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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-09-19

¿Tenía Marx razón?

DPA 14 de septiembre del 2017 ALEMANIA

A 150 años de la edición de El capital

Christoph Driessen*

La crítica al capitalismo está de aniversario: hace 150 años fue publicado El capital, de Karl Marx, un libro que tras la caída del bloque soviético se consideraba obsoleto, pero que desde el surgimiento de la crisis financiera vive un auténtico renacimiento.

Una mañana, el panadero tocó a la puerta de Karl Marx para dejarle claro que si no le pagaba ya no habría más pan. Abrió la puerta Edgar Marx, de seis años. "¿Está el señor Marx en casa?", preguntó. "No", mintió el niño, que a continuación tomó tres panes con la velocidad de un rayo y salió corriendo.

"Creo que nunca nadie escribió sobre 'el dinero' con tanta falta de dinero", ironizó Marx. Todos los días acudía a la sala de lectura de la British Library en Londres para investigar para su libro sobre "la mierda económica", como él mismo la llamaba.

Marx llevaba meses sin poder escribir primero a causa de una enfermedad del hígado, y después de una úlcera genital que describió al detalle a su amigo y mecenas Friedrich Engels. "Bueno, -respondió este último- ¡ya estamos acostumbrados a estas excusas para no terminar la obra!" Finalmente, después de más de diez años de trabajo, en el 1867 por fin estaba terminado El capital, o, para ser exactos, el primer tomo. "¡Hurra!", celebró Engels. Tras un dramático viaje por mar en medio de la tormenta.

Marx entregó el manuscrito en Hamburgo a su editorial Meissner, donde fue publicado el 14 de septiembre. Y después... no ocurrió nada. La decepción para Marx fue mayúscula. Estaba convencido de que "el cochino libro" lo haría famoso, si bien nunca se hizo ilusiones sobre el hecho de ganar dinero con él. "El capital no me dará ni siquiera para pagar los cigarrillos que me fumé escribiéndolo", sentenció. Y hay que aclarar que era un fumador empedernido. Fallecido en el 1883, Marx no conoció el enorme éxito de su libro.

Los tomos 2 y 3 fueron editados tras su muerte por Engels. Pasados, sin embargo, 150 años, se puede decir que aparte de La Biblia y unas pocas obras más, hay pocos libros que hayan influido tanto en la historia del mundo. Lenin, Stalin, Mao, el Che Guevara y Fidel Castro, todos lo citaron. Marx fue su "gurú", y El capital su texto sagrado.

Aún hoy, el país más poblado del mundo, la República Popular China, se autodefine como un Estado comunista. Algo que seguramente habría provocado una respuesta sarcástica por parte de Marx, a quien siempre le molestó que otros se apropiaran de sus ideas.

Cuando se enteró de que había un partido en Francia que se hacía llamar marxista, respondió: "En lo que a mí respecta, ¡yo no soy un marxista!" Nadie sabe a ciencia cierta cuántos ejemplares de "El capital" se han editado hasta ahora. Se han hecho todo tipo de cursos y conferencias para interpretarlo, pero hay muy pocos que realmente consigan leerse toda la obra. El primer ministro británico Harold Wilson (1916-1995) reconoció sin tapujos pese a ser laborista: "No pasé de la segunda página".

Después de la caída del Muro de Berlín y del bloque socialista, se consideró que Marx ya no tenía nada que aportar. Se proclamó "el fin de la historia", y el capitalismo como único sistema hasta el fin de los tiempos. Pero a más tardar con el colapso de los bancos en el 2008 Marx vive un nuevo auge.

En el punto más álgido de la crisis, El capital incluso llegó a estar agotado. Como teórico de la crisis y conocedor del libre mercado, Marx vuelve a ser citado y analizado. El actual líder laborista británico, Jeremy Corbyn, asegura que se trata de "un gran economista", una afirmación que en el pasado hubiese equivalido a un suicidio político en Reino Unido.

La tesis más provocadora de Marx es que el capitalismo al final acabará consigo mismo. Esto constituye, en su opinión, una "ley natural" sobre la base de la siguiente hipótesis: las empresas se encuentran en una competencia constante y destructora que las obliga a ofrecer sus productos cada vez más baratos. A causa de ello quiebran cada vez más competidores, y al final solo quedan pocos consorcios pero gigantescos.

Simultáneamente crece el Ejército de los proletarios mal pagados o sin empleo, lo que hace que el sistema acabe colapsando, estalle la revolución y se instale el comunismo. De ser necesario hará falta una "dictadura del proletariado" hasta alcanzar la sociedad sin clases, una idea que fue ampliada más tarde por otros teóricos.

Marx consideraba que el cambio era inminente en los países industrializados de su tiempo, es decir sobre todo Reino Unido y Bélgica, pero que en las sociedades agrarias y feudales, como Rusia, llegaría mucho más tarde, pues primero tenían que industrializarse.

Como se sabe, pasó justo lo contrario. Ironías de la historia, en la casa en la que vivía Marx, en la ciudad alemana de Tréveris, hoy hay una tienda de "todo a un euro". El filósofo nació aquí el 5 de mayo del 1818 y pasó los primeros 17 años de su vida.

¿Y el proletariado? "Cuando veo a los trabajadores con sus automóviles y hornos a microondas, la verdad que no me parecen miserables", bromeó cierta vez el Premio Nobel de Economía estadounidense Paul Samuelson (1915-2009). Los síntomas de muerte que veía Marx parecen haber sido más bien las contracciones de parto del capitalismo, subrayan los críticos.

Pero entonces ¿todo lo que profetizó este intelectual brillante de larga barba a lo largo de miles de páginas es un error? "En absoluto", asegura el director durante muchos años del instituto económico Ifo de Múnich, Hans-Werner Sinn. Sobre todo sus teorías sobre la crisis son de una "absoluta actualidad", opina.

Lo mismo cree Gerald Hubmann, de la Academia de Ciencias de Berlín- Brandeburgo. No solamente tiene muchas teorías sobre las crisis, sino que "Marx ya tenía en su día en mente a los bancos y el fenómeno de la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas en tiempos de crisis". Pero ni siquiera él logró predecir la fragilidad de la actual economía financiera, asegura.

Su pronóstico sobre la concentración del capitalismo en grandes empresas fue acertado. "Marx no solamente previó la globalización, sino que la analizó en cuanto a sus fuerzas motoras y correlaciones", considera Hubmann.

La estatización de los medios de producción que propone Marx es irrealizable en la actual economía global, considera sin embargo Theocharis Grigoriadis, especialista de la Universidad Libre de Berlín. "Podría provocar enormes conmociones". Pero Marx fue todo, menos un dogmático. Hasta el final de su vida siguió reescribiendo el primer tomo de El capital. Seguramente participaría en los debates actuales con pasión, humor y polémica, tal como era su estilo. Y siempre con un cigarrillo en una mano y una copa de vino en la otra.

  • Periodista de la agencia

Preparando otro crimen contra la humanidad

PÁGINA 12 4 de septiembre del 2017 ARGENTINA

Ariel Dorfman*

La noticia de que Estados Unidos va a gastar un trillón de dólares en modernizar su fuerza nuclear ha provocado preguntas acerca de si tal estrategia, que incluye misiles “stealth” (furtivos) que no podrían ser detectados por fuerzas enemigas, no terminará desestabilizando la relación con los otros gobiernos que poseen bombas atómicas, generando una peligrosa carrera armamentista. Pero otra interrogante, una que nos ronda hace más de siete décadas, es, a mi parecer, más importante y primigenia: ¿fue Hiroshima un crimen de guerra?

Responder a tal pregunta ha cobrado urgencia debido a la promesa de Donald Trump de desatar “furia y fuego como el mundo nunca ha visto antes” contra Corea del Norte así como debido al ultimátum igualmente insensato de parte de Kim-Jong-Un, amenazas mutuas que indican que un nuevo genocidio en nuestros tiempos ya no es inconcebible.

Por mi parte, no me cabe duda de que el bombardeo de Hiroshima el 6 de agosto del 1945, que mató, por lo menos, a 146 mil hombres, mujeres y niños y dejó muchos miles más dañados de por vida, constituyó, en efecto, un crimen de guerra.

Contrariamente a la tesis de que tal asalto era la única manera de esquivar una invasión de las tierras enemigas que hubieran llevado a innumerables bajas entre las tropas aliadas, investigadores han constatado que la razón por la cual Japón capituló fue por temor a que la Unión Soviética (que acababa de declararle la guerra al Imperio del Sol Naciente) se apoderara de la mitad del territorio nipón.

Los hallazgos y conclusiones de Gar Alperovitz, Murray Sayle y Tsyuyoshi Hasegawa, entre otros, arrasan con el mito de que el primer ataque nuclear de la historia -al que hay que añadir el segundo contra Nagasaki el 9 de agosto- era inevitable.

Y, sin embargo, aquel mito persiste. Dos años atrás una encuesta del Pew Research Center indicó que el 56% de los estadounidenses creía que ese bombardeo estaba justificado, un número considerable, aunque muy disminuido del 85% que defendía esas atrocidades en el 1945. Mi propia experiencia avala tales cifras.

Cuando escribí en The New York Times hace unas semanas (en un artículo que publiqué también en estas páginas) que Hiroshima era un crimen de guerra, recibí una serie incesante de mensajes destemplados de parte de gringos iracundos: ¿cómo me atrevía yo (un sucio chileno) a dudar acerca de la benevolencia de una maniobra militar que tantas vidas había salvado?

¿Acaso esas personas no se dan cuenta de que al insistir en la inocencia de los Estados Unidos no sólo tratan de mitigar su culpa por el genocidio de centenares de miles de seres humanos, sino que facilitan y alientan la retórica belicosa de Trump (“todas las opciones están abiertas”, es su última andanada) y, también, por cierto, el gasto de un trillón de dólares letales para remozar el arsenal nuclear?

Aquellos que juran estar a favor de tales métodos salvajes deberían comprender que, aun si las embestidas mortales que asolaron a Hiroshima y Nagasaki fueron, como se supone equivocadamente, un “mal necesario”, eso no obviaría que tal asalto se condene como un crimen contra la humanidad.

Tal como lo fue la masacre japonesa de Nanking, y los horrores alemanes procesados en Nuremburg, los incendios aéreos intensivos de los Aliados contra Dresden y Hamburgo, el asesinato masivo de prisioneros perpetrados por los soviéticos al final de la Segunda Guerra Mundial, la destrucción a mansalva de Vietnam de parte de Johnson y Nixon, y los ataques de gas de Saddam Hussein contra Irán y Bashar al Assad en Siria.

Y tal como lo sería cualquier uso norcoreano de su arsenal minúsculo, con su “mar de fuego” y las absurdas bravatas de aniquilar a los Estados Unidos o al territorio colonial de Guam, que solo incrementan la eventualidad de una catástrofe.

La discusión en torno a si Hiroshima fue un crimen de guerra no es un ejercicio académico. Es esencial para que tengan sentido las palabras “nunca más” que una humanidad consternada pronunció después de las primeras detonaciones nucleares, esencial para que no tengamos que presenciar, como lo profetizó el filósofo Federico Nietzsche en el 1888, “guerras como las que el mundo nunca ha visto antes.”

Dudo, por cierto, de que Trump sepa quién es Nietzsche, ni menos que haya leído esa frase de Ecce Homo que aturdidamente, y sin conocer su origen, ha repetido en estos días al blandir la posibilidad de desencadenar una ola de “fuego y furia”.

Pero el nombre de Einstein debe tener alguna resonancia para Trump, hasta para alguien tan iletrado como él. Einstein, cuyos descubrimientos de los secretos del universo condujeron a las bombas que este Presidente insano ofrece con tanto desparpajo soltar sobre sus rivales, dijo, cuatro años después de que Washington destruyó aquellas dos ciudades japonesas, “No sé con qué armas se ha de llevar a cabo la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta será una pelea con piedras y palos”.

Si todo el planeta se vuelve como Hiroshima, si no podemos impedir un nuevo crimen de guerra que puede terminar en un apocalipsis para todos, que nadie declare -si acaso alguien queda con vida- su inocencia.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Escritor y activista de los derechos humanos argentino-chileno-estadounidense

La invisibilidad y economía tóxica de la guerra en Irak

REBELIÓN 4 de septiembre del 2017 ESPAÑA

Toby C. Jones

En abril del 2008, una pequeña firma de ingeniería estadounidense –MKM Engineers, con sede en Stafford, Texas- había estado trabajando durante casi dos décadas en la limpieza de productos tóxicos en una antigua instalación militar de EEUU situada justo al oeste de la ciudad de Kuwait.

Diecisiete años antes, en julio del 1991, una bomba de calor defectuosa de un vehículo militar cargado con proyectiles de artillería de 155 mm en Campo Doha se incendió provocando un infierno devastador. El fuego hirió a varias docenas de personas y causó daños en decenas de vehículos, incluidos varios tanques del tan apreciado modelo M1A1. Miles de proyectiles de artillería se cocieron al fuego, desencadenando una extendida reacción explosiva en cadena.

Pero no se tuvo en cuenta la seguridad del personal enviado a la base para destruir y hacer detonar los restos del armamento, provocando la muerte del equipo de limpieza del capital Doug Rokke, en un suceso que fue rápidamente conocido como el Doha Dash. El fuego desató asimismo una columna de humo tóxico. El metal quemado –el detritus de la maquinaria bélica destruida y la artillería utilizada- deja siempre un legado peligroso. Pero la base albergaba también miles de proyectiles antitanque de 120 mm dotados de uranio empobrecido (DU, por sus siglas en inglés), armas forjadas a partir de los residuos del ciclo de combustible nuclear estadounidense.

El armamento de DU es a la vez radiactivo y tóxico. Normalmente, el DU que no se utiliza para uso militar u otro tipo de industria es manipulado y almacenado como residuo peligroso. La Agencia de Protección Ambiental de EEUU y el Pentágono han establecido directrices muy estrictas para su manejo reconociendo que es un peligro tanto para salud humana como ambiental. En Campo Doha, a causa del fuego, detonaron más de 600 obuses obtenidos a partir de desechos nucleares, cubriendo el cielo de un nocivo humo y polvo negro que se extendió a lo largo de muchos kilómetros.

Aunque durante muchos años se había venido informando de que el DU, especialmente su toxicidad química, constituía una amenaza para la salud y el medio ambiente, el ejército estadounidense limitó sus esfuerzos a hacer frente al caos desencadenado en Kuwait. El armamento dañado se devolvió discretamente a EEUU para que fuera limpiado o destruido. Las armas utilizadas y alguna arena contaminada se metieron en barriles y muchos de ellos se enviaron a lugares remotos del desierto kuwaití y se quemaron.

EEUU, afirmando que solo tenían una mínima obligación legal a la hora de responsabilizarse de los residuos y comprometerse con la recuperación del medio ambiente alrededor de la base, abandonó los trabajos de limpieza que solo se completaron de forma parcial a finales del 1991.

Halliburton, la empresa gigante de servicios petroleros, llevó a cabo nuevos trabajos en el lugar tras la invasión de EEUU de Irak en el 2003. Pero no fue sino hasta el 2008 cuando los ingenieros de Texas neutralizaron totalmente y redujeron los riesgos en la zona de alrededor del Campo Doha.

Financiada por el ejército kuwaití, MKM Engineers supervisó las últimas excavaciones allí, desenterrando casi 7.000 toneladas de arena tóxica irradiada. Una vez desenterrada, esa arena se cargó en el buque contenedor BBC Alabama y se envió a miles de kilómetros, al puerto de Longview, en Washington, enclavado en el río Columbia, en la parte sudoccidental del Estado. Desde allí, la arena se transportó por tren a una instalación privada de residuos peligrosos en los alrededores de Boise, Idaho, donde fue permanentemente enterrada.

Los detalles del incendio en Campo Doha y su legado tóxico, en el que el ejército de EEUU declinó su responsabilidad de recuperar un lugar tóxico solo para que gran parte de ese mismo lugar fuera finalmente transportado a EEUU para su tratamiento y eliminación final, son absurdos. Resulta perturbador ese movimiento de transformación de residuos peligrosos en armas en EEUU para utilizarlas en Oriente Medio, en este caso para que vuelvan de nuevo como desechos años después.

Más allá de los detalles del incendio en Campo Doha, ¿por qué este episodio debe ayudarnos a pensar de forma crítica y más extensamente en las economías y en las políticas económicas de guerra? A continuación sugiero que dejemos a un lado las formas más convencionales de pensar sobre el valor de las armas en las economías de guerra, especialmente los detalles de los que a menudo se informa acerca del valor monetario de las armas compradas y vendidas entre las potencias mundiales (de lo monetario al cambio).

Los sistemas de armamento forman siempre también parte de las economías y ecologías ambientales y de salud. Para reflexionar parcialmente sobre esto, apunto hacia la necesidad de una visibilidad e invisibilidad más amplias y sobre cómo podemos utilizar los impactos ambientales y en la salud del uso de las armas de DU –que siguen siendo poco conocidos, y lo que resulta más perturbador, a menudo deliberadamente ocultados- para ampliar nuestro marco respecto a todo lo que incluye una economía de guerra y a cómo funcionan algunas partes de la misma.

Es el carácter furtivo de la industria de armamento de uranio empobrecido, sus pruebas (sobre todo y de forma secreta en el suroeste estadounidense), la escala de su uso y, finalmente, la naturaleza e impacto que resultan, lo que hace que sea a la vez difícil de investigar y también muy útil para el ejército estadounidense y su clientela. Sugiero que la relativa invisibilidad de los sistemas de armamento de DU es algo más que una idiosincrásica nota a pie de página de las guerras en Oriente Medio. Aunque el armamento sin DU ha matado seguramente a más personas, causado más daño y beneficiado a sus inversores de forma más significativa, el poder de los sistemas más pequeños y su carácter secreto trasciende su relativa “cuota de mercado”.

De algún modo, esto tiene que ver con políticas más amplias de visibilidad y guerra. Muchos son los procesos que tienen lugar, desde los beneficios al dolor, fuera de la vista. Como consecuencia, la guerra y aquellos a quienes beneficia siguen adelante con mucha más facilidad y entusiasmo. En efecto, la invisibilidad de aspectos clave de la guerra y de sus emolumentos crea vías de acceso pequeñas, aunque fundamentales, que benefician a una gama más amplia de intereses privados, corporativos y políticos. También ayudan a separar o disminuir los sufrimientos de diversos tipos, incluyendo los impactos ambientales y en la salud a largo plazo.

La magnitud del daño causado en Kuwait fue relativamente pequeña si se compara con la devastación producida por la guerra en otros lugares, especialmente en el vecino norteño de Kuwait, Iraq, donde el país quedó arrasado por la larga guerra de EEUU entre los años 1991 y 2011.

El pequeño coste del incendio del Campo Doha, quizá alrededor de 40 millones de dólares, es menor si se compara con los billones de dólares gastados en la guerra y los daños causados en Irak. Y aunque la fabricación y venta de armas, así como el intercambio rutinario de miles de millones de dólares de ingresos petroleros para los sistemas militar y de armamento estadounidense, son fundamentales para comprender la importancia de la economía política de la guerra en Oriente Medio –y de sus implicaciones mundiales-, el armamento de DU, si bien no es insignificante, constituye una pequeña fracción del total de los beneficios de la industria de armamento en las guerras en la región.

Desde que en la década de los setenta del pasado siglo empezó a utilizarse en armas diseñadas para destruir a los tanques soviéticos, se desconoce la cifra total de armas de DU fabricadas. Hechas en lotes pequeños y diseñadas principalmente para destruir blindados, es probable que la producción total de DU alcance los cientos de miles de proyectiles de artillería, millones de obuses de calibre más pequeño, así como blindajes para tanques y otros usos.

Cualquiera que haya sido la escala real de la producción durante décadas, el ejército de EEUU utilizó ampliamente armamento de DU contra objetivos militares y no militares en Irak entre el 1991 y el 2011, así como en Afganistán y Siria. El Pentágono no ha querido revelar el alcance total de su uso de armamento de DU, aunque los casos recogidos por diversos medios sugieren que fue ampliamente utilizado desde Basora a Faluya contra objetivos humanos y no humanos.

El contexto más amplio y la historia en torno a Campo Doha –en el que las armas de DU que se habían fabricado en lugares como Concord, Massachusetts, y probado en lugares como Los Álamos, Nuevo México, se utilizaron en Irak y Kuwait, fueron finalmente eliminadas por una firma de Texas en una red global que iba desde el norte del Golfo Pérsico a Idaho- alistaron y afectaron a miles de personas, generaron una suma desconocida de daños y beneficios y, sin embargo, ha permanecido casi completamente ignorado.

Esta invisibilidad no es trivial. Más bien es productiva, impidiendo la posibilidad de escrutinio, actuando a múltiples niveles pequeños simultáneamente y, con el tiempo, se volvió local en vez de quedar recogida en las redes mucho más amplias de las que forma parte, y casi completamente incontestada porque lo invisible no se ve.

La fabricación y circulación de armas, por lo general fácilmente monetizadas y medidas, son solo una manera de analizar el coste de la guerra y el carácter de sus economías. Hay también una segunda dimensión ante el poder productivo de la invisibilidad tóxica de quienes hacen las guerras. Debido a tantos aspectos alrededor del DU que son deliberadamente mistificados y ocultados –una pauta que se contradice con cómo los ejércitos celebran conspicuamente a menudo el potencial de sus sistemas armamentísticos-, las autoridades militares y políticas han podido también negar las afirmaciones sobre sus efectos tóxicos más perniciosos.

Si bien todas las guerras provocan muy duraderos sufrimientos ambientales, infraestructurales y corporales, las armas tóxicas producen consecuencias especialmente devastadoras y perdurables. Teniendo en cuenta sus cualidades moleculares y las dificultades científicas y médicas para vincular casos particulares de exposición a la enfermedad, y especialmente porque su violencia se mide a lo largo de años y décadas –violencia lenta-, el daño que hacen persiste a menudo mucho después de haber arrojado las últimas bombas.

A pesar de los esfuerzos del Pentágono para ocultar la escala del uso de armas de uranio empobrecido en Irak y otros lugares, así como los impedimentos para obstruir las investigaciones sobre sus efectos, los doctores y científicos iraquíes, a menudo con la ayuda de observadores mundiales, han documentado algunos de los daños causados en la salud y el medio ambiente. El impacto en ambas esferas ha sido significativo y generacional. Frente a las extensas pruebas epidemiológicas y de otra índole, el ejército estadounidense y sus aliados, que también lo utilizan en las batallas, niegan los peligros tóxicos de las armas de DU.

Cualesquiera que sean los argumentos esgrimidos por otros observadores de que los peligrosos efectos del DU están aún por probar, y son muchos, las afirmaciones de incertidumbre no están impulsadas por la ciencia sino por la política. Se acepta que las pruebas de que el DU causa desastres en el medio ambiente y en salud son una verdad abrumadora excepto para quienes están interesados en creer otra cosa.

Mucho se pierde en la búsqueda políticamente motivada de certezas científicas respecto al impacto del uranio empobrecido en los cuerpos y entornos iraquíes. Debido a que el impacto del DU es negado por todos aquellos que tienen el poder para neutralizar potencialmente sus efectos, el polvo tóxico del DU ha quedado suspendido en los sistemas alimentarios iraquíes, cubriendo sus infraestructuras, alojado en los órganos y huesos de los cuerpos, trasmitido a través del parto, instalado en los fragmentos del metal destruido en la guerra que se han convertido en productos de intercambio en la economía de posguerra del país.

Los iraquíes que viven en zonas particularmente afectadas están en constante contacto con él. Están repetida y rutinariamente expuestos a sus peligros y, sin embargo, siguen sin medirse ni tratarse. Y aunque determinados expertos puedan negar los vínculos o negar las certezas sobre las conexiones entre las toxinas militarizadas y las comunidades afectadas, existen redes significativas de sufrimiento.

En efecto, junto a las armas y a los términos económico-políticos de su producción, uso y a los velos que los envuelven, la necesidad de cuidados de las comunidades devastadas por la guerra es la “otra cara” de estas pequeñas partes de economías de guerra.

Los heridos y enfermos, especialmente quienes se enfrentan a una larga lucha y padecimientos como consecuencia de la exposición tóxica, son también fundamentales para explicar la economía de la guerra.

Así pues, el sufrimiento y los cuidados deben ser también tenidos en cuenta no como el más allá de la guerra sino como el elemento central de nuestros cálculos morales y económicos de lo que ante todo implica. Al igual que las armas de uranio empobrecido, la escala y coste de los cuidados y la lucha por la salud son demasiado fácilmente ignorados e infravalorados.

Selección en Internet: Raquel Román Gambino

Afganistán: una contraofensiva que esconde otro fracaso

PÁGINA 12 27 de agosto del 2017 ARGENTINA

La decisión de Trump es una confesión pública de los estrepitosos fracasos que Occidente ha sufrido en Afganistán

Eduardo Febbro*

Ninguna de las potencias militares salió ilesa de Afganistán. A lo largo de la historia, Gran Bretaña, Rusia y, desde el 2001, EEUU y sus aliados de la OTAN chocaron contra el carácter indomable de un país a donde pretendieron resolver las crisis a fuerza de bombas e invasiones. La decisión del presidente norteamericano Donald Trump de incrementar la presencia militar en Afganistán con una nueva hoja de ruta es una confesión pública de los estrepitosos fracasos que los imperios han sufrido en este país que desde hace 16 años vive bajo respiración artificial (a pesar de que esta vez las guerrillas talibanes no reciben apoyo exterior).

EEUU ha gastado una suma colosal en los conflictos armados en los que participa desde el 2001 sin haber conseguido jamás los propósitos buscados. Desde el 2001 hasta el 2017, Washington invirtió dos billones de dólares en gastos militares consagrados a través del planeta a la guerra contra el "terrorismo", de los cuales 841 mil millones corresponden a Afganistán y 770 mil millones a Irak. Es más que el Plan Marshall con el cual EEUU contribuyó a la reconstrucción de Europa (sobre todo a evitar los triunfos de los partidos comunistas) después de la Segunda Guerra Mundial.

Desde que el expresidente norteamericano Georges Bush apuntó hacia Afganistán luego de los atentados del 11 de septiembre del 2001, 130 mil solados oriundos de 51 países (OTAN y asociados) fueron desplegados en Afganistán. Casi nada ha cambiado. El país vive desde entonces bajo el fuego de las bombas, la contraofensiva del talibán y subsiste gracias a la perfusión internacional, tanto militar como financiera. La llegada a la presidencia, en el 2014, de otra marioneta corrupta incrustada por Occidente, el presidente Ashraf Ghani, no mejoró la gobernabilidad de un país donde los antiguos aliados de Washington, los talibanes, actúan a su antojo y se mueven en las zonas fronterizas protegidos por Pakistán (que no quiere que los terroristas de verdad, los que apoya EEUU, se instalen en su territorio).

En términos estratégicos, ninguna potencia dio con la solución afgana ni pudo obtener de su influyente vecino, Pakistán, una alianza sin doble juego. Los pakistaníes, a través de sus servicios secretos, pactan con Washington al mismo tiempo que respaldan a los talibanes. En un artículo publicado por el Centro de Estudios Estratégicos e internaciones, CSIS, y firmado por Anthony Cordesman, el autor destaca que la guerra afgana, la iraquí y la siria costaron cinco veces más que la Primera Guerra Mundial. La de Afganistán ha costado dos veces y media más que la de Vietnam.

A los 2 billones de dólares correspondientes a los gastos militares hay que agregarle los 110 mil millones entregados para la ayuda a la "reconstrucción" de Afganistán (lógicamente contratada a empresas estadounidenses). Un abismo sin resultado.

A lo largo de estos 16 años, EEUU desencadenó la guerra más larga de su historia con (al menos) dos mil.400 muertos norteamericanos (más mil 136 de los otros contingentes), 20. mil heridos y 100 mil soldados movilizados para un resultado intangible y una guerra que vuelve a renacer enfocada en los mismo actores contra los cuales se justificó su lanzamiento.

El primero de enero del 2015, la gran mayoría de países que habían enviado tropas a Afganistán procedieron a retirarlas. La OTAN dejó contingentes encargados únicamente de “asistir” y entrenar al ejército Afgano mientras que Washington dejó estacionados 8 mil 400 solados en el marco de la operación “Respaldo fuerte”. Estas cifras sólo atañen a la presencia militar y no incluyen a las empresas privadas contratadas por Washington para llevar a cabo “misiones de seguridad”. Los privados (Blackwater por ejemplo) son tres veces más numerosos que los mismos militares estadounidenses.

En cuanto a las pérdidas civiles, según un informe del Instituto Brookings, hasta el año 2014 habían muerto 17 mil personas. La misma fuente calcula que entre el 2014 y el 2017 han muerto alrededor de 3 mil 500 personas cada año.

Trump dio un giro inesperado con su nueva reformulación del conflicto afgano. Con ello busca transformar la herencia que le dejó Barack Obama, quien, a su vez, heredó la guerra de su predecesor, Georges Bush. A su manera, Trump vuelve sobre los pasos de Bush.

El exmandatario inició el conflicto como "respuesta" a los atentados de las torres gemelas y con la propuesta estratégica de barrer con las bases de Al-Qaeda en Afganistán y erradicar a los talibanes, grupo que los mismos estrategas del Pentágono habían utilizado como “arma interior” para expulsar a los soviéticos de Afganistán (1979-1989) (y sobre todo para derrocar al gobierno comunista elegido por el pueblo).

El ex presidente Barack Obama cambió el enfoque de Bush cuando estableció un calendario para el retiro de las tropas norteamericanas del país. Pero como ninguna de las opciones militares había tenido éxito (más bien habían terminado en derrotas), luego de haber anunciado en el 2014 que la guerra estaba “terminada", en 2016 decidió pausar el retiro militar y dejar a los casi 40 mil hombres (entre militares y paramilitares) que hoy están desplegados. Obama se decidió entonces a admitir que los talibanes habían preservado toda su potencia y que el ejército afgano “aún no era lo suficientemente fuerte”. En suma, los propósitos militares que alimentaron el horno afgano no se cumplieron.

Si bien es cierto que Al-Qaeda fue desmembrada (en realidad trasladada a Siria, y luego a Libia y Yemen), los talibanes -sus aliados en ocasiones- no hicieron más que reforzarse en estos años. Oficialmente, el operativo norteamericano en Afganistán debía concluir a finales del 2014 pero su rotundo fracaso vuelve a abrir las mismas opciones que cavaron la tumba de la invasión occidental.

El gobierno de Kabul ha retrocedido en todo el país. En el 2016 controlaba el 73% del territorio: ahora sólo tiene autoridad parcial en el 57%. La alianza internacional fue tan incapaz de ganar la guerra como de capacitar a las (corruptas) fuerzas locales.

Resulta iluso pensar que con más militares se pueda resolver un conflicto intrincado en una región donde, históricamente, las potencias mordieron el polvo de la derrota. El desastre asoma por todas partes, tanto más cuanto que, entre tanto, la intervención norteamericana en Irak (2003) creó todas las condiciones necesarias para el surgimiento del Estado Islámico.

“Ya no vamos a construir países: vamos a matar terroristas”, dijo Donald Trump durante el discurso a la nación donde reveló la próxima aventura militar.

Este ha sido, desde el 2001, el discurso central de las potencias occidentales.

Sólo han conseguido destruir países (Irak, Libia, Siria), causar decenas de miles de muertos civiles y, sobre todo, dotar de poder a nuevos terroristas (y ni siquiera se quedaron con el petróleo...)

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Periodista argentino. Corresponsal de Página 12