórmula Dilma-Temer en un juicio que el magistrado Gilmar Mendes está retrasando al máximo. Si los que resistieron y los que se desilusionaron con el golpe se juntasen para salir a las calles, como hicieron los que pidieron el impeachment de Dilma, podríamos tener el escenario perfecto para una solución anticipada de la crisis. Cualquier otro escenario supondrá que el país se desangre hasta el 2018, hasta que llegue la respuesta electoral que empieza a tomar forma.

Selección en Internet: Raquel Román Gambino

  • Analista política brasileña

Brasil: crónica de un país náufrago

ENTORNO 20 de febrero del 2017 MÉXICO

Eric Nepomuceno*

Hasta la mañana del pasado viernes el número de asesinatos en el estado brasileño de Espíritu Santo era de 121 en siete días. Casi una víctima fatal por hora. En aquella misma mañana el gobierno local comunicaba oficialmente que no hubo acuerdo con la policía militar, que cumplía la séptima jornada de una huelga que transformó el estado en una tierra sin ley.

La policía militar es la responsable de la seguridad pública y el patrullaje de las calles. Sin aumento salarial en los recientes cuatro años, sus integrantes decidieron entrar en huelga. Al paralizar actividades, Victoria, la capital, entró en colapso. Autobuses no circulaban, escuelas permanecen cerradas, y por las calles se repiten imágenes de saqueo a comercios, robos y asaltos por doquier, depredaciones, familias confinadas en sus casas. Poco antes de la una de la tarde el gobernador Paulo Hartung anunció que había interpuesto un juicio contra unos 700 policías militares, acusándolos de amotinamiento y rebelión.

Mientras, se elevó mucho la tensión en el vecino estado de Río de Janeiro, donde la policía militar amenaza con seguir el ejemplo de sus colegas de Espíritu Santo. La situación de Río es de penuria absoluta. Los funcionarios públicos del estado no han recibido el sueldo íntegro de enero ni el aguinaldo. Los hospitales están cerrados. El gobierno nacional impone condiciones rígidas para conceder ayuda. Sabe que el caso de Río es ejemplar y que hay otros estados importantes al borde de un colapso similar.

Entre las condiciones exigidas a Río está la privatización de la empresa estatal de suministro de agua. Aplicando de manera radical un neoliberalismo fundamentalista, la contraparte a la eventual ayuda federal es que los estados privaticen todo lo que sea privatizable, dice Michel Temer y repite el ministro de Hacienda, Henrique Meirelles. ¿Y qué es privatizable? Todo.

Resultado: se suceden por las calles de Río verdaderas batallas campales entre los que se oponen a que se privatice el agua y las fuerzas de seguridad pública. Que, a propósito, también reivindican condiciones mínimas de trabajo, mientras la violencia urbana registra fuerte incremento.

Hay amarga ironía en todo eso: el gobernador de Espíritu Santo era loado, hasta ahora, por cumplir estrictamente la receta neoliberal del gobierno nacido a raíz del golpe institucional que destituyó a la presidenta Dilma Rousseff. Tal receta incluye, entre otras medidas, un ajuste fiscal extremo, con cortes en el presupuesto, eliminación de subsidios y beneficios del servicio público y el congelamiento de los sueldos. Resultado: aplausos del equipo de Temer y una huelga de policías que convulsionó a la población.

Mientras todo eso ocurre, en la lejana Brasilia las prioridades son otras. Por estos días de turbulencia callejera, Temer tardó una semana para proferir un comentario. Dijo lo obvio: que el amotinamiento era ilegal. Antes, de su ministro de Justicia hubo, sí, palabras caudalosas.

Ninguna de ellas, sin embargo, se refiere al riesgo de que se eleve una ola de convulsión social de dimensiones imprevisibles: propuesto por Temer para asumir una plaza en el Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes habla sin parar con los senadores responsables de evaluar las condiciones para cumplir con sus nuevas responsabilidades. Conocido por defender medidas truculentas contra manifestantes –mientras ocupó la Secretaría de Seguridad Pública del estado de San Pablo se hizo famoso por elogiar la violencia de la policía militar contra estudiantes de secundaria, especialmente las muchachas quinceañeras que eran arrastradas por el piso o golpeadas en el rostro–, busca votos en la Comisión de Constitución y Justicia, la más importante del Senado.

Su trayectoria mediocre y su evidente falta de estatura para integrar la más alta corte de justicia del país no serán obstáculo: 10 de los 13 senadores que integran la comisión están denunciados por corrupción. Su presidente, el senador Edison Lobão, responde a dos investigaciones en la misma corte suprema que pasará a contar con Alexandre de Moraes, cuya misión será exactamente proteger a los muchísimos sospechosos y denunciados que integran el gobierno, empezando por el mismo Temer, quien en una sola –una– de las 77 denuncias es nombrado nada menos que 43 veces. Igualmente están denunciados el presidente de la Cámara de Diputados y el del Senado.

Todo eso es solamente parte de la desolación que encubre a mi país. Un país a la deriva, un país que naufraga poco a poco, frente a la ausencia total de acción de un gobierno nacido de un golpe y cuya única función, hasta ahora, ha sido la de destituir a una presidenta electa democráticamente, intentar arrasar a su partido, el PT, e inhabilitar al más importante líder popular de las últimas muchas décadas, el ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva.

Un gobierno ilegítimo que cuenta, a su favor, con una oposición que no logra estructurarse, con movimientos sociales desarticulados, con el silencio cómplice de los medios de comunicación que contribuyeron para idiotizar a la opinión pública. Son tiempos de bruma, tiempos de naufragio.

Selección en Internet: Raquel Román Gambino

  • Periodista brasileño

TLC: incierto futuro

LA JORNADA 28 de febrero del 2017 MÉXICO

Editorial

El secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, advirtió ayer, en una entrevista con la agencia Bloomberg, que si el gobierno de Estados Unidos cumple con su amenaza de imponer aranceles a productos mexicanos o ensamblados en México, el gobierno nacional abandonará las negociaciones para reformar el Tratado de Libre Comercio (TLC), cuyo comienzo está previsto para junio próximo.

Para poner en perspectiva esta declaración, cabe recordar que el presidente Donald Trump ha dicho en reiteradas ocasiones que el TLC es perjudicial para Estados Unidos y abrumadoramente ventajoso para México, afirmación que es necesario matizar.

Es cierto que desde años recientes nuestro país ha tenido, como resultado de ese instrumento, significativos superávit comerciales bilaterales de decenas de miles de millones de dólares, pero esos márgenes resultan mucho menos aparatosos si se les resta la suma de las partes estadounidenses que se deben importar para fabricar los productos que posteriormente se venden a Estados Unidos. Aun así, es innegable que México obtiene un beneficio neto en su balanza de pagos.

Pero el saldo del TLC para nuestro país es mucho menos nítido si se piensa en empleos y en efectos sociales en general, en seguridad y en soberanía. De entrada debe señalarse que la entrada en vigor del convenio fue un desastre para la industria, el agro y el desarrollo tecnológico nacionales. Los millones de puestos de trabajo generados por la implantación de procesos productivos de la economía vecina en el territorio nacional, no han logrado compensar la devastación causada en el campo mexicano por la aplicación de las reglas del libre comercio, que empujó a millones de connacionales a emigrar a las ciudades o al norte del río Bravo. Miles de fábricas se vieron obligadas a cerrar. La delincuencia organizada se disparó y crecieron la pobreza, la desigualdad y la marginación.

Ello fue así porque el modelo económico del que el acuerdo comercial constituye un elemento central e inseparable no está orientado a distribuir los beneficios del libre comercio, sino a concentrarlos en unas cuantas manos. De manera que los superávit comerciales que se logran año tras año con Estados Unidos benefician a un pequeñísimo grupo de la población, en tanto que la mayoría paga las consecuencias negativas del intercambio.

Por lo demás, la creciente integración de la economía mexicana con la estadounidense en condiciones de supeditación ha traído aparejada una inocultable subordinación política y ha tenido en consecuencia una gravísima afectación a la soberanía nacional, a la autosuficiencia alimentaria y a la seguridad nacional.

En otro sentido, el TLC, a contrapelo de lo que afirma Trump, es un instrumento estratégicamente desventajoso para México, en la medida en que, en el contexto legal nacional, tiene el carácter de cumplimiento obligatorio de un tratado internacional, en tanto para Washington su cumplimiento es mucho menos vinculante por cuanto es visto como un simple acuerdo. Cabe preguntarse qué clase de convenio espera obtener Trump al señalar que su texto debe ofrecer mayores ventajas a Estados Unidos.

En tales circunstancias, sería saludable dar paso a un amplio debate y a una consulta nacional –procesos democráticos que el gobierno de Carlos Salinas rehuyó en su momento– sobre la conveniencia de mantener al país en el TLC o retirarse del tratado.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

Asesor que no existe y atentados irreales

PROGRESO SEMANAL 27 de febrero del 2017 EEUU

Marcos Bronstein

La nota es breve, como deberían durar las mentiras, pues ahora son dos.

Bill O’Reily, conductor del programa “The O’Reilly Factor”, de la cadena Fox News, empresa favorecedora del presidente Trump, se suma a la cadena de noticias falsas. Durante la transmisión del programa que consistió en una mesa redonda efectuada el pasado jueves 23, O’Reilly presentó a un periodista sueco donde fue entrevistado un tal Nils Bildt, quien fue “identificado” como “Asesor sueco de Defensa y Seguridad Nacional”.

Resulta que las autoridades suecas desconocen totalmente a Bildt y mucho menos que sea Asesor de Seguridad. Mentira flagrante de un medio que como Fox no ha sido excluido de los brifings oficiales, como son los casos del New York Times, CNN y otros a los que Trump acusa de mentirosos.

¿Qué dirá la Fox y la administración de Washington frente una mentira denunciada por las autoridades suecas? Seguro que nada o poco.

Ahí no finalizan las cosas.

El propio presidente Donald Trump durante un acto público el pasado día 18 hizo referencia a un ataque terrorista ocurrido “anoche en Suecia”. Esa noche, como tantas otras, fue plácida en tierra nórdica. No hubo tal acto.

El gobierno sueco pidió explicaciones a Washington y Trump respondió en Twitter que su declaración “era en referencia a una historia que estaba emitiendo Fox sobre inmigrantes y Suecia”. Punto.

Semanas atrás, Kellyanne Conway, asesora de Trump, inventó una masacre que nunca existió llevada a cabo en Estados Unidos por dos refugiados árabes, concretamente iraquíes, en Bowling Green, Kentucky. La asesora presidencial lo dijo al periodista de la MSNBC Chris Matthews. La creadora de esta espectacular mentira es la misma que, violando las normas del funcionariado público, promovió la tienda y los productos de Ivanka, la comerciante hija de Trump.

Entre medias palabras, declaraciones que se prestan a confusión — facturadas deliberadamente–, y afirmaciones inciertas, el Washington de Trump viene tejiendo su política pública.

Indiscutiblemente la sociedad estadounidense está siendo sometida a un juego o programa de participación que podría titularse “Descubra la verdad”. O “¿Dónde está Pinocho? Al menos los habitantes de Bowling Green tienen respuestas. También los suecos.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

Con Trump termina un ciclo

SUR Y SUR 22 de febrero del 2017 ARGENTINA

Roberto Savio*

¿Podríamos cambiar el debate sobre Donald Trump y no concentrarnos en lo que hace, sino en su importancia histórica? Espero que las siguientes reflexiones sirvan para comprender que el actual presidente de Estados Unidos representa, de hecho, el final de un ciclo estadounidense y que estamos todos en el mismo barco. Se necesitan unas cuantas palabras, pero vale la pena dedicarle cinco minutos más.

Primero, nos guste o no, hemos vivido durante los últimos dos siglos en un mundo en que lo anglo tuvo un papel central. La Pax Britannica se extendió desde principios del siglo XIX, cuando comenzó su imperio colonial, hasta fines de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), cuando fue sustituida por la Pax Americana. Estados Unidos creó lo que se conoce como Occidente, en contraposición con Oriente, mientras Europa se dejaba llevar.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos fue el principal ganador y el fundador de las instituciones internacionales modernas, desde las Naciones Unidas hasta el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), así como la fuerza detrás de la reconstrucción de Europa con el Plan Marshall, basado en la condición de que los países europeos aceptarían recibir fondos sobre una base europea.

Eso llevó a la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, en el 1951, que finalmente dio lugar a la Comunidad Europea, en el 1967.

A Estados Unidos, en tanto que ganador, le interesaba crear un orden mundial según sus valores y siempre y cuando él fuera su garante. Así, el foro de las Naciones Unidas se creó con un Consejo de Seguridad en el que pudiera vetar cualquier resolución. El Banco Mundial se creó en función del dólar como divisa mundial, y no con una verdadera moneda internacional, como propuso el gran economista y delegado británico John Maynard Keynes.

Asimismo, la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), como respuesta a la amenaza de la Unión Soviética, fue una idea exclusivamente de Estados Unidos. Y el léxico de las relaciones internacionales se constituyó principalmente en base a conceptos anglosajones, a menudo de difícil traducción a otros idiomas, como accountability, gender mainstreaming, sustainable development, entre otras. El francés y el alemán desaparecieron como lenguas internacionales.

Además, cierto estilo de vida se volvió el principal producto de exportación estadounidense, desde la música hasta la comida, el cine y la vestimenta, se propagaron por el mundo.

Para reforzar el mito, Estados Unidos se constituyó como modelo de democracia. Lo que era bueno para ese país, debía de serlo para el resto. Además, tenía un destino excepcional, basado en su historia, sus éxitos y su especial relación con Dios. Sus presidentes fueron los únicos que hablaron en nombre de los intereses de su país y en nombre de los de la humanidad y que invocaron a Dios.

Su éxito económico no sería más que la confirmación de ese excepcional destino. Estados Unidos perdió casi medio millón de ciudadanos en Europa y Asia para garantizar un orden mundial estadounidense. Y el “sueño americano”, de que todo el mundo puede volverse rico, era desconocido en el resto del mundo.

Esa fue la primera etapa de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, basada en el multilateralismo, en la cooperación internacional, en el respeto al derecho internacional y el libre comercio, un sistema que aseguraba su centralidad y su supremacía, reforzada por su poder militar.

Pero multilateralismo significa democracia internacional. Las Naciones Unidas, desde su constitución original de 50 países, en el 1945, hasta casi 150, en pocas décadas, se convirtió en el foro donde crear la cooperación internacional, basada en los valores de la democracia universal, la justicia social y la participación equitativa.

Y la Asamblea General aprobó por unanimidad en el 1973 el primer (y único) plan global de gobernanza, llamado Derechos y Deberes de los Estados, que representaba un plan de acción para reducir las desigualdades del mundo y redistribuir la riqueza y la producción económica. Eso se volvió una camisa de fuerza para Estados Unidos, que se encontró en un foro en el que se tomaban las decisiones por mayoría, y ya no en función de sus propios intereses, como estaba acostumbrado.

Pero con la llegada de Ronald Reagan a la Presidencia, en el 1981, la primera etapa basada en el multilateralismo, cambió de forma abrupta.

Reagan concurrió a la Cumbre Económica Norte Sur, en Cancún, donde se reunieron los 22 jefes de Estado más importantes del mundo, incluido el de China, único representante de un país socialista, para debatir la implementación de aquella resolución de la Asamblea General.

El entonces presidente estadounidense, quien se encontró con una entusiasta Margaret Thatcher, destruyó el plan de gobernanza global que avanzaba por buen camino. Vi con consternación cómo, en dos días, el mundo pasó del multilateralismo a la vieja política del poder.

Estados Unidos no aceptó que otros decidieran su destino, y de ahí viene el declive de las Naciones Unidas y la negativa de Washington a suscribir obligaciones y tratados internacionales. El destino excepcional y el "sueño americano", fueron reforzados por la retórica de Reagan, quien incluso usó el eslogan: "Dios es estadounidense".

Es importante señalar que las grandes potencias estaban felices de salirse de la camisa de fuerza del multilateralismo detrás de Reagan. Su gobierno, aliado del de la primera ministra británica Thatcher, es un ejemplo sin precedentes de cómo destruir los valores y las prácticas de las relaciones internacionales. Y el hecho de que probablemente sea el presidente más popular de la historia moderna de Estados Unidos, muestra la poca importancia que la cooperación internacional tiene para el ciudadano estadounidense medio.

También hay que destacar que durante el gobierno de Reagan, tres acontecimientos importantes y simultáneos dieron una nueva forma a nuestro mundo:

El primero fue la desregulación del sistema financiero encabezado por él en el 1982, posteriormente reforzado por Bill Clinton (1993-2001), en el 1999, que llevó a la supremacía de las finanzas y cuyos resultados se sienten en la actualidad. Recordemos que Reagan trató también de reducir los costos sociales. Las políticas de George W. Bush (2001-2009) y Trump tienen la marca de su gobierno.

El segundo, fue la creación en el 1989 de una visión económica basada en la supremacía del mercado como base de las sociedades y de las relaciones internacionales, el llamado Consejo de Washington. Creado por el Departamento del Tesoro estadounidense, el Banco Mundial y el FMI, el neoliberalismo se introdujo como la doctrina económica indiscutida.

El tercer acontecimiento significativo fue la caída del Muro de Berlín, en el 1989, y el final de la amenaza del bloque soviético.

Entonces, el término de “globalización” comenzó su marcha exitosa, y Estados Unidos sería, una vez más, el centro de la gobernanza. Como dijo Reagan en Cancún, Washington basará sus relaciones en el comercio, no en la asistencia.

Su superioridad económica, junto con el control que ejerce sobre las instituciones multilaterales de crédito, lo pondrían una vez más en el centro del mundo, cuando la amenaza soviética había desaparecido. Henry Kissinger lo dijo con claridad: Globalización es el nuevo término para la hegemonía estadounidense.

La segunda etapa tras la Segunda Guerra Mundial se extendió de 1982 hasta la crisis financiera y económica mundial del 2008, cuando la quiebra de bancos estadounidenses, que se propagó por Europa, obligó al sistema a dudar de que el Consenso de Washington fuera una teoría indiscutida.

Las dudas surgieron también a instancias de la creciente movilización de la sociedad civil, el Foro Social Mundial, por ejemplo, se creó en el 1981, así como de muchos economistas que hasta entonces habían permanecido básicamente callados. Los especialistas insistieron en que la macroeconomía, el instrumento preferido de la globalización, solo tomaba en cuenta los grandes números.

En cambio, con la microeconomía, se vería la gran desigualdad en la distribución de la riqueza, a no confundir con desarrollo, y que la deslocalización de las empresas y otras medidas que ignoraban el impacto social de la globalización estaban teniendo terribles consecuencias.

Los desastres creados por tres décadas de codicia como principal valor de la nueva economía, saltaron a la vista cuando los datos mostraron una concentración de la riqueza sin precedentes y en unas pocas manos, con muchas víctimas, en especial entre los jóvenes.

Todo eso vino acompañado de dos enormes amenazas: la explosión del terrorismo islámico, generalmente reconocido como resultado de la invasión a Iraq, en el 2003, y las migraciones masivas, que siguieron a ese episodio, pero en especial a las intervenciones en Siria y Libia, a partir del 2011. Estados Unidos y la Unión Europa son las únicas responsables de esas migraciones.

Así pasamos de la codicia al miedo: dos motores de cambios históricos, según muchos investigadores.

Finalmente, llegamos a Trump. Gracias a este recorrido histórico, podemos comprender fácilmente que su llegada a la Presidencia es simplemente el resultado de la actual realidad de su país.

La globalización, originalmente un instrumento de la supremacía de Estados Unidos, significó que cualquiera pudiera usar el mercado para competir. Así lo hizo China, el ejemplo más claro, pero también emergieron muchos mercados nuevos, desde América Latina hasta Asia. Y Europa y Estados Unidos están plagados de víctimas de la globalización, a la que perciben como un fenómeno encabezado por la élite, además de considerar que cualquier acuerdo o institución internacional no se interesa por su destino.

No nos olvidemos que con la caída del Muro de Berlín, llegó el fin de las ideologías. La vida política se tornó solo en una competencia administrativa, sin visión ni valores. La corrupción aumentó, la ciudadanía dejó de participar, los partidos se volvieron autoreferenciales, los dirigentes políticos se convirtieron en una casta profesional, las finanzas mundiales y la élite se aislaron en paraísos fiscales y los jóvenes, que no encontraban empleos o estos eran precarios, fueron testigos de que en pocos años se destinaron cuatro billones de dólares a salvar al sistema bancario de su propia mala gestión.

En ese contexto y desde 1989, surgieron partidos populistas, xenófobos y nacionalistas en todos los países y comenzaron a atraer el resentimiento de los excluidos.

La propuesta, en general, fue la de recuperar el ayer, los buenos tiempos y prometer un mejor ayer, en contra de toda ley histórica. Además, en contra de la opinión de los especialistas, llegó el Brexit, y después Trump.

Con él, vemos la conclusión de 70 años de Pax Americana y volvemos a una época de nacionalismo y aislamiento de Estados Unidos. A los votantes de Trump les llevará un tiempo darse cuenta de que sus acciones no responden a sus promesas, y de que las medidas que él toma a favor de la élite económica y financiera, no son de su interés.

La cuestión real es si su ideólogo, quien logró que lo eligieran, Stephan Bannon, tendrá tiempo de destruir el mundo que encontraron, si el mundo tendrá tiempo de crear un orden mundial sin Estados Unidos en el centro, y ver cuántos de los valores que construyeron la democracia moderna sobreviven y son la base de la gobernanza global. No se puede construir un nuevo orden mundial sin valores comunes, solo con xenofobia y nacionalismo.

Bannon organiza una nueva alianza internacional de populistas, xenófobos y nacionalistas, con Washington en el centro y con el británico Nigel Farage, los italianos Matteo Salvini y Beppe Grillo, la francesa Marine Le Pen, el holandés Geert Wilders, y otros en Hungría y Polonia, entre otros países, al tiempo que el ruso Vladímir Putin y el turco Recep Tayyip Erdogan contemplando con simpatía el fin de las democracias liberales.

Este año sabremos, tras las elecciones holandesas, francesas y alemanas, cómo le va a la alianza. Y si el gobierno de Trump, más allá de su agenda nacional, logra crear un nuevo orden internacional basado en una democracia no liberal, entre muchas otras consideraciones, tendremos que empezar a preocuparnos porque querrá decir que la guerra no estará muy lejos.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Periodista italo-argentino. Cofundador y exdirector general de Inter Press Service (IPS)