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Por qué en EEUU hay Trump para mucho tiempo

PÚBLICO 26 de enero del 2018 ESPAÑA

Vicenç Navarro*

La gran atención de los mayores medios de información en los países situados a los dos lados del Atlántico Norte, en su cobertura del aniversario de la elección del candidato republicano Trump al cargo de Presidente de EEUU se ha centrado en la figura del Presidente Trump, que antes de ser elegido Presidente era uno de los empresarios más importantes en el negocio inmobiliario de aquel país, uno de los más especulativos de la economía estadounidense. A pesar de no haber nunca ocupado un cargo electo antes de ser elegido, conocía bien el funcionamiento del Estado (tanto federal, como estatal y municipal) pues en gran parte su éxito como empresario había dependido de sus conexiones políticas, incluida “la compra de políticos”.

El sistema electoral, de financiación predominantemente privada, favorece lo que en EEUU se llama “la compra de políticos” que pasan a representar los intereses de los que los financian. En realidad, Trump es un personaje bastante representativo del mundo empresarial especulativo de EEUU, que conjuga una enorme ignorancia de la política internacional, un desdén hacia el mundo intelectual y mediático con el cual se encuentra altamente incómodo, una hostilidad hacia el establishment federal y una gran astucia política.

Es profundo conocedor de los gustos y opiniones de amplios sectores de las clases populares blancas con los que comparte un lenguaje lleno de estereotipos que le hace enormemente popular entre sus bases electorales. Su comportamiento aparentemente errático, que rompe todos los moldes de la respetabilidad burguesa, le convierte en un personaje carismático entre su electorado, que es, en su mayoría, de clase trabajadora y clase media de raza blanca, que comparte sus opiniones y prejuicios.

Por otra parte, el hecho de que tal comportamiento no encaje en los moldes tradicionales del establishment político-mediático del país explica que este último tenga grandes recelos sobre su habilidad para dirigirlo. Trump no salió del aparato del Partido Republicano ni de los círculos políticos de Washington, lo que le hace una figura muy atípica en el mundo político estadounidense. De ahí la animosidad de gran parte de los mayores medios de comunicación, que le dedican una enorme atención mediática muy orientada hacia desacreditarle, lo cual acentúa más su popularidad, no tanto entre la población general (donde es muy baja), sino entre la población que le vota, que odia al establishment político-mediático del país.

Todas las encuestas destacan la gran lealtad de sus bases electorales, habiéndose establecido una alianza de sectores importantes del mundo empresarial relacionado con el capital especulativo (sector inmobiliario y capital financiero) y amplios sectores populares, de raza blanca, cohesionados y unidos por una ideología caracterizada por dos componentes básicos.

¿Cuál es la ideología de lo que ha venido a llamarse erróneamente como Trumpismo?

Digo erróneamente, pues no es Trump el que ha creado esta ideología, sino al revés: la ideología antiestablishment ampliamente extendida en amplios sectores de las clases populares es la que ha posibilitado la victoria de Trump. Tal ideología se caracteriza por dos componentes típicos del antiestablishment presentes entre grandes sectores de las clases populares, a los cuales hay que añadir un tercer componente, este sí, específico de Trump.

El primero es, como ya he subrayado, un antiestablishment federal, basado en Washington, al que se le percibe como instrumentalizado por el Partido Demócrata, cuyas políticas públicas supuestamente han favorecido sistemáticamente a las minorías afroamericanas (y, en menor lugar, a las latinas), a costa del propio bienestar de las clases populares de raza blanca.

En esta ideología se percibe a este establishment federal como también utilizado por las grandes empresas industriales, que a través de los Tratados de Libre Comercio, están deslocalizando puestos de trabajo bien pagados de la manufactura a países con salarios mucho más bajos. Esta exportación de puestos de trabajo está dañando el bienestar de la clase trabajadora blanca, que ocupaba la mayoría de estos buenos puestos.

El segundo componente de esta ideología (íntimamente relacionado con la anterior) es un profundo nacionalismo, que, en parte, idealiza el pasado de EEUU, y que quiere recuperar aquel mundo en el que se vivía mejor. Este nacionalismo está basado en una lectura profundamente errónea de la política exterior de EEUU, que ve al gobierno federal motivado por un deseo de promover la libertad y la democracia a nivel mundial.

De esta lectura se derivan las propuestas de este tipo de nacionalismo que cree que el gobierno de EEUU debería abandonar su “altruismo” y dar más atención a los intereses de EEUU sobre todos los demás. Tal énfasis en poner los intereses de EEUU por encima de todos los demás como el mayor objetivo de la política exterior no difiere, sin embargo, de los objetivos de la política exterior de gobiernos anteriores (que, naturalmente, también imponían los intereses de EEUU por delante de todos los demás) sino de cómo se definen tales intereses.

El énfasis de Trump en el exitoso eslogan “America First” (“poner a EEUU primero”) es un intento de revitalizar la economía estadounidense, centrándose en crear puestos de trabajo en el país. Esta diferencia se presenta erróneamente como un conflicto entre liberalización de la economía, por un lado (llamados los globalistas) o proteccionismo, por el otro (definidos como los nacionalistas) dicotomía que solo tiene un componente de verdad, pues la enorme economía estadounidense siempre ha sido altamente proteccionista e intervencionista, puesto que a través de su elevado gasto militar ha configurado de gran manera al sector industrial de aquel país.

La evidencia empírica que muestra que la mayoría de los avances tecnológicos ocurridos en el sector industrial de EEUU han sido financiados y/o realizados en instituciones públicas, es abrumadora.

A estos dos componentes hay que añadirles un tercero, que es característico de la ideología dominante en la Administración Trump: la visión empresarial de que el Estado debe dirigirse y gestionarse como si fuera una gran empresa, siguiendo los cánones de la cultura empresarial que domina la clase corporativa (the Corporate Class) de EEUU.

En esta ideología hay también un elemento elevado de aprovechamiento personal y familiar de sus negocios particulares. Las líneas entre beneficio personal y beneficio colectivo y nacional están poco definidas y muy entrelazadas, habiendo alcanzado un nivel que está creando una protesta general en las dos cámaras legislativas (Congreso y Senado) del Estado federal.

No es la primera vez que un hombre de negocios llega a ser Presidente de EEUU. Pero es nueva la manera en que Trump gobierna este entramado utilizando lo público para el enriquecimiento privado, sin rubor y con todo el descaro.

El gran error de enfatizar tanto la figura de Trump

El enorme énfasis en la figura de Trump dificulta la comprensión de lo que ocurre en EEUU, pues lo más preocupante de la situación política de EEUU no es que un personaje como Trump se haya convertido en el Presidente de EEUU, sino que casi la mitad del electorado estadounidense le votara, cosa que continuará ocurriendo a no ser que se conozca por qué tal sector del electorado blanco (que constituye el mayor porcentaje de población perteneciente a la clase trabajadora estadounidense) votó por Trump.

Sin comprender esta realidad, y sin actuar sobre las causas de este hecho, Trump y personajes como él continuarán siendo elegidos por muchos años. En realidad, en las elecciones parciales al Congreso de EEUU en los distritos en los que ha habido elecciones, los congresistas próximos a Trump han continuado ganando y todo ello como consecuencia de que aun cuando la popularidad del Presidente es baja entre la mayoría de la ciudadanía, es muy alta entre sus seguidores, una lealtad a su figura que alcanza cifras récord de más de un 90% de sus votantes.

En la última encuesta sobre popularidad del Presidente Trump, publicada en el New York Times (14 de enero del 2018), el dato más llamativo es que mientras su popularidad está descendiendo en grandes sectores de la población, permanece en cambio enormemente alta entre los que lo votaron. Y aquí está el dato más importante que se ignora constantemente. De ahí que la pregunta más importante que debería hacerse, y no se hace, es ¿por qué la mayoría de la clase trabajadora estadounidense blanca (que es la mayoría de la clase trabajadora) votó a Trump?

¿Por qué ganó las elecciones el candidato Trump?

La respuesta a esa pregunta es, en realidad, sumamente fácil de responder si uno analiza lo que ha ido pasando en EEUU desde la elección del Presidente Reagan en los años ochenta, con el surgimiento y expansión del neoliberalismo (que es ni más ni menos que la ideología de la clase corporativa –The corporate class– formada por los propietarios y gestores de las grandes empresas del país) y que se ha convertido en dominante, no solo en los círculos financieros y económicos, sino también en los círculos políticos y mediáticos que aquéllos dominan, controlan e influencian.

El eje de las políticas públicas neoliberales es, ni más ni menos, un ataque frontal al mundo del trabajo, políticas que han sido enormemente exitosas (no para la mayoría, sino para la élite beneficiada). El mejor dato que ilustra este hecho es que el porcentaje de las rentas derivadas del trabajo ha ido descendiendo de una manera muy marcada en EEUU desde el 1979, pasando de representar un 70% de todas las rentas en el 1979, a un 63% en el 2014. Este descenso ha sido a costa de un enorme aumento en las rentas derivadas del capital durante el mismo período.

Este descenso de las rentas del trabajo no habría podido ocurrir sin el cambio del Partido Demócrata (partido que se definía en los años treinta del siglo XX como el Partido del Pueblo), el cual, a partir del Presidente Clinton, se convirtió también en partido neoliberal (pasando a ser la versión light del neoliberalismo del Partido Republicano). Clinton fundó la Tercera Vía, reproducida por Tony Blair en el Reino Unido, Schröder en Alemania y Felipe González en España.

Los cambios en el Partido Demócrata

Esta reconversión implicó el distanciamiento de la clase trabajadora blanca hacia el Partido Demócrata. Subrayo blanca, porque la raza juega un papel clave en la vida política en EEUU. El Partido Demócrata había sido el instrumento de las clases populares frente al mundo empresarial representado por el Partido Republicano. Pero el acercamiento del Partido Demócrata al mundo empresarial, diluyó esta relación e identificación de manera tal que las políticas públicas del Partido Demócrata se distanciaron más y más de su intervencionismo con sensibilidad de clase social, orientándose más y más a la integración de los sectores discriminados -minorías y mujeres- en la estructura de poder.

De esa manera, las políticas identitarias pasaron a ser las que establecieron los parámetros del conflicto, entre las derechas, en contra de tales políticas y las izquierdas, a favor de ellas. La victoria del Presidente Obama, un afroamericano, era una victoria de estas políticas identitarias. Para culminar su éxito, solo faltaba la victoria de Hillary Clinton, una mujer.

Pero tanto la izquierda como la derecha institucional gobernante aplicaron políticas de clase (políticas neoliberales) que afectaron negativamente al bienestar de las clases populares (la mayoría de las cuales pertenecen a la raza blanca), hasta tal punto que la esperanza de vida de la clase trabajadora blanca ha ido disminuyendo como consecuencia de un gran deterioro de su calidad de vida.

Es, pues, lógico y predecible que las clases populares de raza blanca se rebelaran y apoyaran a los candidatos antiestablishment (Bernie Sanders y Donald Trump). Bernie Sanders, socialista, y Trump, un personaje de ultraderecha. En la presentación de la realidad electoral estadounidense se ignora u oculta que la gran mayoría de las encuestas señalaban que Sanders hubiera ganado las elecciones a Trump en el caso de que hubiese ganado las primarias del Partido Demócrata.

El establishment del Partido Demócrata, sin embargo, lo destruyó, consiguiendo que no fuese electo en esas primarias, ganando en su lugar Hillary Clinton, la persona que representa el establishment político de Washington, del cual ha sido figura prominente desde que su esposo ganó las elecciones a la Presidencia en el año 1992. Su elección en las primarias del Partido Demócrata dejó a Trump como única alternativa para canalizar el enfado contra el establishment político-mediático.

¿Qué está pasando en la Casa Blanca? ¿Una situación crítica debido a un personaje supuestamente temperamental o en conflicto profundo entre las bases del trumpismo y el nuevo establishment constituido por el capital financiero y especulativo?

Esta alianza del movimiento antiestablishment (predominantemente de clase trabajadora y clases medias de renta baja) con amplios sectores del capital financiero y especulativo, profundamente contrarios al gobierno federal, se tradujo en una gran diversidad de sensibilidades políticas dentro del equipo Trump en la Casa Blanca, que ha generado una percepción de desorden que, en realidad, era el conflicto entre aquellos que representaban el movimiento antiestablishment liderado por el ideólogo de la altamente exitosa campaña electoral del candidato Trump, Steve Bannon, y los que representaban los intereses del capital financiero, liderados por Gary Cohn, que fue presidente de Goldman Sachs (y que dirige el equipo económico de la Casa Blanca y que es, por cierto, del Partido Demócrata) y el sector inmobiliario (que dirige su yerno Jared Kushner).

Ese conflicto se resolvió con la victoria del capital financiero e inmobiliario sobre los representantes del movimiento antiestablishment, cuando Steve Bannon tuvo que salir de la Casa Blanca. Es sintomático que cuando se dio la noticia, la bolsa situada en Wall Street la aplaudiera a rabiar.

Bannon había sido el ideólogo del movimiento que promovió Trump en las primarias, movimiento que tiene una ideología racista y machista extrema, que utiliza una narrativa, un lenguaje y un discurso claramente de clase, denunciando la situación más que preocupante del deterioro del bienestar de la clase trabajadora (y muy en especial del sector manufacturero) que se ha visto afectada muy negativamente por la movilidad de los sectores industriales a otros países, facilitada por los Tratados de Libre Comercio, apoyados tanto por el Partido Demócrata como por el Partido Republicano. El abandono del Partido Demócrata de políticas de sensibilidad de clase a favor de las clases populares, centrándose en su lugar en las políticas de identidad, favoreció el apoyo de las clases populares a la ultraderecha. Bannon lo subrayó explícitamente cuando declaró en una ocasión que la mejor estrategia para su movimiento era que “el Partido Demócrata ponga todo su énfasis en los temas identitarios, y nosotros nos centraremos en los temas económicos de clase”.

Como bien decía Gideon Rachman, responsable de asuntos internacionales del Financial Times: “Bannon deseaba que se reproduzca el racismo y la guerra entre las clases populares blancas y el Estado federal, presentado como controlado por los globalistas a nivel internacional y por las minorías a nivel doméstico” (Financial Times, 23.08.17, pag.9). Esta era la visión de Bannon.

Para Bannon era importante facilitar que los demócratas se centren en la paridad de raza y género, permitiéndoles a él y al Partido Republicano centrarse en el mejoramiento económico de las clases populares, utilizando para ello un discurso parecido al de “la lucha de clases” de antaño. Y aunque Bannon ha sido expulsado del establishment trumpiano, su ideología permanece popular entre amplios sectores de la clase trabajadora blanca estadounidense.

De ahí que lo que las fuerzas progresistas deberían hacer en EEUU es romper esta dicotomía raza o clase social, para convertirla en raza, género y también clase social. Pero ello requiere un redescubrimiento de la importancia de las categorías de clase social que no se detecta por parte de la dirección del Partido Demócrata.

En realidad, tal dirección llegó incluso a acusar al candidato Sanders de “racista” porque, aunque no ignoraba la necesidad de corregir la discriminación de raza, se centraba en temas como la explotación de clase social. Esta relación entre discriminación de raza y género y explotación de clase es esencial para que las izquierdas en EEUU vuelvan a recuperar su poder (y su proyecto histórico).

Como ha ocurrido en la mayoría de países europeos, el triunfo de la ultraderecha ha sido precisamente consecuencia del abandono por parte de los partidos de izquierda de su orientación y servicio a las clases populares, acercándose más y más a la clase corporativa (The Corporate Class), estableciendo una complicidad con ella, creándose un vacío que ha llenado la ultraderecha. El caso de Francia, con el gran apoyo a la ultraderecha por parte de la clase trabajadora, es el más significativo pero no es el único en Europa.

Por qué el Partido Demócrata tiene un problema grave

Es importante señalar que este desplazamiento hacia la derecha de tales partidos, incluido el Partido Demócrata, ha ido acompañado con un cambio en su lenguaje, dejando de hablar de y a la clase trabajadora (que tal Partido asume que ha desaparecido) y hablar de y a las clases medias (que asumen erróneamente que han sustituido a la clase trabajadora). Es muy común oír entre dirigentes de izquierda que la clase trabajadora está desapareciendo objetivamente y/o subjetivamente, al considerarse a sí misma como clase media en lugar de clase trabajadora. Los datos, sin embargo, no avalan tal supuesto. Según la encuesta más detallada de la estructura social de EEUU, The Class Structure of the United States, realizada a principios de este siglo XXI, hay más estadounidenses que se definen clase trabajadora que clase media.

Lo que ocurre no es que la clase trabajadora haya desaparecido sino que, desencantada con el sistema político, se ha ido absteniendo, con el resultado de que la mayoría de tal clase no participa en las elecciones, con lo cual, los partidos de izquierda, en lugar de intentar revertir esta abstención (lo cual requeriría unas propuestas electorales más radicales) se centran en las clases medias, compitiendo con los partidos de derecha y de centro para conseguir su respaldo. De ahí surge el apoyo electoral por parte de la clase trabajadora a las ultraderechas que con su mensaje antiestablishment van movilizando a estos sectores populares.

En realidad, es muy fácil entender lo que pasa en EEUU y en Europa, aunque raramente se explica en los mayores medios de información y persuasión.

La adaptación del discurso de la ultraderecha al discurso que solía ser de izquierdas

Un análisis de las ultraderechas, como el candidato y ahora Presidente Trump, muestra que ha copiado bastante el discurso y las propuestas de las izquierdas, tales como la oposición al libre comercio, que tenía muy poco de “libre” y mucho de apoyo a las grandes empresas; su énfasis en una gran inversión en la infraestructura del país (hoy muy en decaída); el rechazo a los programas sociales dirigidos directamente a las poblaciones pobres, sustituyéndolo por programas supuestamente universales; el fin de la confrontación con la antigua Unión Soviética (con el acercamiento entre Trump y Putin, deseado por ambos), entre otros, son ejemplos de ello.

Tales propuestas se acompañan de un discurso de confrontación con el establishment federal que se presenta como instrumentalizado por la clase corporativa. Este discurso recuerda componentes del nacionalsocialismo (la manera académica de definir el nazismo) que dominó en la mayoría de países europeos en los años treinta y cuarenta del siglo XX.

Esta dimensión supuestamente “socialista” es lo que explica que algunos sectores de la federación de los sindicatos mayoritarios de EEUU, AFL-CIO, hayan aplaudido algunas de las propuestas de la administración Trump, como ha sido la de invertir en la infraestructura del país.

El discurso casi “obrerista” de Trump contrasta, sin embargo, con la manera cómo piensa aplicar sus propuestas, todas ellas profundamente anti-Estado federal. Es este anti-Estado lo que constituye la mayor diferencia entre él y el nazismo, y donde aparecen más claramente los intereses del sector especulativo (no productivo) del capital. Su programa de invertir en la infraestructura del país, por ejemplo, es un enorme subsidio público a las grandes empresas constructoras que recibirán enormes ayudas públicas para el usufructo privado, privatizando, por ejemplo, las carreteras públicas, que pasarán a tener sistemas de peaje de beneficio privado.

Esta inversión de un trillón de dólares (que es de un billón de dólares en la contabilidad europea), de la que Trump habla, será financiada a base de bonos privados, subvencionados por el Estado. Sería la privatización más masiva que haya jamás existido en EEUU. Y un tanto igual en cuanto a la posición universal de los servicios sanitarios (que no existe, y que Obama no resolvió con su programa Obamacare de financiación sanitaria).

Trump tampoco lo resolverá. En realidad, lo empeorará, al eliminar programas para poblaciones pobres (de las cuales la gran mayoría son blancos), sin expandir los derechos sanitarios de la población, sumamente limitados. Trump reducirá todavía más los derechos sociales, laborales y políticos, garantizados hoy por el gobierno federal, desmantelando el ya muy insuficiente Estado del Bienestar estadounidense.

Será, en muchas maneras, el nacionalismo libertario la ideología real detrás de las políticas de Trump, que por cierto, encaja bien con la cultura individualista que está en el centro de la cultura popular en EEUU. Y de ahí su gran atractivo en sectores populares.

Ese es el gran drama político que existe hoy en EEUU. Trump, como expresión máxima del americanismo nacionalista libertario, está, mediante un lenguaje obrerista, nacionalista, racista y machista, movilizando a sus bases a fin de mantenerse en el poder. Y todo ello debido al abandono, por parte de las supuestas izquierdas, de los valores de solidaridad y justicia social que las habían caracterizado y que habían generado su gran apoyo electoral hoy desaparecido. Así de claro.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España)

Con Maduro en la mira, Tillerson inicia primera gira a América Latina

DPA 31 de enero del 2018 ALEMANIA

Sara Barderas*

El secretario norteamericano de Estado, Rex Tillerson, inicia este jueves su primera gira por América Latina, un viaje que utilizará, sobre todo, para incrementar la presión de Estados Unidos sobre la Venezuela de Nicolás Maduro.

La administración de Donald Trump ha hecho de Venezuela su tema principal en la política estadounidense hacia América Latina y, desde la llegada del republicano hace un año a la Casa Blanca, presiona a Maduro con rondas de sanciones que alcanzan ya a medio centenar de altos funcionarios venezolanos, entre ellos el propio presidente.

La gira de Tillerson será del 1 al 7 de febrero y lo llevará, en ese orden, a México, Argentina, Perú y Colombia. En cada uno de los países, además de reunirse con sus homólogos, tendrá encuentros con los respectivos presidentes.

"Con nuestros socios prevemos continuar presionando al corrupto régimen de Maduro para que regrese al orden democrático", dijo esta semana un alto funcionario del Departamento de Estado, que rechazó que la estrategia no esté funcionando.

"Las sanciones financieras que hemos aplicado al Gobierno venezolano lo han llevado a comenzar a estar en situación de impago", dijo el funcionario. Estados Unidos además sigue sin descartar la posibilidad de un embargo petrolero.

Los cuatro países que visita Tillerson son seguramente los que tienen una posición más dura frente a Maduro en la región latinoamericana y todos son miembros del Grupo de Lima.

Se trata de una iniciativa en el continente americano que, dicho en el lenguaje de la diplomacia, se creó para seguir y proponer salidas a la crisis venezolana. En la práctica es un grupo de presión sobre Maduro que se formó después de que fracasaran los intentos liderados por Estados Unidos y México en la Organización de Estados Americanos (OEA) por condenar al presidente venezolano y forzarlo a dar marcha atrás en sus pasos autoritarios.

Estados Unidos no pertenece a él, pero sí está detrás de él, apoyando y animando sus movimientos.

El hasta ahora último pronunciamiento del Grupo de Lima fue para rechazar hace unos días la convocatoria de elecciones presidenciales anticipadas para antes del 30 de abril en Venezuela.

La sensación general es que, más allá de Venezuela, América Latina importa poco a la administración Trump.

México es el único país latinoamericano que ha visitado Tillerson desde que es jefe de la diplomacia estadounidense. Fue poco después de que el presidente Enrique Peña Nieto cancelara en enero del 2017 la que iba a ser su primera visita a la Casa Blanca tras la llegada de Trump al poder, después de que este lanzara uno de sus tuits incendiarios insistiendo en hacer pagar a México el muro que quiere construir en la frontera entre los dos países.

El secretario de Estado ha visitado ya todas la regiones de interés para Estados Unidos y a Latinoamérica llega más de un año después de asumir el cargo. El presidente Trump tampoco ha estado aún y se desconoce todavía si acudirá o no a la Cumbre de las Américas que se celebra en abril en Perú, que podría ser una ocasión a aprovechar para que pise tierras latinoamericanas.

"Creo que este viaje se construye sobre su compromiso con el Hemisferio Occidental a lo largo del pasado año, y las reuniones que tuvo aquí en Washington con diferentes líderes demuestran que ha estado implicado", defendió no obstante esta semana un alto funcionario del Departamento de Estado al ser preguntado sobre la posible falta de interés hacia América Latina.

En su discurso sobre el estado de la Unión del martes por la noche, el presidente Trump no se refirió a la región nada más que para destacar en una única frase las sanciones impuestas a Venezuela y el endurecimiento de la política hacia Cuba.

La llegada de Tillerson a la región estará precedida por un discurso en Austin (Texas) sobre las prioridades de la política de la administración Trump en el Hemisferio Occidental.

  • Periodista de la agencia

Italia en el plan nuclear del Pentágono

RED VOLTAIRE 24 de enero del 2018 FRANCIA

Se ha filtrado a la prensa –probablemente lo “filtró” el mismo Pentágono– el borrador de la Nuclear Posture Review 2018. En ese documento se predica el fortalecimiento del programa nuclear estadounidense, describiendo toda una serie de amenazas, exageradas o simplemente imaginarias

Manlio Dinucci*

La Nuclear Posture Review 2018, o sea el informe del Pentágono sobre la estrategia nuclear de Estados Unidos, se halla actualmente en fase de revisión en la Casa Blanca. En espera de que el presidente Trump publique su versión definitiva, se ha filtrado a la prensa –más exactamente el Pentágono “filtró”– el borrador de ese documento de 64 páginas.

El documento describe un mundo donde Estados Unidos tiene ante sí “una gama de amenazas sin precedente” provenientes tanto de países y como de actores no estatales. Mientras Estados Unidos seguía reduciendo sus fuerzas nucleares –al menos eso dice el Pentágono–, Rusia y China basan sus estrategias en fuerzas nucleares dotadas de nuevas capacidades y adoptan “una actitud cada vez más agresiva, incluso en el espacio externo y en el ciberespacio”. Corea del Norte sigue tratando ilegalmente de dotarse de armas nucleares. Irán, a pesar de haber aceptado el plan que le prohíbe desarrollar un programa nuclear militar, mantiene “la capacidad tecnológica de construir un arma nuclear en el espacio de un año”.

Falsificando una serie de datos, el Pentágono trata de demostrar que las fuerzas nucleares de Estados Unidos son en gran parte obsoletas y que necesitan una reestructuración radical. Pero no dice que Estados Unidos ya inició, en el 2014 y bajo la administración Obama, el mayor programa de rearme nuclear desde el fin de la guerra fría, a un costo de mil millardos de dólares.

Sobre esto último, Hans Kristensen, de la Federación de Científicos Estadounidenses (FAS), documenta que “el programa de modernización de las fuerzas nucleares de Estados Unidos ya ha permitido concretar nuevas tecnologías revolucionarias que triplican la capacidad de destrucción de los misiles balísticos estadounidenses”.

El verdadero objetivo de la reestructuración que proyecta Estados Unidos es adquirir “capacidades nucleares flexibles” mediante el desarrollo de “armas nucleares de bajo poder” utilizables incluso en conflictos regionales o como respuesta a un ataque (verdadero o presunto) de hackers contra sistemas informáticos.

La principal arma con esas características es la bomba nuclear B61-12 que, según confirma este informe, “estará disponible en el 2020”. Las bombas nucleares estadounidenses del tipo B61-12, que reemplazarán las bombas B61, actualmente desplegadas por Estados Unidos en Italia, Alemania, Bélgica, Holanda y Turquía, constituyen –afirma el Pentágono– “una clara señal de disuasión para toda potencia adversa de que Estados Unidos dispone de la capacidad de responder a la escalada desde bases avanzadas”.

Como documenta la FAS, la bomba atómica que el Pentágono desplegará en sus “bases avanzadas”, o sea en Italia y en los demás países de Europa anteriormente mencionados, es más que una versión modernizada de la B61. La bomba nuclear estadounidense B61-12 es un arma nuclear de nuevo tipo dotada de una ojiva nuclear con 4 posibilidades seleccionables de poder destructivo, de un sistema de guía que permite lanzarla a gran distancia del objetivo y de capacidades penetrantes que le permiten destruir los bunkers de los centros de mando.

A partir del 2021 –especifica el Pentágono– las bombas nucleares B61-12 estarán disponibles, incluso para los aviones de guerra de los aliados de Estados Unidos, como los Tornado italianos del 6º Stormo, estacionados en Ghedi.

Pero, para guiar esas bombas nucleares estadounidenses hasta sus objetivos y explotar sus capacidades contra bunkers, son necesarios los F-35A… de fabricación estadounidense. Según resalta el informe del Pentágono: “El avión de combate de nueva generación F-35A mantendrá la capacidad de disuasión de la OTAN y nuestra capacidad para desplegar armas nucleares en posiciones avanzadas, si la seguridad lo necesita”.

Así que el Pentágono anuncia su plan de despliegue, a las puertas de Rusia, de los F-35A, armados con bombas nucleares B61-12. Claro, ¡lo hace para garantizar la “seguridad” de Europa!

En el borrador del informe del Pentágono, que el senador demócrata Edward Markey definió como una “hoja de ruta para la guerra nuclear”, Italia aparece en primera línea. ¿Le interesará eso a alguno de los políticos que se presentan como candidatos a las próximas elecciones italianas?

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Geógrafo y politólogo italiano