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Flexibilidad (Actitud)

Flexibilidad como actitud.
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Concepto:Capacidad de adaptarse rápidamente a las circunstancias, para lograr una mejor convivencia y entendimiento con los demás.

Flexibilidad. Es la capacidad de adaptarse rápidamente a las circunstancias, los tiempos y las personas, rectificando oportunamente nuestras actitudes y puntos de vista para lograr una mejor convivencia y entendimiento con los demás.

Los científicos están de acuerdo: sobreviven aquellas especies cuya capacidad de adaptarse es sobresaliente. Y esto se aplica a muchos ámbitos humanos; la carrera profesional, la familia, la amistad. La rigidez es un terrible obstáculo para cualquier ser humano.

Diferentes contextos y sinónimos

Debido a los innumerables contextos en los que se emplea, el término flexibilidad asume diferentes acepciones. La imagen básica que este concepto evoca es la de algo que cede, que se adapta a las varias presiones que puede encontrar en su camino. A menudo, en la cultura materialista este concepto de maleabilidad resulta mal interpretado, acabando por asumir una acepción negativa equivalente a falta de asertividad, de carácter, etcétera.

Esto es aún más así cuando se trata de relaciones interpersonales o de negocios, contextos estos en los que prima la capacidad de consecución, normalmente ligada a una aptitud de mando.

Todos estos conceptos (flexibilidad, maleabilidad, suavidad, asertividad) se emplean corrientemente de una manera bastante inexacta, lo que conduce a creencias falaces acerca de valores tales como la paciencia o la ecuanimidad.

Actitud flexible

La importancia de una actitud flexible ante la vida estriba en que representa el pasillo de entrada a la comprensión de las leyes de la vida, lo que exige saber contemplar los hechos con mente tranquila.

La mayoría de nosotros tratamos constantemente de forzar los sucesos, e incluso a los demás, para que nuestra existencia sea como queremos (o como nos han enseñado que deberíamos querer que fuera).

Esta manera de ver la vida y las interacciones con el mundo es necesariamente rígida, puesto que está supeditada a la consecución de objetivos, generalmente avalados como correctos. Por ejemplo, la riqueza material es algo universalmente considerado como positivo y deseable, por lo que dicha meta acaba por representar una prioridad indiscutible. Ahora bien, en ocasiones aunque esa meta sea alcanzada, continúa siendo un sueño durante toda la vida. Vivir rígidamente anclados a ese sueño –se actúe para coronarlo o no– no puede más que ser fuente de dolor.

A este ejemplo de idea fija se podrían añadir muchos otros (el poder, la popularidad y la fama, la fuerza, la belleza), los cuales nos proporcionarían básicamente el patrón de actuación en el cual la mayoría de las personas se mueve. Esto supone un voto de rigidez.

A la rigidez se conecta el deseo de certeza. Quizás ese deseo de seguridad contribuya a la retroalimentación del binomio rigidez-certeza.

En el universo todo cambia y nada es permanente. Por consiguiente, es imposible y grotesco tratar de hallar algo inmutable, capaz de conferir certeza, en el mundo flotante de lo material.

Desdichadamente, en muchísimos casos eso es lo que la sociedad, las familias y las instituciones o la cultura nos enseñan desde pequeños, por lo que no debe extrañar el hecho de que vivamos de ese modo y que hasta lo consideremos normal. Así pues, nacen las reglas, que cuanto más rígidas más parecen abastecer esa tan pretendida certeza. Cuando la gente escucha la palabra de Buda, invariablemente cae en el mismo cliché y pregunta cómo se pueda vivir sin deseos y sin ilusiones (ilusiones, nunca mejor dicho).

La flexibilidad, elemento complementario de la rigidez, se sitúa en el extremo opuesto de este panorama existencial responsable de muchos síndromes, sufrimientos y disturbios emotivos. Conocemos la flexibilidad porque existe la rigidez, pero el problema estriba en que el universo de la rigidez no permite –por su propia naturaleza– contemplar la existencia desde un prisma que no sea el suyo. De lo contrario, no sería rigidez. Por lo tanto la persona mentalmente rígida no imagina que podría vivir de otra manera, y acaba por poner la cualidad de la flexibilidad bajo sospecha.

En ocasiones se ha entendido a la flexibilidad como un ceder siempre para evitar conflictos, ser flexibles no significa dejarse llevar y ser condescendientes con todo y con todos. El aprender a escuchar y a observar con atención todo lo que ocurre a nuestro alrededor, constituye el punto de partida para tomar lo mejor de cada circunstancia y hacer a un lado todo aquello que objetivamente no es conveniente.

Podemos apreciar una actitud poco flexible en las personas que rechazan de forma automática todo aquello que se opone a su forma de pensar y de sentir, al grado de comportarse en ocasiones como verdaderos necios e intransigentes. Antes de dar una respuesta o emprender cualquier acción, el sentido común debería llevarnos a hacer una pausa para considerar detenidamente cualquier idea o propuesta, y de esta manera formarnos una mejor opinión al respecto.

La flexibilidad mejora nuestra disposición para llegar a un común acuerdo y enriquecerse de las opiniones de los demás, de esta manera ambas partes se complementan y benefician mutuamente.

Cuando la amistad y la simpatía son el factor común entre las personas, ser flexibles no cuesta tanto trabajo, normalmente estamos dispuestos a escuchar y a cambiar nuestro parecer en el momento que sea necesario; lo difícil es mantener esta actitud abierta con el resto de las personas.

Cualquier persona, sea un compañero, dirigente, gobernante o autoridad, puede despertar poca simpatía en los demás como persona, más no por eso se duda de su capacidad y conocimientos. Por este motivo, los lazos de afecto no deben ser un impedimento para reconocer la autoridad profesional o moral que tienen las personas y ser todo oídos para tomar todo lo bueno que nos desean transmitir.

Encontrar el equilibrio

La flexibilidad mental es lo que nos permite mantenernos en el camino del medio. Mantenerse en el centro supone saber estar en equilibrio. ¿Se puede hallar, de una vez por todas, un equilibrio válido para todo y para siempre? La respuesta es sin duda negativa. No es posible conseguir ningún equilibrio perenne, ya que esto contradiría la noción misma de equilibrio, correlativa de la de impermanencia.

Todo cambia y nada es fijo. Así que para poder mantenernos en el centro hemos de variar constantemente nuestro centro particular, para amoldarnos a los cambios. La equivocación en la que caen muchas personas es creer que el equilibrio se refiere a cada situación nueva resultante de un cambio. Esto es causa de fuertes decepciones al ver que, no obstante tratar de equilibrarse y amoldarse a lo nuevo, no logran mantener el centro. La trampa está en que las variaciones del centro, y por ende del equilibrio, no conciernen solamente a las nuevas situaciones, sino a todo el imperceptible proceso de cambio, el cual exige ser constantemente re-equilibrado a fin de poder llegar al equilibrio en la nueva situación.

Si el núcleo de la flexibilidad es la adaptación, debemos hacer todo lo posible por encontrar en todo lugar y circunstancia, el equilibrio justo para hacer compatibles nuestro estilo personal de trabajo, costumbres, hábitos y modo de actuar con el de los demás para ser más productivos, mejorar la comunicación y establecer relaciones duraderas.

No es sorprendente encontrar a un genio de las finanzas, al prestigiado abogado, al excelente empresario o al alumno brillante, que, conscientes de su capacidad, conocimientos y experiencia, se cierran a todo género de opiniones, considerándolas inútiles y superficiales. La falta de flexibilidad nos hace insensibles y con poca apertura al diálogo, deteriorando notablemente la convivencia y la posibilidad de ser mejores en nuestro desempeño.

En este sentido, podemos decir que la humildad juega un factor importante para reconocer que nuestro criterio no siempre es el mejor y siempre estaremos expuestos a cometer un error o a tomar una mala decisión.

Algunas veces nuestra capacidad de adaptación se somete a pruebas más severas: cambiar de ciudad, de domicilio; nuevo empleo en una empresa con un giro completamente distinto al que veníamos desarrollando, nueva escuela, etc. En todos y cada uno de estos cambios debemos tratar con personas diferentes, así como sus costumbres y las normas de convivencia o de trabajo. La rapidez con que nos identifiquemos al nuevo ambiente, marcará desde el primer momento el éxito o fracaso en nuestro desempeño y las relaciones con los demás.

Lo más vano y de mal gusto es hacer continuas y repetitivas comparaciones entre la forma de trabajo anterior, prestaciones e importancia; los excelentes vecinos; las instalaciones de la escuela; las ventajas de la gran ciudad, los lugares de esparcimiento y diversión... y tantas otras manifestaciones superficiales que muestran hermetismo y el orgullo vano de haber pertenecido o crecido en un lugar diferente.

La flexibilidad nos debe llevar a buscar la plena integración al nuevo medio, si es ahí donde tenemos que estar, de poco sirven las quejas y las comparaciones inútiles. Aprender a tomar lo mejor de cada lugar y de su gente, demuestra madurez, sociabilidad, compromiso, solidaridad, apertura a la comunicación y a la adquisición de nuevas experiencias.

Para que nuestros propósitos de mejora tengan fruto, es necesario identificar y corregir algunas de las actitudes que nos impiden vivir cabalmente este valor:

- Procura que tu primer impulso no sea dar un sí o un no como respuesta. Aprende que el aceptar o el negarse tiene su momento. Escucha, observa, medita y actúa.

- Habla cuando sea necesario, o calla si las circunstancias lo ameritan. Las conversaciones forzadas no llevan a ninguna parte, cuantas veces nos empeñamos en hablar de un tema que a nadie interesa.

- Busca el mejor momento para expresar tus opiniones.

- Aprende a dejar una conversación en el momento oportuno, evitando discusiones que no llegarán a una conciliación. Nada ganamos con aferrarnos para tratar de convencer a una persona que no quiere escuchar.

- Trata a cada persona según su peculiar forma de ser, lo cual se traduce en respeto.

- Rectifica cada que sea preciso tus opiniones o actitudes. Corregir los errores, pedir perdón o aclarar la equivocación en nuestro juicio, demuestra sencillez y rectitud de intención.

- Respeta las reglas o normas que imperan en los distintos lugares a los que asistes, a menos que afecten la integridad y la seguridad de cualquier persona.

Para la persona flexible no existen barreras en la comunicación y en las relaciones, su adaptación es tan natural que nunca parecerá extraño o distinto en los ambientes más diversos, sin exponer su persona a influencias negativas o poco recomendables. Nuestra vida sería más sencilla si fuéramos conscientes de la riqueza que guarda cada persona, cada ambiente, cada nuevo conocimiento y experiencia, sin aferrarnos a nuestro propio juicio y opinión.

Atención constante

¿Qué quiere decir todo esto? Que un factor crucial en el proceder radica en la ‘atención constante’. Hemos de prestar atención a todo lo que sucede para poder ver con precisión y ecuanimidad dónde estamos situados y actuar correctamente.

Así pues, los factores relevantes son: flexibilidad, equilibrio y atención constante.

Un último residuo de la rigidez con el que hay que pasar cuentas es su corolario, el ‘apego’. Una persona fuertemente apegada a algo es rígida, así como una marcadamente rígida es fácil que se apegue a todo lo que le agrada.

Las reglas que tratan de poner orden en el mundo son necesarias, en efecto, pero debido a que no existe la suficiente comprensión por parte de los destinatarios-creadores de dichas normas. Constituyen, tal vez, un mal menor.

Flexiblidad vs Rigidez

La rigidez mana de las expectativas de estatus. Por ejemplo, niños pequeños sometidos a incontables reglas de comportamiento que deberían garantizar la interiorización de las exitosas normas de etiqueta que el entorno les exigirá, por lo general reglas inadecuadas a la edad y comprensión de los pequeños. Es obvio que estas constricciones manan de los ideales de sus padres, quienes otorgan un valor desmedido a cosas ilusorias tales como la opinión ajena, el estatus, la apariencia, además de las tendencias del momento.

Otro de los asuntos que actualmente parece tener importancia trascendental es conseguir que los niños duerman solos en sus camas. Muchos padres pueden soportar los llantos desesperados del pequeño con la convicción de que este sufrimiento es para el bien de sus hijos/hijas, aunque se podría sospechar que la inconfesada utilidad sea de los padres, quienes, al tener que trabajar los dos, necesitan poder descansar.

No estoy defendiendo ni una actitud ni la opuesta, sino que quisiera llamar la atención sobre la falta de equilibrio que entrañan los patrones predeterminados.

La práctica de ignorar los llantos del niño (aunque se aconseja reasegurarle asiduamente acerca de la presencia de los padres), se funda en la afirmación de que el pequeño crecerá más independiente, en lugar de permanecer apegado a los cariños de sus progenitores.

Se cree que esta teoría confunde independencia con retraimiento, y que desplaza las necesidades de los padres sobre los hijos.

Un niño es por definición dependiente. Su proceso de educación-emancipación es paulatino y lento, supeditado en gran medida al amor y a la seguridad que percibe en su entorno significativo. En un gato, este proceso se desarrolla en pocos meses; en un ser humano hacen falta muchos años antes de que germine cierta independencia psico-física. Es verdad que con el tiempo y la insistencia el niño dejará de sollozar y aceptará ir a dormir solo. Pero me pregunto: ¿es su aceptación fruto de la comprensión y, por ende, del desarrollo de una pauta independiente, o no será más que mera resignación?

Los niños muy pequeños no comprenden la finalidad de una regla. Esa comprensión debe ser ayudada coherentemente con la epigénesis del pequeño. Así que es verosímil pensar que el niño acepta una regla (innecesaria) simplemente a raíz de una táctica adaptativa, por impotencia, lo que en muchos casos conduce a un retraimiento. Si el niño en cuestión padeció una fuerte decepción (innecesaria) a la que respondió con un retraimiento emotivo, lo dirá el tiempo, tal vez cuando como adulto desarrolle un apego neurótico a lo suyo, ya sea personas, posesiones o ideas, que le proporcionen la seguridad que instintivamente siente que le faltó.

Este ejemplo, junto con el de otras reglas fijas, tales como impedir que un niño desarrolle naturalmente la habilidad de comer con tenedor a través de intentos y errores y por natural imitación de sus padres, no son más que imposiciones que evidencian cuán faltos estamos los adultos de flexibilidad y equilibrio.

Ciertamente, no se aboga aquí por dejar que los pequeños se desarrollen sin rumbo sobre la base de caprichos egoístas. Pero, en el interior de unos límites serenamente definidos, debe haber flexibilidad. Una flexibilidad que mana de la observación serena y de la escucha interior, lo que vuelve posible equilibrar nuestros mundos internos. Debemos observar a nuestros pequeños, escuchar lo que a su manera nos están diciendo, y saber distinguir las necesidades de los antojos. El hecho de que en ocasiones se le permita dormir con nosotros seguramente no perjudicará su futuro, todo lo contrario. Apegarse a una regla supuestamente buena porque sí, es no saber discernir lo necesario de lo innecesario.

Despertando la sensibilidad

Lo necesario es despertar la sensibilidad, que, como dijo alguien, es un índice de inteligencia. En la mayoría de los casos vemos a madres y a padres actuar su papel predeterminado. El equilibrio no consiste en ahogar nuestra otra parte complementaria natural a favor de una imagen fija, sino permitir que brote la totalidad de lo que somos. La inteligencia que nace de la sensibilidad nos permitirá ver la acción correcta, tanto en lo que se refiere a nuestro propio camino evolutivo (como padres, parejas o personas), así como en lo que concierne a las necesidades de quienes dependen de nosotros.

Este cambio nos hará asumir nuestras responsabilidades consciente y tranquilamente, puesto que criar a nuestros pequeños no es solo un deber, sino también un inmenso goce.

Fuentes

  • Rosental, M. y Iudin, P. Diccionario Filosófico. Ediciones Universo, Argentina, 1973.
  • Castro Ruz Fidel. Una revolución sólo puede ser hija de la cultura y las ideas. La Habana: Editora Política, 1999:7.
  • González Rey F. Un análisis psicológico de los valores: su lugar e importancia en el mundo subjetivo. La formación de valores en las nuevas generaciones: una campaña de espiritualidad y conciencia. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1996:46-57.