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El reflotado de los restos del Maine fue el largo proceso mediante el cual se retiraron del lugar donde yacían, los restos de acorazado Maine , cuya voladura había servido de pretexto para la entrada de los Estados Unidos a la guerra Hispano – cubana y la posterior ocupación de la Isla.
Contenido |
La explosión y posterior hundimiento del Maine
El 15 de febrero de 1898, en medio de una inmensa nube de fuego que ascendía al cielo, tras la voladura del acorazado Maine, por causas aparentemente casuales este se hundía en la bahía habanera. Las circunstancias del lamentable acontecimiento permitieron girar los ejes del suceso, cuando ya los cubanos tenían ganada la guerra ampliamente desde 1896. Aquella fue la portada de la intervención norteamericana en el país. Mucho se ha hablado en los libros de historia sobre las consecuencias políticas de la explosión del crucero Maine. Las polémicas sobre el origen del estallido han sido numerosas y retomadas de manera cíclica, aunque siempre ha estado claro la valía de cualquier incidente a favor de los Estados Unidos para iniciar una guerra en Cuba justo en el año 1898.
Los restos del Maine
En 1909, el casco del crucero Maine se había convertido en un obstáculo para las operaciones y la navegación en el puerto de La Habana. Hubiera sido fácil seccionar el casco en pedazos con explosivos y convertirlo en chatarra. Sin embargo, en contra de esta variante se alzaron las voces de personalidades que en Estados Unidos decían sentirse ofendidos por la versión de los españoles acerca del hundimiento intencional del buque, a modo de pretexto para declarar la guerra a España. Sólo el reflotado de los restos del Maine podía esclarecer la verdad definitivamente.El Congreso de los Estados Unidos asignó medio millón de dólares para la operación de salvamento del Maine y se la encargó al cuerpo de ingenieros del ejército. Al frente fue designado el mayor Ferguson; este oficial, pensó en un principio levantar el casco del buque utilizando pontones, o sea, grandes tanques cilíndricos que se hunden a ambos lados del buque, se aferran a él y después son vaciados con aire comprimido creando la fuerza de flotabilidad necesaria para elevar el barco a la superficie. Sin embargo, esta idea fue desechada, pues el equipo de trabajo tenía poca experiencia en esta técnica, la cual era de por sí muy novedosa en aquella época.
Soluciones técnicas
Los zapadores decidieron actuar entonces de otra manera: construirían alrededor de los restos hundidos del buque una pared metálica a manera de dique y después sólo restaría extraer el agua del recinto y el Maine aparecería en el fondo seco del centro de la rada.En la ejecución de los cálculos necesarios, así como en las exploraciones submarinas se invirtieron un año y un millón de dólares. En el punto donde la operación parecía haber caído en punto muerto, el mayor Ferguson decidió cortar el crucero por la mitad, y sellar con un mamparo metálico estanco la parte trasera del buque, que se encontraba en buen estado.
Después que los buzos hicieron esto, a la popa del Maine se le extrajo el agua por medio de bombas, y ya a flote fue remolcada a un sitio profundo fuera de la bahía, donde fue hundida de nuevo. Este proceso permitió reducir a la mitad el tamaño del dique proyectado, pues ahora se trataba de cercar sólo la proa, donde había tenido lugar la polémica explosión.Los zapadores pusieron manos a la obra. La idea realmente era original. La pared alrededor de los restos se formaba con grandes cilindros metálicos de 15 metros de diámetro, rellenos de fango extraído por una excavadora del fondo de la bahía. Por el perímetro exterior de los cilindros se clavaron en el fondo 3200 columnas de vigas de acero. Al final, alrededor de Maine creció una pared capaz de soportar la carga de la presión de agua, cuando comenzara el vaciado en el interior de la cavidad.
El achique del improvisado dique comenzó el 5 de julio de 1911. Si se observaba que alguno de los cilindros era movido por la presión del agua, el vaciado se detenía hasta tanto no se reforzara el lugar debilitado. Después de un lento proceso llegó el momento esperado: el espacio cerrado por la pared fue completamente vaciado y la proa del Maine apareció ante los ojos de los rescatistas en toda su fealdad. El cuerpo del crucero estaba cubierto por una gruesa capa de sedimentos, caracoles y corales; el óxido había carcomido fuertemente las superficies metálicas, muchas estructuras y objetos se habían cementado entre sí por el barro del fondo.
Y aquí comenzó de nuevo el misterio, la manipulación y el secretismo. A los restos recién sacados sólo tuvieron acceso personas especialmente autorizadas por el gobierno de los Estados Unidos, y la comisión formada llegó a la conclusión esperada: las planchas del casco en el lugar de la descarga estaban curvadas hacia adentro, lo que indicaba una explosión ocurrida desde el exterior. Sin embargo, no se le permitió acceso a la prensa y las fotos tomadas fueron clasificadas y enviadas a Washington.Poco después, el personal de Ferguson tapó el hueco de la explosión, hermetizó todos los orificios de la proa, y el dique fue llenado de nuevo con agua, permitiendo a la proa del buque salir a flote. En la noche, los remolcadores la arrastraron hacia aguas profundas a tres millas fuera de la bahía para proceder a su hundimiento definitivo y hacer desaparecer para siempre las posibles pruebas que demostraran la famosa autoagresión que sirvió de pretexto para la intervención desencadenante de la guerra hispano-cubano-norteamericana. La operación de reflotado de los restos de Maine, es una de las más originales que se hallan realizado. Aún hoy, asombra su éxito en una época en la que no existían técnicas avanzadas de salvamento de buques hundidos. Todo este proceso técnico fue filmado por un grupo de camarógrafos estadounidenses, llegados expresamente a La Habana para dejar constancia del acontecimiento, y también fue contratado por la parte cubana para filmar desde el principio toda la operación el veterano fotógrafo José G. González y Enrique Díaz Quesada. Este último quedó sólo a cargo de la operación de las cámaras al salir de la boca de El Morro, situándose a escasos veinte metros del casco, para filmar el hundimiento, pues su colega José G. González se mareó y no pudo continuar.
Las imágenes tomadas en la ocasión y que fueron reunidas en la cinta El epílogo del Maine, y exhibidas al público tres días más tarde en el Payret, a juicio de quienes las admiraron: «fueron superiores a las que lograron los camarógrafos yanquis».
Véase también
Fuentes
- El reflotado de los restos del Maine. Novedad tecnológica del siglo XX (I) Habana Radio
- El reflotado de los restos del Maine. Novedad tecnológica del siglo XX (II) Habana Radio
- Desplome del Águila del Maine Habana Radio
- Enrique Díaz Quesada (IV) Habana Radio
