Banes colonial

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Banes colonial
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Banes Haciendas comuneras.jpg
Mapa de las haciendas comuneras de Banes
Fecha:1492 a 1868
Lugar:Banes
País(es) involucrado(s)
Bandera de Cuba Cuba


Banes colonial. Con la llegada de los españoles a esta zona comenzó un lento proceso de colonización, es por eso que su población aborigen es de las últimas en desaparcer. A la paulatina extinción de la población aborígen se sumó una importante reducción del contingente colonizador.[1] La coincidencia de estos dos movimientos trajo por resultado el abandono y la despoblación de muchas regiones de la Isla, como es el caso de Banes. No fue hasta la cuarta década del siglo XIX que se materializó el proceso de colonización y fomento de dicho territorio. En ese período ya contaba con un partido pedáneo y se estaba produciendo el deslinde de las haciendas comuneras.

Banes después de la llegada de los españoles

Esta fue una de las primeras zonas de América por la que transitó Cristóbal Colón, cuando en 1492 realizó su primer viaje al llamado nuevo mundo. Diego Velázquez en su viaje de conquista y colonización de la Isla hizo escala en estas tierras. En carta que el encargado le escribió al Rey de España, el 1 de abril de 1514, le comunicó:

“(...) se partió a 4 de octubre de 1513, con XV cristianos que con el iban por la mar, en canoa, por la costa norte y llegó a las provincias de Baní y Baraxagua donde estuvo cuatro o cinco días porque vinieron allí los caciques e indios de las dichas provincias, e les dixo lo que convenia al servicio de V.A.”[2]

Esta noticia sobre la comunidad de aborígenes en Baní constituye el dato más antiguo, que se conozca sobre el nacimiento de la localidad de Banes. A partir de ese momento se instauraron en el área varias encomiendas.[3] Sin embargo, la zona no fue colonizada vigorosamente pues su población aborigen fue de las últimas en desaparecer. El historiador Jorge Ibarra Cuesta ha planteado la hipótesis de la existencia en Baní de una base territorial de resistencia a los conquistadores.[4] Para ello se basa en la considerable masa de población aborigen existente, auxiliada por los espesos montes y las alturas montañosas que la circundaban.

Los resultados de los análisis de las evidencias materiales correspondientes a sitios arqueológicos del municipio, localizados en la zona de Yaguajay, fundamentalmente los sitios arqueológicos El Porvenir y Chorro de Maíta, que aportan objetos coloniales y aborígenes, demuestran la presencia de un contacto indohispánico. Todo parece indicar que existió allí una estancia, que representaba una forma intensiva de sacarle provecho a la tierra.

“Las tierras así repartidas que explotaban en forma de estancia, o sea como un feudo mixto, agrícola – ganadero, donde se mezclan con los principales cultivos indígenas, los cultivos traídos de Europa y la ganadería porcina.”[5]

El impulso inicial hacia una agricultura de subsistencia suponía una continuidad de la explotación indígena de ciertos productos. Implicaba, además, la continuidad de su tradición técnica, pues los aborígenes eran los que trabajan la tierra. De inmediato lo único que aportaron los europeos fue la exigencia de un trabajo intenso, de un rendimiento más alto de los nativos, factor muy importante en la extinción física de los habitantes.

En el período encomendero - minero, en las primitivas vecindades con aborígenes que los colonos obtenían como botín, lo que predominaba era el trabajo, la técnica y los productos indígenas.

Los arqueólogos Nilecta Castellanos y Milton Pino, al concluir una excavación arqueológica en el sitio El Porvenir, plantearon:

”El ajuar aborigen hallado es asimilable a los grupos agroalfareros, subtaínos de Cuba. El hecho sobresaliente de que tanto las evidencias aborígenes como las de origen europeo aparecieron mezcladas en un mismo contexto nos permite inferir que se trata de un sitio de habitación tardío, referido únicamente al residuario excavado, como es lógico. Esta idea se robustece si tomamos en consideración la presencia de restos óseos de cerdos en todo el contexto ya que, según cita de los cronistas de Indias, estos animales comenzaron a ser introducidos en Cuba por los años 1514 y 1515, traídos de La Española. De lo anterior se desprende la fecha más temprana para el material excavado que pudiera ser entre mediados y fines del primer cuarto del siglo XVI.”[6]


El análisis de las fuentes escritas que abordan el período más temprano de nuestra historia y su contrastación con los materiales arqueológicos pertenecientes a esta etapa, rescatados en las excavaciones realizadas en Banes, en sitios arqueológicos como El Porvenir, en Yaguajay, muestran que el contacto indohispánico proporcionó a esta comunidad varios instrumentos de hierro, también aparecieron fragmentos de cerámica aborígen y sobre ella una botijuela española del siglo XVI vidriada en verde. Situación similar se presenta en el material colectado en el sitio Chorro de Maíta en el cual se han encontrado objetos de cerámica de contacto.[7] Además se aprecian “cambios identitarios como el abandono de la modificación craneana y de prácticas mortuorias indígenas”.[8]

Todo ello ofrece una idea del proceso de asimilación cultural del aborigen y el español en el período encomendero minero. No obstante, el historiador José Novoa Betancourt plantea que:

“(...) extrañamente las encomiendas de Banes no originaron directamente hatos y corrales como ocurrió en otras partes.”[9]

A la paulatina extinción de la población aborígen se sumó una importante reducción del contingente colonizador, motivado por el avance de la conquista a otras tierras del continente. La coincidencia de estos dos movimientos trajo por resultado el abandono y la despoblación de muchas regiones de la Isla.

Colonización de La Ensenada (Banes)

La precaria existencia colonial se concentró alrededor de las pocas villas fundadas durante el desarrollo de la conquista, a partir de las cuales se inició un largo proceso de ocupación del espacio circundante. Toda la extrema zona noroccidental de Oriente fue puesta bajo la jurisdicción de la villa San Salvador de Bayamo. Una parte considerable de aquella región, entonces conocida como costa del Norte de Bayamo, quedó en manos de García Holguín, uno de los capitanes conquistadores.

En el año 1545 el Capitán García Holguín, bajo la advocación de San Isidoro, plantó sus tiendas en el lugar que lleva su apellido, pero su crecimiento no se hizo notar hasta las primeras décadas del siglo XVIII. A partir de ese centro holguinero fue que se produjo la colonización de La Ensenada (Banes), la cual siguió las líneas generales señaladas en la colonización interior de la Isla, aunque la expansión hacia el mar no fue inmediata como en otros lugares.

En 1741 se fundó en realengos el corral de Retrete, por Jerónimo Moreno. En el caso de Los Berros la denuncia en realengo de esta hacienda fue llevada a cabo por la familia González de Rivera, en 1747. Posteriormente, con la asunción del título de ciudad a Holguín, en 1752, los hateros locales solicitaron posesionarse de la costa norte. En ese nuevo reparto, Banes – área realenga todavía no entregada públicamente a nadie – fue adjudicada en 1758 al pardo Gabriel Ortuño Guzmán. Entre 1758 y 1760 también se inauguraron en realengos otras posesiones del entorno: el hato de San Antonio de las Mulas o Punta de Mulas, denunciado por Juan Ramírez de la Rosa; el corral de Samá, por Salvador Hernández; y el corral de Yaguajay, por Francisco Hernández. Estas haciendas como la de Banes, se organizaron bajo el modelo estructural de haciendas comuneras.[10]

La hacienda de Retrete se subdividió entre distintos propietarios, iniciando el siglo XIX, y conservó con ese nombre solo su área central (843 caballerías) alrededor de la cual se agrupaban las haciendas de Mulas (985 caballerías), Río Seco (356 caballerías), Samá (333 caballerías), Yagüajay (433 caballerías), Los Berros (643 caballerías), Banes (708 caballerías), y el Realengo de Juan Pablo entre las haciendas de Retrete y Yagüajay.</ref>Todas estas haciendas comprendieron el área de lo que posteriormente sería el municipio Banes.</ref> En cada una de ellas se desarrollaron núcleos poblacionales pequeños, excepto en Samá porque esta había constituido el único punto de fácil comunicación con el exterior, a través de la navegación, lo que permitió que se asentaran en el mayor cantidad de personas.

El caserío de Samá en las inmediaciones del puerto del mismo nombre, comenzó a fungir como centro receptor de cargamentos de negros esclavos para su comercialización, tanto en la jurisdicción holguinera como en el resto del país. Una vez en tierra los esclavos eran conducidos hasta Retrete, en cuya capilla eran “bautizados” bajo la protección de Santa Florentina. Parte del cargamento era comercializado en la propia región, de modo que los vecinos “más poderosos” contaron con un número de esclavos a su servicio. En este caso el tráfico negrero no sólo favoreció la explotación económica de la comarca, sino que permitió trazar líneas de poblamiento, comunicación y comercio.

En las distintas haciendas de La Ensenada existían unos cien sitios de labor. Sus dueños explotaban la tierra sin una definición precisa de los límites de su propiedad. Por el aislamiento y rusticidad de la región no se efectuaban deslindes desde el punto de vista legal, los distintos ocupantes aparecían como codueños de las haciendas en su conjunto.

Capitanía pedánea

En el siglo XVIII era corriente la subdivisión de las tenencias en partidos y al frente de ellos capitanes y tenientes, con atributos policíacos y militares. Estos capitanes de partido vivían de sus bienes y de contribuciones de los vecinos, es decir, sin sueldo oficial y recibían autoridad civil como jueces en litigios menores. De ahí que se les llamaran capitanes pedáneos.[11] Los capitanes respondían a los tenientes gobernadores, por lo que los cabildos no tenían autoridad sobre ellos. Todo ello desencadenó conflictos de poder.

En ese contexto, iniciando el siglo XIX, se generalizó el establecimiento de capitanías en Holguín. En el quinquenio 18151820 nacieron, como segregación de los cuatro iniciales, dieciocho partidos, entre ellos el de La Ensenada[12] (Banes) y el de Gibara. Esta proliferación cumplió una regla invariable: se incrementaron los partidos en la zona centro – norte, la de mayor intensidad en el despegue productivo.[13]

El partido de Banes debe haber sido de los primeros en crearse, pues para 1817 en él se reportaban 5 haciendas, 5 sitios de labor con un total de 3 296 caballerías de tierras, y la existencia en su territorio de 268 habitantes.[14]

El 20 de enero de 1821, el tte. gobernador de Holguín envió una carta al Capitán del partido de Banes, en la que le comunicaba que haría notoria su entrada en función en el momento que recibiera esa carta.[15] Este partido comprendía los cuartones de Río Seco, Mulas, Banes, Tasajeras y El Ramón. Al frente de ellos fueron designados tenientes de partido y/o cabos de ronda, cuya función era, fundamentalmente, de información.

En 1830 el capitán del partido de Banes era Santos Ricardo y los cabos de ronda: Eladio Díaz en Mulas, José González en Río Seco, Manuel Mallero en Tasajeras, Julio Gesti en El Ramón y Manuel Claro en Banes.[16] En 1844, el alcalde del barrio de Banes, informó los tenientes y cabos de ronda de su partido:

”D. José Ma. Claro[17] teniente del cuartón de Banes, su residencia en el mismo punto de Banes y D. José Ant. Mariño teniente del cuartón de Tasajeras su residencia, en el mismo punto de las Tasajeras. Cabos de ronda: solo hay uno, que reside en el punto de Rio Seco, inmediato a la costa.”[18]

En el período comprendido entre 1830 y 1854, Banes contó con 11 capitanes de partidos pedáneos, esa inestabilidad quizás estuvo dada por las propias características de este cargo - que vivían de la contribución de los vecinos, las cuales no deben haber sido muchas, pues Banes era una hacienda con pocos habitantes. A partir de 1851, el capitán general José Gutiérrez de la Concha reformó la Institución de Pedáneos, buscando sustraerlos de la influencia de los vecinos y convertirlos en eficientes defensores de la corona.

Las capitanías de partido desaparecieron con la creación de los términos municipales, en 1878. No obstante, perduraron elementos de esta institución, estableciéndose entonces las alcaldías de barrios. Es por eso que La Ensenada se convirtió en un barrio del término municipal de Gibara.

Demolición de las haciendas comuneras

Aunque desde fines de la década de 1820, el gobierno colonial realizó un nuevo intento colonizador sobre la zona de la costa norte, en el caso de Banes no fructificó en ese momento, pues nadie se interesó en establecerse allí. Durante todo ese tercer decenio el gobierno local valoró un nuevo plan colonizador en las áreas aledañas a la bahía de Banes, el que tampoco llegó a resultados concretos. No fue hasta el 25 de junio de 1841, que la hacienda de Banes fue vendida al binomio integrado por Domingo Marange Dalfau y su asociado José María Claro. A partir de la gestión productiva de ellos, es que se inicia la real explotación económica de la hacienda de Banes y el despegue cuantitativo de la población en el lugar.[19] En 1850 Marange era ya el dueño de la mayor parte de la hacienda de Banes.

El proceso de demolición de las haciendas comuneras llegó a esta zona en las décadas de 1840 y 1850. En 1852 en Banes ya estaban demolidas las haciendas de Mulas y Río Seco, Tasajera y San Fernando. En 1855 la hacienda de Banes también se había demolido y deslindada en parte.[20]

La demolición de las haciendas evidenciaba el deseo de barrer la agricultura y la ganadería precapitalista, para impulsar un uso más productivo y mercantil de la tierra. Este proceso fue: una de las vías de formación del campesinado local, al tener los más acomodados accesos a la libre compra de tierras, mientras el resto se asentaba en realengos o simplemente en tierras cedidas por hateros, al facilitarles su vida como peones. Es en la década de 1850 cuando se conforma el sector campesino en la localidad, complementando la actividad económica ganadera.[21]

Después de ese proceso de demolición de las haciendas, los principales propietarios del área de Banes eran Domingo Marange, el inglés Guillermo Gesti, Isidoro Tamayo, Lorenzo Martínez, Manuel González y Vicente de Juan.[22]

Calle central de Banes a fines del siglo XIX

En el año 1852 existían en Banes 18 haciendas de cría, 3 ingenios, 48 sitios y estancias, 37 vegas y 5 colmenares, con una producción de 8 000 cerdos, 698 animales vacunos y 233 animales equinos, junto a un gran número de aves de corral.[23] Esto demuestra el fomento de una economía agropecuaria.

Un padrón poblacional de ese mismo año 1852 manifiesta un incremento poblacional de 400 habitantes, con respecto al año 1817. Reconoce en el territorio un total de 668 habitantes: de ellos el 50, 45 % eran blancos, el 13,62 % libertos y el 35, 93 % esclavos[24] Durante toda la primera mitad del siglo XIX, prevaleció el poblamiento a partir del centro holguinero. El 94 % de los habitantes blancos del partido procedía de Holguín.

Referencias bibliográficas

Fuentes

  • Fuente: Dr. C. Yurisay Pérez Nakao. Historiadora de Banes.
  • Castellanos, Nilecta y Miltón Pino: Excavación arqueológica El Porvenir. Banes. Fotocopia de artículo que se conserva en los fondos del Museo Indocubano Baní, fue publicado por la Academia de Ciencias de Cuba, en 1970.
  • Le Riverend, Julio: Historia económica de Cuba, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1974.
  • Novoa Betancourt, José: Banes Colonial. (Inédito)
  • Rodríguez Gómez, Armando: Administración colonial en Holguín, Ediciones Holguín, 2001, p.26.
  • Valcárcel Rojas, Roberto: “Seres de barro. Un espacio simbólico femenino”, El Caribe arqueológico, no. 4. Santiago de Cuba, 2000.
  • ______: Interacción colonial en un pueblo de indios encomendados. El Chorro de Maíta, Cuba, Tesis doctoral, Facultad de Arqueología. Leiden University, Leiden, Holanda, 2012.
  • Archivo Histórico Provincial de Holguín. Fondo Tenencia de Gobierno. Legajo 1. Exp. 13, 14. y Legajo 96. Exp. 3565.