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'''Joven con calabaza''' es una pintura realizada por [[Saturnino Efrén de Jesús Herrán Guinchard]], representar al indígena en un ambiente común o costumbrista para dotarlo de una idealización propias de un dios.
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'''Nuestros dioses antiguos''' es un mural inconcluso del pintor[[Saturnino Efrén de Jesús Herrán Guinchard]], Realizó Herrán una inmersión al alma popular, incorporando un bodegón mexicano, el copal, un chimalli y el arte plumario haciendo gala de nacionalismo.
  
 
==Características del cuadro==
 
==Características del cuadro==
Cuatro años antes de su muerte en [[1914]], se le comisionó un gran mural que decoraría el Palacio de Bellas Artes, este encargo constaba de tres grandes paneles, de ellos, solo pudo terminar uno antes de su muerte. Sin embargo, realizó diversos estudios y proyectos para dicho trabajo, Nuestros dioses antiguos de [[1916]], es uno de ellos.  
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“El maestro Saturnino Herrán, en etapa de final madurez y sobriedad trazó esta obra, Nuestros dioses antiguos, en el ocre del plano terrestre, cuyo destino debió ser el Teatro Nacional, hoy Palacio de Bellas Artes.
  
Para estas escenas Herrán utilizó como modelo a un indígena xochicalca de nombre Saturnino, que en ocasiones posaba para sus clases de dibujo y que en especial utilizó para sus proyectos y el friso de “Nuestros Dioses”.
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Obra oportuna y sugerente hoy, a Medio Milenio de los orígenes de nuestro presente, a unos días del desembarco de las huestes de Cortés en playas totonacas.
  
Esta obra muestra a un Herrán al final de su vida más maduro y sobrio, donde la paleta de color es menos brillante y más en colores tierra. Se nota su destreza en el dibujo fluido y en sus figuras plasma una sensualidad muy característica de su pintura.  
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Realizó Herrán una inmersión al alma popular, incorporando un bodegón mexicano, el copal, un chimalli y el arte plumario haciendo gala de nacionalismo, en busca de la reivindicación indígena que se muestra en procesión, ofrenda y percusión, con fervoroso acatamiento, escena enmarcada por volcanes y nubes, quedando a la derecha conquistador, colono y fraile, bajo capas y yelmos, extranjeros que finalmente serían engullidos por esta tierra que no deja de enamorarles, muestra de su arrebato el nombre con el que la bautizan: una Nueva España.
  
Las dos figuras principales tienen una postura serpenteante que le da suavidad a la escena y a los personajes, dotándolos de fluidez.
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La obra nos muestra la coexistencia pacífica, una como la que se da en esta, la SMGE, a la que festejamos 186 años de vida y trabajo ininterrumpido; institución a la que asistimos y en la que laboramos actores de la más diferente raigambre, bajo el común denominador de nuestro amor por México.
  
Francisco Díaz de León, quien fue discípulo de este gran pintor, manifestó que Saturnino Herrán fue el primer brote nacionalista, y esta obra lo confirma. Es importante destacar que él escogió como motivo central y fundamental homenajear a la cultura prehispánica, la estética física de sus pobladores dándoles así su lugar.  
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Al centro de la obra queda la original diosa madre, Coatlicue, reproducción de un producto plástico adelantado a su época digno del más puro cubismo que busca alejarse de la forma antropomórfica; el genio de Herrán aloja a su vez en el seno de la diosa al Cristo vencido, flotando ya sin cruz.
  
En esta obra Herrán deja de representar al indígena en un ambiente común o costumbrista para dotarlo de una idealización propias de un dios, de ahí también desprendiéndose el título de la obra para crear un indígena lleno de erotismo y heroísmo, enalteciéndolo como bellos guerreros llenos de riqueza cultural dignos de un altar de culto.
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Enmarcada entre dos grupos de personajes, una doble docena de apóstoles de su propia religión, en autonomía, ajenos los unos de los otros, en plano de igualdad, regidos por la verticalidad de Coatlicue y la horizontalidad de los brazos de Cristo; obra que permite atisbar también los sagrados planos de la cosmogonía prehispánica: el inframundo, el terrestre y el celeste.
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Un fino sincretismo combina los elementos originarios con los europeos; la difícil coexistencia entre contrarios que se dará durante tres siglos de la cual somos producto.
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La Coatlicue madre, generadora de vida, dualidad en la dualidad, de quien nace Huitzilopochtli y en quien muere Cristo.
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Inconclusa, como la sinfonía de Shubert, queda expuesta la obra, susceptible de recibir el estampado de últimos imaginarios toques, en que podemos hacer gala de experiencia y esperanza personal, en colaboración íntima, secreta, con el maestro Saturnino Herrán en torno a nuestros propios dioses”.
  
 
==Datos del autor==
 
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* https://artsandculture.google.com/asset/our-ancient-gods-saturnino-herran/rQFTYEw8cGpMxw?hl=es-419
 
* https://artsandculture.google.com/asset/our-ancient-gods-saturnino-herran/rQFTYEw8cGpMxw?hl=es-419
 
* https://museoblaisten.com/obra.php?id=2021&url=Nuestros-dioses-antiguos
 
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* https://www.cronistasoficiales.com/?p=116474
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[[Category:Pintura]]
 
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última versión al 16:09 9 oct 2024

Nuestros dioses antiguos(Cuadro)
Información sobre la plantilla
Nuestros dioses antiguos mural inconcluso.jpg
La pintura muestra representar al indígena en un ambiente común o costumbrista para dotarlo de una idealización propias de un dios.
Datos Generales
Autor(es):Saturnino Efrén de Jesús Herrán Guinchard
Año:1916
País:México
Estilo pictórico:Arte Abstracto
Técnica:Oleo / tela
Dimensiones:101 cm X 112 cm cm
Localización:Colección de Blaisten

Nuestros dioses antiguos es un mural inconcluso del pintorSaturnino Efrén de Jesús Herrán Guinchard, Realizó Herrán una inmersión al alma popular, incorporando un bodegón mexicano, el copal, un chimalli y el arte plumario haciendo gala de nacionalismo.

Características del cuadro

“El maestro Saturnino Herrán, en etapa de final madurez y sobriedad trazó esta obra, Nuestros dioses antiguos, en el ocre del plano terrestre, cuyo destino debió ser el Teatro Nacional, hoy Palacio de Bellas Artes.

Obra oportuna y sugerente hoy, a Medio Milenio de los orígenes de nuestro presente, a unos días del desembarco de las huestes de Cortés en playas totonacas.

Realizó Herrán una inmersión al alma popular, incorporando un bodegón mexicano, el copal, un chimalli y el arte plumario haciendo gala de nacionalismo, en busca de la reivindicación indígena que se muestra en procesión, ofrenda y percusión, con fervoroso acatamiento, escena enmarcada por volcanes y nubes, quedando a la derecha conquistador, colono y fraile, bajo capas y yelmos, extranjeros que finalmente serían engullidos por esta tierra que no deja de enamorarles, muestra de su arrebato el nombre con el que la bautizan: una Nueva España.

La obra nos muestra la coexistencia pacífica, una como la que se da en esta, la SMGE, a la que festejamos 186 años de vida y trabajo ininterrumpido; institución a la que asistimos y en la que laboramos actores de la más diferente raigambre, bajo el común denominador de nuestro amor por México.

Al centro de la obra queda la original diosa madre, Coatlicue, reproducción de un producto plástico adelantado a su época digno del más puro cubismo que busca alejarse de la forma antropomórfica; el genio de Herrán aloja a su vez en el seno de la diosa al Cristo vencido, flotando ya sin cruz.

Enmarcada entre dos grupos de personajes, una doble docena de apóstoles de su propia religión, en autonomía, ajenos los unos de los otros, en plano de igualdad, regidos por la verticalidad de Coatlicue y la horizontalidad de los brazos de Cristo; obra que permite atisbar también los sagrados planos de la cosmogonía prehispánica: el inframundo, el terrestre y el celeste.

Un fino sincretismo combina los elementos originarios con los europeos; la difícil coexistencia entre contrarios que se dará durante tres siglos de la cual somos producto.

La Coatlicue madre, generadora de vida, dualidad en la dualidad, de quien nace Huitzilopochtli y en quien muere Cristo.

Inconclusa, como la sinfonía de Shubert, queda expuesta la obra, susceptible de recibir el estampado de últimos imaginarios toques, en que podemos hacer gala de experiencia y esperanza personal, en colaboración íntima, secreta, con el maestro Saturnino Herrán en torno a nuestros propios dioses”.

Datos del autor

Saturnino Efrén de Jesús Herrán Guinchard nació en Aguascalientes, el 9 de julio de 1887 en la Ciudad de México, falleció el 8 de octubre de 1918, conocido como Saturnino Herrán, fue un destacado pintor mexicano de inicios del siglo XX.

Su obra se enmarca dentro del modernismo pictórico y se considera iniciador del muralismo mexicano. Sus pinturas son reconocidas por abordar mitos prehispánicos así como escenas de clases populares e indígenas.

Aunque solo vivió 31 años, creó algunas de las obras plásticas más reconocidas del arte mexicano, como La leyenda de los volcanes, Tehuana, La criolla del mantón, El cofrade de San Miguel, Nuestros dioses, entre otras.

Desde 1988 su obra se considera Monumento artístico en México.

Saturnino fue un pintor con gran habilidad desde muy joven, por lo que cuando llegó a la academia en la Ciudad de México no se inscribió en los cursos elementales de dibujo, sino que pasó directamente a las clases superiores impartidas por Antonio Fabrés, profesor que tendría a Herrán en alta estima.

De esta época se pueden apreciar algunos dibujos al carbón y en sanguina, los cuales se expusieron en la escuela con los de otros compañeros. El profesor era afecto a una temática anacrónico-exótica, la cual estaba presente en las obras de sus alumnos incluyendo a Herrán, quien la fue abandonando al preferir la iconografía de elementos de la realidad cotidiana.13​

De esta época también hay obras como Un desocupado y Un albañil, fechadas en 1904, que denotan las enseñanzas de Fabrés en torno a las costumbres y las escenas cotidianas de la ciudad.

En 1907 pinta Viejo, una pintura de tinte naturalista pero con un modo expresivo y modernista. Si bien, con Fabrés, Herrán trabajó sus dotes en el dibujo, con Germán Gedovius aprendió el oficio de la plástica, la materia pictórica.

Las figuras de trabajadores humildes, que tendrían presencia protagónica en la obra de Herrán, es una de las influencias de Gedovius.

Fuentes