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Revisión del 11:21 17 ago 2011

Claude Bernard
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Nacimiento12 de julio de 1813
Saint-Julien
Fallecimiento10 de febrero de 1878
París, Francia
OcupaciónMédico y fisiólogo

Fisiólogo francés. Es el máximo representante de la fisiología francesa del siglo XIX. Con él, la fisiología pasó de ser una colección de hechos, tal como la interpretara Magendie, a una «ciencia de fenómenos vivientes». Sus trabajos versaron sobre la regulación nerviosa de la secreción salival, la digestión pancreática y la función glicogénica del hígado. Descubrió la inervación vasomotora y creó el concepto de secreción interna. Realizó también aportaciones a la farmacología experimental.

Datos biográficos

Estudios

Nació, en Saint Julien, el 13 de julio de 1813, en una casa de viñadores que siempre le fue querida, a la que visitaba cada año, y en la que pasó sus momentos más agradables. Perdió a su padre muy temprano, pero, como casi todos los grandes hombres, disfrutó del apoyo de una madre cariñosa a quien adoró siempre. Como aprendía bien en la escuela, el cura lo eligió para monaguillo y le hizo emprender el estudio del latín. Continuó estos estudios en el colegio de Villefranche, dirigido por eclesiásticos, pero bien pronto las necesidades económicas le obligaron a encaminarse a Lyon, donde consiguió emplearse en una farmacia en la que le daban el alojamiento y la comida. El maestro boticario le hacía conservar cuidadosamente todos los residuos del fondo de los bocales, así como todos los desperdicios y productos averiados - "guárdelos para preparar la Teriaca"-, le decía su patrón. Esta droga misteriosa, fabricada con la mezcla de innumerables productos averiados y que, sin embargo, tenía la reputación de ser una panacea y curar siempre, despertó en él una profunda sorpresa. Allí nacieron probablemente sus primeras dudas sobre la solidez de los fundamentos de la medicina de aquel entonces. Su joven imaginación trabajaba y se le vió ensayar un poco de todo. Tuvo un pequeño éxito con un vaudeville "Rose du Rhóne" estrenado en un teatro de Lyon. Probablemente envalentado por tal triunfo, partió para París llevando en su valija una tragedia en cinco actos. Saint Marc Girandin, que profesaba en la Sorbona, y a quien trajo una carta de recomendación, le declaró rotundamente que la obra no valía nada, que emprendiera el estudio de la medicina y reservara la literatura para sus ratos de ocio. Este sano consejo valió a Francia la formación de un sabio eminente, y lo que es más picante, lo hizo entrar a la Academia Francesa por su literatura científica, siendo probable que no hubiera ingresado nunca por sus escritos literarios de otro género. Estudió pues la medicina, aplicándose con predilección a la anatomía y a la disección. Fue primero externo y luego llegó al internado en 1839, pero sólo con el número 26 sobre un total de 29 aceptados. Tuvo la buena fortuna de que lo enviaran al servicio de Magendie en el Hotel Dieu. Nunca la suerte produjo un acercamiento más providencial y feliz. Si Magendie no hubiera tenido a Claude Bernard por alumno, su gloria no seria la cuarta parte de lo que es, dice Renán. Si Claude Bernard no hubiera encontrado la dirección de Magendie, es dudoso que hubiera podido vencer las dificultades que ante él se acumulaban. A los pocos días, viendo la manera cómo disecaba, y desde el otro extremo de la sala, Magendie le anunció que lo tomaba por preparador en el Collège de France, para su cátedra de medicina. Allí comenzó Claude Bernard a trabajar, en el que fue desde entonces y para siempre, su laboratorio, cueva obscura y húmeda que durante muchos años fue el único sitio dedicado a la fisiología experimental en Francia. En él contrajo probablemente la enfermedad renal que lo llevó a la tumba. Magendie era un hombre original y muy crítico, antisistemático en una época en que la medicina vivía de sistemas; promotor de la medicina experimental, hacía experimentos atrevidos, pero sin plan preconcebido. Y él mismo se comparaba a un buhonero que recoge fragmentos de aquí y de allá. Escéptico profundo, no tenía ningún inconveniente en cambiar de opinión a cada rato, según se lo dictaran los hechos, y era el primero en reírse cuando sus experimentos resultaban opuestos a sus anuncios. Magendie era un hombre original y muy crítico, antisistemático en una época en que la medicina vivía de sistemas; promotor de la medicina experimental, hacía experimentos atrevidos, pero sin plan preconcebido. Y él mismo se comparaba a un buhonero que recoge fragmentos de aquí y de allá. Escéptico profundo, no tenía ningún inconveniente en cambiar de opinión a cada rato, según se lo dictaran los hechos, y era el primero en reírse cuando sus experimentos resultaban opuestos a sus anuncios. Claude Bernard, experimentador metódico, prolijo y minucioso, ha podido realizar una obra genial por su habilidad anatómica y operatoria; sus conocimientos de química, su convicción de que los fenómenos vitales tienen una base física y química, y su fe profunda en el determinismo. Con estos sanos elementos, su genio poderoso transformó a la fisiología y a la medicina experimental. En 1843 presentó su tesis inaugural sobre el jugo gástrico y durante los siete años siguientes realizó una serie de descubrimientos verdaderamente importantes. En 1844 fracasó en el concurso de agregación de la Facultad de Medicina, donde fue aventajado por Beclard y Sappey. Claude Bernard no estuvo brillante en las pruebas que en aquel entonces y todavía hoy suelen emplearse para estas elecciones. Sin embargo, si se hubiera tenido en cuenta la originalidad de los trabajos, quizá hubiera sido posible anticipar el juicio póstumo de la historia, que lo coloca infinitamente por encima de sus contrincantes y de sus jueces, por sus geniales descubrimientos, su obra original y el mérito y calidad de sus discípulos. Desde 1847 fue suplente de Magendie en el College de France, y a su muerte lo reemplazó en la cátedra de medicina. Su descubrimiento de la glucogenia hepática tuvo gran resonancia y le valió la incorporación a la Academia de Ciencias (l 854), que antes lo había desdeñado. Tuvo, además, por consecuencia, que se creara para él una cátedra de fisiología general en la Sorbona, la cual cedió a Paul Bert en 1868 para tomar él la del Museo, donde pudo dedicarse a los estudios de fisiología comparada, que le permitieron fundar la fisiología general. En 1868 fue nombrado miembro de la Academia Francesa, en reemplazo de Flourens, y al año siguiente fue designado senador del Imperio por voluntad personal de Napoleón III y sin haberlo deseado. En 35 años de labor continua Claude Bernard transformó la fisiología y le dio sus leyes, y a una ciencia accesoria, obscura e imprecisa la transformó en una ciencia autónoma, fundamental y fecunda. Tuvo alumnos directos como Paul Bert, Moreau, Ranvier, Malassez, Grehant, Dastre, D'Arsonval y Morat, pero, en realidad, su influencia se extendió a los fisiólogos del mundo entero, algunos de los cuales vinieron a trabajar bajo su dirección, como Rosenthal, Kuhne, Tarchanoff, etc. Su obra científica está sostenida en 18 volúmenes publicados, cuyo índice iniciado por él fue luego admirablemente completado y se publicó con el nombre de L 'Oeuvre de Claude Bernard.

Su obra científica

Larga sería la mención de los trabajos de investigación que llevó a cabo en 35 años de labor incesante. Algunos de ellos se destacan con un relieve particular como ser el descubrimiento de la glucogenia hepática y de los vasomotores, pero muchos otros fueron transcendentales, como ser los que se refieren al medio interno, curare, intoxicación oxicarbonada, calor animal, sistema nervioso, fisiología general, patología y medicina experimental, etc. Se creía que el azúcar provenía exclusivamente de la absorción directa de los alimentos, pero Claude Bernard observó que durante el ayuno hay más azúcar en la sangre que sale del hígado que en la que entra; por lo tanto, el higado fabrica azúcar y lo vierte a la sangre, noción fecunda que es la base de nuestros conocimientos sobre el metabolismo de los hidratos de carbono. Hoy sabemos que el hígado es el formador de la glucosa de la sangre en el estado normal y en las diabetes e hiperglucemias. Lavando a un hígado recién extraído del animal, se le priva del azúcar que contiene, pero al cabo de poco tiempo vuelve a aparecer. Hay pues en el hígado una substancia que engendra la glucosa y que Claude Bernard descubrió y denominó glucógeno animal, demostrando así que los animales pueden formar polisacáridos a partir de azúcar y que, por lo tanto, son posibles en ellos las funciones de síntesis que en aquel entonces se creían privativas de los vegetales. Al paso del azúcar a la sangre lo llamó secreción interna creando un concepto y una expresión nuevos. El azúcar que salía del hígado era quemado por el resto del organismo y producía energía y calor. Igualmente memorable es su descubrimiento de los nervios vasomotores. Demostró en 1851 y 1852 la existencia de los nervios vasoconstrictores y del tono vasoconstrictor, cuando al cortar el simpático cervical, repitiendo el experimento de Pourfour du Petít, comprobó que se dilatan las arterias y luego todos los vasos de la oreja. Más tarde descubrió en 1858 a los vasodilatadores, cuando al excitar la cuerda del tímpano observó que se dilatan los vasos de la glándula submaxilar, al mismo tiempo que entra en actividad secretoria. Según el concepto fundamental de Claude Bernard el medio interno es el ambiente liquido en que viven las células del organismo. Los seres más simples tienen sus células en contacto con el medio exterior o cósmico, pero a medida que se vuelven más complicados, sus células viven en el medio interno, de composición muy constante y que asegura condiciones físicas y químicas estables, permitiendo así la vida libre e independiente. A su vez, todo el organismo contribuye incesantemente a mantener la constancia del medio interno. Esta noción fecunda ha adquirido cada vez mayor solidez y alcance, a medida que pasa el tiempo y adelanta la fisiología, como han puesto de relieve en libros clásicos Henderson, Barcroft y especialmente Cannon con su feliz expresión de homeostasis. Claude Bernard es también uno de los fundadores de la farmacología, al demostrar que los medicamentos y tóxicos producen su acción sobre sitios y funciones determinados. En su célebre estudio sobre el curare, veneno de flechas sudamericano, demostró que su acción tóxica es periférica y no nerviosa central, no paraliza al nervio motor ni al músculo, pero no permite que la excitación del nervio pase al músculo, estableciendo entre ellos un bloqueo riguroso y eficaz. De igual modo demostró que el óxido de carbono mata por su fuerte afinidad con la hemoglobina de la sangre, con la que forma una combinación impidiendo así que sirva para transportar oxigeno; hay hemoglobina, pero como ella está ocupada por el monóxido de carbono no transporta el oxígeno y el animal se asfixia. También comprobó Claude Bernard que los anestésicos disminuyen y luego suprimen la sensibilidad y la irritabilidad. No enumeraré ni analizaré, por razones de tiempo, a sus demás trabajos importantes sobre la sensibilidad recurrente, el tono vagal, las picaduras diabétícas y poliúrica, la función de los nervios craneales, la saliva, el jugo gástrico y pancreático. Pero deseo recalcar que debemos considerarlo como al fundador de la fisiología general, que formuló las reglas del determinismo fisiológico, codificó el método experimental y orientó la medicina científica en su camino actual. Muchos de sus trabajos parciales han sido extendidos y ampliados y algunos han sido rectificados, pero su obra fundamental resiste al tiempo y se destaca cada vez como más grande, al observarla con la perspectiva que da el tiempo transcurrido.

Doctrinas

En 1860 una seria enfermedad lo obligó a recluirse por un tiempo en su casa natal. Ese reposo obligado le permitió recopilar sus doctrinas, formuladas parcialmente en muchos de sus trabajos, en su libro tan justamente célebre y admirado Introduction á l'étude de la Médecine experimentale que se publicó en 1865. Este libro, dice Paul Bert, llenó de sorpresa y admiración a los espíritus cultivados. Los fisiólogos hallaron en él las reglas de la medicina experimental; todos quedaron impresionados por la claridad de la exposición, la soltura y la buena fe con que eran resueltas o declaradas insolubles. Esta obra le valió que tres años después la Academia Francesa lo llamara a su seno. "Habéis creado un estilo", dijo al recibirlo el severo Patin, y Renán dice de su célebre discurso que "su estilo es su pensamiento mismo: y como este pensamiento es siempre grande y fuerte, su estilo también es siempre grande, sólido y fuerte". Una de las características más notables de este libro es que no envejece y se mantiene fresco e interesante en su pensamiento y en su estilo, lo que no es habitual en los escritos de las Ciencias Biológicas, que tan rápidamente evolucionan.

Muerte

En los últimos años de su vida alcanzó un renombre universal. A este prestigio se unía el aspecto de su persona, de alta talla y con un aire de dignidad imponente. Su cabeza magistral siempre meditativa, dice Renán, se había vuelto extremadamente bella a los 60 años. Reflejaba la serenidad y la honradez de su existencia; se leía que la verdad era su religión. El ascendiente que ejerció se explica no sólo por su obra, sino por la feliz y rara conjunción de un carácter sencillo, benévolo y noble, con un gran espíritu profundo y justo. Murió a los 65 años, el 10 de febrero de 1878 y su muerte dió lugar a manifestaciones unánimes de pesar. La Cámara de Diputados, a propuesta de Gambeta, votó funerales nacionales. Un monumento debido al cincel de Guillaume, costeado por sabios franceses y extranjeros, ha sido erigido frente al Collège de France de París, y otra estatua fue levantada en Lyon. Biógrafos eminentes han destacado su obra admirable, entre ellos, Renán, Paul Bert, Dastre, Foster, Gley, Roger, Richet, Hendersoil y Olmsted. El cirujano Faure ha escrito un libro, cuyo estilo es admirable, pero por desgracia no ha comprendido el alcance de la obra de Claude Bernard y la importancia de la fisiología en la medicina moderna Al evocar su tumba, dice Jean Louis Faure: "Aquí yace Claude Bernard. Ya su nombre comienza a borrarse sobre la piedra ignorada por el transeúnte solitario. Pero si su polvo olvidado queda para siempre perdido en la sombra helada de la tumba, su memoria planeará viva en la luz y en la gloria, porque solo vivirá, a pesar de la muerte, quien haya consagrado su genio al culto de la verdad".

Bibliografía

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  • Bernard, Claude (1945). Lettres Beaujolaises. Villefranche sur Saôna: Éditions du Cuvier.

Fuentes