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Orden de Predicadores

Presencia de dominicos en América
Información sobre la plantilla
Dominicos.jpg
Fecha:1510
Lugar:América
Líderes:
fray Antonio Montesinos
Dominicos. Defensores y evangelizadores de los indios americanos.

Evangelización de los indígenas

Una de las razones esgrimidas por la corona española, y que fue confirmada por las bulas del papa Alejandro VI, para legitimar la conquista de América, fue la necesidad de evangelizar a los habitantes de las tierras descubiertas. A fin de lograr ese objetivo, los reyes crearon el sistema de encomiendas, mediante el cual se asignaba a cada español un número determinado de indígenas que debían trabajar gratuitamente para él a cambio de que les enseñara la doctrina cristiana. En la práctica, lo que a los encomenderos les interesaba era enriquecerse rápidamente, de modo que apenas prestaban atención a la tarea de instruir a los indios en el cristianismo.

Órdenes religiosas en el nuevo continente. Dominicos

Esa deficiencia fue suplida en gran medida por las distintas órdenes religiosas que actuaron en el nuevo continente. Entre ellas figuró la de los dominicos, enviados a la isla Española por el rey Fernando el Católico en 1510. Eran fray Pedro de Córdoba, fray Antonio Montesinos y fray Bernardo de Santo Domingo. Como el virrey Diego Colón y su esposa María de Toledo se hallaban en La Vega, el primero se trasladó a esa ciudad para llevarles la noticia de su llegada. Allí cantó su primera misa el clérigo Bartolomé de las Casas, quien más tarde ingresaría en la misma orden de los tres religiosos.

Las encomiendas fueron censuradas con dureza por el Padre Montesino

La isla de Santo Domingo se encontraba en ese entonces diezmada por la desordenada codicia de los colonos y conquistadores, quienes hicieron de los aborígenes sus primeras víctimas. Condenados al duro trabajo de las minas y campos, morían por miles sin esperanza de redención. En pocos años, las encomiendas se habían convertido en una terrible servidumbre. El ideal de los padres dominicos era el de una sociedad exclusivamente india, cristiana, sin sujeción a los españoles y cuya soberanía nominal la ejerciera el rey de España. Se trataba de una sociedad esencialmente teocrática. Ante la gravedad de la situación, los tres frailes acordaron encomendar al Padre Montesino que pronunciase un sermón. En presencia de los virreyes, funcionarios, colonos y demás feligreses, este fustigó las encomiendas y calificó la conquista y semiesclavitud de los indígenas de ilegítimas.

Reafirmación de Montesino

Molesto por la prédica del dominico, Diego Colón, junto a las restantes autoridades y los más influyentes encomenderos, se quejó a fray Pedro de Córdoba y le exigió que Montesino se retractase públicamente. El padre Córdoba, que era el prior de la orden en Santo Domingo, le contestó que no habría inconveniente en tratar de nuevo desde el púlpito tan grave materia. Convencidos de que sería satisfecha su demanda, el virrey y los demás residentes en la capital de la colonia acudieron el siguiente domingo a misa. Sin embargo, Antonio Montesino confirmó lo que había expuesto en su primer sermón.

El sistema de encomiendas no cambiaría

En realidad, cambiar el sistema de encomiendas resultaba sumamente difícil debido a que la economía de la isla se sustentaba en ellas. Las autoridades atribuían los numerosos fallecimientos de los indios a otros motivos y su falta de instrucción religiosa a la torpeza que les caracterizaba.

El escándalo que los dos sermones produjeron en Santo Domingo no fue menor que el operado en España cuando se tuvo noticias de ellos. Diego Colón había manifestado que si se suprimían las encomiendas las rentas reales que la corona obtenía de las Indias cesarían, así como la prosperidad de la Española.

Espinar y Montesino, entrevistados con el rey

Con el propósito de impedir el triunfo de los dominicos, el Segundo Almirante y los afectados enviaron a la península en defensa de sus intereses al franciscano Alonso de Espinar, un fraile de escasas luces y fácil de engañar. Por su parte, los dominicos mandaron a Montesino. El rey recibió antes a Espinar y quedó tan preocupado por las informaciones que recibió que le escribió al provincial de la orden de predicadores, fray Alfonso Loaysa, desaprobando la conducta de sus subalternos y exigiendo que la corrigiesen y guardasen silencio. Montesino arribó a la corte unos días después, y, al advertir que se le ponían trabas para entrevistarse con el rey, forzó la puerta de la Cámara Real y le presentó un memorial en el que explicaba los estragos cometidos en la población nativa de la isla.

Dadas a conocer nuevas adiciones

Fernando el Católico nombró entonces una junta de teólogos y juristas para que estudiase el problema, la cual dictaminó que los indios eran libres y debían ser realmente instruidos en la fe. No obstante, se los podía mandar a trabajar siempre que no padeciesen a causa de sus esfuerzos y se les pagase un salario. El padre Córdoba, insatisfecho con las leyes que se promulgaron en Burgos en diciembre de 1512, viajó a Valladolid, donde estaba el monarca, para intentar que se modificasen algunas de ellas y Fernando el Católico designó una nueva junta para que las enmendase. Las nuevas adiciones fueron dadas a conocer ese mismo mes, pero al prior no le agradaron y le suplicó al soberano que le permitiese ir a Cumaná, en Tierra Firme, a predicar el evangelio a los aborígenes de aquella tierra, que creyó libre de la presencia de españoles, autorización que le fue concedida.

Asesinado Montesino

De regreso en la Española, fray Pedro de Córdoba envió a Tierra Firme a tres religiosos para que empezasen a predicar. Llegados a Píritu, Maracapana, fueron asesinados por los indios. Sin desanimarse por el trágico suceso, otros frailes le rogaron que los dejase sustituir a sus hermanos. Eran Antonio Montesino, fray Francisco de Córdoba y fray Juan Garcés. Montesino enfermó en San Juan de Puerto Rico y tuvo que quedarse allí. Los otros dos arribaron a Chiribichi, un pueblo situado en las proximidades de Maracapana, y fundaron un convento. Recuperado de su dolencia, Montesino se unió a sus compañeros, pero los alemanes, de religión luterana, a quienes el rey español les había otorgado la conquista y colonización de Venezuela, lo asesinaron.

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