Saltar a: navegación, buscar

Cofradías católicas de morenos y pardos

Cofradías católicas de morenos y pardos
Información sobre la plantilla
TipoAsociacion histórica
ÁmbitoNacional
PaísBandera de Cuba Cuba

Cofradías católicas de morenos y pardos. Era una de las principales asociaciones donde acudían los africanos libres y criollos que se desenvolvieron paralelamente a los cabildos de nación.

Historia

El origen de las cofradías se remonta a la Edad Media y se ubica en la Europa occidental, aunque buena parte de ellas se fundaban para proteger a grupos de comerciantes, marinos o artesanos que practicaban igual profesión u oficio y se unían para defender sus intereses siempre se manifestaban bajo una advocación religiosa.

Ante las circunstancias sociales que acompañaron a la irrupción de las ciudades, pletóricas de pobres y desamparados procedentes de las área rurales, que acudían a éstas en busca de trabajo y debían afrontar condiciones infrahumanas de vida y ser víctimas del hambre, las epidemias y las enfermedades, esas cofradías simbolizaban una especie de conciencia social cristiana y tendieron a proliferar. Muchos individuos adinerados también pertenecían a ciertas cofradías, ya que auxiliar a los hermanos más pobres confería cierto prestigio social altamente cotizado en ese contexto.

El mundo colonial hispano de esos siglos, que incluye a Cuba, pertenece a ese nivel tradicional del antiguo régimen que descansaba en los grupos y en la familia y se organizaba sobre la base de valores y criterios signados por una concepción premoderna

En ese contexto, marcado por el Patronato Real y las connotaciones religiosas, los límites entre las autoridades civiles y las eclesiásticas se desdibujaban y ambas gobernaban la vida colectiva e individual; fue ese el entorno en que surgieron las cofradías y hermandades como primera forma de sociabilidad americana.

Las cofradías

Integración

Las cofradías religiosas estaban respaldadas por algún clérigo, pero estaban integradas por laicos que se unían para fines muy diversos. Para ser fundadas requerían, desde el siglo xvi, la aprobación de la autoridad eclesiástica y posteriormente, a partir del siglo xviii, de la anuencia real o de la Cámara de Castilla.

Funciones

Las funciones de estas sociedades eran múltiples, las más constantes se relacionaban con el cuidado de los enfermos y el entierro de los cofrades difuntos, estas ceremonias eran complejas y costosas y sólo podían ser sufragadas por familias con apreciables recursos.

Las cofradías también se ocupaban de realizar otras acciones benéfico- asistenciales, como la atención a las viudas y a los huérfanos. Desde luego que también desenvolvían prácticas de carácter devocional que las caracterizaban, como la prestación de servicios litúrgicos o la mediación espiritual para redimir las almas del purgatorio, cuestión que constituía una de las principales preocupaciones de los fieles.

Las cofradías y sus advocaciones

Las más antiguas cofradías, que proliferaron hasta el siglo XII, fueron las marianas. Las relacionadas con el culto a Cristo se desenvolvieron a partir de los siglos XIV y XV, en tanto las vinculadas al Espíritu Santo, a La Santísima Trinidad y a las Ánimas Benditas del Purgatorio, se desplegaron del siglo XVI en adelante. Más tardías fueron las del Sagrado Corazón de Jesúsque aparecieron a partir del el siglo XVIII.

Muchas cofradías de negros en el continente americano surgieron bajo la advocación de la Virgen del Rosario, lo cual evidencia la importancia alcanzada por los dominicos en muchas ciudades del continente y la vinculación que tuvieron con los morenos. En la ciudad de la Habana hubo una, muy temprana e importante, perteneciente a la más rancia oligarquía criolla blanca, pero también hubo hermandades de negros, bajo esa advocación en las populares iglesias de Peñalver, Señora de la Asunción de Guanabacoa y Señora de Regla.

Las primeras formas de sociabilidad que existieron en Cuba, como en el resto de las colonias españolas y portuguesas, fueron las cofradías de blancos, la Habana tuvo cinco en el siglo xvi. Pero como desde siglo los negros comenzaron a arribar, tempranamente aparecieron dos cofradías de morenos; la primera de que se tienen noticias fue la de Señora de los Remedios, establecida en 1598 en el Convento de San Francisco, denominada también Humildad y Paciencia, sin que se tengan elementos para dilucidar si este último título tuvo que ver con la existencia de un cabildo mina zape, pues fueron estos africanos los que fundaron la sociedad que después asumió una advocación mariana, o sí tuvo el primer título desde su creación.

La Virgen de los Remedios tuvo una importancia singular, pues era la patrona de los Batallones de Morenos. Su cofradía tuvo una larga duración pues existía aún a mediados del siglo xix, prueba de esto es que en 1849 su Hermano Mayor, el moreno José de la Luz Rodríguez, pedía permiso al Obispo para que “las naciones de Africa concurran con sus banderas y familias, como lo tienen por costumbre” a la fiesta de la Tutelar, el 9 de septiembre.

Resulta interesante destacar la solución del Pontífice, porque para resolver una cuestión sin dudas espinosa, ya que tenía que responder la solicitud de una cofradía legalmente establecida, decidió autorizar la asistencia de los africanos, pero prohibió que llevaran sus banderas, que eran, desde luego, el emblema visible de los cabildos. Con respecto a los integrantes de la “familia”, su pertenencia se desdibujaba, pues ningún otro símbolo podía identificarlos públicamente.

La segunda cofradía en establecerse fue la del Espíritu Santo, fundada en la ermita del mismo nombre que había sido levantada por los negros libres en los primeros años del siglo XVII.

La formulación general, que parte de establecer que las primeras cofradías fueron las marianas y resultaron sucedidas por el establecimiento de otras bajo la advocación de la Santísima Trinidad y del Espíritu Santo, se reproduce en Cuba, pues la primera sociedad estuvo consagrada a la Virgen de los Remedios y la segunda, de principios del siglo XVI, correspondió al culto del Espíritu Santo.

Además de las advocaciones mencionadas, las cofradías y hermandades habaneras que hemos localizado, se adscribieron, respectivamente, a las advocaciones de la Purísima Concepción, Señora de la Soledad, Señora de la Caridad, Santa Ifigenia, Señora de Monserrate, Señora de Regla, Santa Catalina, Señora de la Consolación de la Cinta, Cofradía de la Altagracia, Señora de las Mercedes, Señora del Rosario, Señora de Guadalupe, Virgen del Carmen, Corazón de María, Señora de Regla, Santa Rita de Casia, Señora de los Remedios, San José, San Benito de Palermo, San Francisco de Asís, Santísimo Cristo de la Misericordia, Señor de la Oración del Huerto, Jesús de Nazareno, Hermandad de Santo Domingo y las Benditas Almas del Purgatorio.

Como puede apreciarse, en este conjunto hay un predominio de las advocaciones marianas, de igual forma se manifiesta la visible presencia de vírgenes y santos negros y mulatos, como la las Vírgenes de la Caridad, Guadalupe, Regla y Monserrate, al igual que Santa Ifigenia y San Benito de Palermo.

Racialidad y nivel social

El 56,4% de las cofradías encontradas agrupaban a pardos y morenos, el 23,1% sólo admitía morenos y el 12,8% a pardos; varias hermandades, el 7.7% de la muestra, transgredían la línea del color y agrupaban a morenos, pardos y blancos. Más de la mitad de estas sociedades unían a negros y mulatos, lo cual implica que la racialidad interna dentro de ese grupo social era minoritaria y la agrupación en estas sociedades no sólo reflejaba el color de la piel sino también el nivel social. Esta cuestión se aprecia en las cofradías de morenos más importantes como las Cofradías del Señor de la Oración del Huerto y San Benito de Palermo y la de Santa Ifigenia, caracterizadas por la apreciable presencia de miembros de los batallones.

Delineando cofradías

En 1813, José de la Cruz Chirino y José María Escobar, hermanos mayores de la cofradía Señora de la Soledad, citan a una reunión en su sede del Convento de San Juan de Dios, para “tranquilizar las escandalosas discordias (…) de que ha sido cabeza el hermano José de la Salud González”, en unión de Alejandro Trebejos por la manipulación de los caudales de la cofradía. Esta cofradía estaba formada por pardos.

Esta cofradía existía con anterioridad a 1812, pero sus documentos elaborados “desde muy antiguo” se habían perdido o traspapelado “en tiempos del presbítero Trebejos. Se añade que esta hermandad era muy útil, por lo cual debían procurarse su conservación y fomento por los efectivos servicios que prestaba.

La hermandad fue nuevamente reconocida entre 1833 y 1847 en que funcionó en dicho templo una cofradía de pardos, que recibió el titulo similar de Cofradía de la Caridad y la Soledad y que estuvo formada por gentes tan pobres, que inclusive fueron deudoras de la cuota mensual. En 1832 sólo la integraban doce hermanos y a las reuniones no asistían más de seis, de todas las dificultades y desórdenes que se advierten se responsabilizaba al diputado Eugenio Díaz, por lo cual se solicita su expulsión.

Los reglamentos establecían que la cofradía estaría integrada por “pardos ingenuos de ambos sexos” y para recalcar aún más el estamento social se subrayaba que los cofrades no podían ser libertos. Los candidatos a formar parte de la sociedad debían hacer su solicitud ante el Hermano Mayor o Rector, éste los instruiría en los reglamentos, también debían mostrar sus partidas de bautismo y someterse al criterio de los cofrades, quienes tenían ocho días para conocer los detalles sobre el aspirante, la votación era secreta y sus resultados era inapelables. No obstante, según el artículo 37 podían inscribirse “las personas libres de la otra clase de color”, pero sin derecho al voto ni al uso de la túnica, la valona y el capirote.

Con la limosna que gratuitamente prestaban algunos devotos de la ciudad y de sus barrios de extramuros, la cofradía celebraba todos los viernes de la semana de pasión, en la Iglesia de San Juan de Dios, y desde un tiempo que por largo denominaban “inmemorial”, la función de Señora de los Dolores. También fue muy antigua la denominada Cofradía de la Cinta, bajo la advocación de la virgen de la Consolación. Pertenecía a la iglesia de los Agustinos y había sido aprobada el 16 de abril de 1685.

Sus reglamentos establecían que había sido creada para personas de color libres, de ambas clases y de ambos sexos. Uno de los Hermanos Mayores representaba a los morenos y el otro a los pardos.

Todo parece indicar que esta cofradía había mermado, tal vez en esto influyó la supresión del convento de los Agustinos en 1821, lo cierto es que en 1827 el pardo Marcelo Sánchez y el moreno Lucas Rafael Guerrero, Hermanos Mayores de esa hermandad, se proponen renovar el fervor de los fieles. En esa época los libros iniciales se habían extraviado, pero se conservaba el documento de la fundación, compulsado por D. Sebastián de Quiñones, notario mayor de la curia eclesiástica. No obstante, en noviembre de 1853, en la iglesia de San Agustín, se está procediendo a elegir los cargos de empleados pardos y morenos esta Archicofradía, y tres años más tarde, el 4 de noviembre de 1856 reaparecen, formulados, sus estatutos.

Iniciándose el siglo XIX aparece una cofradía muy particular, la de San José, cuya sede era el Convento de San Francisco de Asís, todos sus miembros eran carpinteros “de lo blanco” y con ese oficio se relaciona su titulación, aunque a pesar de esto no celebraban su fiesta el día de ese patrón, sino en la conmemoración de San Juan Bautista. La singularidad de esta hermandad no radica en ninguno de estos elementos, sino entre sus cofrades figuró uno de los más relevantes sujetos de los proyectos subversivos habaneros, José Antonio Aponte.

La cofradía contaba con 152 miembros, sus mayordomos eran Marcos Camacho, Santiago Agramonte, Ciriaco Acosta y Miguel Palacián, fungían como tesoreros Antonio Heredia y Bentura Martes y eran responsables de cuidar el arca, los llaveros Valentín Sánchez, Pablo Urrutia, Julián Sendiga y Pedro Acosta.

No todas las cofradías de morenos y pardos fueron de pobres, algunas se establecieron como un espacio de sociabilidad de sus elites, conclusión a la que puede llegarse porque entre sus mayordomos y simples cofrades aparecen oficiales del Batallón de Morenos Libres de La Habana. Con estas características hay varias en la muestra encontrada, entre las que se destacan la del Espíritu Santo, la de Santa Ifigenia, la Cofradía del Señor de la Oración del Huerto y San Benito de Palermo y la de Santa Catalina.

La archicofradía de Santa Ifigenia radicaba en la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje que había sido fundada en 1640 y fue parroquia auxiliar a partir de 1693. Desconocemos la antigüedad de esa hermandad pero es posible que existiera desde finales del siglo XVII, aunque lo cierto es que en 1736 aparece aprobada por el Obispo Juan Lazo de la Vega y Cancino y entonces estaba integrada por un grupo de prestigiosos oficiales del Batallón de Morenos, todos letrados pues aparecen sus firmas en el documento, el Primer Mayordomo era el capitán Joseph Nicolás Guerra, cuyo prestigio se ratifica en 1761 y continuaba siendo capitán de fusileros del Batallón de Morenos Libres de la Habana, se relacionan además el capitán Gregorio Guerra, el teniente Juan Guerra, el capitán Lorenzo Martínez, el sargento Nicolás de Dios, el capitán Alejandro Vázquez y Lorenzo María Núñez.

En 1864 el negro libre Manuel Casanoba,(sic) refiere que el culto a la virgen que presidía la cofradía estaba abandonado, y reconocía que la imagen que se encontraba en esa parroquia se debía “a la piedad de algunos morenos africanos que por la gran devoción que le tenían lo hicieron a su costa en el siglo pasado”. Con respecto a la decadencia de la cofradía debe recordarse que las milicias de negros fueron suprimidas en 1844, con motivo del proceso a que dio lugar la llamada Conspiración de la Escalera y que los datos de 1736 permiten suponer que el sostenimiento de la cofradía descansaba, precisamente en ese batallón. Tal vez fue 1844 la fecha que marcó su descenso.

En 1879 los morenos José Valdés, Vicente Riera y Antonio Rojas, todos letrados, solicitan el restablecimiento de la hermandad, pero las autoridades devuelven el expediente porque el reglamento propuesto no cumplimentaba lo establecido por la Real Cédula de 1805.

La cofradía del Espíritu Santo siempre estuvo bajo el amparo del Batallón de Morenos Libres de La Habana. A su llegada a la capital el Obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz la encuentra en “grave decadencia” y refiere que ha muerto su Mayordomo Thomas Madrid, señalando que este era sargento del referido batallón, aunque la referencia del Obispo no era exacta, pues en 1761 éste era oficial, específicamente capitán de fusileros.

El documento de constitución de la cofradía se había extraviado por lo cual era necesario validar nuevamente su existencia y refrendar los papeles que se exigían. Entonces el Obispo, reconociendo el prestigio de los miembros del Batallón y el papel que jugaba entre los morenos libres, convocó a su Comandante y a todos los oficiales de ese cuerpo, para que el 19 de mayo de 1765 concurrieran a la Parroquia, donde se les leerían en voz alta las constituciones a fin de que pudieran conocerlas, aceptarlas y firmarlas.

A esta convocatoria asistieron Juan Bautista Lobaynas, que desde 1761 era el Comandante de la Plana Mayor del Batallón, Bernardo Antonio de Barrios, Capitán de la 4ª. Compañía desde igual año y Carlos Heredia y Tomás Torres, tenientes de la 1ª. Compañía, también desde entonces, concurrieron además los también capitanes Vicente Martínez y Juan Joseph Xandro y el teniente Mauricio Acosta.

Los reglamentos, que fueron aprobados y debidamente firmados, referían que “el comandante que en dicho tiempo fuere el de dicho cuerpo de morenos ha de ser Protector de esta Cofradía”. Se relacionaban sus obligaciones, que eran las de asistir siempre, con todos sus oficiales, a la fiesta de la Pascua de Pentecostés, hacer marchar a una de las compañías del Batallón el primer día de esta celebración, y también, como parte de ese espectáculo, desplegar ciertas maniobras de carga y asalto. Finalmente se advertía que los milicianos debían participar en la conclusión de la fiesta. El documento señala que ese tipo de función se había desarrollado en esa sociedad, “según costumbre”, durante mucho tiempo.

De acuerdo a su reglamento la cofradía debía contar con dos mayordomos que serían elegidos el día de la Santísima Trinidad y con seis diputados designados por estos. El 19 de mayo de 1765, fueron elegidos, como mayordomos primero y segundo, respectivamente, Juan Santa María de Castro y Gaspar Medina y se nombró como diputados a los capitanes Antonio Barrios, Vicente Martínez, Juan Joseph Xandro y a los tenientes Thomás Torres, Carlos Heredia y Mauricio Acosta, todos del Batallón de Morenos de la Habana. Como Protector, por presidir ese Cuerpo, fue designado el capitán Juan Bautista Lobaynas.

Treinta y ocho años más tarde la situación era otra. Marcos Moreno, quien comandaba el Batallón de Morenos Libres de la Habana y era un destacado oficial, que por sus acciones militares había sido condecorado con la medalla de la Real Efigie, se dirigía al Obispo Díaz de Espada en su condición de Protector de la Cofradía. Exponía que los viejos mayordomos habían fallecido y sólo quedaba con vida uno de los antiguos diputados. Solicitaba presidir la sociedad, pero la política había cambiado y el Obispo Espada no sólo había prohibido la presencia de los negros en casi todas las procesiones, sino que quería suprimir todos los espacios de concertación, alegaba, cosa poco probable por las características de sus integrantes, que la cofradía carecía de fondos y de hermanos y que sus constituciones no tenían la aprobación real.

La antigüedad de la sociedad era mucha, los primeros papeles se habían perdido y aunque Morell de Santa Cruz, es su condición de Obispo la había aprobado en 1765, Díaz de Espada alegaba que no existía la sanción Real, negándose a recibir al Comandante Marcos Moreno, quien se presentaba como un vasallo fiel “a quien el soberano quiere se proteja”, fundamentaba además que el monarca había aprobado la hermandad el 5 de agosto de 1782 y con cierto arrojo argumentaba que sólo su poderosa mano, es decir la del Rey, podía destruir lo que había estado bajo su autoridad.

Las prohibiciones del Obispo violaban lo establecido en los reglamentos de la sociedad, pues había llegado a prohibir que Marcos Moreno, en su carácter de Protector efectuase las fiestas “que desde tiempo inmemorial están a cargo de mi Cuerpo”. A todas las quejas se daban respuestas dubitativas, también se negaban los documentos solicitados para poder seguir el curso de las diligencias hasta el Monarca. En otra comunicación Moreno le expresaba al párroco: “se ha menospreciado la autoridad de V.S. y la superior del Rey”. Posiblemente por esta causa se decidió a apelar a la Audiencia de Puerto Príncipe, pero los poderes eclesiástico y estatal consideraban que la situación política era comprometida por lo cual fue respaldada la ejecutoria del Obispo, respondiendo, en un manipulado juego de palabras, que éste no había extinguido la Cofradía sino que se negaba a restablecerla.

En un momento en que existían otras hermandades de morenos se tomase esa decisión contra la del Espíritu Santo. Debió existir gran temor al uso de ese espacio en un momento de alta conflictividad signado por la independencia haitiana. En el se reunían milicianos negros y muchos de estos eran también miembros de los cabildos africanos.

No existen datos sobre la presencia de cofradías de morenos o pardos en la iglesia del Espíritu Santo hasta 1852, año en se presentaron los reglamentos correspondientes para fundar una cofradía con el nombre de Congregación de Sufragantes de las Benditas Almas del Purgatorio, este título recordaba la vieja hermandad, cuya presencia permanecía en la memoria familiar de quienes la había integrado, ya que en 1761 el Obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, expresaba que “en la Parroquial del Espíritu Santo, desta dicha ciudad antiguamente se cantaba misa y vigilia los lunes del año por las benditas almas del purgatorio, mediante las limosnas que entre los vecinos de aquel barrio se recogían y que desde hace cinco años a esta parte han cesado los sufragios (…) He deliberado se restablezcan las que se hacen en la mencionada parroquial y que para que surte el efecto se funde en ella una cofradía de Animas”.

Pero la época era otra y los viejos Batallones de Morenos Libres habían sido eliminados. Los reglamentos de la nueva congregación proponían admitir a personas de ambos sexos, mayores de siete años, blancas morenas y pardas, para lo cual planteaban crear dos secciones “formando la clase blanca la primera y las otras dos la segunda”. Las funciones devocionales de la cofradía se efectuaban conjuntamente, pero cada sección se ocupaba, independientemente, de sus enfermos y difuntos, sobre estos últimos se aclaraba que no debían ser conducidos al cementerio sin presentarse antes en la Iglesia.

Esta hermandad fue aprobada por el Obispo el 9 de diciembre de 1853 y ratificada por la Reina nueve años más tarde, el 22 de diciembre de 1862, funcionó con regularidad hasta 1879, a partir de ese año sus actividades cesaron. El 1º. de noviembre de 1895 se envió al Obispo un proyecto de estatutos para reactivarla, pero éste no refiere la existencia de las antiguas secciones. Dos años más tarde la cofradía se había extinguido, por lo cual se hacen votos para formar otra.

La directiva de la cofradía, correspondiente al año 1853, manifiesta algunas particularidades, no se hace referencia a mayordomos, sino a celadores, y aparecen en este cargo dos hombres y dos mujeres. Estos fueron Nicolás Peñalver, Andrés Beato, Ursula Lambert y Agueda Beltrán. También aparecen otros cargos que tampoco estaban referidos en el reglamento de 1805 como el de “recolector sufragante”, que era ocupado por Don Ignacio de Orne i de Isla, que por el tratamiento honorífico que recibe pudiera ser blanco, y por Sebastián de Cárdenas. Aparece además el puesto de “muñidor sufragante”, ocupado por Ramón Sosa. Esta cofradía tuvo la particularidad de que la mayor parte de sus integrantes fueron del sexo femenino, pues sólo contaba con once hombres, que constituían el 10% del total de miembros, estos eran: Nicolás Peñalver, Marcos Díaz, Francisco Paula Pasatoriza, Santos Lané, Salvador Mora, Miguel Recolia, Manuel Rivero, Domingo Gatica, José Silverio de Hita, José María Herrera y Manuel Pérez.

Otra cofradía que tuvo una importante presencia de oficiales del Batallón de Morenos entre sus miembros más connotados fue la Cofradía del Señor de la Oración del Huerto y San Benito de Palermo, con sede en el convento de San Francisco de Asís. Entre estos aparecen los capitanes Antonio Abad Pérez, Juan Hipólito González y Miguel de Bustos y Velásquez, el Teniente Gabriel Sánchez, los subtenientes Nicolás Palomino, Tomás Torres y Joseph de Torres, y los Alférez Marcos Rodríguez, Agustín Sánchez, Nicolás Blanco, Juan José Ocanto, Joseph Poveda, Manuel Orrutinier, Antonio Rodríguez, Joseph de Torres, Francisco Javier de Palma y Juan José de Flores. Todos firman el documento de solicitud y la mayor parte lo hace con buena letra.

Esta cofradía tuvo una larga existencia, pues los primeros datos encontrados son de 1755 y aún existía en 1903. Siempre acogió a figuras destacadas, pues en 1901 uno de sus integrantes era Martín Morúa Delgado. La presencia de los oficiales del Batallón de Morenos primero, y la de un destacado político negro mucho después, nos permiten estimar que a lo largo de la historia de esta cofradía se manifiesta la presencia de las elites negras.

Se desconoce la fecha en que se estableció, pero la presencia de casi todos los oficiales del Batallón de Morenos Libres en la misma etapa en que estos respaldaban a la Cofradía del Espíritu Santo, marca su importancia. En 1816 estaba funcionando pues aparece mencionada en el Real Consentimiento que se otorgó a la cofradía de Señora de Monserrate. En 1836 aún permanecía activa, pues su tesorero demandaba a la familia de María de la Merced Reynoso por no pagar una contribución concertada largos años atrás. No obstante, desde junio de 1856 sus actividades fueron suspendidas porque supuestamente carecían de aprobación, aunque algunos miembros insisten en que los documentos originales se habían extraviado y los Hermanos Mayores no habían hecho las diligencias necesarias para conseguirlos nuevamente. En 1859 Manuel Beato era su mayordomo y aparece como secretario Juan Nepomuceno Brindis, entre los miembros también se relacionan a Alejo Urrutia, Justo Rivero, Lucio Parra, Felicio de Andrade, Matías Pérez y Juan Perdomo, que al parecer no pertenecían al Batallón pues no se mencionan grados militares. La reapertura de la cofradía fue autorizada el 6 de julio de 1862 y unos meses más tarde, el 9 de febrero de 1863 recibió la sanción de la Reina.

También la Cofradía de San Francisco de Asís fue promovida por un miembro del Batallón de Morenos de la Habana, Julián Escalera, sargento de la 1ª. Sección de Milicias Disciplinadas y por el pardo Francisco Fernández. La solicitud se hizo en 1865 y pedían establecerse en la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje, pero el Obispo no accedió a su constitución hasta el 30 de enero de 1868, entonces se elevó la solicitud a la Reina.

En la cofradía de Señora de la Alta Gracia y Santísimo Cristo y azotes a la Columna, establecida en la parroquia auxiliar del Santo Cristo del Buen Viaje desde 1832, también hubo cofrades que formaban parte de los batallones. En 1836 su mayordomo Facundo Sánchez, declara pertenecer al Batallón de Pardos, en la documentación encontrada aparecen además otros hermanos que formaban parte de ese cuerpo: el capitán Manuel Pérez, diputado, el teniente Luis Olivera, Hermano Mayor con funciones de tesorero, y el subteniente Belén José. La presencia de los militares en esta cofradía se manifiesta, inclusive, en sus ceremonias devocionales, pues su reglamento establecía que el Hermano Mayor quedaba encargado de solicitar al Mayor de la Plaza “la escolta militar que es costumbre en las procesiones públicas, particularmente para la del lunes de la Semana Santa o Mayor, en el paso de los azotes a la columna, la que siempre ha sido del Batallón de Pardos Leales”.

Otra hermandad en la que participaron los miembros de ese Batallón fue la de Santa Catalina. La festividad de esa santa era el 25 de noviembre, pero sus directivos declaran estar dispuestos a ceder ese día al patronato del Batallón de Pardos Leales, “siempre que sus oficiales contribuyeran con los ochenta y cinco pesos de sus fondos en que estaban comprometidos”.

La relación cofradía - batallón constituía un enlace que reforzaba el prestigio de los pardos y de los negros, por esa causa el capitán del Batallón de Morenos, Gabriel Doroteo Barba, pretendió establecer una cofradía, en honor de la Santísima Virgen del Rosario, aunque no contaba con la licencia de las autoridades civiles ni eclesiásticas. También proponía celebrar una fiesta en honor de la virgen el 13 de octubre, para obtener con esta acción 40 días de indulgencia. Esta solicitud fue denegada.

Importancia histórica

A pesar de las diferencias que se observan entre cofradías de pardos y morenos y los cabildos de nación como espacios de sociabilidad, éstos realizaron múltiples contribuciones a la sociedad cubana, ya que facilitaron a la población de negros y mulatos la posibilidad de reunirse, vincularse, y establecer y fomentar redes de diverso tipo. Ambos fueron espacios idóneos para conservar tradiciones, fomentar cultura, compartir y desarrollar intereses y sobre todo, proyectarlos hacia la sociedad en su conjunto.

Fuentes