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Leyendas populares en Santa Cruz del Norte

Leyendas populares en Santa Cruz del Norte
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Es originaria de:Según cuenta la leyenda se trataba de un hombre y una mujer que vivieron hace muchos años en ese hermoso paraje de la costa norte y que se amaron intensamente, pero vieron frustrados sus amores por los prejuicios familiares de la época.

Leyendas populares en Santa Cruz del Norte. En la historia local santacruceña existen numerosos mitos y leyendas, y otros hechos que se confunden con ellos porque pertenecen al campo de lo real maravilloso que definiera magistralmente Alejo Carpentier.


Leyenda del Fraile y la Monja

Entre los mitos y leyendas que han trascendido se encuentran: la historia real maravillosa de los dos Antonio, la del robo del caballo de la Condesa de Villanueva, la leyenda de la boda del cacique Canasí, la del pozo del esclavo y el antiguo jagüey, el mito de la Piedra de Menéndez, la leyenda de el Fraile y la Monja.

El Fraile y la Monja son dos elevaciones costeras situadas a la entrada de la playa Jibacoa,localidad de Santa Cruz del Norte ,en La Habana, y muy cerca de la carretera que bordea las playas de la localidad. La piedra de la monja es una hermosa escultura natural, obra increíble de la naturaleza como producto de la erosión marina y se observa desde distintos puntos de la costa, siempre en espera del sol fuerte del amanecer y luego callada esperando el atardecer mientras el astro rey se refugia en el ocaso. A lo lejos se divisa la silueta de El Fraile, gallardo, firme y arrogante, guardando siempre una discreta y respetuosa distancia.

Según cuenta la leyenda se trataba de un hombre y una mujer que vivieron hace muchos años en ese hermoso paraje de la costa norte y que se amaron intensamente, pero vieron frustrados sus amores por los prejuicios familiares de la época.

Ya desesperados, pero jurándose amor eterno decidieron él ingresar a un monasterio y ella, a un convento. Él se hizo fraile, ella, monja, pero no podían dejar de acudir, como tributo a su romance trunco, todos los días a la orilla del mar, aunque distantes y sin mirarse, guardando respeto a sus votos religiosos.

Y sigue contando la leyenda, que en las noches de luna, ya muy tarde, el fraile lentamente abandona su sitio y se dirige a saludar a la monja, se acerca a ella y respetuosamente le besa la mano. Luego, se retira, callado, y regresa a su sitio.

Leyenda de los camellos de San Ignacio

Resulta que en 1839 el viajero español Don Jacinto de Salas y Quiroga, visitó varios ingenios azucareros en la zona de Canasí, entre ellos el San Ignacio, que era, a la sazón, propiedad del rico hacendado Montalvo y O`farrill.

El viajero peninsular escribió una amplia crónica en la que expresó: allí es el único punto de la isla donde se ven camellos, tan útiles en la agricultura, que es de suponer que den resultados felices.

Esta afirmación del viajero español demuestra su desconocimiento acerca de la existencia de esos cuadrúpedos en otro ingenio, de la provincia de Matanzas. Alrededor del año 1800, al observar que las carretas de dos ruedas, movidas por yuntas de bueyes, dañaban severamente los campos cultivados, los hacendados criollos experimentaron cargar la caña a lomo de buey; pero esta iniciativa no dio buenos resultados.

Por esa causa decidieron exportar los exóticos camellos, considerando que estos animales podían transportar hasta 500 libras de caña cada uno y recorrer de 25 a 30 kilómetros diarios, sin dañar los cultivos.

Los comerciantes cubanos sabían que los dromedarios, camellos de una sola joroba, se aclimataron y reprodujeron en las Islas Canarias desde el Siglo XV, y lograron, mediante gestiones con la corona española, el privilegio de introducir camellos sin pagar derechos aduanales.

El señor Montalvo y Ofarril, dueño del ingenio San Ignacio, importó desde Canarias un crecido número de camellos que beneficiaban los cultivos, evitando los daños que causaban con anterioridad las pesadas carretas. La arriesgada y novedosa idea cobró fuerza en aquella fábrica de azúcar y se conoce que en el período comprendido entre 1841 y 1846 pastaban en sus campos TREINTA Y UN camellos, casi la mitad de los que existían en Cuba por esa época.

El proyecto fracasó en un tiempo relativamente corto, y aquellos rumiantes se extendieron en nuestros campos, probablemente a causa de las abundante existencia de niguas, pequeñas pulguitas que se introducían en la piel y los cascos del animal, dejando sus huevos, que daban lugar a la putrefacción de los tejidos.

Tampoco podemos descartar que el clima húmedo atentara contra el desarrollo de los camellos, pero el hecho es que en recortes de prensa de la ciudad de Matanzas, en aquella época, se observan insólitas ofertas de venta, en la famosa Calle del Medio, aún hoy su principal arteria comercial, de camellos recién llegados de Islas Canarias, y que aquí cerca, en Canasí, el ingenio San Ignacio los utilizó como bestias de carga en el traslado de caña de azúcar, a principios del siglo DIECINUEVE.

Historia del chivo Perico

Valentín Sánchez Ramírez falleció hace algunos años, pero cuando lo conocí ya sobrepasaba los 90 años de edad y no le dolían ni los cayos. Precisamente él, santacruceño y trabajador azucarero, fue el dueño del chivo Perico. El chivo Perico nació en Santa Cruz del norte durante la segunda mitad de la década de 1940. Valentín, su dueño, trabajaba en el central Hershey, y cuando regresaba de la jornada laboral, ya en horas de la tarde, Perico salía a recibirlo, y luego se echaba a la salida de la casa, hasta el día siguiente, como si fuera un perro guardián.

Según cuentan los hijos de Valentín, Perico nunca comía hierba. El animal se pasaba el día recorriendo el pueblo, y en muchas casas le daban pan, galletas y dulces que comía, goloso.

En la fonda Las Brisas, que existía entonces en el lugar que hoy ocupa el boulevard santacruceño, frente al cine local, llegaron a reservar un plato para darle comida a Perico, y allí comía carne de puerco y chicharrones como si fuera una persona.

Pero la singularidad de Perico no estaba sólo en sus hábitos alimentarios. Algunos clientes del bar de Albérico, que estaba donde hoy se encuentra el cine, acostumbraban a darle a beber ron y cerveza, que el chivo tomaba gustosamente. Allí también llegó a contar el chivo Perico con una vasija propia. Algunos amigos del simpático animal, lo montaron en ocasiones en ómnibus y lo pasearon hasta La Habana o el Central Hershey. Por el camino le daban bebidas y el animal regresaba a su hogar por la tarde en apreciable estado de embriaguez.

Sin embargo, ese no fue el defecto que llevó a Perico a la tumba. Resulta que el chivo no andaba con las hembras de su especie, y poco a poco demostró que prefería a las mujeres. Cuando alguna mujer pasaba cerca de él, la seguía, aparentemente dócil, pero si no lo espantaban pronto, le levantaba el vestido con el hocico, olfateando. Por supuesto, las mujeres se asustaban, y no pocas veces la policía tuvo que llevarse preso a Perico, por molestar a las damas.

Aunque los agentes de la autoridad lo amarraban frente a la estación de Policía, casi siempre, en el menor descuido, algún transeúnte lo soltaba y el chivo volvía a las andadas. La Policía llamó la atención al dueño en varias ocasiones, pero en plena década de 1950, Perico, además de molestar a las damas con sus muestras de amor apasionado, comenzó a desarrollar el hábito de hacer sus necesidades fisiológicas en el portal del Ayuntamiento municipal, justamente frente a la puerta de entrada. Aquel simbolismo, al parecer era demasiado para las autoridades, y la presión sobre Valentín fue tal que decidió vender al chivo Perico a una mujer del pueblo, para que lo convirtiera en un suculento chilindrón.

Fuentes