Saltar a: navegación, buscar

Tifus canino

Tifus canino
Información sobre la plantilla
Tifus canino, Erlichiosis canina. Esta forma de leptospirosis canina, ya descrita por HOFER en 1950, despertó curiosidad general cuando fue observada como infección maligna, en 1898, en Alemania (enzootia canina de Stuttgart) y luego en otras partes. Desde entonces, la enfermedad se observa constantemente en todos los países, pero su frecuencia ofrece grandes oscilaciones. Algunos años reviste forma enzoótica; otros, en cambio, se presenta únicamente en forma esporádica. La intervención primordial de los espiroquetos en la etiología de la enfermedad la indicó primeramente LUKES 1923. Más tarde contribuyeron a su conocimiento, singularmente, KLARENBEEK y WIRTH.

Etiología e infección natural

El agente de la enfermedad es la Leptospira canicola. La infección se transmite por perros, no sólo a partir de los animales afectos de enfermedad manifiesta, sino también de los portadores de gérmenes aparentemente sanos, en los cuales las leptospiras contaminan el medio con sus secreciones, fundamentalmente con la orina.

Los perros suelen contagiarse al poner en contacto las mucosas o heridas cutáneas superficiales con las aguas contaminadas con orina virulenta, o cuando husmean en puntos ensuciados con tales orinas. La mayor frecuencia de la infección en los perros puede achacarse probablemente, a esta última posibilidad de contagio.

Patogenia

La enfermedad se establece del siguiente modo: Las leptospiras, después del contagio, que muchas veces se produce ya en la edad juvenil del animal, ocasionan una infección general y luego asientan en el riñón.

La infección general puede pasar inadvertida, y los animales pueden entonces aparecer como clínica-mente sanos, pese a lo cual quedan durante largo tiempo, y muchas veces durante toda su vida, como portadores de gérmenes, eliminando las leptospiras con la orina. Con esto se explica el que muchos perros, aunque estén clínicamente sanos, lleven en la sangre anticuerpos contra la Leptospira canicola (WAGNER 1951, y ZURECK 1952 encontraron positiva la prueba de aglutinación con suero hemático en el 20 % y en el 43,2 % respectivamente, de los perros estudiados).

Sin embargo, en una parte de los casos se produce precoz-mente una nefritis parenquimatosa que, de forma lenta, muchas veces quizás después de algunos años de la infección, termina en una nefritis intersticial crónica, consecuencia de lo cual son las formas clínicas del tifus canino agudo o crónico, de origenes urémicos. La enfermedad afecta principalmente a los perros adultos.

Manisfestaciones morbosas

En los casos agudos, que se inician con fiebre alta y, a menudo, también con escalofríos los animales manifiestan desde el principio gran postración. Los enfermos no hacen caso de los alimentos, mientras que la sed está aumentada. Aparte esto, suele haber diarrea hemorrágica, aunque, por el contrario, muchas veces se observa estreñimiento. No hay vómitos.

La enfermedad cursa sin ictericia, y sólo de manera ocasional se observa una leve tinción amarillenta de las mucosas. La boca despide, también en los casos agudos, un olor desagradable, que recuerda el de la orina descompuesta, pero no suelen producirse úlceras en la mucosa bucal.

Tratamiento

Fracasa con frecuencia por existir a menudo lesiones renales incurables. Cuando estas lesiones son todavía benignas, puede ensayarse como terapéutica causal, ante todo, el tratamiento precoz con antibióticos, que también suele fracasar cuando se han producido lesiones graves en los órganos, sobre todo en los riñones. Casi siempre se emplea la penicilina. Generalmente se aplican preparados a base de penicilina retardada, y a dosis de 125 000 a 250 000 U., según el tamaño del animal, durante 4-9 días se recomienda una dosis de 8000-10 000 U./kg de peso. Mejor que la penicilina actuaría la estreptomicina (según BRUNNER y MEYRR 1949, así como BRION y BERTRAND 1953, 40 miligr./kg. de peso durante 3-5 días).

La estreptomicina tiene la ventaja, respecto a la penicilina (así como respecto a la seroterapia) de que no sólo cura la enfermedad, sino que destruye las leptospiras también en los riñones. Lo mismo sucede, según BRION y BERTRAND, mediante el tratamiento con clorotetraciclina (aureomicina), a la dosis de 4 centigr./kg. de peso. También dan buenos resultados los inmunosueros de caballo, carnero y conejo, aunque son menos seguros que los antibióticos.

Destacan las posibilidades del peligro representado por la eliminación de leptospiras con la orina por los animales curados, tanto cuando se trataron con productos antibióticos como con inmunosueros.

Aparte la terapéutica causal, es muy importante el tratamiento sintomático. Destacan aquí las medidas para combatir los vómitos, la exicosis, debilidad cardiaca y tratamiento de la estomatitis.

Vacunación preventiva

Según KRÜGER (1953), los perros pueden ser inmunizados con una adsorbatovacuna (letpospiras tratadas con formalina y adsorbidas en hidróxido de aluminio), cuando se les inyecta debajo de la piel una dosis de 1 c. e., dos veces, con intervalo de 14 días. En la sangre de estos animales aparecen anticuerpos a los 14 días, que permanecen durante seis meses.

Enlaces externos

Fuente

  • Libro de texto Patología y Terapéutica Especiales de los Animales Doméstico Dr. Rudolf Manninger y Dr. Johannes Mócsy