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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-09-14

Bienvenidos al mundo post-estadounidense

TOMDISPATCH 17 de agosto del 2017 EEUU

La responsabilidad de un mundo caótico

Analiza la situación actual en el XVI aniversario del “11/9”. (NR)

Tom Engelhardt*

Permitidme que no me ande con rodeos: desde que en el 1991 se derrumbó la Unión Soviética, hasta hace muy poco prácticamente todos los políticos y expertos de la corriente dominante de Estados Unidos nos aseguraron que el nuestro era el país indispensable de la Tierra, el único auténticamente excepcional en este nuestro pequeño orbe.

Éramos la única superpotencia, la hiperpotencia de la Tierra, el designado sheriff global, el arquitecto de nuestro futuro planetario.

Después de cinco siglos de gran rivalidad entre potencias, en el inicio de un mundo de dos superpotencias que, en medio de la amenaza de aniquilación nuclear, parecía que duraría la eternidad y un día (aunque ni siquiera han sido 50 años), Estados Unidos era el superviviente final, el vencedor de vencedores, el último de los últimos.

Triunfalmente de pie en el final de la historia. En una lotería que ha durado desde que los primeros barcos de madera rompieron la periferia de la Eurasia y empezaron a colonizar la mayor parte del planeta, Estados Unidos era el elegido, el país que eclipsaría a todos los imperios del mundo desde el romano hasta el británico.

¿Quién podía dudar que este fuera nuestro mundo en un incomparable próximo siglo estadounidense?

Y entonces, llegaron los ataques del 11-S.

Con un costo de apenas 400 mil dólares y 19 secuestradores suicidas (mayormente sauditas) armados con cutters y organizados en Afganistán, un país sumido en la versión islámica de la Edad Media, desafiaron a la mayor potencia de todos los tiempos. Al hacerlo, este grupo también demolería unos edificios icónicos en lo que pronto sería llamado “la patria” por los estadounidenses, y mataría a casi 3 mil civiles inocentes, unas acciones tan impresionantes que en realidad cambiarían el mundo.

Incluso entonces un fervor por un triunfalismo organizador del mundo no hizo más que afirmarse en Washington.

Casi inmediatamente, los más importantes funcionarios de la administración del presidente George W. Bush presentaron los atentados del 11-S como su propio “Pearl Harbor”, como el equivalente en el siglo XXI del momento en que -después de la Segunda Guerra Mundial- Estados Unidos había iniciado sus pasos hacia la condición de superpotencia.

Tal como el secretario de Defensa, Donald Runsfeld, les dijo inmediatamente a sus ayudantes en la ruinas del Pentágono, “Atacar en masa. Arrasarlo todo. Lo que tenga que ver con esto y lo que no”, fue justamente lo que harían, apoderándose del momento con presteza y lanzando muy pronto la “Guerra Global contra el Terror”; apodada entre los entendidos, la Cuarta Guerra Mundial (la tercera, en su mente, había sido la Guerra Fría).

Una sencilla “acción policial” contra la modesta organización al Qaeda y Osama bin Laden no sería suficiente (quienes sugirieran algo tan patéticamente humilde serían objeto de risotadas).

En ese momento, la recientemente desencadenada “guerra” estaba dirigida contra por lo menos 60 países.

El mundo debía quedar limpio de “terror; la herramienta para hacerlo y para imponer la versión Washington de orden mundial en gran parte del planeta serían las fuerzas armadas de Estados Unidos, una fuerza jamás vista hasta entonces.

Era, proclamaría el presidente Bush, “la mayor fuerza de liberación humana que el mundo ha conocido jamás”. Era, como él y Barack Obama afirmaron, convirtiéndose en el evangelio a ambos lados del altar en Washington (hasta la llegada de Donald Trump en la carrera por la presidencia del 2016), “la más magnífica fuerza de combate” de la historia.

Era tan incuestionable su poderío que no había enemigo que pudiera ponerse en su camino. No solo “liberaría” Afganistán, sino también Iraq, un país petrolero de Oriente Medio que nada tenía que ver con al Qaeda ni con el terror islámico pero tenía un gobernante profundamente despreciado por Washington.

Y eso, recuérdelo el lector, solo sería el comienzo.

Siria e Irán les seguirían y bastante pronto todo el Gran Oriente Medio estaría bajo la égida de la Pax Americana. Mientras tanto, en el ámbito global, ningún país ni bloque de países sería capaz de desafiar a Estados Unidos en un futuro imaginable.

Tal como planteó Bush en un discurso en West Point en el 2002, “Estados Unidos tiene, y está resuelto a mantener, un poder militar que supera cualquier desafío; de este modo han perdido sentido tanto la desestabilizadora carrera armamentista de otros tiempos como las restrictivas rivalidades comerciales y otras actividades pacíficas”.

Igualmente, ese año, la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU (USNNS, por sus siglas en inglés) hizo un llamamiento al país con la finalidad de “construir y mantener” su poderío militar “más allá de cualquier reto”.

¡Qué sueño tan desmesurado! En respuesta a la destrucción de una parte del Pentágono y las dos torres en Nueva York, unos pocos altos funcionarios de Washington, que llevaban mucho tiempo esperando una oportunidad como esa, estaban resueltos a imponer su idea de orden y democracia, de predominio militar, en partes importantes del planeta, y nadie sería capaz de resistirla. En todo caso, durante mucho tiempo.

Casi 16 años después, ya sabemos en qué se ha convertido ese sueño de dominación, pero para los actores en el poder en Washington en ese momento todo parecía muy obvio.

Aparte de unos pocos musulmanes rebeldes y retrógrados, estaba claro que el mundo era nuestro y de nadie más y que debía ser organizado según nuestros deseos.

La Unión Soviética ya no era más que un instante en la historia; a su imperio se lo habían llevado los vientos, y la propia Rusia estaba en la miseria. Los chinos tenían una economía capitalista nada pequeña (aunque administrada por un Partido Comunista), pero militarmente -como el resto del mundo- no impresionaban a nadie. Y, si paseábamos nuestra mirada por el resto del mundo, no había grandes potencias a la vista; ya no quedaban superpotencias en el horizonte imaginable.

Dadas la historia de la Guerra Global contra el Terror y la sorprendente incapacidad de las fuerzas armadas de Estados Unidos para imponer prácticamente a nadie la voluntad de Washington, mucho menos sus sueños planetarios, hizo falta un atrozmente prolongado tiempo para que semejante pensamiento empezara a morir.

Y antes de hacerlo, la clase política, en un impulso de exageración defensiva comenzó a insistir con su mantra de la “indispensabilidad” y la “excepcionalidad” de... bueno, nosotros. Fue como si la sensación de decadencia que la mayoría de los estadounidenses había empezado a sentir en sus huesos no estuviese ocurriendo.

Por supuesto, justamente la constante invocación a la singular idiosincrasia del país debería haber señalado lo mal que estaban las cosas, porque cuando se es verdaderamente indispensable y excepcional no es necesario repetirlo una y otra vez (ni siquiera decirlo una sola vez).

Esto llevó a que una estrella de los ‘realities show’ de la televisión con un curioso arreglo capilar, que había quebrado un conjunto de casinos, recogiera un eslogan de la época de Reagan, “Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande otra vez”, y se montara sobre la ola que lo puso en la Casa Blanca.

Lo hizo en parte debido a la sensación extendida en el Estados Unidos profundo de que este país, un cuarto de siglo después del colapso de la Unión Soviética, estaba decididamente en decadencia, arrastrándose hacia la salida y no al galope.

La expresión “otra vez” de esa frase era la señal que revelaba que el multimillonario ‘empresario’ (y típico mercachifle de este país) había intuido una excusa en el mundo estadounidense de guerras fracasadas y furiosa desigualdad acerca de las cuales, tanto sus rivales republicanos como sus adversarios demócratas en las elecciones del año pasado, continúan machacando con la indispensabilidad y la excepcionalidad, sin tener idea de lo que dicen.

¿Quién? ¿Nosotros?

En este momento, aquí estamos en el planeta que Estados Unidos iba a dominar y regir durante una eternidad, con un Presidente preparado para la pelea y rodeado de generales formados en las perdidas guerras estadounidenses del siglo XXI.

Si el lector quiere un indicio personal del deterioro estadounidense, piense en esto: en apenas medio año en el cargo, Donald J. Trump ya está amenazando con desencadenar una guerra nuclear e investigando si tiene la potestad de indultar –no solo perdonar– a sus funcionarios, amigos y familiares, y también a sí mismo, en caso de futuras condenas judiciales.

Teniendo en cuenta la última década y media, aquí surge una pregunta: Perdóneme, pero aun si él se indulta a sí mismo, ¿quién habrá de indultarnos a todos nosotros?

Quiero decir, ¿estoy equivocado o no estamos viviendo acaso en un mundo caótico que la única superpotencia contribuyó a crear y estaba, hasta no hace mucho tiempo, extremadamente deseosa de atribuirse el mérito de ello? Así, me parece raro que nadie importante aquí parezca sentir la menor responsabilidad por el malísimo estado del planeta.

De haber conseguido Estados Unidos hacer realidad la fantasía de una Pax Americana en el mundo, ninguno de los políticos, representantes del poder y expertos de Washington, habría titubeado en atribuirse tal logro; en estos días, les falta el tiempo para situar en otro sitio la culpa de lo ocurrido.

Ya conocéis la historia. Cuando se trata de los males del mundo, hablamos de Vlad, el empalador de ucranianos, o Vlad, el pirata Informático, que tanto ha estropeado.

Se nos ha dicho que, entre otras cosas, él ha tenido la temeridad de entrometerse en el sacrosanto sistema electoral del país más democrático del orbe, un sitio tan puro que sus moradores jamás habían oído hablar de una acción tan chocante –excepto, por supuesto, la cantidad de veces en que Washington hizo exactamente eso en otros países– (¿quién recuerda en estos días en EEUU el primer 11-S, el del 1973?).

En Washington, se atribuye al Presidente ruso gran parte de la culpa del lamentable estado de nuestro planeta, desde la Europa Oriental y la inquieta alianza Otan hasta Siria.

Y en cuanto a otra buena parte de los culpables: son los chinos, por supuesto, quienes han tenido el valor de mostrar su músculo de gran potencia agrandando sus fuerzas armadas, construyendo “islas” artificiales en el mar de China Meridional y reclamando como propias partes importantes de ese cuerpo de agua, al mismo tiempo que no presionan más duramente a Corea del Norte.

También se responsabiliza a los iraníes de gran parte del desbarajuste en Oriente Medio, junto con varios sucesores y subsidiarios de la al Qaeda original.

Ellos cargan con el resto de la culpa por un mundo caótico que continúa extendiéndose por todo el Gran Oriente Medio, partes de África y, últimamente, Filipinas (por no mencionar a los refugiados que escapan del asedio y la desesperación y amenazan –se nos asegura regularmente– con el desastre al Estados Unidos continental).

Pero vale recordar: ¿No nació el Daesh en una prisión militar estadounidense en Iraq? ¿No ignoró Washington las promesas hechas al exlíder soviético Mijail Gorbachov y a otros de que harían lo imposible para no avanzar la línea de control de la Otan en zonas del antiguo imperio soviético y países satélites asociados?

¿No fue la administración Bush la que metió a Corea del Norte junto con Iraq –un país al que ansiaba invadir– e Irán –otro al que planeaba dominar más temprano que tarde– en el tristemente célebre “eje del mal”, a pesar de que Corea del Norte no tenía nada que ver con esos países?

De la forma más pública posible, en un discurso sobre el estado de la Nación dirigido a todo el país, el Presidente de Estados Unidos vinculó a los tres países con el terrorismo y lo maligno en lo que, sin dejar lugar a duda, era un paquete de “cambio de régimen” (si uno está ansioso por convencer a la dirigencia de Corea del Norte de que la única posibilidad viable es contar con un arsenal nuclear, ciertamente ese fue un buen comienzo).

Mientras tanto, ¿no fue George W. Bush y sus funcionarios quienes destrozaron el acuerdo negociado por Clinton mediante el cual los norcoreanos habían de verdad congelado su programa nuclear, en parte gracias a su Revisión de la Posición Nuclear del 2002, en la que se incluyó a ese país como “uno de los países que podían llegar a ser blanco de un ataque preventivo”?

Y eso solo para empezar a explorar el significado de vivir en el mundo de superpotencia única entre el 2001 y el 2017. Recordadme, por ejemplo, ¿cuál es el único país que anunció recientemente su retiro del acuerdo climático de París, la arquitectura global decisiva para proteger de la destrucción el medioambiente del planeta y, con él, el futuro de la humanidad?

¿Quién nos sancionará?

Entonces, esta es mi pregunta siguiente: si se reparte la culpa en este planeta nuestro, ¿por qué volcarla toda en los hacedores del mal?

¿Qué pasa con nosotros? ¿Qué pasa con la única superpotencia, con su alternante dirigencia, con la más estupenda fuerza de combate de la historia universal?

¿No nos cabe alguna responsabilidad por la situación que hoy enfrentamos en el mundo, desde Corea del Norte al Gran Oriente Medio, desde Ucrania a Venezuela? ¿Nada tienen que ver las autoridades de Estados Unidos y su estado de la seguridad nacional con el mundo que provocó la ola Trump, una ola que hoy podría hacer que naufraguen tantos barcos-estados?

Quizá el presidente Trump puede sin duda indultarse a sí mismo (una cuestión que en estos momentos es tema de debate de eruditos constitucionalistas), pero ¿quién indultará a alguien que haya echado una mano –grande o pequeña– para la creación de lo cada vez más parecido a un mundo fracasado?

¿No existen delitos mayores y comportamientos de los cuales los estadounidenses no sean responsables en un planeta por lo demás culpable?

Este es un pensamiento que a veces tengo en noches deprimentes.

Estoy seguro de que el lector recuerda la forma en que la administración Bush utilizó el engaño acerca de las armas de destrucción masiva (WMD, por sus siglas en inglés) para tener una excusa que justificara la invasión y ocupación del Iraq de Saddam Hussein.

De hecho, ciertamente ha habido un arma de destrucción masiva en Iraq y no fue necesario buscarla. Estoy hablando de las fuerzas armadas de Estados Unidos.

Se trataba de un arma que creó destrucción. Un arma que abrió en canal a Iraq, que hizo que tanto chiitas como sunnitas solo pensaran en degollarse unos a otros, que desencadenó un nefasto proceso de “limpieza” religiosa en el propio país y en la región, proporcionando así un terreno fértil para lo peor de lo peor.

La “exitosa” invasión estadounidense fue el factor decisivo en la preparación del alumbramiento de al Qaeda en Iraq y más tarde del Daesh en un país en el que jamás había existido una organización parecida.

Hay que reconocer que en cada lugar del Gran Oriente Medio y África donde esas fuerzas armadas estuvieron involucradas en hostilidades, desde Libia a Iraq, desde Yemen a Afganistán, dejaron en su estela países convulsos o fracasados, enormes contingentes de desesperados refugiados y proliferación de organizaciones terroristas.

Han sido un jugador principal de una década y media de desastres que han ayudado a desestabilizar importantes partes del planeta. Aun así, cuando se trata de repartir responsabilidades, quienes se llevan la peor parte del desastre que ha sido la guerra contra el terror son aquellos que han sido convertidos en refugiados, quienes –se nos dice– si hubiéramos de recibirlos en nuestra tierra, serían un peligro mortal para nosotros.

Y mientras estamos en esto, valdría la pena mencionar otra arma de destrucción masiva en nuestro mundo: el ascenso a la gloria del 1% y el ensanchamiento del abismo de desigualdad que acompaña a esa glorificación.

Desde la presidencia de Ronald Reagan, una serie de administraciones –republicanas y demócratas– ha sido responsable de la creciente y desastrosa desigualdad en el país y en el mundo.

Mientras los ricos aumentan pasmosamente sus ingresos y riquezas, los más pobres y los trabajadores lo tienen cada día más difícil para conseguir –en términos relativos– cada vez menos. Esto no es más que otra historia de devastación en lo que una vez supo ser un mundo estadounidense.

En semejante contexto global, a nuestro Congreso le ha faltado el tiempo para imponer sanciones a los rusos, los iraníes, los norcoreanos, por su papel en la expansión de la pobreza, pero... ¿quién habrá de imponernos sanciones a nosotros? Francamente, ¿no se pregunta usted cómo es que nos libramos tan fácilmente de la responsabilidad por un mundo que juramos que crearíamos? ¿No es Estados Unidos responsable de nada? ¿No hay nadie que lo recuerde?

Ahora tenemos un Presidente cuyo comportamiento es el más extraño que pueda imaginarse, un engreído bravucón que no para de soltar una retórica que, inquietantemente, se hace eco en las amenazas bélicas de Corea del Norte.

Sin embargo, al igual que la expansión de las organizaciones terroristas y los estados fracasados del Gran Oriente Medio, él debería ser visto como el productor de las acciones, los programas y los sueños de la superpotencia única en su autoproclamada gloria y sus planes de una Pax Americana impuesta al mundo por las fuerzas armadas.

Bienvenidos al mundo post-estadounidense.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Periodista y analista estadounidense

¡Ahora más que nunca, Venezuela está en la mira de las transnacionales petroleras!

TERCERA INFORMACIÓN 7 de septiembre del 2017 ESPAÑA

(Fragmentos)

Carlos E. Lippo*

Es casi una verdad de Perogrullo decir que desde inicios del siglo XX, cuando el petróleo ya comenzaba a perfilarse como el insustituible recurso estratégico que todavía es y parece que seguirá siendo durante muchísimos años, Venezuela ha estado en la mira de las transnacionales petroleras, ávidas de usufructuar nuestras reservas para obtener los mayores beneficios.

Una muestra de ello es que ya en el 1901 la New York & Bermúdez Co., subsidiaria de la General Asfalt de Filadefia y beneficiaria de una concesión de explotación y comercialización en el lago Guanoco, el mayor reservorio de asfalto del mundo, financió el movimiento armado del banquero Manuel Antonio Matos, cuyo propósito era defenestrar al general Cipriano Castro, entonces presidente de la República, quien había entrado en conflicto con dicha empresa por operar ilegalmente, pues la concesión le había sido revocada por graves incumplimientos desde el 1899.

A pesar de la derrota del movimiento armado, la New York & Bermúdez Co., inmersa en un litigio con el Gobierno venezolano durante los años subsiguientes, siguió conspirando con el apoyo descarado de EEUU, que inclusive llegó a romper relaciones diplomáticas, las cuales retoma cuando el general Juan Vicente Gómez, vicepresidente de la República, se apodera de la presidencia en diciembre del 1908, aprovechando la ausencia de la patria del general Castro por motivos de salud.

Que el Gobierno de EEUU estuvo involucrado en este primer golpe de Estado exitoso del siglo XX en Venezuela, es algo que no admite discusión, a partir de la presencia de buques de guerra estadounidenses en aguas del principal de nuestros puertos, con la anuencia de quien ejercería un poder omnímodo en el país por los próximos 27 años.

Con la larga dictadura entreguista de Gómez se inicia la penetración intensiva del capital petrolero transnacional por medio de filiales de la Royal Dutch Shell (Inglaterra y Holanda) y de la Standard Oil of New Jersey y la Gulf Oil Company (ambas de EEUU), entre otras, que operan a lo largo de casi un siglo bajo distintas legislaciones, elaboradas por ellas mismas o consensuadas ampliamente con ellas, hasta la promulgación de la Ley de Hidrocarburos del 2001.

Dicha Ley se adecua a la Constitución del 1999, cuyo artículo 303, aun con sus limitaciones, señala que: “Por razones de soberanía económica, política y de estrategia nacional, el Estado conservará la totalidad de las acciones de Petróleos de Venezuela, Pdvsa, o del ente creado para el manejo de la industria petrolera…”, conjurando así la amenaza de privatización, abierta o encubierta, de al menos parte de nuestras reservas, promovida por los intereses petroleros transnacionales desde comienzos de los noventa del siglo pasado.

A lo largo de ese período, dichas empresas y otras más que fueron llegando no se contentaron con explotar nuestras reservas, que les proporcionaron ingentes beneficios aun después de la “nacionalización” del 1975, propuesta por ellas y acordada con el Gobierno de Carlos Andrés Pérez, sino que promovieron golpes y/o crímenes de Estado, cada vez que los sucesivos gobiernos formularon alguna reforma legal que intentase aumentar la participación fiscal estatal en la explotación petrolera. Tales fueron los casos de:

- El golpe de Estado que derrocó al presidente Isaías Medina Angarita en el 1945, a causa de la promulgación de la Ley de Hidrocarburos del 1943, que consagraba aumentos significativos de la participación fiscal del Estado.

- El golpe de Estado que derrocó a Rómulo Gallegos, presidente constitucional de la República, por no acceder a la modificación de un decreto del gobierno anterior, promulgado el 31 de diciembre del 1945, según el cual se elevaba al 50% de los beneficios de las empresas, el monto a pagar por concepto de impuesto sobre la renta; lo que se llamó en ese tiempo el “fifty-fifty” petrolero.

- El magnicidio perpetrado en la persona del presidente de la Junta Militar de Gobierno que sucedió a Rómulo Gallegos, coronel Carlos Delgado Chalbaud, en noviembre del 1950, por haber ordenado traducir al idioma farsi (persa) nuestra Ley Orgánica de Hidrocarburos.

Esta Ley fue asumida por el Gobierno revolucionario iraní de Mohammad Mosaddeq, que nacionalizó las reservas en el 1951, lo cual provocó su derrocamiento en el 1953, con la participación de la British Petroleum Co.

Mención especial, por haberse producido con posterioridad a la promulgación de la Ley de Hidrocarburos del 2001, merecen los siguientes hechos:

- El golpe de Estado de abril del 2002, que derrocó al presidente Chávez por un lapso de 47 horas y derogó la Constitución del 1999, generado por las disposiciones nacionalistas de la Ley de Hidrocarburos del 2001, y en el cual la presencia comprobada de naves y aeronaves estadounidenses en nuestro mar territorial y en nuestro espacio aéreo, es más que suficiente para demostrar la participación directa del imperio.

- El paro-sabotaje petrolero del 2002-2003, con participación protagónica de una empresa vinculada a la CIA llamada SAIC y de la “meritocracia” petrolera, surgida a raíz de la “nacionalización” del 1975 y subordinada a las transnacionales dentro de ese “estado dentro del estado” que era Pdvsa hasta la llegada de Hugo Chávez a la presidencia y que generase pérdidas a la nación en el orden de los 20 mil millones de dólares estadounidenses.

- Las absurdas demandas legales incoadas ante instancias internacionales de comercio por la Exxon Mobil y la Conoco Phillips, ambas estadounidenses, al negarse a aceptar el nuevo régimen impositivo y de participación accionaria impuesto por la Reforma de la Ley de Hidrocarburos del 2006 para la constitución de empresas mixtas con Pdvsa dirigidas a la explotación en la Faja Petrolífera Hugo Chávez.

Es oportuno señalar que 31 de las 33 empresas transnacionales que optaban por formar esas empresas mixtas con Pdvsa, entre las que se encontraban Chevron (EEUU), BP (Reino Unido), Total (Francia) y Statoil (Noruega), sí estuvieron de acuerdo con los parámetros económicos establecidos por el Estado venezolano para realizar la compra de sus acciones, además de que todas las demandas introducidas han sido resueltas a favor del Estado.

En apoyo a la tesis de que el petróleo sigue siendo el mayor interés que persigue EEUU en Venezuela, tesis que nosotros compartimos, podemos citar un señalamiento del portal de filtraciones estadounidense WikiLeaks, de hace pocas semanas, según el cual, si la historia clasificada del Departamento de Estado sirve de guía, “…el interés número uno de EEUU en Venezuela es el petróleo”.

Ya para concluir debo decir que estando muy lejos de ser un experto en la materia, soy capaz de identificar que existen al menos tres razones para que Venezuela esté hoy, más que nunca, en la mira de las transnacionales petroleras:

La existencia de tecnologías maduras capaces de permitir una elevación del 20% al 40% del factor de recobro de la Faja Petrolífera Hugo Chávez, con lo cual nuestras reservas probadas actuales de 300 mil millardos de barriles (las mayores del mundo), pasarían a situarse en unos 600 mil millardos.

El hecho de que las reservas de petróleo convencional de EEUU siguen en declinación acelerada y que la explotación de las reservas de petróleo de esquisto, bastante menores que las que se estimaron hace algún tiempo, se hace cada vez menos viable con la tecnología actual, en atención a los extremadamente elevados costos ambientales asociados.

La circunstancia de que Rex Tillerson, enemigo comprobado de Venezuela desde sus tiempos de director general de la Exxon Mobil, esté dirigiendo la política exterior del imperio en su condición de secretario de Estado de la administración Trump.


Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Ingeniero consultor en Sistemas y Servicios de Telecomunicaciones

DACA: la moneda está en el aire

REBELIÓN 8 de septiembre del 2017 ESPAÑA

Miguel Ángel Ferrer*

La orden ejecutiva del Presidente de EEUU para cancelar el programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (Deferred Action for Childhood Arrivals o DACA, por sus siglas en inglés) ha generado la repulsa y condena de los más significativos y representativos sectores de la sociedad estadounidense.

Se trata de un acto de Gobierno que pone en riesgo de deportación a algo así como 800 mil jóvenes hijos de indocumentados que llegaron a Estados Unidos siendo menores de edad, los ya celebérrimos dreamers, y que, por lo tanto, en ese momento no eran responsables de su propia migración indocumentada.

A primera vista pareciera que Donald Trump se apunta una importante victoria en su agenda antiinmigrantes. Pero visto el asunto un poco más de cerca podría decirse que esa presunta victoria está en el aire. No sería la primera vez que una propuesta de Trump se quede a medio camino.

Hasta ahora solo dos acciones del desorbitado magnate se han saldado con el triunfo, ambas en el plano internacional. La primera fue el abandono por cuenta de EEUU del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP); y la segunda, el retiro estadounidense del Acuerdo de París sobre cambio climático.

Pero fuera de eso, todas las propuestas trumpianas han sido frenadas o desechadas. Por ejemplo, la ampliación del muro en la frontera con México, o su decisión de expulsar a diez millones de indocumentados, cifra manejada corrientemente, si bien el guarismo verdadero debe rondar los 20 millones de personas sin papeles y de muy diversas nacionalidades.

Lo mismo le pasó a Trump con sus desaforadas amenazas contra la República Popular Democrática de Corea (RPDC), más conocida como Corea del Norte. Aunque mantiene el tono agresivo, sus palabras no concuerdan con sus acciones.

Y una cosa semejante puede decirse en relación con su propósito de frenar el proceso de normalización de las relaciones con Cuba. El tono agresivo y las amenazas se mantienen pero el proceso continúa.

Ha sido frenada también su, esa sí, encomiable pretensión de retirar al ejército de EEUU de Afganistán. El propio Trump ha determinado aumentar el número de soldados en aquel país asiático.

También Trump se había propuesto presionar a China buscando acuerdos comerciales más favorables para EEUU. Pero el excéntrico magnate inmobiliario no ha pasado de las palabras a los hechos.

Ninguno de estos frenarse o echarse para atrás ha sido fruto de la libre voluntad de Trump. En los casos mencionados y en muchos otros ha sido obligado a ello por sus oponentes.

Hasta ahora, contra la gigantesca e influyente marea opositora a la extinción del DACA, Trump y sus compinches solo han argumentado que se trata de un asunto de seguridad fronteriza. Pero todo el mundo tiene claro que se trata, finalmente, de una maniobra política para congraciarse con su un tanto decepcionada base electoral, igualmente racista y xenófoba.

En cuanto al DACA, ahora mismo ya son visibles las señales de reconsideración por cuenta de Trump, en un intento por apaciguar las protestas, las condenas y las movilizaciones opositoras.

El asunto, como dicen los dreamers y sus acompañantes, apenas empieza. Por eso puede afirmarse que la moneda está en el aire, y que el futuro de esos 800 mil muchachos dependerá de la fuerza de la oposición a la racista y xenófoba medida.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Economista, editorialista y columnista en los principales diarios y revistas mexicanos