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Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2017-10-04

La mentira de los ataques sónicos

PROGRESO SEMANAL 2 de octubre del 2017 EEUU

Jesús Arboleya*

No existe un lugar más seguro para los diplomáticos norteamericanos que Cuba. Es común verlos correr por el Malecón, comer en los restaurantes más famosos o bañarse en las playas. Aquí nunca han tenido el temor de que los maten o secuestren, como ocurre en la mayor parte del mundo. Nada explica que esto haya cambiado, mucho menos que ocurriera debido al sinsentido de misteriosos “ataques sónicos” contra funcionarios de ese país.

Científicos de todas partes niegan la posibilidad de que algo como esto ocurra, el propio gobierno norteamericano asume su ignorancia en la materia y reconoce carecer de pruebas para culpar a Cuba, lo que explica menos que se tomen medidas contra el país. El único argumento es que Cuba debe proteger -nadie sabe de qué- a los diplomáticos norteamericanos. Si Estados Unidos aplicara esta norma al resto del mundo, tendría relaciones con muy pocos países. Además, hay poca moral para decirle esto a un país cuyos diplomáticos sí han sido asesinados y atacados de la manera más brutal en territorio norteamericano.

Quizás la diplomacia y la objetividad periodística obligan a hablar usando términos como “supuestos”, “no identificados” o “no comprobados” para referirse a los pretendidos ataques sónicos, pero cualquier persona medianamente informada y con dos dedos de frente sabe que se trata de una soberana mentira. En Cuba hay ruido, quizás demasiado, pero no es ultrasónico ni infrasónico, más bien es lo suficientemente evidente y democrático, para afectarnos a todos por igual.

El asunto entonces es determinar la razón que impulsa al gobierno norteamericano a mentir de esta manera y utilizarlo como excusa para tomar medidas que dañan aún más el estado de las relaciones entre los dos países.

La primera hipótesis es que las agresiones a los funcionarios, sónicas o no, resultaron del uso de medios técnicos para labores de inteligencia por parte de Estados Unidos. Un cable de AP del 17 de septiembre, al que llamativamente la prensa no le dio mucha atención, cita a un funcionario de la NASA diciendo que el problema fue originado por equipos LRAD-RX, diseñados por la empresa American Technology Corporation (ATC), para las comunicaciones de la CIA con sus agentes.

Según esta fuente, cuando se conoció el daño a la salud que producía el uso de estos equipos se decidió su desmontaje, para lo cual era necesario suspender los servicios consulares y otras actividades de la embajada. Primero se utilizó como excusa los daños causados por el huracán Irma, pero todo indica que después se ajustó al cuento de la protección de los funcionarios.

Esta versión no excluye otra mucho más integral, a tono con las características de ese gobierno. Para Donald Trump, la política exterior de Estados Unidos consiste en meterle miedo al mundo. Su estilo de negociación nos recuerda al Padrino: si haces lo que digo voy a ser condescendiente contigo, sino, le corto la cabeza a tu caballo preferido.

No debe ser casual que individuos como el mexicano Jorge Castañeda, bien informado de los recovecos de la política norteamericana, declare que solo la intervención de Cuba puede conducir a la destitución del presidente Nicolás Maduro en Venezuela.

Es de suponer que presiones sobre Cuba se han ejercido en este sentido, pero Cuba no ha dejado de insistir en su apoyo al gobierno bolivariano. Que no le hagan caso molesta hasta el delirio a Donald Trump y está demostrado que no hacen falta ataques sónicos, para limitar su capacidad de escuchar a tanta gente que trata de controlar sus desboques.

El tercer elemento a tener en cuenta son las presiones de los sectores anticubanos ubicados en el Congreso. A Trump le sale barato complacerlos, a cambio de un apoyo que se torna desesperado en otros aspectos de la política doméstica y exterior de Estados Unidos, así como para la supervivencia de su propio gobierno, acusado e investigado por todas partes.

En resumen, los “supuestos” ataques sónicos han venido de perilla para desencadenar una tormenta perfecta contra Cuba, que incluye atemorizar a los viajeros norteamericanos y la cancelación indefinida de otorgamiento de visas, lo que coloca a Cuba, sin que se diga explícitamente, entre los países vetados para que sus ciudadanos viajen a Estados Unidos.

Esto ocurre cuando Cuba transita por una difícil situación económica, agravada por los enormes destrozos provocados por el paso del huracán. No es de extrañar que no haya habido un solo gesto solidario por parte del gobierno norteamericano hacia el pueblo cubano, sino todo lo contrario. En realidad el sistema estadounidense no está diseñado para ayudar a resolver crisis, sino para agudizarlas, hasta el punto que los países afectados no tengan otra alternativa que rendirse a sus pies. Al parecer, esa es la lectura que están haciendo del caso cubano.

Contrario a lo que podía pensarse hace solo unos meses, la convivencia con Estados Unidos se torna cada día más complicada para Cuba. Paradójicamente, la razón estriba en la debilidad de un gobierno como el de Donald Trump, incapaz de lidiar con sus propias limitaciones y actuar con la altura que dignifica la política, incluso en el caso de los imperios.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Cubano. Doctor en Ciencias Históricas, profesor del ISRI


El desestabilizador en jefe

PROGRESO SEMANAL 26 de septiembre del 2017 EEUU

Max J. Castro*

Trump quiere destruir el acuerdo nuclear con Irán. Pero tiene un gran problema. En ese pacto, los iraníes acordaron abstenerse de desarrollar un arma nuclear durante al menos una década, y a cambio se levantarían algunas sanciones contra Irán. Esos son los únicos temas del acuerdo y todos los demás signatarios —China, Rusia, el Reino Unido y, desde hace menos de 90 días, Estados Unidos— han dicho que los iraníes están cumpliendo su parte del acuerdo.

Incapaz de producir pruebas de que los iraníes están desarrollando armas nucleares, Trump ha ordenado a su equipo buscar cualquier excusa para retirarse del acuerdo. Básicamente, Trump está tratando de cambiar las reglas del juego atacando a Irán por cosas que no tienen nada que ver con lo acordado. Los puntos de discusión: el régimen iraní es terrible —rellenar el resto con insultos. El acuerdo fue el peor de la historia. Irán es un estado rebelde que patrocina terroristas y apoya a regímenes enemigos como Siria.

Todos estos puntos son irrelevantes. Irán no accedió a cambiar su política exterior, como tampoco Rusia acordó devolver Crimea a Ucrania o que Estados Unidos dejara de combatir a Siria. El acuerdo abarca las armas nucleares y las sanciones, punto.

Luego está el tema que Trump ha utilizado no solo con respecto a Irán, sino también a Corea del Norte, Cuba y Venezuela —dondequiera que Estados Unidos quiere un cambio de régimen y los partidarios más duros de Trump quieren una política estadounidense más belicosa. Ese argumento es que todos estos gobiernos son culpables de la vaga acusación de desestabilización.

La ironía es que Trump es el desestabilizador supremo en el mundo de hoy, siguiendo los pasos y superando a sus precursores desestabilizadores del Partido Republicano George W. Bush y Ronald Reagan. Estos últimos, entre otras atrocidades, libraron guerras ilegales en Nicaragua (Reagan) e Iraq (Bush), y violaron el derecho internacional y de Estados Unidos al perpetrar torturas (Bush).

Bush también se negó a renovar un compromiso mutuo de no agresión entre Corea del Norte y Estados Unidos, alcanzado bajo Bill Clinton, preparando así el escenario para la actual confrontación entre Estados Unidos y Corea del Norte. Reagan y George W. pusieron el listón bien alto para la desestabilización. Trump ahora lo está poniendo mucho más allá.

Empecemos con Corea del Norte. Bajo el presidente Clinton, Estados Unidos llegó a un acuerdo que declaró que ninguno de los dos países tenía intenciones hostiles hacia el otro. George W. Bush se negó a renovar ese compromiso. Este fue el origen de la escalada de la inestabilidad en las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte. Dada la invasión de Iraq por parte de Bush, cuyo verdadero propósito era el cambio de régimen (no la razón declarada de destruir las inexistentes armas de destrucción masiva), el mensaje a Corea del Norte (así como a Irán) quedó claro. Eliminado un lado del “eje del mal”, ahora quedan dos.

Desde entonces, Corea del Norte (y en menor grado Irán, antes del acuerdo ahora cuestionado) consideró las armas nucleares como una garantía para no convertirse en Iraq 2.0 y 3.0. Específicamente Corea del Norte ha estado llevando a cabo un esfuerzo súper acelerado para producir más y mejores armas nucleares y los sistemas necesarios de envío.

A menudo la retórica norcoreana es grandilocuente e incluso grotesca. Pero en el contexto, la decisión de lograr poseer armas nucleares como el único disuasivo posible contra una repetición de Iraq no es irracional ni extraña. El hecho de que Estados Unidos haga la guerra a países débiles como Granada, Panamá y Nicaragua, pero no contra potentes adversarios con armas nucleares como la antigua Unión Soviética y China, no pasa inadvertido para Corea del Norte.

El hecho de que Donald Trump es George W. Bush drogado y con esteroides, aún más conflictivo, arrogante e ignorante, ha empeorado mucho la situación. El estallido de Trump, los insultos personales y las amenazas apocalípticas —destruir totalmente a Corea del Norte entre otros— refuerza lo que los norcoreanos han creído desde que Bush renunció al acuerdo con Clinton: tarde o temprano, Estados Unidos va a atacar. Con Trump ahora en la Casa Blanca, los norcoreanos creen que el ataque es inminente.

El objetivo principal de las amenazas de Trump de “destruir totalmente a Corea del Norte” y de romper el acuerdo nuclear con Irán no es tanto intimidar a esos países como apuntalar su reducida base en Estados Unidos, agravado por un par de medidas a medias tomadas recientemente con vistas a la racionalidad, específicamente en relación con el bipartidismo, DACA y el límite de la deuda. Pero hacer el juego a los dementes que forman el núcleo duro de la base de Trump en casa, es inherentemente desestabilizador y una forma muy peligrosa de tratar con países como Corea del Norte e Irán. También es ineficaz.

Este análisis también se aplica a la declaración del Secretario de Estado Tillerson de que está considerando clausurar la embajada de Estados Unidos en La Habana. La excusa en este caso es la sospecha de que Cuba está llevando a cabo una guerra sónica contra los diplomáticos estadounidenses en la capital cubana. Pero el asunto sonoro, sea lo que sea, comenzó bajo Obama, el hombre de la rama de olivo, y también afectó a un diplomático canadiense. Si Cuba está detrás del ataque sónico, Raúl Castro ha perdido la cabeza. No ha sido así.

Los ciudadanos estadounidenses que han hablado con el presidente Raúl Castro acerca del tema consideraron que estaba inusitadamente desconcertado. La idea de que el formidable aparato de seguridad cubano todavía no ha descifrado lo que está sucediendo y quién lo está haciendo debe tener comprensiblemente disgustado a Raúl. Cuba se ha mantenido a flote en medio de más huracanes, tanto meteorológicos como políticos, de los que han golpeado a la Florida. Lo han logrado de dos maneras: organizándose bien y, a diferencia de Saddam Hussein, por saber dónde está el límite con Estados Unidos y no cruzarlo. Hacer daño a estadounidenses, ya sean marineros en Guantánamo o diplomáticos en La Habana, es un límite bien definido. Cuba lo sabe.

Sin embargo, el endurecimiento de la política estadounidense hacia Cuba sirve a un par de propósitos retorcidos de Trump. Es una forma de congraciarse con una parte muy especial de su base, los exiliados cubanos de línea dura, amargados todavía después de todos estos años. Por otra parte, al igual que la derogación de Obamacare, es otra manera de pisotear los logros históricos de Obama. Convertir en cenizas el legado de Obama es una obsesión para Trump, el Partido Republicano y los derechistas en general. Para lograr esto y darle carne roja a la base, Trump y los republicanos están dispuestos a hacer daño a decenas de millones de estadounidenses al revocar Obamacare. En comparación, deshacer el deshielo con Cuba diseñado por Obama es barato.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Sociólogo, columnista y activista social

El verdadero drama de Puerto Rico

POR ESTO! 2 de octubre del 2017 MÉXICO

Gustavo Robreño*

El verdadero drama de Puerto Rico está en su condición colonial, en haber sido víctima de la dominación, la explotación y el saqueo de la metrópoli de Estados Unidos que se apoderó de la isla en el 1898, tras la expulsión de los colonialistas españoles.

Desde entonces y aún mucho antes, desde que el padre fundador de la patria Ramón Emeterio Betances lanzara el histórico Grito de Lares el 23 de septiembre del 1868, el heroico pueblo puertorriqueño lucha denodadamente por su independencia y soberanía frente a los imperios poderosos.

Ese es el verdadero drama de Puerto Rico, que los huracanes no han hecho más que poner en evidencia en momentos particularmente difíciles para la colonia yanqui, en medio de una desesperada situación económica que la actual tragedia seguramente agravará.

La metrópoli todavía no parece conmoverse y la titulada junta de Control Fiscal, designada por Washington para imponer las medidas económicas a la isla, dijo que movilizaría 2 mil millones de dólares “solo en caso de emergencia” y nada dice sobre la deuda fiscal inventada por las compañías estadounidenses.

En medio de la tragedia, el pueblo de Puerto Rico ha dado una señalada muestra de unidad y solidaridad mutua. Paradójicamente, la desgracia los ha fortalecido como nación y los ha ayudado a avanzar y ganar conciencia sobre la descolonización.

El gobierno colonial anexionista, regido por un gobernador plegado al Imperio, no haya cómo explicar la demora en la ayuda prometida, el desorden organizativo y la imprevisión que al cabo de dos semanas del más reciente huracán se hacen sentir sobre la población desamparada.

La Alcaldesa de San Juan denunció la ineficiencia de la “ayuda” y su distribución, mientras se anuncia la visita del presidente Donald Trump, quién finalmente parece prestará alguna atención a los mestizos colonizados, habitualmente ciudadanos estadounidenses de segunda categoría.

Los puertorriqueños, que han servido de mano de obra barata para enriquecer al Imperio y de carne de cañón para sus guerras en los más apartados rincones del mundo, han mostrado ya su decisión y voluntad de recuperación hasta donde puedan hacerlo en el marco de la asfixiante situación colonial.

La metrópoli tiene ahora la palabra. De lo contrario, tendremos derecho a pensar que la tragedia será aprovechada por los colonialistas para mayor opresión y mayor saqueo a la antigua vitrina de prosperidad que trataron de exhibir ante los latinoamericanos en tiempos pasados.

El pueblo puertorriqueño cerrará filas y seguirá adelante. Ellos tienen sus propios valores y sus fuentes de inspiración en el patriotismo de Betances y Hostos, de Pedro Albizu Campos y Filiberto Ojeda, en la resistencia firme e inconmovible de Oscar López Rivera.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Periodista cubano. Fue Director General de Prensa Latina

Trump y la derecha de EEUU siempre han pensado en romper el tabú nuclear

EL DIARIO 6 de septiembre del 2017 ESPAÑA

El presidente siempre ha estado obsesionado con las armas nucleares, y considera una "bobada" los argumentos para no usar ese tipo de arsenal

Paul Mason*

En noviembre del 1950, cuando los soldados norcoreanos hicieron retroceder al ejército de Estados Unidos, el presidente Truman convocó una rueda de prensa que ha pasado a la historia y en la que amenazó con iniciar una guerra nuclear. Después de que Truman pronunciara unas palabras insustanciales y hablara durante algunos minutos sobre pormenores diplomáticos, un periodista preguntó si Estados Unidos utilizaría su armamento nuclear.

El presidente estadounidense afirmó que no solo estaba sopesando la posibilidad de un ataque de esas características, sino que además el “responsable militar en el terreno” decidiría si era mejor dirigir este ataque contra militares o civiles. Tampoco descartó la posibilidad de atacar a China [aliado de Corea del Norte].

Esas palabras desencadenaron el caos. Tanto el electorado como las Naciones Unidas y los aliados de Estados Unidos empezaron a mostrarse en contra de la presencia militar en la península de Corea. La rueda de prensa se convirtió en un ejemplo de manual sobre cómo no debe ser la diplomacia nuclear.

Todos los presidentes han intentado no cometer el mismo error. Ahora, el presidente Trump ha roto esta tendencia y ha pronunciado un discurso en el que lanza amenazas “de fuego y furia” contra Pyongyang.

Tras la sexta prueba nuclear de Corea del Norte, todo parece indicar que Trump se encamina hacia otra crisis diplomática. Ha criticado la pasividad de Corea del Sur y ha amenazado con poner fin al acuerdo comercial que une a este país con Estados Unidos. También ha amenazado con imponer sanciones a China y ha alertado sobre la posibilidad de que Estados Unidos haga uso de su armamento nuclear. Mientras escribo esta columna, el apoyo internacional en torno a la crisis de Corea del Norte disminuye cada minuto que pasa.

Parte de la derecha de Estados Unidos siempre ha sopesado la posibilidad de una guerra nuclear. Esta idea tiene su origen en la descripción que hizo el diplomático Paul Nitze del bombardeo atómico de Hiroshima en el 1945. A Nitze le impactó el hecho de que personas que estaban en la zona del impacto sobrevivieran y que los trenes volvieran a funcionar en menos de 48 horas, así como el hecho de que la cifra de muertos y heridos fuera parecida a la de los ataques de las fuerzas aliadas contra Berlín y Dresde.

Si bien Nitze se convirtió al final de sus días en un firme defensor del desarme unilateral, lo cierto es que durante la mayor parte de su vida trató de inculcar la noción de que la estrategia nuclear no solo era una opción, sino que era la opción ganadora. Creía que solo si estabas dispuesto a librar una guerra nuclear –sobrevivir y ganarla– tenías el poder de disuasión necesario para prevenirla.

Y esto es precisamente lo que creen Trump y un grupo de estrategas que recientemente ha quedado marginado. Trump siempre ha estado obsesionado con las armas nucleares.

La "bobada" de la bomba

En el 1984, Trump afirmó que podía obligar a Rusia a aceptar una tregua militar. Y soltó a un periodista: “Con una hora y media puedes aprender todo lo que necesitas saber sobre misiles... creo que yo ya sé todo lo necesario”. En el 1990, en declaraciones a la revista Playboy afirmó: “Siempre he reflexionado sobre una posible guerra nuclear, es un elemento muy relevante en mi proceso de reflexión”, y puntualizó que los argumentos detrás de la tradición de Estados Unidos de no utilizar este tipo de armamento eran “una bobada”.

Sin embargo, una característica común de los halcones nucleares de Washington, desde la era Truman hasta la de George H. W. Bush, es que no utilizaron armas nucleares. Nitze, por ejemplo, intentó repetidamente y por todos los medios llegar a acuerdos estratégicos para reducir el arsenal nuclear ruso y al mismo tiempo ejercía presión militar y económica sobre Rusia.

Incluso los halcones más agresivos entendían que debían salvaguardar un sistema internacional. Cuando, tras la caída de la Unión Soviética en el 1991 este sistema pasó a ser unipolar, el delirio de la derecha de tener un poder mundial absoluto sirvió para calmar su sed de aniquilación nuclear. Este poder absoluto se traducía en la visión de los soldados abriendo a patadas las puertas de los lugareños. Lanzar misiles balísticos era cosa de enclenques. Ahora, Estados Unidos es el enclenque. La rabieta infantil de Trump con Seúl es una buena muestra de ello.

El presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, se hizo con el poder en mayo después de que millones de manifestantes forzaran la destitución de su predecesora, Park Geun-hye, de tendencia derechista. El nuevo presidente ha prometido derogar las leyes de seguridad cuyo propósito era reprimir a la izquierda. También ha prometido promover la reconciliación con Corea del Norte y ha abogado por diseñar una política exterior propia, al margen de Estados Unidos. Por otra parte, al menos en un inicio, se ha opuesto al despliegue de sistemas de defensa antimisiles estadounidenses.

Si vas a utilizar a Corea del Norte para provocar un conflicto de poder con China, como reconoció abiertamente Steve Bannon, exasesor de Trump, es mejor que primero estés seguro de que tu país aliado en ese conflicto está liderado por un halcón. Para Estados Unidos, este no es el caso.

En primer lugar, la inestable democracia de Corea del Sur está funcionando mejor que la de Estados Unidos y Park fue destituida por delitos mucho menos graves de los que supuestamente ha cometido Trump. Y en segundo lugar, el pueblo de Corea del Sur entiende que China es la fuerza hegemónica emergente en el Pacífico. El sistema mundial unipolar está dando paso a un sistema caótico en el que China y Rusia crean polaridades locales débiles. Entender qué fuerza liderará la región en el siglo XXI no es difícil si vives en la península de Corea. Estos son los hechos que tienen en cuenta las fuerzas que intentan frenar a Trump.

Imaginemos que Kim lanza un misil nuclear contra Guam o Japón y que entonces Estados Unidos lanza bombas sobre dos o tres puntos estratégicos en Corea del Norte y hunde la marina de Pyongyang. Tras esta acción, estalla una guerra convencional y breve que destruye Seúl y la mayor parte de Corea del Norte. China, sacudida por lo sucedido, reconoce que se equivocó en sus cálculos y no lanza una ofensiva.

Este sería probablemente el escenario menos destructivo del que sería el primer ataque nuclear desde 1945. Sin embargo, deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué lección aprenderían Rusia y China? Aprenderían que las armas nucleares sirven para conseguir una victoria geopolítica. Desde un punto de vista moral, aprenderían la lección de que la aniquilación nuclear está permitida.

En un contexto mundial en el que el poder de Estados Unidos está disminuyendo, la comunidad internacional en su conjunto, y muy especialmente las democracias consolidadas de Europa Occidental, tienen la responsabilidad de promover un sistema multipolar respaldado por tratados que separen de forma explícita el comercio de los intereses geopolíticos. Ahora mismo, el peligro al que nos enfrentamos no es solo el fin del tabú nuclear sino también que las decisiones irracionales de Kim y Trump destruyan la posibilidad de un sistema mundial multipolar creado a partir de un consenso.

Bannon, que fue expulsado de la Casa Blanca por un grupo de exgenerales que intentan frenar a Trump, califica a sus adversarios de “conciliadores racionales”. En un contexto en el que China se perfila como un peso pesado del sistema mundial de poderes, ser conciliador es, en efecto, lo más racional. La conciliación no implica que no puedas criticar las acciones de otros países o que no puedas apoyar a los defensores de la democracia en países como China o Corea del Norte. Tampoco implica una retirada unilateral de las tropas. Implica que debes dialogar.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

  • Comentarista británico de izquierda. Editor digital de Channel 4 News.

Rusia y China contra el imperio del dólar

RED VOLTAIRE 23 de septiembre del 2017 FRANCIA

Nos equivocamos cuando creemos que cada uno de los actuales conflictos armados es diferente a los demás. Casi todos se insertan en un contexto general que enfrenta al «Imperio Estadounidense de Occidente» con los países del grupo BRICS, que a su vez trata de oponerle «un orden internacional alternativo». Ese enfrentamiento también se plantea en el plano militar y el sector financiero.

Manlio Dinucci*

Un amplio arco de tensiones y conflictos se extiende desde el este de Asia hasta el centro de ese continente, desde el Medio Oriente hasta Europa y desde África hasta Latinoamérica. Los «puntos candentes» a lo largo de ese arco intercontinental –como la península de Corea, el Mar de China Meridional, Afganistán, Siria, Irak, Irán, Ucrania, Libia, Venezuela y otros– presentan historias y características geopolíticas diferentes, pero están al mismo tiempo vinculados a un factor común, que es la estrategia con la que el «Imperio Estadounidense de Occidente», en declive, trata de impedir el ascenso de nuevos actores estatales y sociales. El temor de Washington resulta comprensible a la luz de los resultados de la cumbre de los países del grupo BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica), celebrada en Xiamen, China, del 3 al 5 de septiembre.

Al expresar «las preocupaciones de los BRICS ante la injusta arquitectura económica y financiera mundial, que no tiene en cuenta el creciente peso de las economías emergentes», el presidente Putin subrayó la necesidad de «dejar atrás la dominación excesiva del limitado número de monedas de reserva».

Esto es una clara alusión al dólar estadounidense, que constituye casi dos terceras partes de las reservas monetarias mundiales y es la moneda con la que se determinan los precios del petróleo, del oro y de otras materias primas estratégicas, lo cual permite a Estados Unidos conservar un papel predominante, imprimiendo dólares cuyo valor no se basa en la capacidad económica real de los propios Estados Unidos sino en el hecho que esos dólares se utilizan como moneda mundial. Sin embargo, el yuan chino ingresó hace un año a la canasta de monedas de reserva del Fondo Monetario Internacional –junto al dólar, el euro, el yen y la libra esterlina– y ya Pekín está a punto de abrir contratos para la compra de petróleo con yuanes convertibles en oro.

Los países del grupo BRICS demandan además la revisión de las cuotas, o sea de la cantidad de votos que se atribuyen a cada país en el Fondo Monetario Internacional (FMI) –Estados Unidos ostenta más del doble del total de los votos que poseen juntos 24 países de Latinoamérica (incluyendo México) y el G7 tiene el triple de votos que los países del BRICS.

Washington observa con creciente preocupación la asociación entre Rusia y China: los intercambios entre esos dos países, que deberían alcanzar los 80 mil millones en el 2017, van en constante aumento, a la vez que aumentan también los acuerdos de cooperación ruso-china en los sectores energético, agrícola, aeronáutico, espacial así como en materia de infraestructura. La compra anunciada de un 14% de la compañía petrolera rusa Rosneft por parte de una compañía china y la entrega pactada con China de 38 mil millones de metros cúbicos de gas ruso a través del nuevo gasoducto Sila Sibiri, que entrará en funcionamiento en el 2019, abren el camino hacia el Este a la exportación de recursos energéticos rusos, mientras que Estados Unidos se empeña en tratar de bloquearle el camino al Oeste, hacia Europa.

Al comprobar que está perdiendo terreno en el plano económico, Estados Unidos no encuentra nada mejor que poner la espada en la balanza, recurriendo a la fuerza militar y a su influencia política. La presión militar de Estados Unidos en el Mar de China Meridional y en la península de Corea, las guerras de Estados Unidos y la OTAN en Afganistán, en el Medio Oriente y en África, el espaldarazo de Estados Unidos y la OTAN a Ucrania y su subsiguiente enfrentamiento con Rusia, son parte de la misma estrategia de confrontación mundial contra la asociación ruso-china, cuyo carácter no es solo económico sino también geopolítico.

También es parte de esa estrategia el plan tendiente a torpedear el grupo BRICS desde adentro, trayendo nuevamente al poder las fuerzas de derecha en Brasil y en toda Latinoamérica. Esto quedó confirmado por el comandante del Comando Sur, el general Kurt Tidd, que está preparando contra Venezuela la «opción militar» que mencionaba el presidente Donald Trump. En audiencia ante el Senado de Estados Unidos, el general Tidd acusó a Rusia y China de ejercer una «influencia maligna» en Latinoamérica para hacer avanzar también en ese continente «su visión de un orden internacional alternativo».

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Geógrafo y politólogo italiano