Leyendas calixteñas

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Leyendas calixteñas
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Es originaria de:Pobladores de la zona de Calixto García

Leyendas Calixteñas. Serie de leyendes del municipio Calixto García. Este territorio eminentemente agrícola, cuenta con leyendas populares que de forma oral han sido legadas de generación en generación, llegando así hasta estos días. En los campos calixteños y aún en zonas periféricas del poblado cabecera abundan las historias de duendes, jigües, aparecidos, brujas etc.

Leyendas

El niño y el cazador

A principios del siglo pasado, en la zona del actual Sabanazo, apareció muerto un niño de unos diez años llamado Armando Mendoza Tornet. Sólo se supo que había fallecido a causa de un disparo.

En el cementerio de  Las Mantecas , donde fue sepultado, sobre su tumba fue colocada por manos desconocidas una lápida de mármol con la imagen de un cazador apuntando a un árbol, lo que hace suponer que el niño fue alcanzado por una bala del cazador, que decidió darse a la fuga, pero que al parecer se sintió arrepentido y no tuvo otra forma para demostrarlo, aunque nunca se supo su identidad.

Desde entonces y hasta la actualidad, por casi un siglo, se escucha la leyenda, y al llegar al cementerio es casi obligado visitar la tumba del niño y el cazador.

La mujer de blanco

Se cuenta que cuando la  Guerra de los Diez Años, un joven cubano fue apresado por los españoles en la zona del Cruce de Mir. Su madre, persona pudiente, reunió una fortuna y vino acompañada de uno de sus sirvientes a pagar el rescate de su hijo. Al llegar se encontró que el mismo había sido fusilado por el ejército enemigo.

Adolorida, ordenó a su acompañante enterrar el dinero cerca del Río La Rioja y luego, pidió alojamiento en una casa vecina y pasó la noche. Muy temprano en la mañana, partió y nunca más se supo de ella.

Desde entonces, hay testigos que cuentan haber presenciado en las noches vagar, levitando, una señora vestida toda de blanco, con una luz en las manos, por las márgenes del río, cuidando el dinero enterrado.

La perfumada de la Loma de Las Mantecas

A mediados del pasado siglo se construyó en la cima de la loma de Las Mantecas una edificación que fungió como microonda al Ejercito de  Batista.

Cuando la última etapa de la guerra de liberación nacional esta edificación fue tomada por el Ejército Rebelde.

Cuentan los vecinos del barrio de Las Mantecas, que de las instalaciones abandonadas sale una mujer al camino sin dejarse ver el rostro, muy esbelta, de pelo largo y negro y con un vestido de ese mismo color ceñido al cuerpo.

La dama camina en dirección a Buenaventura a paso muy rápido, los testigos han tratado de darle alcance en vano, y al bajar la loma ya se ha perdida de vista.

Los que la han presenciado afirman que a su paso deja una estela de perfume muy fuerte y ha sido vista lo mismo de día que de noche. Cuentan además, que una joven vivía por esos lares a mediados del pasado siglo y al contraer matrimonio, se marchó de la zona. Se dice, que fue víctima de un crimen pasional, y que su alma vaga por su lugar de origen.

El jigüe de Midael

En un lugar cercano de San Agustín de Aguarás, vive un joven campesino, que en un tramo del camino que lo conduce a su casa, encontraba a diario un negrito desnudo que le hacia travesuras, pero al llegar a un lugar determinado, siempre se le perdía.

El clímax fue cuando dicho negrito se le montó en la parrilla de la bicicleta a este joven y casi fue hasta la entrada de su casa. Al llegar, contó todo a su familia, de lo que se burlaron y lo tildaron de mentiroso.

En la noche, nadie durmió en la vivienda familiar, eran escuchados grandes ruidos y parecía que la casa se venía abajo y cuenta que todo fue obra del Jigüe.

El hombre del Níspero

En el barrio de La Alegría, cuentan que había una leyenda sobre un árbol de Níspero, el cual su sembrador, había muerto en condiciones no muy claras.

En una ocasión pasó un hombre a caballo y se le cayó el sombrero, al bajar a recogerlo, alguien le pidió fuego para encender un cigarro y cuando se volvió a brindárselo se da cuenta de que el hombre que le habló no tenía cabeza.

Por mucho tiempo los vecinos de La Alegría, cuando se dirigían a Buenaventura preferían venir por un camino más largo, para evitar el níspero, y un campesino, llamado Arnaldo, cuando pasaba montado en su yegua, esta se resistía siempre al lado del árbol.

El duende de Ana Lola

Cuando Ana Lola era joven, vivía en la zona rural de San Agustín. Cuentan que en una ocasión ella y su hermana fueron al patio a buscar un mazo de leña, en el mismo había un pequeño tronco hueco que servía de vivienda a un sapo, este saltó del tronco y se escondió en otro lugar.

A partir de entonces la vida de Ana Lola cambiaria: en una ocasión hubo que pelarla bien bajito, pues cuando despertó, su pelo había sido blanco de travesuras de alguien y estaba lleno de nudos que no fue posible desenredar.

Su comida y la de su familia, a excepción de la de su mamá y de su hermano, aparecían con tierra dentro.

En varias oportunidades una voz le decía que cuando llegara a la casa iba a encontrase determinado vestido roto y al llegar, se percataba de que era cierto.

En dos ocasiones se le dijo que su casa iba a ser quemada y por cuestiones de minutos pudo ser evitado, todo esto ocurrió hasta que Ana Lola se casó.

El duende de Cayo Palma

Por la zona de Dovales, hay un barrio llamado Cayo Palma, en el que vivía un señor llamado Juan Pérez Parra, dueño de una finca en la que, según cuentan sus descendientes, tenía siete casas con sus respectivas mujeres con las que tuvo la envidiable cifra de 44 hijos.

Se dice que con Juan convivía un duende, que adivinaba los pensamientos del hombre, pues lo que quisiera, el duende lo conseguía. Pero esto solo ocurría con el dueño de la finca, por que a los demás integrantes de la familia le hacía travesuras, tales como echarle tierra al agua y a la comida, tomando en ocasiones la forma de gato o perro.

Las noches completas las pasaba junto a una maquinilla o molino de moler café, dándole vueltas a la manigueta como si fuera un órgano. En una ocasión a media noche, llegó a todo galope un caballo hasta la casa donde pernoctaba Juan para avisarle que el cañaveral se le estaba quemando, y en efecto, era cierto pero nunca se supo quien había sido el jinete, se pensó que era el duende.

Cuentan que, a sugerencia de una espiritista, le hicieron un traje de hembra y otro de varón, para que escogiera el que correspondía a su sexo y así bautizarlo. Le dejaron el vestuario a la vista y al otro día el del varón ya no estaba, por lo que fue nombrado Tribilín. Se dice que desapareció, pero actualmente cuentan los descendientes de Juan que sigue haciendo las travesuras de vez en cuando.

Las brujas

Rosa relata que, en su ya lejana niñez, residía en un barrio rural de San Agustín, su papá y hermanos mayores salieron temprano en la mañana al monte en busca de leña, llegando muy tarde en la noche y las mujeres de la casa comenzaron a prepararles la comida a los recién llegados, de pronto, se sintieron grandes aletazos y unas risas muy escandalosas de dos mujeres que conversaban y se alejaban del lugar... ¡volando!, eran brujas.

Según Rosa, allí vivían dos vecinas y se contaba que se transformaban en brujas y salían a las casas de las recién paridas, por lo que donde habían recién nacidos, eran regadas alrededor de la casa semillas de mostaza, ya que, de acuerdo a la leyenda, estas semillas les hacían perder las fuerzas y hasta que no las recogieran no podían salir volando.

Fuentes

  • Biblioteca Municipal Calixto García
  • Joven Club de Computación y Electrónica "Calixto I"
  • Rodríguez Velázquez, María de los Ángeles. Leyendas calixteñas. Investigación sociocultural.2000.