Leyendas camagüeyanas

 

Leyendas camagüeyanas
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Es originaria de:Leyendas y tradiciones de Camagüey

Leyendas camagüeyanas. Narra la leyenda de Dolores Rondón, acaecida en la ciudad de Camagüey.

Un personaje de leyenda

Camagüey es una ciudad marcada por leyendas y tradiciones. Son varias las narraciones de sucesos reales transformados por la fantasía y admiración populares que anidan en su historia cultural. En su Arquitectura colonial hay una plaza, "El Parque de las Leyendas" que recrea las más significativas.

Entre todas, llama la atención la leyenda de Dolores Rodón, en la que se recrea la historia de alguien cuya existencia habría resultado anónima si la voz poética, primero, y la imaginación popular después, no se hubieran encargado de inmortalizarla.

Esta mujer falleció en 1863, durante una de las periódicas epidemias de viruelas que azotaban por entonces a Santa María del Puerto del Príncipe, en el Hospital de Mujeres. Años después, en el cementerio de la ciudad, en la parte Norte del primer tramo, apareció una tabla de cedro pintada de blanco y clavada a la tierra, sobre una fosa común con una décima a manera de epitafio

     Aquí Dolores Rodón
     finalizó su carrera
     ven mortal y considera
     las grandezas cuáles son
     el orgullo y presunción
     la opulencia y el poder,
     todo llega a fenecer
     pues solo se inmortaliza
     el mal que se economiza 
     y el bien que se puede hacer. 

Esta décima ingeniosa y moralizante intrigó a los principeños y muy pronto comenzaron los rumores: se decía que cuando se deterioraba por el paso del tiempo, alguien misteriosamente la restauraba. En 1881, en el periódico La Luz se transcribieron los versos y fueron atribuidos a Agustín de Moya. Poco a poco la voz popular ha ido completando la leyenda que con más o menos variantes ha llegado hasta nosotros.

La historia real que sirve de base

La historia real que recrea esta leyenda es la de Vicente Rams, comerciante catalán establecido en Puerto Príncipe, quien sostenía relaciones extramatrimoniales en secreto con una mulata de quien tuvo una hija excepcionalmente hermosa. Dio a su madre todos los recursos necesarios para la crianza de su hija, pero se negó a darle su apellido. Fue bautizada entonces con el apellido de su madre: Dolores Rondón.

La muchacha creció y era hermosa, refinada, orgullosa e inalcanzable para los hombres del barrio humilde donde creció. Es entonces cuando Agustín de Moya, hombre humilde cuyo oficio era el de barbero y que además era poeta por vocación y aficionado a improvisar décimas populares, cautivado por la belleza de la joven, le dedicaba numerosos billetes o esquelas amorosas. A ella tal vez no le desagradaba, pero tenía ambiciones mayores, pues sus mayor deseo era tener amores con un hombre de mejores posibilidades económicas.

Un tiempo después, contrajo matrimonio con un oficial español. Había logrado sus sueños, como lo afirma la voz popular, vivir en una casa en un barrio de abolengo. Como el destino de estos regimientos era no establecerse definitivamente en la ciudad, no mucho tiempo después el matrimonio salió de ella, quién sabe a dónde.

Transcurrieron los dís y el barbero no volvió a tener noticias de Dolores, a la que fue olvidando mientras pasaba el tiempo entre su pequeño negocio, las aficiones literarias y las obligaciones que su oficio de barbero le imponía en los hospitales de la ciudad, pues por entonces estos debían servir, además, como sacamuelas y sangradores.

El final de la historia

En 1863 la viruela asediaban el pueblo y Moya dedicaba todo su esfuerzo y tiempo a prestar sus servicios en el Hospital de Mujeres, donde se hacinaban aquellas que estaban más escasas de recursos y no podían pagar un médico privado. El aspecto de un hospital como este en tiempos de epidemia daba horror. Allí, mientras atendía a una enferma, creyó reconocer aquel rostro desfigurado por las huellas de la enfermedad a quien ya la muerte asechaba. Era Dolores Rondón, pobre, enferma, abandonada a la caridad pública, quien quizás había regresado viuda y sin ahorros a vivir una vida anónima en la ciudad donde nació. Según la leyenda ella no lo reconoció. Él la ayudó en lo posible, pero no había tiempo ni recursos. Se dice que tarde en la noche abandonó angustiado el hospital y regresó temprano en la mañana con algunos recursos para aliviarla, pero era demasiado tarde: la legendaria Dolores había fallecido durante la noche y su cuerpo había partido en una carreta hacia el cementerio general. Su destino era la fosa común.

Puso Moya el epitafio aleccionador sobre la fosa donde yacía la que fuera su amada en la citada tabla que él mismo restauraba cada año mientras la vida se lo permitió.

El texto era conocido por todos y en 1935, por iniciativa del alcalde de facto, Pedro García Agrenot, se construyó un túmulo en el que está grabado el epitafio. Este fue ubicado en la zona más aristocrática del cementerio, como una ironía del destino o, quizás, como una manera de cumplir los sueños de la difunta en su última morada. No se sabe de sus restos, perdidos tal vez, pero el túmulo sigue allí, y su texto es conocido de memoria por el pueblo camagüeyano que creó al personaje y su leyenda.

Fuentes

  • Salellas, Madeleine y Colectivo de autores. Habilidades comunicativas hablar y escuchar: Ejercicios para su desarrollo. Ciudad de La Habana: Editorial Educación Cubana, 2005. ISBN 959-18-0082-7
  • Méndez Martínez, Roberto. Leyendas y tradiciones del Camagüey. Camagüey: Editorial Ácana, 2004