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Casa de Beneficencia y Maternidad

Casa de Beneficencia y Maternidad
Información sobre la plantilla
Institución con sede en Bandera de Cuba Cuba
Casacuna-cuba.jpg
Fundación:1687
Disolución:1961
Tipo de unidad:Beneficencia
País:Bandera de Cuba Cuba
Sede:La Habana
Dirección:Calle San Lázaro

Casa de Beneficencia y Maternidad. Fue una entidad que brindaba asilo a niños sin amparo filial durante el período de la Cuba republicana. La mujer que, por razones económicas o por la deshonra de haber cometido un desliz, se veía imposibilitada de ocuparse de la atención del hijo, podía entregarlo a aquel establecimiento sin tener que dar la cara o revelar la identidad.

Antecedentes

Estas entidades no tuvieron siempre nombre ni se ubicó siempre en el mismo sitio. Hubo antes una Casa Cuna, una Casa de Maternidad y una Casa de Beneficencia. Cuando esas dos últimas se fundieron, la institución comenzó a llamarse Casa de Beneficencia y Maternidad.

Los antecedente más remoto hay que buscarlo en la Casa Cuna que en 1687 fundó el obispo Diego Evelino de Compostela. Cuando falleció en 1704, la edificación de aquel albergue estaba sin concluir y la institución carecía de recursos para llevar adelante su empeño. Poco después, el sucesor, fray Gerónimo Valdés, retomó la idea de Compostela y restableció la Casa Cuna en un edificio que construyó en la esquina de Oficios y Muralla.

Esta tampoco progresó mucho. El abandono del gobierno colonial y la administración ineficiente, entre otros males, fueron causas de que aquel establecimiento, que llegó a alojar a 200 huérfanos, se convirtiera en lo que alguien llamó un sepulcro de expósitos.

Una dama habanera, Antonia María Menocal, dejó a la muerte, en 1830, un cuantioso legado con la indicación de que fuera invertido en obras de caridad. La albacea decidió destinarlo a la creación de una Casa de Maternidad. Contaría con dos departamentos, uno para refugio de aquellas parturientas que deseen cubrir el honor ofendido por alguna fragilidad, y el otro para la conservación y educación de los niños hasta la edad de seis años.

La administración colonial secundó esta iniciativa y cedió a la naciente institución el antiguo hospicio de San Isidro, no sin la oposición de los frailes que lo ocupaban. Pero ya en 1831, la Casa de Maternidad tenía edificio propio, en el Paseo del Prado.

Características

Abril era el mes de la Beneficencia. Cada año, en esa fecha, salían a la calle numerosas muchachas a fin de recoger en una alcancía de lata la contribución ciudadana. Esa colecta tenía el slogan: «Con lo que a usted le sobra, puede hacer feliz a un niño.

Las niñas de la Beneficencia vestían de uniforme blanco con pañoleta negra, llevaban además, un gorrito blanco, zapatos de los que entonces se llamaban de colegiales.

Apellido Valdés

Como aquellos niños expósitos recogidos en la primitiva Casa Cuna carecían de apellido, fray Gerónimo Valdés decidió darles el suyo. Gesto notable y original de ese obispo que tanto hizo por la salud y la educación en la Isla pues al empeño con los niños desamparados se suman los desvelos para el establecimiento del hospital de leprosos y preocupación por el buen desenvolvimiento de los colegios de San Ambrosio (para varones) y San Francisco de Sales (para hembras) fundados por Compostela.

Al ingresar en la beneficencia se daba a los niños el apellido Valdés. Recibían allí educación y se les adiestraba para un oficio. A los más dotados intelectualmente, se les ayudaba si lo decidían a hacer estudios superiores. Un niño de esa Casa, Juan Bautista Valdés, se hizo médico y llegó a ser director de la institución. El poeta Gabriel de la Concepción Valdés, que haría célebre el seudónimo de Plácido, era también un expósito.

En La Habana

En 1794 existía una Casa de Beneficencia, emplazada en terrenos situados frente a la caleta de San Lázaro, zona conocida entonces como el Jardín de Betancourt. La creación fue iniciativa de un grupo de habaneros ilustres entre los que figuraban Luis de Peñalver, obispo de Nueva Orleans, la condesa de Jaruco y los marqueses de Peñalver y de Cárdenas y la calorizó el capitán general don Luis de las Casas. Esta admitía solo a hembras.

Con altas y bajas acometió la beneficencia la humanitaria tarea. La situación financiera era siempre difícil y a veces angustiosa. Hacia 1824 se abocó a la crisis, pero el capitán general Francisco Dionisio Vives la sacó del atolladero al disponer en beneficio un impuesto sobre los billetes de lotería y otro sobre las peleas de gallos que tenían lugar en la valla que el propio gobernador mantenía en los fosos del Castillo de la Fuerza.

Un hecho desgraciado vino en ayuda de la beneficencia. Un incendio había destruido las chozas de la barriada de Jesús María. Dionisio Vive, de acuerdo con el conde de Villanueva, intendente general de Hacienda de la colonia, dispuso que la Casa adquiriese aquellos yermos realengos por la cantidad de 4097 pesos fuertes. Luego, con fuerza de trabajo del presidio, se terraplenaron los manglares de la zona devastada y se abrió allí una nueva calzada, que llevó el nombre de Vives. El área se revalorizó rápidamente y la Casa de Beneficencia pudo vender los terrenos con una ganancia de casi 40000 pesos.

Vives además construyó la capilla de la Beneficencia y amplió los locales a fin de que acogiese también a varones. En 1852 la Casa de Beneficencia y la de Maternidad se fundieron en una sola institución.

Final

La beneficencia llegó a disponer de cuantiosos bienes propios. No era raro escuchar la afirmación de que eran ricos los niños de la beneficencia, lo eran, pero no les tocaba. Durante mucho tiempo fue administrada por la Sociedad Económica de Amigos del País y una Junta de Patronos regía los destinos. Se mantenía, mayormente, por la ayuda que le daba un grupo de filántropos y las cuestaciones públicas.

En 1914, el presidente Mario García Menocal la convirtió en una institución estatal y la dotó de un presupuesto para el mantenimiento, sin que se renunciara por ello a los donativos y las colectas populares. En el siglo XIX la caleta de San Lázaro, frente a la que se construyó la Beneficencia, era un paraje apartado y casi bucólico. En lo que ahora es el parque Maceo, se instaló la llamada batería de cañones de la Reina. Por la calzada de Belascoaín, frente al costado del edificio, estaba la plaza de toros de La Habana. Y muy cerca, pero más acá en el tiempo, el frontón de pelota vasca.

La ciudad fue creciendo y se metió encima de la beneficencia. A fines de la década de 1950, el gobierno de Batista compró el edificio. Sería demolido y en esos terrenos se construiría la sede del Banco Nacional. Se imponía buscar un nuevo sitio para el alojamiento de los expósitos. Triunfó la Revolución y se decidió instalarlos en lo que había sido el Instituto Cívico Militar, en Ceiba del Agua; un lugar amplio, salubre y apropiado para el desarrollo de la niñez y el esparcimiento. Se le dio el nombre de Hogar Granma a la nueva instalación.

La vida se transformaba en Cuba. La maternidad sin legalizaciones ni papeles dejaba de ser deshonrosa y las mujeres, sin excepción dueñas de la vida y destinos, entraban en capacidad para atender a los hijos, incluso aquellas que los asumían como madres solteras. Bastaron entonces unas pocas casas para acoger a niños sin amparo filial.

El edificio de la Beneficencia fue demolido y se empezó la construcción del Banco. Un día esa obra se paralizó cuando ya se habían construido inmensas bóvedas para guardar los caudales de la nación, sobre lo hecho para la instalación bancaria se edificó el Hospital Hermanos Ameijeiras.

Fuente

  • Artículo de la web La Beneficencia. Disponible en "juventudrebelde.cu". consultado el 6 de febrero de 2014