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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-04-18

Trump y el lenguaje de los misiles

LA HAINE 10 de abril del 2017 ESPAÑA

No sería de extrañar que hubiera en Washington quienes crean que llegó el momento de ajustar cuentas con Corea del Norte y Venezuela

Atilio Borón*

Acosado por sucesivas derrotas en el Congreso –el rechazo a su proyecto de eliminar el Obamacare- y en la Justicia, por el tema de los vetos a la inmigración de países musulmanes, Donald Trump apeló a un recurso tan viejo como efectivo: iniciar una guerra para construir consenso interno.

El magnate neoyorquino estaba urgido de ello: su tasa de aprobación ante la opinión pública había caído del 46% al 38% en pocas semanas; un sector de los republicanos lo asediaba “por izquierda” por sus pleitos con los otros poderes del Estado y sus inquietantes extravagancias políticas y personales; otro hacía lo mismo “por derecha”, con los fanáticos del Tea Party a la cabeza que le exigían más dureza en sus políticas antiinmigratorias y de recorte del gasto público y, en lo internacional, ninguna concesión a Rusia y a China.

Por su parte, los demócratas no cesaban de hostigarlo.

En el plano internacional las cosas no pintaban mejor: mal con la Merkel durante su visita a la Casa Blanca, un exasperante subibaja en la relación con Rusia y una inquietante ambigüedad acerca del vínculo entre EEUU y China. Así, con el ataque a Siria, Trump espera dotar a su administración de la gobernabilidad que le estaba faltando.

Los frutos de su iniciativa no tardaron en aparecer. En el flanco interno, el chauvinismo y el belicismo de la sociedad y la cultura política norteamericanas le granjearon el inmediato apoyo de republicanos y demócratas por igual.

Quien antes aparecía como un peligroso neofascista o un incompetente populista emergió de los escombros de la base aérea de Al Shayrat como un sabio estadista que “hizo lo que debía hacer”.

Tanto la impresentable Hillary Clinton como el anodino John Kerry no ahorraron elogios al patriotismo y la determinación con que Trump enfrentó la inverosímil amenaza del régimen sirio, a quien se le acusó, contra toda la evidencia, de haber utilizado el gas sarín que días atrás produjo la muerte de al menos ochenta personas en un ataque perpetrado en la ciudad de Jan Sheijun.

Mentiras. Fuentes independientes señalan que esa macabra operación no pudo ser causada por Damasco sino por los “rebeldes” amparados y protegidos por Occidente, las tiranías petroleras del Golfo y el Gobierno fascista de Israel. El área donde se produjo la masacre estaba bajo el control del Al-Nusra, rama de Al Qaida que Naciones Unidas y EEUU habían calificado como terrorista.

En el 2013 el Gobierno sirio firmó su adhesión a la Convención para la Prohibición de Armas Químicas (OPAC) y tres años más tarde el país fue declarado territorio libre de armas químicas. Así reza el informe que esa organización elevó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Claro está que una parte de ese arsenal pudo haber sido capturado y escondido por Al-Nusra, facilitada esta maniobra por la debacle en que estaba sumida Siria a causa de la guerra.

Pero al bombardear la base aérea de Al Shayrat Washington destruyó al equipo y el arsenal militar que presuntamente podría haber probado que fue el ejército sirio quien cometió el crimen con el gas sarín.

¿Por qué destruir la evidencia que eventualmente podría culpabilizar (o inocentizar) a Al-Assad, se preguntaba la vocera de la Cancillería rusa?

Destruir pruebas es un delito, o por lo menos una actitud sospechosa, sobre todo si se atiende a la inevitable pregunta que hace Günter Meyer, director del Centro de Investigaciones del Mundo Árabe, con sede en Maguncia, Alemania, y que reproduce un cable de la agencia Deutsche Welle.

En cualquier película policial -asegura Meyer- cuando se investiga un crimen los detectives se preguntan quién gana y quién pierde con lo ocurrido. En este caso la pregunta tiene una clara respuesta: "De semejante ataque con gas letal solo pueden beneficiarse los grupos opositores armados” y (agrego por mi parte) sus aliados en Occidente, a la vez que solo puede perjudicarse el Gobierno sirio. Entonces, ¿por qué cometería semejante crimen? ¿Puede Al-Assad ser tan estúpido? No parece, porque de haberlo sido ya habría sido derrocado hace años.

Todas estas consideraciones fueron soslayadas por Trump. Y en esto el outsider demostró no serlo tanto porque siguió al pie de la letra el guión al cual se ajustaron los presidentes que le precedieron, desde Bush padre a Barack Obama, pasando por Bill Clinton y Bush hijo: atacar, invadir, ocupar naciones usando como pretexto un torrente de mentiras y difamaciones -eufemísticamente llamadas “posverdad” por los infames manipuladores de la opinión pública mundial- que persiguen justificar lo injustificable.

Todos conocemos la historia de las “armas de destrucción masiva” que supuestamente tenía en su poder Saddam Hussein y que jamás se hallaron, ni antes de la destrucción del régimen ni después. Pero la tragedia igual fue consumada a partir del 2003 porque la mentira se había arraigado en la sociedad americana.

Todos sabían, además, que el único país de la región que las poseía era Israel, pero como es el gendarme regional del imperio eso es una nimiedad que se oculta cuidadosamente ante los ojos de la opinión pública y que intencionadamente marginan de sus análisis los más sesudos especialistas.

Con el ataque del viernes pasado Washington violó, por enésima vez, la Carta de las Naciones Unidas demostrando más allá de toda duda que el presunto “orden mundial” no es tal sino un brutal e inmoral “desorden mundial “ donde rige la máxima bárbara del derecho del más fuerte.

Pero no solo eso: Trump también violó la Carta de la OEA, que en su Capítulo 2, inciso 9, dice textualmente que “los Estados americanos condenan la guerra de agresión: la victoria no da derechos”.

Sería bueno que el secretario general de esa siniestra organización, Luis Almagro, tan preocupado por aplicar la Carta Democrática a la República Bolivariana de Venezuela tomara nota de esto y denunciara a Washington, con el mismo ardor con que enjuicia a Caracas, por su agresión a Siria. Ante la gravedad de la situación es obvio que Rusia no permanecerá de brazos cruzados: tiene en Siria una vital base naval en Tartus que le abre las puertas del Mediterráneo (y de ahí al Atlántico Norte) a su flota del Mar Negro anclada en Sebastopol y también una base aérea en Latakia.

China e Irán también tienen intereses en juego en Siria y una Rusia cercada por tierra -con la OTAN estacionada a lo largo de toda su frontera occidental con lo que algunos observadores consideran como el mayor despliegue de fuerzas y equipos de toda su historia- y por mar si llegara a producirse la caída de Al-Assad.

En tal caso Moscú no tendría sino dos alternativas: aceptar mansamente su sumisión a los dictados de EEUU, cosa que obviamente no está en el ADN de Vladimir Putin y que por lo tanto jamás hará; o activar su poderoso dispositivo militar y aplicar represalias selectivas intensificando su campaña en contra del ISIS creado y protegido por Washington e, inclusive, adoptando una postura más activa en caso de una nueva agresión norteamericana.

Cuesta pensar de otro modo cuando se ataca a un país como Siria que, junto a Rusia, había logrado grandes éxitos en controlar a la horda de fanáticos que sembró el terror en Siria y otras partes de Oriente Medio.

El inesperado giro de Trump (que en su campaña había divulgado nada menos que 45 tuits diciendo que “atacar a Siria era una mala idea porque podría precipitar el estallido de la Tercera Guerra Mundial”) debe poner en guardia a todos los pueblos y gobiernos del planeta porque con el ataque a Siria el mundo camina sobre el filo de una navaja.

Esta actitud de vigilancia y preparación para la lucha debe ser impulsada en Nuestra América, especialmente cuando se analizan las muy recientes declaraciones del jefe del Comando Sur, Kurt Tidd, ante el Comité de Fuerzas Armadas del Senado de EEUU. En esa ocasión textualmente habló de “una creciente crisis humanitaria en Venezuela que eventualmente podría obligarnos a una respuesta regional”.

Los latinoamericanos y caribeños sabemos lo que esas palabras significan y estaremos preparados para desbaratar esos planes. Suenan los tambores de guerra en la Casa Blanca y no sería de extrañar que aparte de continuar con sus operaciones bélicas en Siria hubiera en Washington quienes crean que llegó el momento de ajustar cuentas con Corea del Norte y Venezuela, dos espinas que hace mucho tiempo Tío Sam tiene clavadas en su garganta.

Cuando comienzan su periplo descendente los imperios potencian su barbarie y tratan de retrasar lo inevitable apelando a cualquier recurso, entre ellos, inventando guerras.

No sería de extrañar entonces que ante este cuadro, cuando son los propios estrategas imperiales los que se desvelan por tratar de detener su declinación, Trump intentara “normalizar” el mapa sociopolítico latinoamericano y del sudeste asiático recurriendo al lenguaje de los misiles. Si lo hiciera se llevaría una sorpresa enorme.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Politólogo y sociólogo argentino

(Título original: La guerra de Trump)

La confabulación regional contra Venezuela

REBELIÓN 6 de abril del 2017 MÉXICO

Karla Díaz Martínez*

Mientras en Venezuela la cotidianidad sigue en calma, en el exterior se afirmó y denunció un supuesto golpe de Estado. Con esto queda claro que la oposición política en este país se hace desde el exterior mejor que a lo interno.

Se trata de una estrategia doble, bilateral y multilateral. Colombia y Chile llaman a sus embajadores a consulta, y más frontalmente, Perú lo retira. Hay que tener en cuenta que Perú en el tiempo reciente es el vocero designado por Estados Unidos en esta afrenta para encabezar las acciones contra Venezuela, desplazando a Paraguay en ese rol que venía desempeñando hasta ahora.

Tal vez la situación interna del país guaraní no les permita asumir cabalmente esa tarea. Queda claro que no es un tema de moral, cuando el propio Canciller Loizaga (paraguayo) viaja a Buenos Aires de emergencia para tratar la situación de Venezuela mientras todavía el congreso paraguayo ardía en llamas.

En el campo multilateral el Mercosur se convirtió en el escenario preferido. Una vez la derecha se empodera (por diferentes vías) en Argentina y en Brasil, se rebusca una sanción inexistente para cesar a Venezuela de ese bloque aduciendo incumplimiento de los compromisos de incorporación normativa. Todo el que puede analizar un poco más allá de las matrices impuestas por los medios, entiende que se trata de una argucia con nulo asidero jurídico.

Ahora se reúnen nuevamente, ya sin Venezuela, y amenazan con aplicar la Clausula Democrática. Los medios afirman que ya se aplicó, sin embargo para imponerla van a necesitar del consenso de Chile y Bolivia que son parte del Protocolo de Ushuaia sobre compromiso democrático en Mercosur, aún cuando no son estados parte del bloque. Esto complejiza el panorama.

Si algunos gobiernos han devenido voceros en esta tarea, algunos personeros también. En este caso Luis Almagro, cumple una labor que raya en lo ridículo, por burda y parcializada. En la OEA, se ha buscado en varias ocasiones la aplicación de la Carta Democrática, en intentos hipócritas por juzgar las dificultades de uno de sus miembros e ignorando las del resto, que no son pocas.

En esta nueva pasada, tampoco han logrado los votos suficientes contra Venezuela, aún mediando amenazas públicas de personeros estadounidenses contra algunos países. El despliegue diplomático y sus resultados ha sido uno de los grandes triunfos del gobierno bolivariano en esta etapa.

Las tensiones en Venezuela durante las dos últimas décadas han servido también para develar el sentir de la izquierda internacional. Así como en el 2002, cuando se consumó por breve tiempo un verdadero golpe de Estado contra el Comandante Chávez, varias “izquierdas” salieron a reconocer al gobierno de facto, y finalmente quedaron bastante mal puestos cuando a las horas se retomó el hilo constitucional. De igual forma, ahora el escenario se esclarece frente al escándalo generado a partir de la sentencia del Tribunal Supremo Venezolano.

Las manifestaciones internacionales no se han hecho esperar, y mientras unos repiten a coro lo que los grandes medios propagan sobre un supuesto golpe de Estado y evitan tomarse la foto al lado de Venezuela (así como lo han hecho con Cuba), muchos actores han tenido una lectura política más clara.

No se han hecho esperar las manifestaciones de solidaridad de gobiernos, organizaciones sociales, partidos políticos e individualidades del mundo y la región. Un buen ejemplo son las declaraciones emitidas por el presidente del Partido Comunista de Chile, y la posterior Declaración Pública en solidaridad con Venezuela, que posicionándose contra la denuncia de golpe de estado desde la comparación con la dramática experiencia de Chile hacen un trascendente aporte en esta coyuntura.

Los llamados al diálogo son una constante en quienes apuestan por el buen desenvolvimiento de la situación actual venezolana. Lamentablemente la oposición política se ha levantado de la mesa hace meses y no atiende llamado alguno, su apuesta es al caos, y por esa misma razón se niegan a adecuarse y legislar desde la Asamblea Nacional. Hecho que desencadenó la sentencia del Tribunal Supremo, vista la necesidad de legislar materias de especial trascendencia.

Sin gente en las calles, sin respaldo en las Fuerzas Armadas, sin liderazgo visible, y sin mayores propuestas constructivas, la oposición venezolana no está interesada en ser un interlocutor político interno, por eso sus acciones se orientan desde y para el exterior, sus mejores voceros son gobiernos, medios y actores regionales, de ahí que el caos es su mejor apuesta para lograr la injerencia.

  • Analista internacional

Lecciones de las elecciones en Francia

LA JORNADA 6 de abril del 2017 MÉXICO

Soledad Loaeza

El próximo 23 de abril tendrá lugar la primera vuelta de la elección presidencial en Francia. Se habla de un proceso sin precedentes por muchas razones: participan 11 candidatos; luego, dos de ellos, los más populares, se presentan como candidatos antisistema: Emmanuel Macron, quien pretende ofrecer una alternativa de centro izquierda y centro derecha (para mantener el equilibrio y las probabilidades en su favor) con el movimiento que ha denominado En marche, y Marine Le Pen, abanderada del Front National, quien representa a la extrema derecha.

Se dice que el proceso es novedoso también porque un tremendo meteorito frenó la carrera del delantero, el candidato de la derecha democrática, François Fillon, antiguo primer ministro de Nicolás Sarkozy. La noticia de que su esposa, Penélope Fillon, percibió durante años un muy buen salario mensual en su calidad de asistente parlamentaria de su marido, ha sido devastadora para un aspirante que se decía modelo de probidad.

Contrariamente a lo que hubiera podido esperarse en una situación más o menos convencional, el tremendo tropiezo del candidato de derecha no ha favorecido a la izquierda, sino a la extrema derecha. El escándalo mandó a Fillon al tercer lugar en las preferencias de los electores, a más de 10 puntos porcentuales de distancia de Le Pen y de Macron, que hoy se disputan el primer lugar con un porcentaje que varía entre 25 y 26 por ciento.

La posición aventajada de Marine Le Pen y del Front National no es ni una llamarada de petate ni un ramalazo intempestivo. El partido –o movimiento, como prefiere autodefinirse– participó por primera vez en elecciones presidenciales en el 1974. Ciertamente, Jean-Marie Le Pen, el padre del FN y de Marine, obtuvo sólo 0,75 del voto; no obstante, a partir de las elecciones del 1984 para el parlamento europeo, el FN ha participado de manera consistente y ha obtenido en ambos tipos de elecciones –presidenciales y europeas– porcentajes nada despreciables, que se colocan entre el 11 y 18% que recibió Marine Le Pen en la presidencial del 2012.

Faltan todavía tres semanas para el primer escrutinio, y más de un mes para la segunda vuelta, que tendrá lugar el 7 de mayo. Como ocurren las cosas ahora en el mundo de la política, más meteoritos pueden caer y día con día aumentan las probabilidades de que Marine Le Pen contienda en la última etapa de la elección; en ese caso, los más optimistas creen que todos los partidos se aglutinarán en el rechazo al FN, como ocurrió en el 2002, cuando Jean Marie Le Pen se enfrentó a Jacques Chirac, quien obtuvo una mayoría inusitada de más de 85%. Ganó los votos incluso de muchos que cruzaron la boleta en su favor aunque se taparon las narices para poder hacerlo. Sin embargo, hay indicios de que hay que ser prudentes y mirar con cuidado los cambios que han ocurrido en los anteriores 15 años, mismos que, a mi manera de ver, han aumentado las probabilidades de una victoria de Le Pen.

Jean-Marie Le Pen, el fundador del FN, se abrió a codazos un espacio en el escenario político francés con un discurso ferozmente agresivo, ultranacionalista, antisemita, que negaba el Holocausto y denunciaba a las élites y a la Unión Europea. Marine, la hija, se ha propuesto desdemonizar al FN, ha renunciado a la ferocidad y enarbola un discurso nacionalista, pero el tono es más conciliador; por ejemplo, en relación con la UE propone un referendo. Su objetivo, y así lo ha dicho, es desplazar a la derecha del tipo Les Républicains, del corte Fillon, y para allá se encamina; esto es, el FN ya no quiere ser el partido antisistema del papá.

Tanto así que Marine, sin tocarse el corazón, expulsó del partido a Jean-Marie. El parricidio ha sido una prueba poderosísima de su determinación de hacer del frente un partido. No obstante, incluso sin necesidad de semejante demostración, Marine Le Pen podría hoy subirse a la cresta de la ola antinmigratoria que envuelve a Europa y que en Estados Unidos llevó al poder a Donald Trump.

El regreso del nacionalismo le favorece, al igual que el creciente rechazo a la globalización y a la UE. No obstante, la victoria del Lepenismo depende sobre todo de la participación, y las recientes encuestas muestran una gran volatilidad de los votantes no entre partidos, sino entre abstencionismo y participación. Desde esa perspectiva, los aliados del FN son los políticos corruptos a quienes solo podemos acercarnos, en México como en Francia, si nos tapamos las narices.

“La guerra no convencional”, la más convencional de las guerras

CUBADEBATE 10 de abril del 2016 CUBA

Hugo Morales Karell*

En los documentos doctrinales de Estados Unidos se define la Guerra No Convencional (GNC) como: “el conjunto de actividades dirigidas a posibilitar el desarrollo de un movimiento de resistencia o la insurgencia, para coaccionar, alterar o derrocar a un gobierno, o a tomar el poder mediante el empleo de una fuerza de guerrilla, auxiliar y clandestina, en un territorio enemigo” .

Algunos estudios refieren que el citado término se introdujo por primera vez en el vocabulario oficial del Departamento de Defensa norteamericano en el 1955; aunque un reciente documento desclasificado dedicado al tema, la publicación de Técnicas del Ejército (ATP 3-05.1), de septiembre del 2013, titulado: La Guerra no Convencional, señala que: “(…) el gobierno de EE.UU. la utiliza como una opción política de carácter estratégico al apoyar a los agentes extranjeros. EE.UU. ha llevado a cabo este tipo de actividades desde la Segunda Guerra Mundial (…)”.

Ejemplos del empleo de esta modalidad se pudieran citar varios, pero es más elocuente utilizar los mencionados por Estados Unidos en el referido documento, entre ellos destacan: Albania y Letonia (1951–1955); el Tíbet (1955–1970); Indonesia (1957–1958); Cuba y la invasión a Playa Girón (Abril de 1961); Laos (1959–1962); Vietnam del Norte (1961–1964); Nicaragua y Honduras (1980-1988); Paquistán y Afganistán (1980-1991) e Iraq (2002-2003).

En la última década, la GNC ha emergido como la modalidad más factible a aplicar por Estados Unidos y sus aliados para derrocar “regímenes contrarios a sus intereses”. En función de ello, han aplicado varias recetas, pero sin apartarse en lo fundamental de la utilización de pretextos para generar manifestaciones antigubernamentales por las más disímiles razones, desde descontentos populares por la situación socio-económica en que viven, hasta la supuesta actuación de una oposición interna. En estas acciones, se conjugan dos elementos fundamentales, la participación de los jóvenes y el uso de las bondades que brindan las Tecnologías de las Informática y las Comunicaciones.

Además, tratan de pulsar una “respuesta desmedida” de las autoridades del país a los manifestantes, que sirva de excusa para desarrollar una intensa campaña mediática, ejercer presión política y lograr la condena en organismos internacionales de los “países adversos”. En lo fundamental estos postulados, salvando las particularidades socioeconómicas, políticas, militares y religiosas de cada nación, condujeron los eventos asociados a la denominada “Primavera Árabe” y los conflictos en Siria y Ucrania, que se han convertido en un prolongado “invierno” sin solución a la vista.

En la actualidad, las acciones de GNC se aprecian de manera cambiante y veloz en los países de América Latina y el Caribe, con mayor claridad en la situación que viven Venezuela, Brasil y Bolivia, en los que se evidencia el marcado objetivo de frenar el avance de la izquierda progresista en la región.

Un comportamiento de tal naturaleza, busca desconocer que la II Cumbre de la CELAC, en enero del 2014, proclamó la región como zona de paz, basada en el respeto a los principios y normas del Derecho Internacional; el compromiso permanente con la solución pacífica de controversias a fin de desterrar para siempre el uso y la amenaza del empleo de la fuerza en nuestro hemisferio, así como el compromiso con el estricto cumplimiento de la obligación de no intervenir, directa o indirectamente, en los asuntos internos de cualquier otro Estado y observar los principios de soberanía nacional, la igualdad de derechos y la libre determinación de los pueblos.

Pretender analizar el complejo entramado político, económico y social que vive hoy la región, y el impacto de las técnicas de GNC que están detrás de ello, requiere más que un artículo, pero la mera evaluación de las causas que la originaron nos permiten aseverar que detrás de ellas están los pretendidos objetivos de “alterar, o derrocar a un enemigo que ocupa el poder o gobierno. Los objetivos de la GNC van desde el apoyo a un grupo de la resistencia opuesto a la autoridad gubernamental en el poder, hasta la instauración de otro gobierno”, como lo asevera la reiterada ATP 3-05.1.

Es por ello que Venezuela se convirtió en blanco de los ataques imperiales desde el mismo inicio de la Revolución encabezada por el comandante Hugo Chávez Frías, y siempre han estado al acecho de cualquier situación interna, para tratar de magnificarla y generar desestabilización, lo que ha sido utilizado “convenientemente” por el presidente Obama para calificar a esa hermana nación como una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos.”

En este contexto, a finales del pasado año, como resultado de una larga lucha contra el sabotaje económico que generó descontento popular y confusión entre las bases chavistas, la oposición se impuso en las elecciones parlamentarias y desde entonces tratan de derrocar “por vías constitucionales” al gobierno legítimo del presidente Nicolás Maduro, instando a la violencia como sucedió en el 2014, que cobró la vida a 43 personas. Tales acciones se ejecutan, sin vulnerar ningún paso de los que describe la ATP 3-05.1, en su acápite “La manipulación subversiva de las multitudes, protestas y manifestaciones”.

Hoy como ninguna otra etapa en los últimos 17 años, la patria de Bolívar y Chávez, es sometida a una intensa campaña mediática, en la que no es casual que, casi a diario, se publiquen artículos de opinión, editoriales y “noticias” en medios de prensa impresos y digitales donde el enfoque principal es trasladar a la opinión pública internacional la presunta situación de crisis por la que transita el proceso bolivariano.

Ejemplo de ello es el recientemente artículo del diario estadounidense The Wall Street Journal donde se señaló: “Venezuela está descendiendo en una crisis que se profundiza y que puede terminar en violencia, incluyendo la posibilidad de un golpe de estado contra el atribulado gobierno izquierdista, dijeron altos funcionarios de inteligencia estadounidense (…) Los funcionarios, que tienen amplia experiencia en la región, aseguraron que ellos y otros en la comunidad de inteligencia creen cada vez más que el presidente Nicolás Maduro podría ser expulsado de su cargo, ya sea mediante un “golpe palaciego” liderado por asociados cercanos o mediante un levantamiento militar”.

En esta intensa oleada contra Venezuela no se puede dejar de citar las declaraciones de Josh Earnest, portavoz de la Casa Blanca, quien en rueda de prensa el pasado 16 de mayo dijo: “Estamos bastante preocupados por el bienestar de los venezolanos. Las últimas informaciones sobre este país son desalentadoras. (…) Es hora de incluir a todas las partes y de que los líderes escuchen las diversas voces venezolanas para trabajar conjuntamente y de manera pacífica”.

En el caso de Brasil la presidenta Dilma Rosseuff, fue sometida en su segundo mandato a una larga secuencia de acusaciones por supuestas vinculaciones de su gobierno y el Partido de los Trabajadores (PT) a hechos de corrupción, asociados a la empresa Petrobras, que no pudieron probar; no obstante, al unísono varias encuestadoras comenzaron a divulgar que su nivel de aceptación popular había descendido al 10%, contexto en el que señalaron que una situación similar, solo había sucedido en el 1992, previo al sometimiento del expresidente Fernando Collor de Mello a juicio político por corrupción.

Todo este entramado, solo tratado en sus aspectos esenciales, desencadenó en el actual Golpe de Estado parlamentario a que es sometida Dilma, bajo el trasfondo de una edulcorada estructura de la democracia de los “Estados de Derecho”, el juicio político, en esta oportunidad bajo el cargo de “esconder un déficit presupuestario en su reelección en el 2014”.

También volvieron a utilizar el manido recurso de la lucha contra la corrupción para involucrar a Luiz Inacio Lula da Silva, líder histórico del Partido de los Trabajadores, secundada por una iracunda campaña de “TV Globo”, con el único objetivo de desacreditarlo ¡Claro había una justificación! En el 2018 habrá elecciones en el gigante sudamericano y el caballo de batalla del PT pudiera postularse nuevamente.

Respecto a Bolivia, previo al referendo constitucional en el que se debatió la posibilidad de reelección indefinida del Presidente, se comenzó a gestar una nueva “guerra sucia” contra el mandatario Evo Morales en la que se pretendió asegurar que estaba vinculado a un hipotético “tráfico de influencias en beneficio de su ex novia, Gabriela Zapata Montaño”.

Incluso -olvidando los más elementales sentimientos personales- recurrieron a la existencia de un posible hijo de esa pareja que se decía fallecido y se podría demostrar que no era cierto, así como el insólito supuesto de que habría gastado mil 400 pesos bolivianos -unos 200 dólares- por un corte de cabello. Todo procuraba confundir al electorado en un momento crucial, para de esa forma, condicionar su decisión y garantizar que en el 2019 no pueda ser nuevamente reelecto.

Tan solo estos tres ejemplos permiten demostrar que a los efectos de lo que eufemísticamente se denomina Guerra No Convencional “todo vale”. Esas son las realidades de hoy, no están físicamente las cañoneras ni los drones, no se lanzan bombas ni se intervienen militarmente las naciones para garantizar la “seguridad de sus ciudadanos” o los intereses imperialistas, pero las agresiones continúan y todos los países “hostiles” a sus intereses y los de sus aliados son atacados de forma “no convencional”.

Cabría la pena preguntarse ¿estamos en una nueva era, donde la Guerra No Convencional se convertirá en el principal instrumento para perpetuar el dominio imperial? Por el momento, solo podemos responder que todo parece indicar que la Guerra No Convencional, seguirá siendo la más convencional de las guerras.

  • Doctor en Ciencias Jurídicas, especialista en Derecho Penal