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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-05-05

Los peligros del conservadurismo en EEUU

ALAI 27 de abril del 2017 ECUADOR

Manuel E. Yepe*

No todo el mundo comprende hasta qué extremo ha llegado el conservadurismo estrecho en la historia de Estados Unidos y los peligros que esta corriente representa para el resto del mundo. El pánico que generó la entrada de EEUU en la Primera Guerra Mundial, unido al temor por la influencia que pudiera tener en el país la Revolución Rusa, trajeron el desarrollo de un nacionalismo estrecho e intolerante que llegó al extremo de ser excluyente de todo aquel que no fuera WASP (por las siglas en inglés de blanco, anglosajón y protestante), considerados los únicos americanos “puros y nativos”, olvidando a la población aborigen.

A partir del 1917 el Ku Klux Klan incrementó su pujanza en Estados Unidos, ahora accionando no solo contra los negros, sino también contra los comunistas, los anarquistas, los católicos, los judíos, los socialistas y los liberales. Entre el 1917 y el 1918 varias leyes que limitaban las libertades civiles fueron aprobadas: la Ley sobre Extranjeros, enunciada inicialmente para los de origen alemán, pero luego aplicada a todo extranjero considerado molesto o indeseable; la Ley sobre el Espionaje, que declaraba delito toda manifestación que obstruyera el reclutamiento o atizara la deslealtad a la nación, y la Ley sobre la Sedición que iba contra todo el que obstaculizara el esfuerzo bélico nacional.

En el 1919, dos procesos conocidos como terror negro y terror rojo agudizaron el ambiente de intolerancia y extremismo.

El primero, motivado porque los negros que regresaban de la guerra mundial llenos de medallas por el valor demostrado, habían conocido la igualdad y no estaban dispuestos a seguir soportando la discriminación en su tierra natal. Ocurrieron graves incidentes raciales en Chicago y otra veintena de grandes ciudades.

El 1º de mayo del 1919 estallaron más de 30 bultos postales con bombas caseras dirigidas a prominentes figuras de la economía y la política nacional, entre ellos John Rockefeller y el fiscal general de la nación, Mitchell Palmer. Ese fue el comienzo del llamado Terror rojo. Una verdadera histeria colectiva contra la supuesta amenaza de los bolcheviques. Palmer se puso al frente de una cruzada contra los comunistas, socialistas, anarquistas, sindicalistas y liberales en general.

Miles de personas fueron acusadas de incitar el derrocamiento violento del sistema político estadounidense en lo que se conoció como las Redadas Palmer. El terror rojo continuó hasta bien entrado el siguiente año, cuando pese a que la influencia política de Mitchell Palmer disminuyó, se mantuvo la intolerancia durante toda la década como una respuesta a la influencia del bolchevismo en Estados Unidos. En este contexto ocurrió el famoso caso de Sacco y Vanzetti, dos obreros que se habían opuesto al reclutamiento para la Gran Guerra y eran conocidos anarquistas. Fueron acusados de planear un robo y asesinar a dos personas en un juicio plagado de arbitrariedades que concluyó condenándoles a morir en la silla eléctrica. Los sectores más conscientes de la sociedad se movilizaron en su defensa, pero fue en vano.

La década del 1920 se caracterizó por la profundización de la intolerancia y el conservadurismo. En primer lugar, la Ley Seca o Prohibición, que declaró criminal la producción, distribución, venta y consumo de bebidas alcohólicas. El efecto fue contraproducente, pues durante toda la década proliferaron las tabernas clandestinas y emergió la mafia como la institución que regía el ilícito negocio. La limitación a la inmigración fue otra característica de estos años.

En el 1921, el Congreso aprobó la Ley de Cuotas de Urgencia, que establecía un límite máximo de 357 mil inmigrantes, asignando cuotas a cada grupo nacional. La Ley de Orígenes Nacionales, del 1924, fue más restrictiva aún, situaba el límite máximo total anual en 165 mil. El cambio de la fecha de referencia no fue casual porque el mayor número de los llamados “nuevos inmigrantes” (personas que venían de Europa del sur y oriental) había entrado precisamente entre el 1890 y el 1910. Estas leyes se mantuvieron hasta mediados de la década del 1960 y provocaron que el 96 % de la inmigración de este periodo proviniera de Europa del norte y el este.

El fundamentalismo religioso fue otra manifestación del conservadurismo social. La intolerancia religiosa llegó a extremos tales que, en ocasiones se prohibió la venta y la propaganda de métodos anticonceptivos, trajes de baño “indecentes” y convirtió en delito las relaciones extramaritales o hasta besarse en público. Las mujeres sufrieron directamente el conservadurismo de la época. Pese a haberse aprobado la Enmienda XIX que les daba el derecho al voto apenas usaron ese derecho y continuaron en una condición de subordinación respecto al hombre.

Siempre hubo grupos que disentían, jóvenes universitarias en su mayoría, que desafiaron los convencionalismos morales de la época. Quienes defendían estas ideas fueron vilipendiados en la prensa, hostigados judicialmente y execrados desde el punto de vista social.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Periodista cubano


No tan distintos: Trump, el TLCAN y la presencia militar de EEUU

CELAG 19 de abril del 2017 ECUADOR

Silvina M. Romano*

1. El TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte)

Considerando las decisiones y acciones del gobierno de Donald Trump, pueden percibirse algunas brechas respecto de lo prometido durante su campaña electoral, así como continuidades con gestiones anteriores en materia de política exterior. Esto debido en parte al protagonismo de diversos actores y sectores del escenario político estadounidense que dan cuenta de que Trump, aunque quiera, no tiene el poder absoluto.

Algunos ejemplos: el freno interpuesto mediante demanda judicial a los decretos de urgencia que afectan especialmente a migrantes de países musulmanes, la expulsión del ultraderechista Bannon del Consejo de Seguridad y las dificultades para lograr que el juez Gorsuch, elegido por Trump, accediera a un puesto en la Corte Suprema (fue bloqueado por los demócratas en la Cámara Baja y finalmente aprobado por mayoría en el Senado).

De igual modo, el “tan temido” (como irreal) vínculo con Rusia parece transformarse en un abierto enfrentamiento con Putin luego de que Estados Unidos bombardeara Siria en el momento en que Trump estaba en reunión con el presidente chino, Xi Jinping –reunión que a su vez, dio cuenta de que el incendiario discurso de campaña de Trump contra China, ya se enfrió al punto de que las relaciones “son positivas” y se avanza en acuerdos comerciales con el país a quien él había acusado como principal culpable del malestar de la economía estadounidense.

Con respecto a Latinoamérica, destaca la crisis generada por la amenaza –durante la campaña electoral– de que EEUU abandonaría el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Contradiciendo estas expectativas, el equipo de Trump propuso una renegociación del TLCAN a inicios de abril del 2017 (material que ahora se encuentra en manos del Parlamento para ser revisado) en la que figuran modificaciones que fueron calificadas por la prensa hegemónica como “modestas”, por lo que no se le otorgó mayor importancia al asunto.

El mayor cambio planteado es la posibilidad de que cualquiera de los países miembro pueda establecer un arancel en caso de que exista “una inundación de importaciones” que amenace o cause “grave daño” a las industrias nacionales -la imposición de tarifas fue propuesta en su momento por Bill Clinton, pero fue rechazada por México.

También plantea que Estados Unidos debe buscar revertir el déficit comercial con México y Canadá, pero no se especifica cómo. Del mismo modo, se desliza que en el caso de las compras realizadas por el Gobierno, debería priorizarse a las empresas estadounidenses, pero tampoco se abunda en el tema.

Distanciándose del revuelo mediático, estas modificaciones mínimas parecen estar más vinculadas a los intereses de Estados Unidos en México, que impiden su retirada (inmediata o a mediano plazo) del TLCAN.

Destaca el hecho de que “el 70% de los estados de la Unión Americana dirige sus exportaciones a México como primero, segundo y tercer destinos”. Esto ya había sido advertido por la CEO de General Motors, con la afirmación de que “era demasiado pronto para preocuparse” por los altos impuestos fronterizos que supuestamente se cobrarían a las industrias que continuaran produciendo en el país vecino.

Considerando que la firma del TLCAN profundizó el desmantelamiento de la industria nacional mexicana y arruinó la producción rural para instaurar el modelo de exportación de productos de maquila, la innegable dependencia política y económica de México hacia Estados Unidos tiene como reverso el hecho de que importantes sectores de la economía estadounidense están fuertemente vinculados al vecino del Sur y su devenir.

Estas moderadas modificaciones al TLCAN se suman a la “distensión” de las relaciones con México a partir de la visita del secretario de Estado, Rex Tillerson, y el secretario de Seguridad Nacional, John F. Kelly, quienes mostraron una actitud cordial y predisposición a la negociación.

Todo esto confluye en un escenario en que, a diferencia del rudo discurso de campaña, Trump parece ahora inclinar la balanza hacia la posibilidad de una negociación.

De este modo, México, que estuvo en la mira durante la campaña electoral, ahora deja su lugar a los “problemas” de siempre, destacando la tensión con Venezuela, país que figuró poco durante la campaña y que, sin embargo viene acaparando la atención del Departamento de Estado, del Tesoro y el Congreso.

Este redireccionamiento de la atención hacia Venezuela es uno de los indicios que invitan a desentrañar, más allá de discursos incendiarios y promesas de campaña, las continuidades con las gestiones anteriores en materia de relaciones con América Latina. Y aquí un punto clave son los lineamientos para la seguridad.

2. Presencia militar de Estados Unidos en América Latina

El pasado 6 de abril, el comandante en jefe del Comando Sur, Kurt Tidd, presentó su informe ante el Congreso estadounidense. Aseguró que el problema en la región sigue siendo las redes de delincuencia, vinculadas al narcotráfico y el terrorismo, al que se suman las catástrofes naturales y epidemias que golpean a sociedades con “pobreza crónica e inseguridad económica”. Resume que “la región es estable” aunque hay “ebullición social y manifestaciones públicas debido a la corrupción y al mal manejo de fondos públicos”.

Los únicos dos países que se mencionan como ejemplo son Bolivia y Venezuela. Es curioso que no se diga ni una palabra de lo sucedido en las calles de Brasil luego del golpe parlamentario a Dilma Rousseff, o del “aprieto” en el que se vio el Gobierno peruano por el caso de las coimas de Odebrecht, o la inestabilidad (a punto del estallido) que se experimentó con el gasolinazo en México.

En su informe, Tidd llamó la atención sobre la cada vez menor presencia de Estados Unidos en América Latina, mientras avanza la injerencia de China, Rusia e Irán.

Aun considerando que se trata de una afirmación orientada a solicitar mayor presupuesto al Congreso, lo cierto es que desde el 2013 se nota una disminución en la asistencia militar estadounidense en términos generales hacia América Latina, derivada de la reducción en las asignaciones al Plan Colombia (guerra contra el crimen organizado en Colombia y la zona andina) y a la Iniciativa Mérida (lucha contra el crimen organizado en México y Centroamérica).

Al mismo tiempo, ha aumentado la asistencia militar al Caribe y Centroamérica, en el marco de la Iniciativa para la Seguridad de Centroamérica (CARSI).

La región del Caribe, en el 2015, recibía 7,2 millones de dólares, mientras que en el 2016 recibió 27,5 millones de dólares en asistencia. Con respecto a Centroamérica, en el 2014 recibió 100 millones, aumentando a 118 millones en el 2016.

Vale destacar que se trata de la región con mayor nivel de pobreza y violencia, y constituye uno de los “problemas” para la seguridad de EEUU, debido a la “exportación” de inmigrantes (indeseados).

Asimismo, es cada vez más evidente el vínculo entre la militarización de la región (en gran medida propiciada por EEUU) y los asesinatos selectivos a militantes y líderes sociales (es de destacar que en Honduras, país con un alto nivel de criminalización de la protesta, haya aumentado el presupuesto de asistencia a 18 millones de dólares y que a pesar de las denuncias sobre la violencia perpetrada por las fuerzas de seguridad, esta asistencia siga fluyendo).

También queda la duda de la función o implicaciones de este aumento en el presupuesto de asistencia al Caribe en el contexto del acercamiento a Cuba.

Por otra parte, tal como lo revelan informes realizados en Estados Unidos, la disminución de asistencia no significa un menor involucramiento con Policía y Fuerzas Armadas de la región.

Se trata de un involucramiento con menos poder duro, pero también “menos transparente”, pues implica la presencia de aviones no tripulados, la posibilidad de ataques cibernéticos y sobre todo, un rol protagónico de las Fuerzas de Operación Especiales.

Estas últimas se ocupan de “acciones indirectas” vinculadas a entrenamiento, asesoría, operaciones sobre aspectos civiles, recopilación de datos e información confidencial (es decir, fuerzas capaces de llevar a cabo tanto operaciones psicológicas, como operativos militares puros y duros).

A esto se suma una mayor presencia de agentes de inteligencia y los operativos para intervenir en redes de cómputo de países u organizaciones que Estados Unidos considere como amenaza.

En su informe, Tidd asegura que hubo acercamientos con Brasil para enfrentar amenazas cibernéticas y avances en compartir información. Lo mismo en Centroamérica, donde se destaca el Centro Regional para la Fusión de Inteligencia.

Estos datos obligan a indagar nuevamente en los factores que han estado y están presentes en la desestabilización en Venezuela (incluida la Operación Venezuela Freedom-2, pautada por el Comando Sur) y operativos de desprestigio y deslegitimación llevados a cabo en procesos electorales, como el referéndum en Bolivia en febrero del 2015.

Con respecto a la situación actual en materia de asistencia militar, de acuerdo al Monitor de Asistencia para la Seguridad (Security Assistance Monitor) de Estados Unidos, se manejan los siguientes datos: Asistencia a Fuerzas Armadas y Policía, 610 millones 840 mil dólares (2017); personal entrenado por parte de EEUU, 15 mil 173 personas en el 2015, y venta de armas (entregadas) por un valor de mil 110 millones de dólares en el 2015.

A esto se suma el esfuerzo por instalar nuevas bases de “ayuda humanitaria”, como en el caso de Perú, Paraguay y la noticia que resuena desde fines del 2016, cuando la administración Obama negoció con el presidente Mauricio Macri la instalación de bases en la triple frontera con Brasil y Paraguay y en Ushuaia, con fines “científicos” y la ya mencionada asistencia humanitaria, proyecto que sigue en marcha.

Durante la campaña electoral, el discurso de Trump auguraba un escenario complejo y de tensiones con América Latina. Ahora en el gobierno, parece que no habrá ese momento de quiebre absoluto, ni de cambio estructural en las relaciones.

Es más probable que Trump profundice, con menos diplomacia, pero con el mismo objetivo, medidas que fueron aplicadas por gobiernos anteriores: alinear a la región bajo los parámetros (económicos, políticos y de seguridad) que EEUU considere adecuados, necesarios e inminentes para garantizar su seguridad nacional.


Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Doctora en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina

Francia elige entre el fascismo y el liberalismo

PÁGINA 12 30 de abril de 2017 ARGENTINA

El progresismo duda entre abstenerse y votar en blanco o a un sepulturero de sus conquistas sociales

Entre la resistencia de la izquierda y las oscilaciones de los conservadores, las fisuras en el frente republicano que empezó a plasmarse contra Marine Le Pen han configurado una situación comprometida e inédita

Eduardo Febbro*

“Ni patria, ni patrón”. Las apenas dos mil personas que manifestaron en París durante la semana contra los dos candidatos de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el centrista liberal Emmanuel Macron y la candidata de la ultraderecha, Marine Le Pen, son una gota de agua si se las compara con los cientos y cientos de miles de manifestantes que, hace 15 años, cuando Jean-Marie Le Pen pasó a la segunda vuelta de las presidenciales deL 2002, salieron a mostrar su repudio en la capital francesa y en las grandes ciudades del país.

El llamado espíritu del 21 de abril de 2002 se diluyó con los años en beneficio de la vital extrema derecha. La consigna “ni patria ni patrón”, “ni fascismo ni liberalismo”, constituye un rechazo a ambas candidaturas y a la disyuntiva que esta acarrea en los sectores del electorado más progresista: oprimido entre votar en blanco, abstenerse o, para ahogar electoralmente a la ultraderecha, votar por un candidato como Emmanuel Macron que será, una vez más, el sepulturero de muchas de las conquistas sociales obtenidas en Francia por el Frente Popular en la primera década del Siglo XX.

La alternativa viciada también alcanzó a la misma derecha que dio sobradas pruebas de su inestabilidad ideológica. Entre la resistencia de la izquierda y las oscilaciones de los conservadores, las fisuras en el frente republicano que empezó a plasmarse contra Marine Le Pen han configurado una situación comprometida y totalmente inédita. Los niveles de adhesión con que cuenta el Frente Nacional nunca han sido tan altos como hoy. Apercibida de lo que ello representa, Marine Le Pen salió a buscar todos los votos, incluidos los de la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon cuya postura ha provocado otro terremoto.

Mélenchon, por segunda vez desde que se celebró el pasado 23 de abril la primera vuelta, se negó a dar consignas de voto, lo que le valió un chantaje masivo de los medios, de la clase política y, además, una ofensiva de los lepenistas hacia su consistente electorado (19,6%).

“Somos un movimiento político que nada tiene que ver con la extrema derecha, histórica, cultural y filosóficamente, y eso todo el mundo lo sabe”, dijo Mélenchon.

El líder de Francia insumisa aclaró que “no hay que ser muy vivo para adivinar cómo voy a votar, pero no lo diré para que cada uno de ustedes, sea cual fuere su posición, sea coherente”.

En dos oportunidades, en el 2002 y en el 2012, el jefe de los insumisos franceses dio sus votos: la primera a favor del expresidente Jacques Chirac cuando enfrentó a Jean-Marie Le Pen.

“No hay que dudar. Pónganse guantes o usen pinzas, pero voten. Hagan bajar a Le Pen hasta lo más profundo posible”, dijo Mélenchon en esa ocasión: la segunda a François Hollande frente a Nicolas Sarkozy. No habrá una tercera. Prefiere el aluvión de críticas antes que llevar a la izquierda radical a optar por una corriente liberal cuyas políticas ya todo el mundo conoce.

Marine Le Pen aprovechó ese interciso y se lanzó en una operativo seducción de los siete millones de personas que se sumaron a los insumisos. En un video difundido por internet, Marine Le Pen, suave como el terciopelo, interpeló a esa izquierda: “Hoy hay que levantar una barrera ante Emmanuel Macron cuyo proyecto es contrario al que ustedes defendieron en la primera vuelta de la campaña: Macron no representa el cambio, es la continuidad (...) y como ex banquero representa las finanzas que Hollande había prometido combatir y que finalmente ha dejado prosperar”.

La señora Le Pen tocas las cuerdas sensibles de la izquierda: prometió defender a los trabajadores, plantea el retiro la reforma laboral del 2016, un combate “frontal contra la globalización y las “oligarquías de Macron. Ante la plataforma liberal y continuista de Macron, Marine Le Pen pretende izarse como la descendiente legítima del linaje anti globalizador y liberal. En su retórica, reconoce que “hay diferencias” entre el Frente Nacional y los insumisos pero insiste en que ambos comparten un credo fundamental: estar contra la globalización y el “banquero” Macron en un momento en que, asegura, “la oligarquía está luchando contra mí y también contra ustedes”.

Emmanuel Macron se tragó al partido socialista, decapitó parte de la derecha y acaba de sembrar el descrédito entre la izquierda más genuina que tiene Francia, víctima de un chantaje en el que se la obliga a optar entre lo que gritan los escasos estudiantes que desfilan por las calles de la capital francesa: o fascismo o liberalismo. En una entrevista publicada por el diario Libération, el economista Thomas Piketty (autor de El Capital en el Siglo XXI) defiende el voto por Macron: “Cuanto más fuerte sea ese voto a favor de Macron, más claro quedará que no es su programa el que estamos validando sino que es a la extrema derecha a la que estamos apartando”.

Piketty pone de relieve uno de los ejes determinantes de la narrativa electoral: la absoluta desunión de la izquierda con el telón de fondo del golpe de estado liberal contra el Partido Socialista. Sus progenitores fueron precisamente Emmanuel Macron, el presidente François Hollande, su exprimer ministro Manuel Valls y un ballet de desleales –ministros y diputados– que, en la primera vuelta, llamaron a votar en las urnas del centro liberal. La derecha de gobierno, ausente por primera vez desde 1958 de una segunda vuelta, tampoco tiene el horizonte más limpio.

Entre quienes nunca votarían por Le Pen, quienes anhelan recuperar su electorado y quienes no le perdonan a François Fillon haber mantenido su candidatura pese a estar inculpado por corrupción, el bloque se ha ido agrietando con el paso de los días. Es allí donde operan las artimañas de Marine Le Pen y donde siembra las tentaciones de unos y otros. Pasó de ser la “candidata del pueblo” a presentarse como un muro “contra la oligarquía”, como la nueva diseñadora de la Unión Europea y la jineta mundial de la cruzada contra la globalización. Como a la izquierda, el electorado popular de la derecha, hoy sin candidato, es muy sensible a esas retóricas.

“Macron es un banquero, viene de un universo donde una de las variables no tiene ninguna importancia: la de la vida de los seres humanos”, dice la candidata frentista. Marine Le Pen comenzó la campaña de la segunda vuelta como si fuera una hija de la más auténtica cultura antiliberal y una militante contra el racismo. Hace unos días afirmó: “Yo no miro sus orígenes, su color de piel, su orientación sexual. Eso no me interesa. Lo que me importa es la felicidad de ustedes”. Pero es todo lo contrario.

En esta semana, ha sido la reina de la campaña. Sus estrategias le dieron la primacía en los medios y hasta logró sellar un pacto con el partido soberanista Francia de Pie (4,6%) de Nicolas Dupont-Aignan, a quien prometió la jefatura de gobierno si salía electa presidenta el próximo siete de mayo.

Pero detrás de las tretas y ficciones de los montajes políticas ha quedado un cráter cuyo fondo es un pozo de ausencia: las nuevas generaciones híper conectadas no se parecen en nada a las de aquel 21 de abril del 2002 que ocuparon las calles con asco y vergüenza porque, por primera vez en la historia moderna y después de los estragos de la Segunda Guerra Mundial, un hombre que representaba el antisemitismo, el fascismo más crudo y el colonialismo llegaba a disputar una segunda vuelta. A las generaciones de hoy, la repetición del 2001 no les trastorna sus códigos políticos o morales. El liberalismo y el fascismo son figuras que lo han devorado todo.

  • Periodista argentino