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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-03-09

Ecuador y la batalla final

RT 3 de marzo del 2017 RUSIA

Juan Manuel Karg*

La confirmación de la segunda vuelta electoral en Ecuador, pautada para el próximo 2 de abril, abre un escenario de creciente polarización entre dos modelos de país: el de Alianza País por un lado, con el legado de Rafael Correa y la posible continuidad de Lenín Moreno en el Palacio de Carondelet; y el del banquero Guillermo Lasso, otrora superministro de Economía de Ecuador de Jamil Mahuad mientras los depósitos de la población estaban congelados, por el otro. Ya no habrá más opciones en el cuarto oscuro. Serán semanas de gran intensidad, y de encendida confrontación discursiva en torno a una elección que tendrá repercusión local y regional. Por eso abundan los paralelismos, especialmente de las recientes elecciones en Argentina, algo que ya había estado presente de manera implícita en el primer tramo de campaña (“década ganada” vs “cambio” fueron parte de la construcción discursiva de ambos candidatos).

"Macri se presentó con la cabeza del bien y está tomando decisiones en contra de las mayorías" dijo recientemente Lenín Moreno ante los medios de comunicación, consultado sobre si temía un escenario similar al argentino durante el 2015. La referencia no es casual: si bien Macri ganó -aunque muy ajustado- el ballotage contra Daniel Scioli, sus medidas de gobierno en los quince meses que lleva en la Casa Rosada son ilustrativos de un modelo antagónico al de Alianza País: tarifazos en los servicios públicos y el transporte, devaluación, inflación por encima de las metas del propio gobierno, y, sobre todo, casos de negociaciones incompatibles con la función pública, producto del origen empresarial del presidente y buena parte de su gabinete, que están siendo investigados por la justicia, tales como Panamá Papers, Odebrecht, Correo Argentino y Mac Air-Avianca.

Alianza País sabe que la batalla que viene es difícil pero no imposible. Aquellos que gustan ver el “vaso medio lleno” dirán que sacó más de diez puntos sobre su principal rival, aventajándolo en más de un millón de votos. Y que ganó además la mayoría en la Asamblea Nacional y la consulta sobre paraísos fiscales y cargos electivos. Los del “vaso medio vacío” dirán que gran parte del “voto opositor” al correísmo irá a Lasso en abril, visto y considerando que, a excepción de Moncayo y Espinel, el programa de los demás contrincantes estaba a la derecha de Alianza País (sobre todo Viteri y Bucaram). Las dos lecturas tienen sus motivaciones reales.

Por ello Alianza País deberá tener varias estrategias simultáneas en las semanas venideras: una política especial a los “desencantados” de la primera vuelta, aquellos que votaron nulo o blanco, alertando que solo hay dos opciones en juego ahora, solo dos modelos de país; una interpelación a un sector del electorado de Viteri que creyó aquello del “cambio positivo” en contraposición al “cambio” ortodoxo de Lasso; un enfoque particular sobre las adhesiones conseguidas por Moncayo y Espinel, cuyos electores podrían tener mayor afinidad ideológica con Lenín y Alianza País; y una búsqueda por captar a una parte del abstencionismo (18%) que no concurrió a las urnas.

Se ha advertido que la derecha continental toma a esta elección como bisagra en el nuevo momento latinoamericano y caribeño. Antes de la primera vuelta, comunicadores, politólogos, economistas y analistas políticos del espacio conservador llegaron a Quito, invitados por ONG, fundaciones y universidades anticorreístas. Redoblarán esa apuesta en las semanas que quedan, en una verdadera invasión externa para intentar imponer al banquero Lasso, cueste lo que cueste.

Es de suponer que la campaña de Lenín Moreno renueve las alusiones referidas a la creciente pauperización social evidenciada en Argentina y Brasil tras la salida del gobierno de Cristina Fernández y Dilma Rousseff, respectivamente.

Es mucho lo que hay en juego. Ambos sectores lo saben. Ecuador está ante la batalla final. Para América Latina, pase lo que pase, el resultado será decisivo.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Politólogo argentino

Migrantes mexicanos, entre la explotación laboral y el racismo

REBELIÓN 3 de marzo del 2017 ESPAÑA

Guillermo Castillo Ramírez*

Los migrantes mexicanos sin documentos son el blanco de la agresiva, racista y poco fundada retórica del actual presidente norteamericano y sus más cercanos colaboradores. Esta visión distorsionada, ideologizada, que muy poco tiene que ver con la realidad, carece de una lectura histórica y sociopolítica del fenómeno de la migración mexicana.

Desde fines del siglo XIX y conforme a los fines de lucro de élites políticas y económicas norteamericanas, amplios grupos populares de la población de México han fungido como reserva de mano de obra para la creciente e insaciable demanda de fuerza de trabajo de la economía norteamericana capitalista. De hecho, particularmente desde las últimas décadas del siglo XX y la primera del XXI millones de trabajadores mexicanos sin documentos migratorios trabajaron en EEUU en condiciones de explotación, sin las prestaciones laborales de ley y carentes de los más elementales derechos sociales.

Los casi 7 millones de connacionales sin papeles que había en aquel país en el 2007 se concentraban en sectores específicos de la economía: servicios, construcción, manufactura y la agricultura –donde cerca de tres de cada cuatro jornaleros son originarios de México-. Los mexicanos eran y son los que cosechan las hortalizas y frutas de sol a sol, quienes construyen casas y edificios en jornadas extenuantes, los que procesan y empacan la carne por horas y horas, quienes limpian los restaurantes y sirven las mesas, los que despachan tiendas y negocios seis de los siete días de la semana. Son los que hacen el trabajo que nadie valora, pero que es fundamental para la vida ordinaria de los habitantes de EEUU. Los migrantes son los que “no se ven”, pero sin los cuales no funciona nada; los que soportan el día a día por un salario precario.

Los migrantes sin papeles salieron de su país porque “no tenían de otra” y carecían de todo –empleo, atención médica, tierra-. Son los trabajadores incansables que, sufriendo explotación diaria durante años, acentúan los procesos de acumulación del capital al bajar los costos de producción. El dinero que se le escamotea al trabajador mexicano es el que va a parar como excedente suplementario a los bolsillos de los empleadores y propietarios norteamericanos. Los migrantes son los trabajadores “baratos, flexibles y desechables” que incrementan sustantivamente las ganancias de las empresas y corporaciones de EEUU. Los que hacen tan “rentable” y “atractivo” el american way of life.

Si bien ya años antes del actual jefe del ejecutivo del gobierno de EU era adverso el panorama para los migrantes, ahora, con el nacionalismo xenofóbico y el abuso discriminatorio como política y norma, se vislumbra un infierno por venir.

Para el presidente en turno, desde su perspectiva racista sobre México y negando las ganancias millonarias ligadas a la migración, los mexicanos sin papeles son los responsables de muchos de los problemas que, a su juicio, aquejan a EEUU: el crimen, la inseguridad, la pérdida de trabajos, el déficit en los servicios del Estado. Dicha visión no sólo es infundada, sino que contrasta con los hechos: los mexicanos son los que menos crímenes comenten según las estadísticas, son los que toman y hacen por salarios de hambre los trabajos que nadie quiere, son los que menos servicios utilizan debido a su situación irregular migratoria.

Los migrantes no son victimarios ni abusadores, sino, por el contrario, trabajadores explotados, marginados, y ahora además brutalmente discriminados. Sobre esta imagen distorsionada de los “culpables necesarios” es que el presidente en turno de EEUU justifica decisiones inhumanas, económicamente inviables, políticamente irracionales y crueles como las deportaciones masivas, la persecución generalizada, la hipercriminalización de los mexicanos sin papeles y la construcción/expansión de un muro en la frontera.

El actuar del gobierno federal de EEUU, no se basa en análisis racional ni en un recuento veraz de hechos –como que la migración no documentada de mexicanos ha bajado sustantivamente desde 2008, debido a la crisis económica y la contracción del empleo-. Por el contrario, el fundamento de su política reside en claros prejuicios racistas y en un nacionalismo xenófobo.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Doctor en Antropología mexicano

Cosas y dinero, riqueza y pobreza

REBELIÓN 6 de marzo del 2017 ESPAÑA

Armando B. Ginés*

Imaginemos dos pisos de 100 metros cuadrados, por ejemplo, el 5º A y el 5º B. El primero lo habita una sola persona, empresario capitalista y en el segundo viven 10 personas que trabajan asalariadas en diferentes empleos. Esa es la realidad media de equivalencia espacial entre las rentas empresariales y las rentas procedentes del trabajo. Lo que gana el vecino de la letra A es lo mismo que el monto total de las nóminas del grupo instalado en la letra B.

Hablamos de España y de ingresos medios, que ya sabemos que es una argucia estadística más que engañosa. Hay que ser conscientes que los números sometidos a tortura dicen lo que queramos que digan. De ahí que un país X de tres habitantes, uno recibe dos pollos, otro un solo pollo y el menos afortunado ninguno, pero la media nos da que en ese territorio anónimo todos los ciudadanos comen, el menos, una pieza de alimento. Por tanto, las secuencias medias hay que tomarlas con mucha precaución.

No obstante, cruzando datos redondeados de la EPA, el INE y Hacienda de los últimos ejercicios económicos y fiscales se pueden proyectar realidades bastante interesantes y esclarecedoras del reparto de la riqueza y la pobreza en nuestro país.

El PIB señala que las rentas de capital y las del trabajo son similares, alrededor de 450 mil millones de euros anuales. Sin embargo, un aspecto elocuente es que mientras las empresas y empresarios activos rondan los 3,2 millones de personas jurídicas o físicas (1,4 millones si descontamos a los autónomos y los partícipes en comunidades de bienes), el número de asalariados asciende a 14 millones de individuos.

Realizando los cálculos pertinentes, la renta bruta de un empresario (teniendo en cuenta a los autónomos o no) oscila entre los 375 mil euros y los 180 mil euros anuales. Dejémoslo a efectos explicativos en 220 mil euros al año. Para una persona trabajadora, el salario medio ronda los 30 mil euros anuales. A todas las cantidades referidas le hemos incrementado un 25% no contabilizado en el PIB, que es el porcentaje oficioso estimado por diversas fuentes de lo que supone la economía sumergida en España.

Resumiendo: 220 mil euros para las rentas de capital y 30 mil euros para las salariales, unas 8 veces más. Ahora bien, una vez descontados los impuesto directos (IRPF) y los indirectos y especiales (consumo efectivo), los empresarios tributan por un 16%, 40 mil euros, y los trabajadores por un 40% grosso modo, unos 12 mil euros. Las rentas útiles o reales valoradas en mercancías adquiridas o susceptibles de comprarse (bienes o servicios) que quedan en el bolsillo serían de 220 mil euros anuales para el capital y 18 mil euros para el sueldo percibido por cuenta ajena. Es decir, después de cumplir con las obligaciones fiscales la distancia entre empresarios y trabajadores se agranda hasta 12 veces gracias a la propia normativa en vigor (facilidades y desgravaciones al capital) y a procedimientos de ingeniería financiera sofisticados al alcance de una exigua minoría.

Hay que repetir que hablamos de situaciones medias. Si nos fijamos en los extremos, la desigualdad es más punzante. Unas 500 personas cuentan con un patrimonio superior a los 30 millones de euros y 40 mil indigentes malviven en la calle. Los directivos del IBEX 35 acreditan unos emolumentos medios de dos millones de euros al año, dándose a sí mismo pensiones y bonus de hasta 50 millones de euros (o cifras más elevadas aún de mayor escándalo). Hay casi cuatro millones de parados y el ocho coma cinco millones de trabajadores, el 60% del total, ganan menos de mil euros al mes. También existen 1,5 millones de familias alojadas en infraviviendas y nueve millones de pensionistas. Y las mujeres cobran un 25% menos que los hombres por idéntico trabajo realizado.

Conviene señalar igualmente que el PIB es un concepto macroeconómico que recoge la producción de bienes y servicios legales susceptibles de ser comprados, esto es, el cambio de manos del dinero en curso. No contempla los daños causados por la contaminación ambiental, ni el cariño entre personas, ni el trabajo doméstico sin contrato laboral, ni el afecto, ni la experiencia transmitida entre generaciones, ni los estragos físicos y psicológicos provocados por la pobreza. Ni la percepción de alegría o felicidad. Muchos nis están prohibidos en el PIB.

Habitamos un mundo donde al dinero le otorgamos un valor casi divino. Es un tabú: todo es monetario o no es. Si no lo expresamos en dinero contante y sonante, podemos despacharlo como nadería desechable. Pero el dinero no se come. No se puede vivir solo con dinero. Por eso, la alimentación, la ropa, la casa, el transporte, la educación y la sanidad son aspectos fundamentales a cubrir para llevar una vida digna. Ahí reside la razón de los sistemas públicos para mantener un espacio resguardado de la rapiña empresarial capitalista. Por esta vía se intenta restablecer una equidad mínima que el mercado nunca busca. Lo suyo es obtener márgenes de beneficio cada vez más amplios. Producir a bajo coste y vender al mayor precio posible son sus axiomas de principio insoslayables.

Y, por supuesto, con el neoliberalismo las necesidades más imperiosas son un negocio suculento. Que nadie escape del miedo al hambre y a la enfermedad son elementos constitutivos del mundo actual… y, también, del siglo XX. Léase la extraordinaria novela de Robert Tressell, Los filántropos en harapos, ambientada a principios de la pasada centuria y veremos, salvando las distancias contextuales, las estrategias ideológicas y prácticas del capitalismo para mantener el statu quo a su favor manipulando la realidad a su antojo.

Existe un recuerdo muy vago en las masas de que todo es trabajo. Toda cosa producida tiene trabajo en su interior. Nada más que trabajo humano. Desde la extracción de las materias primas, pasando por la fabricación de máquinas hasta la elaboración definitiva del objeto tangible o no de consumo, sin trabajo nada habría. Y quienes realizan el trabajo son expropiados legalmente del fruto de su esfuerzo a cambio de intercambiar salario por la propiedad de la cosa producida, que se otorga al capital con un desajuste más que evidente: para obtener beneficio hay que pagar al trabajador una cantidad ostensiblemente menor del valor del objeto transformado en mercancía. Marx llamó a ese hurto invisible plusvalía. Podemos denominarlo de mil modos técnicos o coloquiales. El robo existe: es la esencia misma del sistema económico que nos contiene.

Los que no trabajan, pues, se guardan para sí lo mejor, el bien o servicio producido por el trabajador. Y, además, en un régimen de estricta libertad. El trabajador puede aceptar o no el salario. La alternativa neoliberal es el ostracismo, la indigencia o el hambre. Tiene donde elegir. Y, si tiene tiempo, formarse más y más con frenesí, ser todavía más polivalente y versátil: así nos quieren, educados y sumisos, para competir hasta la extenuación y que de esa competencia desaforada los costes laborales bajen hasta el umbral indigno de la supervivencia.

Pensemos críticamente: Por qué pagan menos impuestos en España las rentas de capital? ¿Por qué ganan más los que no trabajan? ¿Por qué se acepta por parte de la persona trabajadora que le paguen muy por debajo de lo que realmente aporta al objeto terminado fruto de nuestro esfuerzo y pericia profesional? Por qué elude el conflicto la inmensa mayoría frente a una minoría de bandoleros legitimados por la ideología dominante?

Estas líneas, con datos referidos a otros países del entorno occidental, arrojarían magnitudes y resultados parecidos. Y preguntas similares. La necesidad y el miedo guardan la viña del conservadurismo latente y del afán egoísta por alcanzar en dura competencia con el prójimo las miserias que el sistema lanza indiscriminadamente para saciar el hambre y el consumismo del día de autos en que vivimos. ¿Y mañana?

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Analista político español

Manicomio

LA JORNADA 27 de febrero del 2017 MÉXICO

David Brooks*

Aquí en el manicomio todo anda "normal"... bueno, para un manicomio. Sólo que los pacientes han tomado el control de la institución, esa que llaman gobierno "democrático", y aparentemente creen que son los mejores gobernantes de la historia: "nadie ha visto algo como esto", repite el que dice ser presidente.

Algunos esperaban que se "normalizara" la "situación", pero otros dicen que el mayor peligro es aceptar la normalización de esta locura.

No se trata de usar la palabra "loco" de manera literaria o jocosa, sino literal. Algunos expertos en salud mental ya diagnosticaron la enfermedad que padece el que dice ser presidente. Tres destacados profesores de siquiatría, los doctores Judith Herman, de la Escuela de Medicina de Harvard, y Nanette Gartrell y Dee Mosbacher, de la Universidad de California, en San Francisco, intentaron alertar al presidente Barack Obama sobre sus preocupaciones por la salud mental del entonces presidente electo. Indicaron que los síntomas de algo llamado "desorden de personalidad narcisista" incluyen un “sentido grandioso de la propia importancia; preocupación con fantasías de éxito, inteligencia y poder ilimitado; creer que eres ‘especial”, requiere admiración excesiva, frecuentemente es envidioso de otros o cree que otros lo envidian, y demuestra comportamiento arrogante. Afirman que alguien con esta condición puede ser muy peligroso, y por lo tanto, en ese puesto, representa una amenaza para el país y el mundo.

Otros expertos sugieren que debe haber mayor transparencia sobre la salud, y en particular la salud mental, de este presidente, que a sus 70 años es la persona de mayor edad en asumir el puesto. Su edad, junto con su historial familiar de demencia –su padre, Fred, padeció de Alzheimer– provoca "nueva relevancia" a la pregunta sobre si se requieren exámenes cognitivos para el presidente, reporta National Public Radio, citando a varios expertos. Sin embargo, los especialistas entrevistados indicaron que dudan que el público se llegue a enterar si Trump está empezando a fallar mentalmente, y uno afirma que "será protegido... tomarán el control de su cuenta de Twitter... siempre ha sido así".

De hecho, la sección 4 de la enmienda 25 de la Constitución permite la remoción de un presidente que ya no puede ejercer sus deberes pero no puede, o no quiere, admitirlo. Establece un proceso en el cual el vicepresidente, junto con otros miembros del Ejecutivo y hasta del Congreso, declaran incapaz al presidente, y es sustituido con el vicepresidente.

"Después de un mes en su puesto, Donald Trump ya ha demostrado que es incapaz de ejercer sus deberes... no es por pereza o inatención, sino que se expresa en exabruptos paranoicos, disputas incesantes llevadas a cabo en público y actos impulsivos que sólo pueden dañar a su gobierno y a sí mismo", afirma el reportero político George Packer de The New Yorker esta semana.

Más aún, algunos –y no necesariamente los que se esperan– advierten una y otra vez que este tipo de locura también es muy peligrosa para la "democracia".

El general retirado de cuatro estrellas William H. McRaven, ex comandante del Comando Conjunto de Operaciones Especiales quien supervisó la misión que asesinó a Osama Bin Laden hace unos seis años, y hoy rector del Sistema de la Universidad de Texas, después de escuchar el ataque contra los medios de Trump la semana pasada, afirmó al Washington Post: “tenemos que enfrentar esa declaración y ese sentimiento de que los medios noticiosos son el ‘enemigo del pueblo estadounidense’. Ese sentimiento podría ser la mayor amenaza a la democracia que he oído en mi vida”. Agregó que, con todas sus fallas, "la prensa libre es la institución más importante de nuestro país".

Pero la cosa está tan loca que algunos sugieren que Trump está teniendo un impacto positivo, y que tal vez está cumpliendo con su promesa de “hacer a América grande de nuevo”, sólo que no como él lo desea o esperaba. Las listas de cómo lo está logrando circulan por el ciberespacio y otras han sido elaboradoras por comentaristas, como Maureen Dowd, del New York Times, e incluyen estos fenómenos:

Trump ha generado nueva vida al feminismo, al activismo estudiantil, a comediantes, organizaciones de defensa de derechos civiles, ambientalistas, atletas activistas, y ha logrado incrementar la participación de jóvenes en la política, elevó los ratings de Saturday Night Live a su nivel más alto en 20 años, y ahora el público de repente se interesa como nunca por las audiencias legislativas para la ratificación de integrantes del gobierno, así como por las conferencias de prensa de la Casa Blanca.

Trump ha incrementado a niveles sin precedente la participación cívica; "millones de estadunidenses están haciendo más ejercicio al marchar y sostener pancartas cada semana", "todos saben más sobre Hitler que hace un año", "grupos marginales están experimentando un incremento en aliados blancos", "cifras récord de blancos acaban de enterarse de que el racismo no ha desaparecido", millones de dólares han sido donados a cuentas de organizaciones de defensa de libertades civiles, “la gente está leyendo literatura clásica de nuevo, las ventas del 1984 de George Orwell se elevaron 10 mil por ciento después de la toma de posesión”, y "ahora que la gente busca la veracidad en sus fuentes de noticias, medios respetados están reportando felizmente un incremento sustancial en sus suscripciones, un apoyo a una industria en apuros, vital para la democracia".

Mientras tanto, la encuesta más reciente, difundida este domingo, registra que Trump tiene la peor tasa de aprobación jamás vista para un presidente recién llegado al cargo, con 44%, y una desaprobación de 48%, según NBC News/Wall Street Journal.

NBC News reporta que es “el único presidente en la historia moderna de los sondeos que inicia su primer periodo con un rating negativo de -4. Sus antecesores inmediatos iniciaron sus mandatos con más de 30 puntos positivos.

O sea, no todos están dentro de este manicomio, aunque muchos están enloquecidos con lo que está viviendo este país.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Corresponsal de La Jornada en Nueva York

El discurso de Donald Trump

PROGRESO SEMANAL 3 de marzo del 2017 EEUU

Jesús Arboleya*

Gracias a la señal de la cadena Telesur, transmitida de manera regular en la televisión del país, los cubanos pudimos presenciar, en vivo, el primer discurso de Donald Trump ante el Congreso de Estados Unidos.

Aunque no faltaron frases grandilocuentes como “vamos a iluminar el mundo” y exaltó la existencia de un optimismo que no se aprecia en ninguna parte, la realidad es que Trump no dijo nada nuevo respecto a los temas que han estado en el centro de sus discursos y pretendió convencernos con los mismos argumentos utilizados en su campaña.

La tónica de la audiencia fue una parte puesta de pie aplaudiendo con frecuencia y otra que permanecía sentada sin mover las manos. El speaker de la Cámara, Paul Ryan, enemigo de Trump durante la campaña, no dejó de robar cámara para demostrar su satisfacción con las declaraciones del nuevo mandatario, lo que indica que, por lo menos hasta ahora, el liderazgo republicano se ha atrincherado alrededor del Presidente.

Esta vez, Trump fue insistente en su convocatoria a la unidad entre demócratas y republicanos, pero impresionan las diferencias existentes, incluso respecto a la visión que cada bando tiene de la situación de Estados Unidos. Tal parece que nos están hablando de dos países distintos.

Mientras los demócratas resaltan la recuperación económica, bajos índices de desempleo, avances en la educación y la salud pública, los republicanos aducen un estado de crisis en estos y otros indicadores.

En realidad, ninguna de las partes dice toda la verdad, ni las soluciones que plantean están orientadas a la raíz de los problemas, sino que responden a los intereses de las facciones en pugna.

El reto con Donald Trump es escudriñar los intereses que representa, nada fácil debido al eclecticismo de sus propuestas y la naturaleza de su discurso.

No resulta novedoso que la economía, la seguridad y la inmigración estén en el centro de sus preocupaciones, tampoco que recurra a la exaltación del militarismo para buscar la cohesión del pueblo norteamericano.

Parece que esto último funcionó, ya que fue la única ocasión en que los demócratas se sumaron a un extendido aplauso hacia la viuda de un soldado muerto recientemente en Yemen donde, por cierto, no ha sido muy publicitada la presencia militar norteamericana.

En lo económico, resulta imposible determinar una corriente específica en el pensamiento de Donald Trump. Sus propuestas ante el Congreso constituyen una mezcla que combina el proteccionismo, de cara al mercado internacional, con el neoliberalismo extremo hacia lo interno; grandes inversiones en la infraestructura, con una reducción sustancial de los impuestos, así como la disminución del presupuesto federal con un incremento extraordinario de los gastos militares, todo lo cual pone en duda la factibilidad de su materialización.

Este incremento de los gastos militares se contradice con las críticas de Trump a la intervención de Estados Unidos en otros países y su supuesta vocación de promover la estabilidad y la paz internacional.

El argumento de que las fuerzas armadas norteamericanas deben estar “preparadas para ganar”, hace pensar en un regreso a la teoría de la “guerra asimétrica”, preconizada por Collin Power durante su etapa como jefe del Estado Mayor Conjunto.

Como ello viene aparejado con una reducción del presupuesto del Departamento de Estado, tal parece que el nuevo presidente de Estados Unidos se distancia de la doctrina del “poder inteligente”, preconizada por Obama, para acercarse a las teorías neoconservadoras que preferencian el uso de la fuerza sobre la diplomacia.

No obstante, para continuar con las antípodas que dificultan seguirle la pista, Trump hizo alarde de la capacidad negociadora que supuestamente tendrá su gobierno, implicando el ejercicio de una diplomacia muy activa.

Quizás, entonces, el incremento de los gastos militares pudiera estar más relacionado con el nacionalismo económico, que tiene en la industria militar a uno de sus principales pilares. Incluso, pudiera tratarse de una maniobra política, destinada a satisfacer intereses demasiado poderosos para ser ignorados.

A la vez, se plantea una reducción significativa de los programas sociales, una postura tradicional de los conservadores que, contrario a la lógica y la experiencia, achacan al mercado la capacidad de reducir las desigualdades y garantizar el acceso masivo a la educación y la salud pública.

Hasta ahora, no existen propuestas concretas de Trump para sustituir el Obamacare, el cual, asegura será eliminado, dejando sin protección a 22 millones de personas.

Aunque habló de una posible reforma migratoria y estableció, en líneas generales, los condicionamientos que debían guiarla, en la práctica, el problema migratorio ha sido visualizado por Trump casi exclusivamente desde la perspectiva de la seguridad interna, desconociendo los factores económicos, sociales y de política externa, que en realidad determinan este fenómeno.

Trump volvió a insistir en la construcción del famoso muro fronterizo y, desde una visión xenófoba, criminalizó a los inmigrantes, incluso informó la creación de una oficina para la atención a las víctimas de crímenes relacionados con la inmigración, aunque las investigaciones demuestran que el índice delincuencial de estas personas está por debajo de la media social norteamericana.

Uno de los momentos más bochornosos y manipuladores del discurso, fue cuando Trump presentó a dos familias cuyos hijos fueron, supuestamente, asesinados por inmigrantes ilegales.

Igual ocurrió con el problema de las drogas, achacando a los inmigrantes su difusión en Estados Unidos. De esta manera, Trump se distanció del avance que significó el reconocimiento que hizo Obama del problema del consumo en Estados Unidos, como una de las causas de la extensión que ha tenido este flagelo a escala internacional.

La otra víctima de su discurso fue el medioambiente. Anunció la eliminación de regulaciones basadas en este criterio y la construcción de dos oleoductos, hasta ahora paralizados por sus consecuencias ambientalistas. Los republicanos aplaudieron entusiasmados y el público formó un alboroto en contra.

La seguridad interna ocupó buena parte de su intervención y los temas centrales fueron el terrorismo, una constante en la agenda política norteamericana, y la delincuencia.

Nada dijo de enfrentar las causas que generan estos fenómenos, sino que se limitó a proponer un incremento de los mecanismos represivos y pidió un apoyo incondicional para los cuerpos policíacos, enfrentados a la crítica social por sus abusos y tendencias discriminatorias.

Apenas habló de política exterior, salvo para decir que gracias a su mandato Estados Unidos estaría listo para liderar el mundo, aunque no sabemos cómo piensa hacerlo.

Las únicas referencias fueron para reafirmar su apoyo a Israel, anunciar sanciones para los que apoyen el programa nuclear de Irán, lo que pone en duda la posición estadounidense respecto a los acuerdos alcanzados con este país, y manifestar su respaldo a la OTAN.

Dijo que gracias al bloque militar se había derrotado al fascismo -lo cual es una barbaridad histórica- y al comunismo, pero que todos los socios tenían que asumir su cuota de gastos para mantenerlo, lo cual, señaló, ya se viene logrando gracias a sus presiones.

Al afirmar que no había sido elegido para proteger al mundo sino a Estados Unidos, Trump dijo una verdad. Pero queda la duda si esto quiere decir “proteger a Estados Unidos del resto del mundo”, lo que implicaría una amenaza universal.

En realidad, no creo que alguien esperara un discurso de alto contenido filosófico y verbo elocuente, como nos tenía acostumbrados Barack Obama, pero no dejaba de existir cierto morbo a la espera de declaraciones de un hombre que se ha caracterizado por romper las reglas del juego e incentivar la polémica. Sin embargo, esta vez, Trump se vistió de presidente, se ciñó al libreto, fue más moderado y nos aburrió a casi todos.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Título original es Donald Trump visto desde Cuba
  • Doctor en Ciencias Históricas, profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales