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Charles D. Segsbee

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Charles Dwight Sigsbee
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Charles D. Sigsbee.jpg
Capitán del USS Maine en el momento de su hundimiento.
Nacimiento16 de enero de 1845
Albany, Nueva York Bandera de los Estados Unidos de América
Fallecimiento13 de julio de 1923
Nueva York, Bandera de los Estados Unidos de América
Charles Dwight Sigsbee. Contralmirante en la Marina de los Estados Unidos. En los primeros años de su carrera se destacó como uno de los pioneros de la hidrografía y la oceanografí­a. Es más conocido por ser el Capitán del Acorazado Maine, barco que explotó en la bahí­a de La Habana, en 1898. Esta explosion desencadenó una serie de eventos que condujeron al inicio de la intervención de los Estados Unidos en la Guerra Hispano Cubana.

Sí­ntesis biográfica

Sigsbee nació en Albany, en el estado de New York, y estudió en la la Academia de Albany. Participó en varios enfrentamientos durante la guerra civil norteamericana la mayor parte contra los fuertes y baterí­as confederados. Sirvió a bordo de los buques USS Monongahela, USS Wyoming y USS Shenandoah desde 1863 hasta 1869, cuando fue asignado para servir en la Academia Naval.

In 1871, fue transferido a la Oficina Hidrografica y más tarde al servicio de vigilancia costera (1874); desde 1875 a 1878 comandó el vapor USS Blake del referido servicio de vigilancia costera.

Retornó a las Oficinas de Hidrografí­a Naval desde 1878 hasta 1882 y alli se desempeñó como hidrógrafo desde 1893 hasta 1897: Durante ese perí­odo en el Blake aprovechó para desarrollar el "Sonar Sigsbee", el cuál llegó a convertirse en instrumento inprescindibe como equipamiento oceanográfico de aguas profundas por más de 50 años.

Sigsbee sirvió en la Academia Naval de los Estados Unidos en los perí­odos 1869-71, 1882-85, y 1887-90. Comandó el USS Kearsarge en la Estación Europea en 1885-866 y el buque de entrenamiento Portsmouth 1891-92.


El capitán del Maine

Sigsbee, Capitán del USS Maine

Charles D. Sigsbee fué designado para a comandar el Acorazado USS Maine en Abril de 1897.

Después que el barco fué destruí­do en febrero de 1898 en el Puerto de La Habana, Sigsbee y sus oficiales fueron exonerados de responsabilidad por una corte de investigaciones.

Otras misiones posteriores

Despues de este incidente pasó a comandar el USS St. Paul en el propio año 1898, participando en la segunda batalla de San Juan, y por último el USS Texas buque en el que se mantuvo hasta 1900.

En febrero de ese año fue seleccionado como Director de la Oficina de Inteligencia Naval, sucediendo en ese puesto al Comandante Richardson Clover; manteniéndose en ese cargo hasta abril de 1903 cuando fue nombrado para sustituirlo el Comandante Seaton Schroeder.

Fue ascendido al cargo de Contralmirante el 10 de agosto de 1903 asumiendo la Comandancia del Escuadron del Atlántico Sur en 1904 y la Segunda División del Escuadrón del Atlántico Norte en 1905.

El retorno a los Estados Unidos de los restos de John Paul Jones

El capitán John Paul Jones fué uno de los primeros marinos que luchó a favor de los ejercitos independentistas de las trece colonias contra Inglaterra en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, muy pronto se convirtió en héroe de la marina estadounidense, capturando el HMS Drake el 24 de abril de 1778. Esta fué la primera victoria de cualquier naví­o de guerra estadounidense en aguas británicas. También capturó el HMS Serapis el 23 de septiembre de 1779, cuando se encontraba al mando del USS Bonhomme Richard, ganándose una reputación que perdura hasta hoy. Retirado de la vida política y militar, había fallecido años después en Francia y su cuerpo enterrado en París. Por gestiones del Embajador de los Estados Unidos en Francia se localizó su tumba y se hicieron gestiones para trasladar sus restos con honores militares al país que le había dado la gloria.

Para el traslado se organizó por la Marina estadounidense una flotilla al mando del Contralmirante Sigsbee en el buque insignia el USS Brooklyn, que estaba compuesta además otros tres cruceros para escoltarlo. El 7 de junio partió de Cherbourg, Francia, con los restos del John Paul Jones a bordo. Al aproximarse a costas americanas se unieron a la flotilla otros siete barcos de guerra que juntos escoltaron los restos a tierra.

El 24 de abril de 1906 Sigsbee se encargó de hacer la entrega oficial al Presidente Teodoro Roosevelt en una ceremonia en Dahlgren Hall. El sarcófago se instaló en la capilla de la Academia Naval de los Estados Unidos en Annapolis, Maryland.

Muerte

El Contralmirante Sigsbee se retiró de la Marina en 1907 y falleció en Nueva York el 13 de julio de 1923. Fue enterrado en el Cementerio Nacional de Alington. Su nieto, Charles Dwight Sigsbee III, Primer Teniente de la Marina de los Estados Unidos fue enterrado junto a él el 10 de julio de 1956.

Homenajes

  • La Fosa de Sigsbee es una depresión que se extiende por más de 300 millas y frecuentemente es llamada el “Gran Cañón bajo el mar.” Se localiza en el cuadrante sur-occidental del golfo, y fue nombrada en honor al Capitán Charles Dwight Sigsbee, quién tenía a su mando los barcos del Servicio de Hidrografía Naval que descubrieron este accidente geográfico.
  • El destructor USS Sigsbee (DD-502) recibió ese nombre en su honor.

Sigsbee y el USS Maine

El USS Maine

Acorazado USS Maine
El Acorazado USS Maine tenía mala sombra. El Arsenal de Nueva York colocó su quilla el 17 de octubre de 1888 y no fue sino hasta casi siete años después cuando se le consideró apto para el servicio. Esa demora dio como resultado un barco desfasado, al que no quedó otro remedio que clasificar como acorazado de segunda clase.

Sufrió un incendio durante su construcción; a partir de su botadura tendría una vida accidentada y el mes de febrero siempre le resultó fatal. Quedó varado en febrero de 1896; en febrero del año siguiente, frente a Cabo Hatteras, un golpe de mar se llevó a cinco de sus tripulantes, y dos días después, esto es, el 8 de febrero, dos de sus hombres resultaron heridos por una explosión a bordo. En abril de 1897 se nombró a Sigsbee como su Capitán y el 15 de febrero de 1898 estallaba en el puerto habanero.

Para más señas, el día de su destrucción el Maine no debió haber estado en La Habana. Preocupado por las condiciones sanitarias de la ciudad y su puerto, y consciente de que a más tiempo de permanencia mayor era el peligro de fiebre amarilla, el Secretario de Marina norteamericano quería que la tripulación del acorazado estuviese el 17 de febrero en los carnavales de Nueva Orleans, por lo que el barco debía salir el 15 de La Habana. Por eso el Maine debía ser sustituido hasta su regreso por el torpedero Cushing. Debido a motivos inexplicables, los oficiales que transcribieron el despacho cifrado del Secretario no consignaron que el Cushing saldría de Cayo Hueso el 15. Salió en definitiva el 11. Estuvo solo un día en La Habana y el Maine no se movió de donde estaba

Análisis de Charles D. Sigsbee

El Maine entrando a la bahía de La Habana
En poco tiempo, Sigsbee tuvo listo un prolijo informe, que concluyó el 8 de febrero. Sus criterios, tomados de alrededor de 200 visitantes, casi en su totalidad cubanos y españoles, resultaban muy curiosos. Su punto de vista postulaba que tanto derecho tenían a la isla los españoles como los cubanos, y la culpa de los sufrimientos de la población a causa de la guerra desatada, la habían tenido primero los mambises al paralizar la zafra y su depredación de las plantaciones, y más tarde las autoridades españolas al establecer la reconcentración.

Reconocí­a el marino yanqui que no podí­a trazar vaticinios sobre lo que sucederí­a en el futuro, porque se volví­a difí­cil para un estadounidense predecir el funcionamiento de una mente española, pero pensaba que no resultaba improbable que, como último recurso, España, dada su situación financiera, accediese a vender la isla a Estados Unidos, pues eso le proporcionarí­a una buena perspectiva a los residentes españoles; incluso era más que posible que la clase educada de los cubanos estuviese de acuerdo fácilmente con esa polí­tica. Si la anexión se plantease en Estados Unidos, esto podría constituir un fuerte argumento para que España declarara que se retiraba de la isla con honor, al asegurar a los españoles en Cuba el beneficio del buen gobierno de Estados Unidos. Estimaba que ese argumento no hubiese prevalecido tiempo atrás, pero la situación insular se estaba abocando a una crisis, y nadie podrí­a responder qué seguirí­a después del fracaso de la autonomí­a.

Evidentemente, el capitán Sigsbee, quien se manifestaba en pro de la anexión, debí­a dedicarse más a las cartas náuticas y, sobre todo, al cuidado de su buque, que a los análisis políticos y sus pronósticos. Si muchos de los datos de que disponí­a eran ciertos, sus conclusiones resultaban en general desafortunadas y contradictorias. Entre otras cosas, parecía haber olvidado contrastarlos con la realidad y desconocer que los cubanos formaban casi el 90 por ciento de la población. Cómo, si no, no haber llegado a la conclusión de que aquel pueblo, al cual también calificó de poco resistente, que, sin embargo, en las llamas de la contienda ya había perdido una cifra pavorosa de sus integrantes, pudiera continuar la lucha de la forma obstinada, increíble casi, en que lo hací­a.

Para un observador menos prejuiciado, esto solo podí­a decir que estaba poseí­do de una potente voluntad y un convencimiento total en la causa que seguí­a. Solo una consideración más: el capitán del Maine hablaba de forma incoherente al establecer una división entre población cubana e insurgentes, como si estos últimos no fuesen parte de ese mismo pueblo o procedieran de otro planeta.

Parecí­a un mal sempiterno de los analistas estadounidenses sobre Cuba, confundir los puntos de vista del pueblo cubano con los de aquel sector de la isla que expresase lo que ellos querí­an escuchar.

En medio de la inquietud cada vez mayor de las autoridades españolas, porque parecí­a que el anidamiento del buque en la bahí­a habanera iba a eternizarse, se producí­a el decurso de las horas y los dí­as. A principios de febrero, el embuste empleado para justificar la presencia del naví­o empezó a resultar insostenible. "La gente tiene la impresión de que la visita del Maine no tiene propósitos amistosos", escribió el cónsul Lee al subsecretario de Estado, William R. Day, el 2 de febrero, y todaví­a agregó su opinión de que antes de hacerse pública la noticia de una acción en dirección a la intervención, otro buque de guerra debía añadirse al Maine.

Todaví­a, en aquel mes de febrero, se reiteró la falacia de los motivos esgrimidos para justificar la presencia del buque en la rada habanera. En una nueva comunicación, esta de Day a Lee, el subsecretario informó al cónsul la preocupación de la Secretarí­a de Marina por la ya próxima virulencia que adquirirí­a la endemia de fiebre amarilla. Day inquirí­a si, en esas condiciones, debí­a mantenerse un barco en el puerto habanero y, en caso de reemplazo, qué clase de buque debí­a enviarse. Como se comprueba, la decisión no consistí­a en si podí­an retirar libremente la nave que estaba junto a la boya número 4, sino consultar si un navío de Estados Unidos debí­a mantenerse de manera permanente en las aguas de la capital cubana.

La respuesta del cónsul fue rotunda. Se habí­an vuelto rehenes de su propia decisión de enviar un buque a La Habana; por eso precisó:
Barco o barcos deben mantenerse aquí­ todo el tiempo ahora. No debemos renunciar a posición de control pacífico de la situación, o condiciones serí­an peores que si nunca se hubiera enviado barco (...)

Fuentes

  • Charles Dwight Sigsbee [1] (En Inglés)
  • El dilema del Maine, por Ciro Bianchi Ross Juventud Rebelde.