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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-09-13

El legado de Allende

PUNTO FINAL 1ro de septiembre del 2017 CHILE

Editorial

Derrocado el 11 de septiembre del 1973 mediante un cruento golpe militar que ni su Gobierno ni los partidos populares estaban en condiciones de enfrentar, Salvador Allende entró en la historia, sin embargo, con el talante de un líder victorioso.

Su legado político y moral entrega enseñanzas valiosas para los revolucionarios de hoy. En primer lugar, su consecuencia política y su coraje personal, que le hicieron empuñar un fusil para resistir en La Moneda junto a un puñado de valientes. En sus propias palabras: pagaba con su vida la lealtad del pueblo.

Su inmolación fue un acto consciente de rebeldía para no humillarse ante la traición y felonía de los generales y almirantes. En otras circunstancias seguramente habría encabezado la resistencia de un pueblo armado y de unidades militares constitucionalistas.

Lo único que no pasó por la mente de Allende en el palacio en llamas fue rendirse y negociar las condiciones de un exilio honorable. Sus últimos mensajes por radio y su decisión final, lo cubrieron de gloria y a la vez sepultaron en el oprobio a los golpistas cuya ruindad moral confirmaron sus crímenes y el enriquecimiento ilícito de los terribles años que siguieron.

No solo fue su valor y consecuencia. Salvador Allende dejó también otras numerosas enseñanzas. Por ejemplo, su incansable perseverancia para forjar la unidad de los sectores populares entendida como factor esencial de un proceso revolucionario.

También durante muchos años Allende planteó la nacionalización del cobre como un tema vinculado al ejercicio efectivo de la soberanía nacional. Esa reivindicación estaba lejos del debate político cotidiano cuando Allende la levantó como bandera de lucha. Durante largo tiempo la suya fue una voz en el desierto.

Allende rehusó ocultar sus ideas o mimetizarse en el centro político que permite todo tipo de transacciones. Los revolucionarios de hoy deben estudiar su trayectoria política y las coaliciones político-sociales que encabezó hasta llegar a La Moneda con la Unidad Popular.

Su victoria en el 1970 fue estrecha y tuvo que someterse al veredicto del Congreso Pleno. La Democracia Cristiana lo apoyó a cambio de un Estatuto de Garantías Democráticas que el presidente Allende respetó escrupulosamente. Sin embargo, ese Estatuto se convirtió en un cepo que impidió el libre desarrollo de las capacidades revolucionarias del pueblo.

Esas limitaciones motivaron las contradicciones que surgieron entre los partidos de la Unidad Popular. Obligó a utilizar los “resquicios legales” para impulsar diversas iniciativas. A la vez tomó fuerza una corriente independiente y crítica desde la izquierda que impulsó el poder popular de los pobres del campo y la ciudad bajo la consigna “avanzar sin transar”.

Allende había declarado sin ambages que el objetivo de su Gobierno era un socialismo adecuado a las características socio-políticas y culturales del país. La “vía chilena hacia el socialismo” fue explicitada en su primer mensaje al Congreso Pleno el 21 de mayo del 1971.

La nacionalización de la gran minería del cobre y la Reforma Agraria, la estatización de la banca y la intervención de diversas industrias, confirmaron que se había iniciado un proceso revolucionario inédito que atrajo la atención del mundo y despertó una ola de simpatía en América Latina.

En efecto, era el primer intento en la historia de construir el socialismo por una vía pacífica y con absoluto respeto a una Constitución burguesa.

No obstante, la conspiración golpista se había iniciado incluso antes de que Allende asumiera el mando.

La oligarquía pidió la intervención norteamericana y el presidente Richard Nixon ordenó a la CIA y al Pentágono “hacer chillar” a la economía y crear las condiciones para el derrocamiento de Allende. La fuga de capitales, el bloqueo del crédito internacional, el mercado negro, la especulación, la escasez y la inflación, se dispararon.

Los camioneros paralizaron durante dos meses el transporte de alimentos y demás artículos de primera necesidad. Los mineros de El Teniente se declararon en huelga y marcharon a Santiago. Embarques de cobre fueron embargados en Hamburgo y otros puertos. Las mujeres de la burguesía salieron a las calles a tocar cacerolas.

Los medios de desinformación internacionales y nacionales -que gozaban de absoluta libertad, incluso para insultar y calumniar al mandatario- desataron la guerra psicológica. Acusaban a Allende de pretender instaurar la “dictadura del proletariado” y convertir a Chile en una segunda Cuba.

Comenzaron los sabotajes a la electricidad y las comunicaciones por bandas terroristas de extrema derecha asesoradas por oficiales de las FF.AA.

En octubre del 1972, por iniciativa democratacristiana, el Congreso aprobó la Ley de Control de Armas. Su propósito era eliminar toda capacidad del pueblo para enfrentar el golpe de Estado que estaba en marcha.

Allende y sus ministros socialistas José Tohá (Defensa) y Jaime Suárez (Interior), se vieron obligados a promulgar una ley que facultaba a las FF.AA. para efectuar allanamientos y detener a militantes de izquierda acusados de poseer o fabricar armas caseras y explosivos. La oposición -derecha y Democracia Cristiana- controlaba el Congreso Nacional.

En julio del 1972 formaron la Code (Confederación de la Democracia) con la intención confesa de derrocar al Presidente mediante un golpe parlamentario. Para eso necesitaban alcanzar los dos tercios de la Cámara de Diputados en las elecciones de marzo del 1973. No lo lograron, porque la Unidad Popular sacó fuerzas de flaquezas y consiguió el 43,4% de los votos.

El fracaso del golpe por vía parlamentaria despejó el camino al golpe militar.

Hasta aquí a los lectores debe parecerles que estamos relatando lo que sucede en Venezuela. En efecto, ese plan desestabilizador es casi idéntico al que Washington implementó en Chile. La diferencia más notable consiste en que en Venezuela existe la alianza pueblo-fuerzas armadas, legado político del presidente Hugo Chávez que el imperio no ha conseguido romper.

Repasar nuestra historia, y en particular la experiencia de la Unidad Popular, es indispensable en cualquier futuro proyecto de cambios democráticos con justicia social.

Allende supo fijar un norte al proceso de acumulación de fuerzas sociales y políticas. La nacionalización del cobre fue el eje movilizador del programa ante el cual hasta la derecha tuvo que ceder en el Congreso. La contrarrevolución deshizo esa y otras conquistas que necesitan ser retomadas para asegurar un proceso revolucionario.

La nacionalización del cobre (y del litio) fortalecería la soberanía nacional y entregaría enormes recursos al Estado. Hay otras numerosas reivindicaciones capaces de convocar a fuerzas sociales. Por ejemplo, el fin del derecho a salud y educación de calidad; el reconocimiento de la autonomía del pueblo mapuche; el freno al daño al medioambiente de las empresas forestales, eléctricas, mineras y frutícolas; limitar las ganancias desorbitadas de bancos e Isapres; estatizar el transporte público…

Ninguno de esos objetivos es posible sin acometer un proceso ideológico que permita liberar las conciencias sometidas a la dictadura cultural e ideológica del neoliberalismo.

La batalla de las ideas está en primer lugar porque es allí donde la izquierda sufrió su peor derrota.

El camino para superar este sistema inhumano y depredador pasa por una Asamblea Constituyente que proponga al pueblo la Constitución Política que permita -por fin- contar con la institucionalidad de una república democrática y participativa.

La convocatoria a la Constituyente abriría el espacio para conquistar a las fuerzas armadas y contar con su participación en un programa democratizador y patriótico.

Avanzando en esta dirección, con la Asamblea Constituyente como llave maestra del cambio, se recogería lo fundamental de la lección que nos dejó el Presidente heroico.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo


Desde que llegó la Constituyente, Venezuela se ha pacificado

REBELIÓN 23 de agosto del 2017 ESPAÑA

Entrevista al embajador de Venezuela en Argentina, Carlos Eduardo Martínez Mendoza. El diplomático habló sobre la amenaza de intervención militar lanzada por Donald Trump, la gira del vicepresidente norteamericano por la región, la Asamblea Nacional Constituyente y el ataque de los medios hegemónicos contra el Gobierno Bolivariano

Héctor Bernardo

En menos de una semana, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, lanzó una amenaza militar contra Venezuela y el vicepresidente norteamericano, Mike Pence, realizó una gira por Colombia, Argentina, Chile y Panamá para pedir más sanciones contra el país caribeño.

En entrevista con Contexto, el embajador de la República Bolivariana de Venezuela en Argentina, Carlos Eduardo Martínez Mendoza, analizó la campaña de agresión lanzada desde Washington, desmintió que la Asamblea Nacional Constituyente suprima otros poderes del Estado, como la Asamblea Nacional, y al analizar el nivel de desinformación que existe contra su país aseguró que “en nombre de la libertad y la democracia, los medios hegemónicos construyen mecanismos de esclavitud mental”.

– ¿Qué lectura hace de la visita del vicepresidente norteamericano a una serie de países de la región para tratar, como tema central, la situación política de Venezuela?

– Primero, el presidente norteamericano, Donald Trump, declara que existe la posibilidad de no limitar el ataque contra Venezuela a sanciones diplomáticas, políticas y económicas, sino que evalúa la opción militar. Luego el vicepresidente, Mike Pence, sale de gira por una serie de países de la región (Colombia, Argentina, Chile y Panamá). En cada una de esas visitas, en las declaraciones y conferencias de prensa, ha colocado a Venezuela como un tema prioritario para los Estados Unidos, con la intención de buscar consenso para seguir condenando a nuestro país.

El gobierno norteamericano, una serie de líderes regionales y los medios hegemónicos, tratan de imponer en el imaginario internacional versiones sobre Venezuela que están muy lejos de la realidad.

– ¿Y cuál es esa realidad?

– Desde que llegó la Constituyente, Venezuela se ha pacificado. Se está iniciando un proceso de elecciones regionales. Se ha fortalecido la posibilidad de reanudar el diálogo y la mayoría de los sectores de la oposición han interpretado que la única vía posible para Venezuela es la pacífica, la electoral, la política.

– Sin embargo, los medios hegemónicos no muestran esa imagen.

– Ellos siguen demonizando a un gobierno legítimo y que siempre ha actuado en el marco de la legalidad. Un gobierno que ha sido víctima de la violencia, sembrada, promovida y financiada desde afuera. Un gobierno que ha debido enfrentar a una derecha violenta, criminal y terrorista.

La visión imperial de la política regional busca profundizar las contradicciones que puede haber en América Latina y el Caribe. Parecen querer fomentar el regreso de la violencia a una Venezuela que hoy vive en paz. Hoy hay una Asamblea Nacional Constituyente, que es legal, constitucional y que fue legitimada por más de 8 millones de venezolanos, que está en plena función y tiene una convivencia perfectamente reglamentada con los otros poderes públicos. Muchos mintieron asegurando que la Asamblea Nacional Constituyente desconocía a los otros poderes. Ella tiene carácter plenipotenciario, pero no desconoce a los otros poderes.

– Volviendo a las amenazas que lanzó el presidente norteamericano, Donald Trump, ¿cómo evalúa la reacción del pueblo venezolano, de mandatarios y organismos regionales?

– Han sido extraordinariamente masivas las manifestaciones que hubo en Venezuela en rechazo a las amenazas militares del presidente del imperio, Donald Trump. No solo lo repudiaron los militantes chavistas, se vio una expresión generalizada de toda una sociedad, que no acepta el intervencionismo.

Más allá de la postura que pueda asumir algún gobierno en particular, los pueblos de América Latina y el Caribe también han rechazado la posibilidad de que se utilice la situación de Venezuela como un argumento para generar conflictos de magnitudes regionales. Porque ese parece ser el objetivo final del imperio.

Esta es una región que fue declarada por la Unasur y la Celac como zona de paz. Pero Washington busca intervenir y ahora la excusa que intenta imponer es la de “pacificar a Venezuela”. Ya todos sabemos que cuando en Estados Unidos hablan de “pacificar países”, hablan de la pacificación a plomo, la pacificación con bombardeos, con ocupaciones militares, con empresas contratistas de mercenarios, que hoy ocupan diferentes naciones en el mundo. ¿O acaso no se ve la realidad del Oriente Medio, la realidad de África y del Oriente más Lejano?

Pareciera que el objetivo de Estados Unidos es desestabilizar toda la región, generar una situación de conflictividad generalizada, como sucede en Medio Oriente y en África.

– ¿La gira de Pence va en ese sentido? – Hay que saber interpretar el pensamiento de los sectores que hoy gobiernan Estados Unidos y que responden al complejo militar industrial, a esa visión violenta, belicista. Por eso hay que entender que el vicepresidente norteamericano vino a presionar, para imponer una visión intervencionista contra Venezuela. Si intentan una opción militar contra Venezuela van a encontrar un país de pie y, estoy convencido, que encontraran a toda una región de pie.

– ¿Los medios hegemónicos se han transformado en la principal arma de los sectores que quieren atacar a Venezuela?

– Quieren sostener en el imaginario colectivo internacional que en Venezuela nos estamos matando. La realidad es que, desde la realización de la Constituyente, no hubo más hechos de violencia.

Lamentablemente, estamos viviendo un momento en que la conformación hegemónica de los medios de comunicación es de una magnitud tal, que las sociedad no se dan cuenta que el mundo está al revés. Cuando algo pasa en Venezuela, todos los medios hegemónicos responden al ladrido del amo y dicen exactamente lo mismo.

– ¿Cómo se enfrenta ese discurso hegemónico?

– Existe la necesidad de ampliar los canales. Las redes sociales son fundamentales, pero también pueden ser enajenadas mediante mecanismos tecnológicos. Es necesario trabajar mucho en la redes, hay que diversificar la información, hay que darle lugar a los medios alternativos. Es fundamental abrir el debate en nuestras sociedades, en las casas, en la familia, en las escuelas. Tenemos que entender que en Venezuela no se da el choque de dos modelos para un país, sino un choque de modelos para toda América Latina y para todo el mundo.

Hoy, la dimensión de la confrontación en Venezuela responde a tres objetivos fundamentales. El primero, la geopolítica de los recursos naturales en el mundo. El segundo, la desaparición de las bases que sustentaron, en estos últimos años, movimientos progresistas en la región, gobiernos que fueron más parecidos a sus pueblos. Quieren desaparecer a todos los referentes y por eso están yendo a lo simbólico. Intentan borrar en el imaginario lo que representó la democracia popular en boca de nuestros próceres. Intentan erradicar las bases que han sustentado nuestra idiosincrasia, nuestro desarrollo político. El tercer objetivo es la enajenación psicológica de las personas, el nivel de violencia que se ve en televisión ha llegado a límites increíbles.

Los medios hegemónicos son antidemocráticos. No dan información para la reflexión del auditorio, sino para condicionar posturas. En nombre de la libertad y la democracia, los medios hegemónicos construyen mecanismos de esclavitud mental.