Fístula enterocutánea

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Fístula enterocutánea
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La fístula enterocutánea constituyen uno de los problemas más complicados que debe enfrentar el cirujano e implica la aplicación de conocimientos como son el manejo de líquidos y electrólitos, soporte metabólico y nutricional, y técnicas diagnósticas y quirúrgicas complejas.

Fístula enterocutánea se denomina así a las comunicaciones entre el tubo digestivo y la piel, la mayoría de las veces originadas como complicación de una intervención quirúrgica . Son comunicaciones anormales entre dos superficies epitelizadas. Se pueden presentar en cualquier segmento del tracto gastrointestinal.

Contenido

Clasificación

Por su localización anatómica las fístulas intestinales se clasifican en internas o externas. Las internas comunican dos órganos y las externas lo hacen de manera directa o indirecta con la superficie corporal. Pueden ser simples, con una sola conexión o complicadas, con varios tractos o, conectadas a una cavidad abscedada; cuando se habla de la clasificación fisiológica se refiere al flujo; las de flujo alto son aquellas que drenan más de 500 mL/día, y las de flujo bajo drenan menos de 500 mL/día. Stiges-Serra y Schein propusieron clasificarlas con base en su localizacióny si drenan a través de un defecto grande de la pared abdominal (Schein y Decker, 1991; Stiges-Serra y col., 1982).

Fístulas enterocutáneas postoperatorias (Stiges-Serra y col., 1982)

Clasificación Grupo 1

Grupo 2

Grupo 3

Fístulas enterostómicas

Se propone esta terminología para aquellas fístulas que drenan a través de una laparostomía y en las cuales no hay piel que las soporte. Producen alta morbimortalidad; mientras que alrededor del 70% de las fístulas externas cierra espontáneamente, las fístulas internas en su mayoría requiere cierre quirúrgico. La mortalidad mundial aún es alta con cifras que van del 6 al 20%.

Etiología: Las fístulas gástricas son iatrogénicas en 80% de los casos, el resto son secundarias a cáncer, irradiación, isquemia, etc. (Kozell y Martins, 2001). Cuando ocurren por cáncer residual su mortalidad asciende hasta 75%. Las fístulas duodenales tienen causa postquirúrgica en 85% de los casos, y su mortalidad puede llegar al 30% (Chapman y Dunphy, 1964). La causa más frecuente de fístulas intestinales (yeyuno e íleon) es la postquirúrgica, 70-90%: dehiscencia de suturas, cuerpo extraño, trauma operatorio y lesiones no reconocidas; otras causas de formación de fístulas son las enfermedades inflamatorias intestinales, enteritis postradioterapia, enfermedad diverticular y cáncer gastrointestinal. Las fístulas colocutáneas tienen su etiología en diverticulitis, cáncer, enfermedad inflamatoria intestinal, apendicitis y enteritis por radiación; estas fístulas tienen porcentaje alto de cierre espontáneo.

Fístulas asociadas con defectos de la pared abdominal

Los resultados del tratamiento quirúrgico en la peritonitis terciaria han mostrado una notable mejoría en las tasas de supervivencia desde la década pasada cuando apareció la laparostomía, y con ella un aumento en la presencia de fístulas.

El desarrollo de esta técnica, descrita inicialmente por Borraez en el Hospital San Juan de Dios de Bogotá, y que ha tomado el nombre de “bolsa de Bogotá” (Myers y Latenser, 2002), ha permitido recuperar y salvar la vida de muchos pacientes (Borraez, 2001); no sólo está indicada como una alternativa en el manejo de esta enfermedad (peritonitis terciaria), con cifras de mortalidad que se sitúan alrededor del 30% en series publicadas (Zundel, 1992; Cadena, 1990), sino que han aparecido nuevas indicaciones para este procedimiento, como son el síndrome compartimental del abdomen (Mayberry y Fisher, 2000), resecciones extensas de la pared abdominal, manejo diferido de las lesiones intestinales en trauma y la necesidad de volver a explorar el abdomen cuando la perfusión intestinal está comprometida (Schein y Decker, 2002).

Paralelamente con el incremento en el uso de esta modalidad quirúrgica han aparecido complicaciones relacionadas, como la pérdida e líquidos por evaporación o escurrimiento, evisceración, desarrollo de grandes hernias incisionales y aparición de fístulas gastrointestinales (Mughal et al., 1986). La combinación de estas dos últimas resulta en un verdadero desafío para el cirujano, pues en estas condiciones la mortalidad puede alcanzar hasta el 60% (Stiges-Serra y col., 1979), a diferencia de las fístulas que se presentan con la pared abdominal íntegra en las cuales la mortalidad, como ya se mencionó, está entre 6 y 20% (Schein y Decker, 1990), cifra alcanzada recientemente por una mejor comprensión de la fisiopatología de esta condición y al desarrollo en el soporte del paciente en estado crítico, que es el común denominador terapéutico en estos pacientes.

Cuando la fístula hace su aparición, la concurrencia de estas dos complicaciones crea un cuadro clínico similar al de otras fístulas intestinales, pero el hecho de no tener una pared abdominal íntegra convierte tal situación en un reto formidable.

Generalmente el problema se inicia como consecuencia de reexploraciones programadas por una infección intraabdominal grave, seguido del desarrollo de adherencias firmes, ricamente vascularizadas que sellan la cavidad y envuelven el intestino delgado que se encuentra edematoso, congestivo y friable como parte del proceso inflamatorio, ocasionado por la lesión inicial.

Esto es agravado por el trauma quirúrgico de la laparostomía, que hace la pared del intestino vulnerable al desecamiento y a la isquemia por compresión, ocasionando necrosis y soluciones de continuidad en la pared intestinal (Stone, 1981). El contenido intestinal busca salida a través de estos sitios y su producto enzimático contribuye a la lisis de los tejidos vecinos

Manejo

Los objetivos principales en el manejo de esta situación comprenden un rápido control de la infección intraabdominal asociada, derivación del flujo de la fístula hacia el exterior de la herida abdominal y los cuidados inherentes al defecto de la pared. La infección intraabdominal es la condición más frecuentemente relacionada con la aparición de fístulas en estos casos, y su control se debe establecer en forma prioritaria mediante lavados repetidos de la cavidad abdominal, o el uso del drenaje percutáneo cuando el método abierto no sea posible por el proceso de sellamiento de la cavidad abdominal.

El manejo convencional de las fístulas hasta hoy establecido consiste en traer a la superficie de la pared abdominal los bordes del orificio fistuloso, procedimiento que en estas circunstancias resulta difícil dadas la ausencia de pared abdominal y la limitada movilidad del segmento intestinal ocasionado por el proceso adherencial circundante. En estas condiciones el manejo quirúrgico de la fístula puede ser riesgoso y de consecuencias funestas (Schein y Decker, 1991).

Cierre asistido por vacío

Una manera sencilla de obtener la recolección del producto de la fístula consiste en colocar un mecanismo de succión que retire el contenido intestinal de la herida de la laparostomía; sin embargo, al mantener la herida cubierta con vendajes convencionales (gasas y esparadrapo) este propósito no se logra adecuadamente, por cuanto la herida permanece en contacto con el contenido intestinal, situación que resulta lesiva para el proceso de cicatrización de la herida, pues éste se retrasa de manera significativa La aplicación de un mecanismo de succión dentro de la herida, junto con la colocación de un vendaje adhesivo, crea una condición de presión subatmosférica que facilita la canalización del contenido de la fístula, lo cual favorece el rápido crecimiento de tejido de granulación (figura 3), como lo demuestran Stone et al., (2004) en una revisión de 32 pacientes en quienes se pudo realizar un cierre adecuado de la pared abdominal en 86,4% de los casos en un tiempo menor a lo esperado en estas situaciones, y que coincide con nuestra experiencia.

Glen y cols. describen catorce pacientes en quienes se practicó esta técnica, y mediante la aproximación de la fascia en el extremo superior e inferior con suturas tipo polyglactina (Vicryl®) sin tensión, con puntos continuos, durante el cambio de las esponjas cada 48-72 horas lograron el cierre en 92% de los casos en aproximadamente diez días (Glen, 2001), con lo cual evitaron las hernias ventrales con las que algunos pacientes con abdomen abierto salen del hospital y que obliga a reintervenciones tardías; asimismo, Barker et al., (1999) reportan una experiencia de siete años con 112 pacientes y concluyen que esta técnica es la de elección en los pacientes con indicación de abdomen abierto, con un índice bajo de complicaciones técnicas. Recientemente la industria desarrolló una lámina de poliuretano que remplaza a las compresas ordinarias, con lo cual se obtiene una distribución uniforme de la presión en el área expuesta

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