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Globalización

Globalización
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Concepto:Globalidad:Por globalidad se entiende la idea simple de que hace ya bastante tiempo vivimos en una sociedad mundial. Globalización: Podemos llamar globalización como tal a la globalidad o mundialización de la segunda modernidad en la que los Estados nacionales soberanos, al imbricarse de manera múltiple con actores transnacionales ven desdibujada su soberanía. Globalismo: El globalismo puede ser considerado como la ideología hegemónica del gran capital transnacional en la globalización.

La globalización actual se corresponde con el capitalismo monopolista transnacional, determina un cambio de época. Entender cabalmente su lógica implica comprender su pluridimensionalidad. En este sentido cabe distinguirla de la globalidad (o mundialización) y el globalismo[1]. No se trata de un juego semántico, sino de acudir a tres conceptos explicativos que nos permitirán distinguir procesos que se confunden cuando los identificamos con un solo término.

Globalidad

Por globalidad se entiende la idea simple de que hace ya bastante tiempo vivimos en una sociedad mundial. La palabra globalidad nos dice que el mundo es un globo, y que lo es cada vez más. Desde hace tiempo se sabe que el mundo es redondo. Copérnico lo sabía y Colón sacó conclusiones que transformaron esta tierra. Por globalidad se entiende entonces la situación de vivir en una sociedad mundial. Globalidad significa que la tesis de los espacios cerrados es ficticia, por lo que no hay ningún país o grupo que pueda vivir al margen de los demás.

En resumen, la globalidad como relacionamiento social planetario, que se articula con distinto ritmo e intensidad en los distintos niveles (ecológico, económico, político, técnico, cultural) comienza a configurarse como proceso de expansión y transformación a partir de los primeros viajes transoceánicos que vehiculizan la transición al capitalismo. De ahí que la consolidación de la globalidad coincide de hecho con la consolidación del capitalismo, sistema de producción y de reproducción de la vida humana, que por la compulsividad expansiva que lo distingue de sistemas anteriores, se caracteriza al mismo tiempo por la apertura y la totalización (apertura porque siempre necesita de nuevos espacios y totalización porque los nuevos espacios son inevitablemente subsumidos en la lógica del sistema, de manera tal que la totalización realizada impulsa nuevamente a la apertura).

La globalidad durante la primera modernización (Siglo XIX y el «corto» Siglo XX) que incluye la fase industrial, se expresó en el monopolio del Estado en la articulación del sentido de la vida social y cultural, del mercado interno y del mercado mundial. En consecuencia, esta globalidad representó, dada la mediación política del estado-nación, el ascenso de los proyectos nacionales. Internamente, basados en una lógica de inversión productiva, en la que se impuso al interior de los países el llamado consenso socialdemócrata entre el trabajo y el capital y en lo inter-nacional se configuró el sistema interestatal moderno (los estados-naciones y sus organizaciones mundiales como la ONU, las que garantizan la normatividad internacional en la regulación del comportamiento inter-estatal, aunque con claras asimetrías).

En esta primera globalidad, especialmente a partir del estado de bienestar keynesiano, el capital y el trabajo mantuvieron compromisos mutuos. La lógica del capital y la lógica de la fuerza de trabajo pudieron implicarse en una lógica incluyente de relativo mutuo beneficio en que la confrontación no dejaba de ser el camino para los acuerdos. El espacio en que ese compromiso tuvo lugar fue el del Estado-nación: implicó territorialidad del trabajo y en buena medida territorialidad del capital, ambos articulados en función de una fuerte territorialidad del poder político, que desarrolló una efectiva función de gobierno sobre las relaciones entre el trabajo y el capital.

Puede decirse que desde los años 50 hasta la década del 70, las funciones de acumulación y legitimación del Estado capitalista consolidaron un consenso social entre las clases, favorecido por la coexistencia de una elevada tasa de beneficio del capital y el disfrute por los trabajadores de sostenidos aumentos salariales reales. El pleno empleo y la expansión del crecimiento económico estaban garantizados por la alta rentabilidad del capital y una acumulación acelerada. Los gastos sociales parecían poder ser financiados permanentemente por un producto nacional bruto en expansión. Sobre esta plataforma toman auge las teorías posindustrialistas y el mito del fin de las ideologías.

Globalización

Podemos llamar globalización como tal a la globalidad o mundialización de la segunda modernidad[2], en la que los Estados nacionales soberanos, al imbricarse de manera múltiple con actores transnacionales ven desdibujada su soberanía. Esta globalidad de la segunda modernización se identifica con la fase expansiva del capital financiero.

A diferencia de la globalidad anterior, la tendencia que se impuso fue una ruptura del compromiso entre el trabajo y el capital, desde el capital. «Este capitalismo de reformas –afirma Franz Hinkelammert— había puesto junto a la mano invisible de Adam Smith la mano visible de Lord Keynes. Ahora el capitalismo retiró la mano de Keynes y se volvió a presentar como el capitalismo salvaje que había sido».[3] Al dejar sin efecto su compromiso con la fuerza de trabajo, que implicaba asegurar condiciones humanas de reproducción en las que la actividad en la producción podía no ser vivida como pura explotación, genera la situación y amenaza de la flexibilización, la precarización y la exclusión.

Las empresas multinacionales o transnacionales son la expresión concreta del actual proceso de mundialización y como tales constituyen los agentes activos del proceso. Las grandes transnacionales disponen hoy de redes internas que les permiten administrar las relaciones entre producción, investigación, innovación y comercialización en escala planetaria y en su seno se producen flujos de bienes, servicios e información sin tener en cuenta las fronteras nacionales. Al desarrollar sus actividades en cualquier país, optan por aquellos donde los gastos de funcionamiento sean más bajos. La acción de dichas empresas da lugar a importantes modificaciones de tipo estructural en el funcionamiento del capitalismo. Sus exigencias son: ajustes estructurales, desregulación, desempleo masivo, redistribución de la renta a favor de los ricos, privatización de los bienes públicos.

Esto significa que se ha generalizado la propiedad internacional de las empresas: deja de ser exclusivamente de capitalistas de un mismo origen nacional y se funde en un solo capital, en el cual el origen nacional de sus propietarios pierde sentido. También se ha hecho mundial la rentabilidad y la valorización del capital. En otras palabras: los capitales se internacionalizaron ayer (en un cambio claramente cuantitativo) para transnacionalizarse hoy (en un cambio fundamentalmente cualitativo). Esta nueva cualidad está dada, entre otros aspectos, por el hecho de que las antiguas empresas internacionales de compra-venta se convierten en empresas de producción mundial, favorecida por los avances tecnológicos en las comunicaciones, la información y el transporte.

El Estado-nación se debilita por las agresiones de las gigantescas empresas transnacionales, siendo estas últimas la objetivación en la práctica de ese fenómeno abstracto llamado transnacionalización del capitalismo. Estas empresas no son otra cosa que la transformación cualitativa de los viejos monopolios del siglo pasado, que tuvieron su culminación alrededor de la Primera Guerra Mundial. Las empresas transnacionales actuales -conformadas desde la segunda postguerra- cumplen con su naturaleza de máximos monopolios: coartan la plena libertad de comercio mundial y entorpecen el libre juego de las fuerzas del mercado.

Las empresas privadas de América Latina y del Sur han sido cada vez más incorporadas e insertas en forma dependiente a la lógica del capital central. La empresa nacional, tanto privada como estatal, queda cada vez más marginada y en posición asimétrica frente a la empresa transnacional, crecientemente aislada de la lógica del mercado doméstico y de la lógica de la sobrevivencia de las grandes mayorías pauperizadas.

Globalismo

El globalismo puede ser considerado como la ideología hegemónica del gran capital transnacional en la globalización. Reduce la pluridimensionalidad de la globalización a una sola dimensión: la económica. Es la concepción según la cual el mercado mundial desaloja o sustituye el quehacer político.

En síntesis, la globalización es un proceso objetivo[4], no un mero concepto, asentado en un salto cualitativo en el desarrollo de las fuerzas productivas que se opera a partir de las modernas tecnologías. Es oportuno recordar que a cada nivel de desarrollo de las fuerzas productivas dentro del capitalismo corresponde un tipo de expansión del capital en la búsqueda del «mercado mundial» y normalmente va asociado a una forma concreta de imperialismo.

La historia nos ha enseñado que las formas y extensión de la dominación imperialista han sido unas en el pasado y son otras hoy en día. El imperialismo «clásico» nunca llegó a dominar todo el planeta, el imperialismo actual impregna todas las esferas de la vida material y cultural del orbe, aun aquellas que margina.

La globalización se ha constituido en una transformación sustantiva del capitalismo y ha desarrollado una nueva relación de interdependencia más allá de los estados nacionales. El punto de vista de Marx sobre un mercado mundial, y su noción que la necesidad de un mercado en constante expansión para sus productos persigue a la burguesía sobre toda la superficie del globo, aparece enfatizado en esta «teoría» de la globalización. No es contra la globalización que debemos encarar la lucha sino contra el modo de apropiación de los productos del trabajo social, la explotación o la exclusión (caras de una misma moneda) y la consecuente alienación que opera en todos los ámbitos de la vida material y espiritual de los pueblos y las personas.

Frente a este cuadro podemos afirmar la necesidad de cambiar el rumbo de la globalización, teniendo en cuenta, en primera instancia, la necesidad de una democratización en la globalización, como una alternativa posible y deseable al totalitarismo del mercado que la misma ha desplegado planetariamente en el proceso de su totalización imperialista.

Resumiendo este punto, abogamos por priorizar el debate entre quienes pretendemos dar otro curso a la historia, sacándolo de la agenda que impulsan las transnacionales. Al respecto señalamos la pertinencia de colocar el tema sobre la idea de la apropiación de la globalización por el pueblo. «Algún día no nos separán orígenes étnicos, ni chovinismos nacionales ni fronteras, ni ríos ni mares, ni océanos ni distancias –pronostica Fidel Castro-. Seremos, por encima de todo, seres humanos llamados a vivir inevitablemente en un mundo globalizado, pero verdaderamente justo, solidario y pacífico». [5]

Notas y referencias

Fuente

  • Valdés Gutiérrez, Gilberto. El sistema de dominación múltiple. Hacia un nuevo paradigma emancipatorio en América Latina. Fondo Instituto de Filosofía. 2002.