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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-08-24

EEUU despliega un menú de opciones, entre ellas la guerra por delegación, para terminar con el chavismo

REBELIÓN 17 de agosto del 2017 ESPAÑA

Injerencia en Venezuela

Aram Aharonian*

Las amenazas de Donald Trump, las “sanciones” del gobierno estadounidense, incluidos los bloqueos bancario y financiero, los intentos de aislamiento diplomático, dejan en claro la incapacidad de la derecha venezolana de voltear el tablero y su total dependencia de la voluntad de Washington.

Mientras participa en mesas de diálogo con el Gobierno, con un escueto comunicado, la desmembrada Mesa de la Unidad Democrática intentó responsabilizar al presidente Maduro por la amenaza de intervención militar de Donald Trump, cuando sus principales dirigentes fueron protagonistas de las súplicas a gobernantes y a funcionarios de EEUU para que invadieran el país, ante los sucesivos fracasos de todas sus estrategias, incluidas las violentas y terroristas.

Para no ir más atrás, en este 2017 dirigentes del antichavismo como Julio Borges, Luis Florido y la devaluada exprimera dama de Voluntad Popular, Lilian Tintori, se han fotografiado con importantes funcionarios estadounidenses, dejando prueba gráfica de sus intentos.

Lo mismo había intentado años atrás María Corina Machado, quien se fotografió con George Bush y difundió urbi et orbi la foto.

Conscientes de que una imagen vale más que mil palabras (las que difícilmente puedan juntar), tampoco tuvieron empacho en fotografiarse con Luis Almagro, el gerente de EEUU en la Organización de Estados Americanos (OEA), ante quien exigían la aplicación a Venezuela de la Carta Democrática de esa organización regional. Y en Washington y Miami, donde viajan regularmente para lograr el bloqueo financiero del país (de su país) por parte de los grandes bancos internacionales.

Julio Borges aparecía fotografiado y sonriente junto a H.R. McMaster, asesor de Seguridad Nacional de Trump, quizá exigiéndole lo que mejor sabe hacer, intervenir y masacrar poblaciones inocentes e indefensas en nombre de la libertad y la democracia, como lo hizo en la segunda fase de la ocupación de Irak. McMaster estaba con Trump en la reunión donde este anunció la opción militar y amenazó con invadir a Venezuela.

Ya no se trataba de pedir financiamiento para los capacitadores en manejo de redes sociales de los jóvenes de Primero Justicia, ni de los toldos y equipos para guarimbas y terrorismo.

Mientras, Lilian Tintori y Luis Florido posaban junto a los congresistas Marco Rubio y Bob Menéndez, operadores de toda medida contra el Gobierno constitucional venezolano y financistas de la ola terrorista.

El terrorismo islámico

El intento de afianzar un relato demonizador se circunscribe también a otros argumentos contra el país, como el tendencioso e inconsistente reportaje de CNN sobre la conexión entre Tareck El Aissami, vicepresidente ejecutivo de Venezuela, y la entrega de pasaportes venezolanos a “terroristas” de Hezbollah en el Líbano.

El senador Marco Rubio tomó esta pieza de propaganda y la presentó ante el Senado estadounidense para justificar sanciones contra funcionarios venezolanos.

Dentro de la misma estrategia, el director de la CIA, Mike Pompeo, aseguró que Venezuela se encuentra influenciada por Hezbollah e Irán, dos de los actores geopolíticos que Washington ubica dentro del “Eje del Mal”, y que por ello “puede convertirse en un riesgo para EEUU”.

Esta maniobra de “inteligencia” busca fortalecer el relato de que Venezuela es un país promotor del “terrorismo islámico”.

Cabe recordar las sanciones que el Departamento del Tesoro impuso a Tareck El Aissami, en febrero de este año, señalado de ser un jefe narcotraficante, claro que sin mostrar pruebas ni evidencias que clarificaran tal acusación.

También trataron de asociar al hijo del Presidente, Nicolás Maduro Guerra, con el Cártel de Los Zetas en México, y al constituyentista Diosdado Cabello con un supuesto plan para asesinar al senador Marco Rubio.

Estos ejemplos expresan no solo el tratamiento simbólico y narrativo para presentar a Venezuela como un Estado terrorista, narcotraficante y forajido, sino las acciones de fuerza financiera y militar anunciadas, que estarían legitimadas casi que por consecuencia lógica.

Esta es la “narración clara” recomendada por el Consejo del Atlántico al Gobierno estadounidense, que permitiría escalar las agresiones contra el país, debido a que EEUU ve en Venezuela una “amenaza inusual y extraordinaria” a sus intereses, basado en el Decreto firmado por Obama en el 2015, base jurídica e institucional de todo su accionar injerencista.

¿Casuales casualidades?

Difícil creer que fue una casualidad que 13 cancilleres con posiciones antivenezolanas se reunieron en Lima para declarar que "Venezuela no cumple con los requisitos ni obligaciones de los miembros del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas", a la misma hora que un preinforme del Alto Comisionado de la ONU -muy sesgado contra Venezuela- se difundía profusamente por los diarios latinoamericanos.

La campaña de terror mediático se acentuó para exigir la suspensión de la elección de constituyentes, mientras las presiones y el chantaje estadounidense sumaba “voluntades” a sus posiciones.

Ese mismo día se reunieron en Caracas los países de la Alba para denunciar las "amenazas imperiales". Fue luego de esta reunión que Trump anunció su opción militar, acompañada por una nueva campaña de terror mediático para lograr que varios países latinoamericanos, encabezados por México y Colombia, rompan relaciones diplomáticas con Venezuela, mientras se acentuaba el bloqueo bancario y financiero, parte de la guerra económica.

Vicepresidente que aprieta

El vicepresidente estadounidense, Mike Pence, tras reunirse con el mandatario colombiano Juan Manuel Santos, anunció como arenga de guerra que EEUU usará todo el poder económico, político y diplomático contra Venezuela, pero descartó una intervención miliar.

Sopesó que hasta Santos se oponía a una salida militar, al menos con tropas estadounidenses, aunque quizá no descartan agresiones desde las fronteras, con identidades sudamericanas, al menos hasta que puedan organizar un brazo armado en parte del territorio venezolano.

La reacción generalizada en la región, no era esperada en Washington. El Vicepresidente va con la línea de mayores sanciones económicas a Venezuela, entre ellas a la industria petrolera.

Pence dijo que su país (¿o su Gobierno?) no escatimarán en seguir usando todos los recursos asimétricos posibles hasta que el chavismo salga del poder.

Lo mismo que había dicho el jefe de la CIA, Mike Pompeo, sobre el uso de Colombia como principal punto de avanzada, junto a México, en una política coordinada contra Venezuela, que va desde lo militar hasta lo económico y diplomático.

En Buenos Aires, donde se reunió con el presidente Macri, Pence sostuvo que Venezuela “está poco a poco yendo hacia la dictadura” y dijo que el presidente Trump “quiere trabajar con sus aliados de la región para una solución pacífica a la crisis que enfrenta” ese país. "Lo que estamos viendo en Venezuela es la tragedia de la tiranía", sostuvo sin ningún rubor.

La guerra por delegación

Cuando todo apunta a que la época de las intervenciones directas ha pasado de moda, la verdadera “opción militar” de Trump pareciera ser la guerra por delegación (proxy war), una vez que se logre una mayor tenaza contra la economía de Venezuela que justifique la radicalización de estas acciones.

Para los analistas del Consejo del Atlántico, Colombia sería nodal en esa guerra por delegación, base logística para operaciones armadas de desgaste, sabotaje y guerra sucia, encabezadas por grupos mercenarizados, más profesionales que los paramilitares.

Este Consejo, financiado por más de 25 países aliados de EEUU, impulsa establecer una “narración creíble” que culpabilice a Maduro por las acciones económicas y políticas en contra de Venezuela por parte de EEUU.

Este think-tank tiene como directoras honorarias a Madeleine Albright y Condolezza Rice, ambas cancilleres de Bill Clinton y George W. Bush, respectivamente, y responsables directas de invasiones como las de Kosovo (1999) e Irak (2003). La estrategia la difundió The Washington Post: “En Venezuela, la economía podría hacer lo que la oposición no pudo”.

El silencio cómplice también forma parte de esa “narrativa creíble”, junto a las maniobras que adelantan los norteamericanos contra Venezuela para que el plan de intervención tome al fin su cauce definitivo.

En contraposición, el pasado 14 de agosto el ministro del Poder Popular para la Defensa, Vladimir Padrino López, leyó un comunicado desde Fuerte Tiuna en el que condena una posible intervención militar de EEUU en Venezuela.

Debido a que ha agotado las vías y los métodos indirectos de desestabilización, golpe suave, y de insurrección por delegación, EEUU ha decidido quitarse “la careta para ir por vía directa a la agresión militar contra Venezuela”, dijo Padrino López.

Nuevas opciones desestabilizadoras

No hay una sola estrategia para lograr el fin de terminar con el chavismo, hoy Estados Unidos ha puesto varias sobre el tapete, tras el golpe sufrido el pasado 30 de julio que echó por tierra la acumulación insurreccional que venía sumando la derecha durante tres meses.

La derecha perdió iniciativa, narrativa, desapareció de la calle.

De un día para el otro los “épicos” dirigentes de la derecha pasaron a ser cobardes y traidores para los sectores más radicales, mientras los grupos de choque (que habían sido bien pertrechados con financiamiento extranjero) súbitamente desaparecieron de las calles.

Y el verso de la correlación de fuerzas -supuestamente mayoritaria de la oposición- cayó por su propio peso hasta en los medios de comunicación internacionales.

Ante este nuevo escenario, barajaron y repartieron las nuevas opciones desestabilizadoras, las económicas y financieras, las diplomáticas, mientras se organiza un brazo armado y se insiste en acciones paramilitares sobre cuerpos de seguridad, comercio y transporte de alimentos y combustible.

Por las redes sociales circulan videos de supuestos grupos armados de encapuchados con armas largas (al viejo estilo paramilitar colombiano) y se trata de crear mitos de la llamada resistencia, como el piloto que bombardeó el Tribunal Supremo de Justicia desde un helicóptero robado, o el excapitán (hoy preso) que dice haber comandado el asalto al fuerte Paramacay.

Desesperados por fracasar en sus intentos de impedir primero la elección de la Constituyente y luego su instalación, se muestran decididos a emplear la acción militar, encabezados por Washington.

El Gobierno está atento ante cualquier agresión. “Las cosas no están para juego. Es la soberanía e independencia las que están en riesgo”, señala Eleazar Díaz Rangel, director del diario Últimas Noticias.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Periodista venezolano

Terrorismo y cambio social

ALAI 16 de agosto del 2017 ECUADOR

Fredes Luis Castro*

El pasado 12 de agosto una marcha de supremacistas blancos en el municipio de Charlottesville, Estados Unidos, terminó en enfrentamientos que dejaron un muerto, luego de que un automotor conducido por un supremacista impactara contra un grupo de manifestantes de signo contrario. El presidente Donald Trump acusó responsabilidades por igual entre víctimas y victimario, lo que fue celebrado por los dirigentes y grupos de extrema derecha.

Historia y manipulación

El profesor de Justicia Penal de la Universidad Estatal Westfield, George Michael, investigador especializado en la extrema derecha estadounidense, describe al movimiento alt-right (abreviatura de derecha-alternativa) como un colectivo diverso, que contiene un amplio espectro ideológico, con posiciones que van de un radicalismo moderado a los delirios macartistas más agresivos. Descubre sus raíces en organizaciones con décadas de existencia, pero resignadas a un rol marginal, carente de influencia.

Destaca como figura relevante, entre otras, a Andrew Breitbart, fundador de Breitbart News, en particular a la hora de comprender la difusión de la ideología nacionalista en el ciberespacio y de las batallas culturales, con los asuntos relativos a la inmigración en primer orden, que a juicio de estos nacionalistas el conservadurismo imperante no estaba dispuesto a promover.

El profesor Michael subraya que la cuestión inmigratoria configura la materia prioritaria para el nacionalismo blanco estadounidense, cuyos adherentes juzgan que la tasa de natalidad entre los inmigrantes procedentes de países del Tercer Mundo, amenaza la existencia de la raza blanca a la que orgullosamente pertenecen.

El especialista sugiere que el estrecho margen con el que Trump se impuso en estados claves explica su complacencia hacia estos grupos y organizaciones: no puede despreciar ningún apoyo.

Por otro lado, estos sujetos se contaron entre los más decididos militantes de su campaña, aspecto nada menor en países en los que el voto no es obligatorio.

La victoria del magnate inmobiliario incentivó los encuentros cara a cara de los nacionalistas blancos, aceitando sus aparatos organizativos.

La historiadora Keri Leigh Merritt no niega el apoyo que obtuvo Trump de parte de la clase blanca trabajadora y empobrecida, pero imputa una responsabilidad mayor en la elite blanca, cuyo dominio de los sistemas educativo, político y mediático le permite edificar una manipulación informativa orientada a convencer a los primeros acerca del aprovechamiento abusivo de las políticas de bienestar por parte de las minorías raciales, los afroamericanos en primer término.

La elite blanca más poderosa manipula los conocimientos y la agenda pública, promoviendo la apatía política en los sectores populares y usando la ideología de la supremacía blanca para asegurar fragmentaciones en su propio y económico beneficio.

El cambio

Arie Perliger, director de Estudios en Seguridad y profesor de la Universidad de Massachusetts Lowell, conmina a considerar a las violencias de la extrema derecha norteamericana como actos terroristas, atendiendo a que se despliegan con el objeto de transmitir mensajes atemorizantes a las minorías no blancas y a los colectivos no cristianos.

No duda en calificar al terrorismo doméstico como un peligro mayor que cualquiera procedente del exterior, en parte por el mayor número de ataques terroristas autóctonos. Un informe de su autoría, publicado por el Centro de Lucha contra el Terrorismo de West Point, identifica cientos de incidentes terroristas domésticos entre los años 2008 y el 2012.

Perliger observa que el número de ataques inspirados en la ideología de extrema derecha ha aumentado en el siglo XXI, alcanzando un promedio anual de más de 300 agresiones desde el 2001 (en los años 90 del siglo pasado el promedio era de 70 ataques anuales).

Un nuevo salto se produjo desde la elección de Trump como presidente, con 900 incidentes discriminatorios en los primeros 10 días siguientes a su victoria electoral. El experto sugiere una respuesta para explicar estas tendencias:

Más allá del terror experimentado por las víctimas, creo que esta tendencia refleja un cambio social más profundo en la sociedad americana. El modelo del iceberg del extremismo político, originalmente formulado por Ehud Shprinzak, un cientista político israelí, puede iluminar esta dinámica.

Los asesinatos y otros ataques perpetrados por los estadounidenses de extrema derecha constituyen la punta visible de un iceberg. El resto del iceberg permanece oculto bajo el agua. Esto incluye cientos de ataques cada año que dañan propiedades e intimidan a las comunidades (…) Es importante recordar que los cambios en las normas sociales suelen reflejarse en los cambios de comportamiento. Por lo tanto, es razonable sospechar que los extremistas realizan estas acciones porque sienten que sus puntos de vista gozan de legitimidad y aceptación social crecientes, lo que los anima a materializar sus prejuicios.

En sintonía con Perliger, la columnista del The Washington Post Catherine Rampell, basada en los datos aportados por un reporte de la comunidad de inteligencia, advierte sobre una preocupante prevalencia de jóvenes (“milenials”) entre los militantes de la alt-right y los generadores de la violencia supremacista blanca.

Rampell sostiene que “si los jóvenes rebeldes de los años sesenta abrazaron el amor libre, la paz y la igualdad, hoy -al menos entre los anti-anti-Trumpers- se trata de promover el odio y la desigualdad social”.

La columnista conecta la adhesión de estos jóvenes a las alternativas de extrema derecha con su temperamento anti establishment, parido por un sistema inequitativo, que con la última crisis financiera “afectó irremediablemente las perspectivas económicas de los millenials”.

Es por ello que la periodista no se sorprende por el deseo de algunos de destruir todo el sistema. Como Merrit, enfatiza en la clave bajo la cual razonan y comprenden los déficit del sistema: no les molesta que permite a los ricos concentrar mayores riquezas, les perturba que privilegie injustamente a las minorías a expensas de los trabajadores blancos.

Observaciones

Buena parte de las derechas contemporáneas se desenvuelven con soltura en escenarios fragmentados y de polarización social, solo puede conjeturarse la magnitud del rol que han tenido en su creación, pero es claro que contribuyen a sostenerlo y fortalecerlo, trátese de la oferta más cool de Emmanuel Macron, o de la furiosa y desfachatada de Donald Trump.

La fragmentación promovida por las derechas, su capacidad para manipular voluntades y superar las diferencias internas para imponerse a sus oponentes, no son aspectos novedosos. En todo caso, merece mayor atención los éxitos cosechados por algunos de sus líderes, en detrimento de oposiciones internas que cuentan con recursos sólidos y arraigados pero insuficientes para contenerlos y dirigirlos.

También merecen aguda atención los formatos estéticos y discursos desestructurados, coloridos y divertidos, que sin embargo difunden descreimiento y pesimismo en los esquemas representativos.

Estos esquemas, cabe señalar, no actualizan sus despliegues operativos, estéticos y discursivos, lo que facilita la difusión mencionada. Hay una grieta entre sus comunicaciones y las nuevas demandas y expectativas ciudadanas-electorales.

Los descreimientos y pesimismos promovidos por las derechas favorecen la apatía y el abstencionismo social. Este efecto, en ejercicio circular, favorece la promoción de reformas electorales que, abanderadas en las innovaciones tecnológicas y las libertades individuales, reducen y desincentivan la participación electoral, cristalizando el fenómeno que alegan combatir.

No hay formas puras, desde ya, existen ensayos que combinan y ordenan preferencias entre los componentes aludidos, y otros que no incluyo, pero el huevo de la serpiente incuba en estas ofertas mixtas.

Las nuevas tecnologías informacionales son bien aprovechadas por los impulsores de la división social y las batallas culturales excluyentes y revanchistas.

La energía de una ciudadanía lastimada por las políticas económicas neoliberales, es perversamente redirigida, con riesgo de habilitar un cambio tan extremo como nefasto.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Abogado argentino. Analista internacional

Barcelona: la piedra y la mano

REBELIÓN 22 de agosto del 2017 ESPAÑA

Guillermo Almeyra*

Detrás de los fanáticos asesinos de la yihad o de los asesinos nazis y del Ku Klux Klan en Estados Unidos hay fuerzas que los reclutan, envenenan sus mentes, atizan sus miedos y odios, arman sus manos, financian sus atentados y sus organizaciones.

Antes de lanzar a una guerra a un país cuyos habitantes no la quieren o la temen, esas fuerzas intoxican la opinión pública, adormecen y desarman las oposiciones éticas o morales, siembran odio contra el “enemigo” que fabrican para combatirlo con el fin de lograr sus objetivos (eliminación de una competencia, conquista de territorios y riquezas, monopolio de materias primas escasas).

Entonces las provocaciones mortíferas están en el orden del día y se multiplican: el presidente Franklin Delano Roosevelt tenía información de que el alto mando japonés iba a atacar Pearl Harbour y dejó conscientemente que hundiesen la flota estadounidense con alto costo en vidas humanas; para invadir Afghanistán fue necesario el atentado del 11 de septiembre del 2001 contra las Torres Gemelas perpetrado por gente formada y fomentada por la CIA, y George W. Bush inventó en 2003 y declaró tener pruebas de que Irak tenía armas de destrucción masiva para destruirlo, conquistarlo y apoderarse de su petróleo; por último, en la actual guerra en Siria e Irak, los terroristas del Estado islámico son armados y financiados por Estados Unidos, Arabia Saudita, Qatar y Turquía, que además vende el petróleo iraquí robado por ellos.

Ante la ola de atentados en Inglaterra, Alemania, Francia, España... hay que preguntarse pues a quién sirven, por qué su simultaneidad y la elección de ciudades con gran turismo, y qué están preparando.

La respuesta es simple y apunta a Estados Unidos, que declara abiertamente sus intenciones de provocar conflictos bélicos (con Corea del Norte, China o Venezuela) que sabe muy bien que serían nucleares, abarcarían Europa y llegarían al territorio de Estados Unidos, y por eso mismo son mucho más impopulares que la guerra de Vietnam. No hay ninguna otra potencia mundial interesada en la preparación de una guerra general que pondría en peligro la existencia misma de la civilización e implicaría también terribles desastres sociales y ecológicos.

Trump es el aliado de las monarquías árabes que fomentan la yihad y sostiene a los supremacistas blancos y a los nazis estadounidenses. Sus amenazas bélicas responden al hecho de que intenta mantener mientras todavía puede una supremacía económica y militar que se está deshaciendo. No puede esperar que una sinergía ruso-china supere a Estados Unidos en esos campos. Por eso los atentados en países que rechazan su política, como los europeos y los ataques contra Venezuela y Cuba, que deben ser eliminados como focos de resistencia antes de un conflicto generalizado.

La lucha contra el peligro de guerra es urgente y exige rechazar la islamofobia (el Islam como religión no tiene nada que ver con estos atentados), la xenofobia (los inmigrantes son un aporte, no un peligro) y al capital financiero que persigue sus objetivos aunque para alcanzarlos deba pasar por sobre millones de cadáveres.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Historiador, investigador y periodista

La profunda grieta que aún divide a Estados Unidos

TIEMPO ARGENTINO 16 de agosto del 2017 RGENTINA

Alberto López Girondo*

La demora del presidente Donald Trump en condenar el ataque en Charlottesville del sábado pasado y las fuertes críticas que despertó su tibio comunicado en que pone en un mismo nivel a racistas que a antirracistas, sumado a los enfrentamientos que todavía despierta el enfoque sobre la guerra civil, revela que hay una profunda grieta en Estados Unidos que no se ha cerrado en más un siglo y medio. Y precisamente este año se cumplieron 140 años del fin de un proceso virtuoso en el sur esclavista que había llevado a la igualdad de derechos entre negros y blancos por la que habían muerto cerca de un millón de norteamericanos en la terrible guerra de Secesión.

Como se sabe por cientos de filmes de Hollywood, los estados sureños intentaron hacer rancho aparte de la Unión al negarse a terminar con el sistema de esclavitud, una de las promesas de Abraham Lincoln en su campaña electoral. Es así que en noviembre del 1860, tras el triunfo del candidato republicano (si, aquellos republicanos eran antiesclavistas, mientras que los demócratas eran esclavistas), Carolina del Sur anunció que se separaba de la Unión. Para febrero del 1861 siete distritos habían conformado los Estados Confederados de América.

Lincoln asume el 4 de marzo y el 15 de abril estalla lo que Arturo Jauretche llamó “la guerra de las camisetas”. Es decir, una conflagración en la que se dirimía dónde y cómo se irían a fabricar las prendas con el algodón producido por los esclavos negros del sur; si en el norte industrializado y con obreros asalariados o en Gran Bretaña.

En pocos meses los confederados eran 11 estados (Carolina del Sur, Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana, Texas, Virginia, Arkanzas, Carolina del Norte y Tennessee).

Tras un infierno de cuatro años, el 9 abril del 1865 el general Robert E. Lee se rinde y comienza otro período en la historia de Estados Unidos. Un período que ya no protagonizará Lincoln, asesinado cinco días después de este acontecimiento, durante una función a la que había asistido en el Teatro Ford de Washington por un actor virginiano supremacista, John Wilkes Booth.

Asumió su vicepresidente, Andrew Johnson, no tan comprometido con la equiparación de derechos entre negros y blancos como Lincoln, y que inició un Plan de Reconstrucción del sur derrotado en mayo del 1865. Para fin de ese año, Johnson anunció el fin de ese proceso y que los estados confederados podían desde entonces regresar a la Unión respetando el fin de la esclavitud.

Pero esto no era todo por lo que se había luchado y los legisladores republicanos no estaban de acuerdo: solo habría una verdadera reconstrucción del país si los hombres liberados en el sur tuvieran todos los derechos que emanaban de ser ciudadanos estadounidenses. Para ese año, también, nace el Ku Klux Klan, con el objetivo de mantener los privilegios de los blancos, escudados en la supremacía sobre otras razas.

Choque de poderes

Nació entonces un enfrentamiento entre el presidente y el Congreso, que por las suyas aprobó un Acta de Reconstrucción Militar, en el 1867, y pasó por sobre el veto del mandatario. El sur fue dividido en cinco distritos militares gobernados cada uno por un general, respaldado en tropas federales, para garantizar que se cumpliera la 14 enmienda constitucional, que daba plenos derechos a negros y blancos.

Avanzó en el Parlamento un impeachment contra Johnson, que se salvó por un voto de ser destituido.

Como fuera, los antiguos esclavos pasaron a reclamar los 40 acres (16 hectáreas) y una mula prometidos por ley. Y a participar activamente en la vida política, no solo como votantes sino como legisladores. De hecho, fueron primordiales para el triunfo de Ulysses Grant en el 1868.

Para el 1870 las quinta parte de los oficiales sureños eran afroamericanos, tenían 22 representantes en el Capitolio. Los esclavistas no se quedaron de brazos cruzados y desplegaron medidas legales para frenar los avances y cuando no pudieron, comenzaron con actos terroristas.

En el 1871 se dictaron las Actas de Ejecución, que convertían en ilegal el soborno, la fuerza o las tácticas de terror para impedir que otra persona vote. Hubo también apoyo para emprendimientos e inversiones industriales en el sur rebelde, cosa de convencer por el bolsillo de las ventajas del capitalismo sobre otros modelos de explotación económica.

Pero la situación se fue enrareciendo y en el 1872 se dictó un Acta de Amnistía por la cual los responsables de haber demorado o bloqueado las reformas por métodos reñidos con la civilización quedaron exculpados y entre otras cosas, recuperaran derechos civiles.

Desde entonces y lentamente los demócratas fueron tomando posiciones claves en el control de los estamentos del estado en cada distrito. Hasta que en el 1876 se produce el hecho que los supremacistas, como se los llama ahora, estaban esperando.

Los demócratas postularon al gobernador de Nueva York, Samuel Tilden, los republicanos, a Rutheford Hayes. Tilden tuvo más votos populares, pero quedaba a un elector de consagrarse presidente. Hayes decidió ganar a como diera lugar. Y lo hizo con la promesa de retirar al ejército de los estados sureños ni bien asumiera su cargo.

En marzo del 1877 el nuevo presidente retiró todas las tropas federales. Desde ese momento y en muy pocas semanas, los negros fueron perdiendo todos sus derechos y comenzaría una verdadera dictadura blanca que duraría, al menos en los papeles, hasta la década de los 60. Hayes es el mismo personaje que como árbitro de una disputa fronteriza entre el estado argentino y lo que quedaba del país de Francisco Solano López luego de la guerra de la Triple Alianza (otra guerra por el algodón en cierto modo) laudó a favor de Parguay, que en su honor nombró Presidente Hayes al distrito recuperado.

Un siglo debió pasar de aquella guerra contra la esclavitud para que, luego de una lucha que sumó a Rosa Parks (la mujer que en diciembre del 1955 se negó a dejarle su asiento a un blanco en un autobús en Montgomery, Alabama), Martin Luther King, Malcolm X, Stokely Carmichael, W.E.B. Du Bois y tantos otros líderes, lograran que otro vicepresidente asumido en reemplazo de un mandatario asesinado, (Lyndon Jonhson, sucesor de John Kennedy) aprobara una ley de Derechos Civiles, en el 1965, que volvía a prohibir la discriminación racial.

La llegada de Barack Obama a la presidencia, en el 2009, hizo pensar que finalmente terminaba una era oscura en la historia de esa nación y que se igualaban derechos no solo en los papeles sino en la cultura de los ciudadanos. Pero la seguidilla de casos de violencia policial contra negros durante su mandato reveló que la brecha seguía abierta.

Estos últimos casos, en Charlottesville y ahora en Carolina del Norte, dan cuenta de una divisoria social que no se consigue cerrar. En Virginia, un joven fanático atropelló a una multitud y mató a una mujer e hirió a casi 20 personas en manifestaciones a favor y en contra de destruir una estatua del general que se rindió ante las tropas federales. En Durham un grupo tiró abajo la estatua de un soldado confederado para simbolizar la ruptura con ese pasado que sigue sin embargo pesando en el imaginario estadounidense.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Periodista argentino