Diferencia entre revisiones de «Guillermo Pérez Valle»
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Revisión del 09:03 1 jul 2011
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Cerebro de Bronce. Personaje Célebre Popular de la Ciudad de Sancti Spíritus.
Cerebro de Bronce
Su nombre, Guillermo Pérez Valle, fue sustituido por el de Cerebro de Bronce, gracias a su infatigable afán por los ingenios. Sin instrucción académica, poseía una inteligencia natural que mezclaba en sus invenciones, con empíricas teorías esotéricas. Así creó, para asombro de la ciudad, una máquina de coser con siete agujas; un aparato térmico que, situado en la cabeza, disminuía la fiebre; una pelota cuyas luces permitían jugar en las noches; una pluma de fuente que, en la penumbra, arrojaba luz sobre el papel; un catalejo para avistar a mucha distancia los pabellones de la Feria Agropecuaria; una vitrola y una piedra para curar los maleficios. Tal fue su fama, que muchas personas acudían a él para recibir consejos de todo tipo: desde enfermos quejosos, hasta campesinos desesperados por resolver los problemas que la sequía ocasionaba. Cuentan que, en el patio, situaba unas botellas con una rara sustancia que le permitían recibir energía del espacio a favor de sus inventos, aprendidos del espíritu de un francés que, en las noches, le susurraba las interesantes propuestas. Cansado de provocar el asombro a partir de ilusiones de todo tipo, también empleó su tiempo en definir una fórmula que —sin alejarlo de esa comunicación tan especial con el público— le facilitara trascender con su talento de inventor popular, más allá de los registros de la ciencia y la ingeniería de su tiempo. El Fénix —periódico que aspiraba a mantener su reconocimiento centenario— no dejaba de difundir, entre anuncios de comercios y crónicas sociales de poco aporte a la memoria, noticias relacionadas con los últimos avances científico-técnicos, que el espíritu de la posguerra del año 1945 indicara hacia los rumbos de un mundo traumatizado. Cerebro de Bronce, quien había practicado toda suerte con artes diversas, desde la magia hasta la adivinación, dejó de frecuentar las calles durante un tiempo para anunciar una mañana que, en días próximos, habría de sorprender a la población espirituana con el resultado de su último invento. Muchos comentaron con justificado escepticismo la noticia. Otros, entusiastas que nunca se ausentan para estimular el ingenio popular, continuaron difundiendo el anuncio de Cerebro de Bronce. Así, un domingo después de la misa, más de un centenar de espirituanos comenzó a congregarse en los alrededores de una elevación cercana al Acueducto Municipal. En esa multitud de curiosos, participaban soldados de a caballo, infantes de la policía, ciudadanos de todas las edades, desocupados, que no eran pocos, gacetilleros sin columnas, periodistas más afortunados y fotógrafos, que no querían dejar pasar por alto la oportunidad de registrar la instantánea del inhabitual suceso. Por primera vez en la historia de la ciudad, un espirituano surcaría los aires transparentes de su espacio. Para ello, Cerebro de Bronce había diseñado unas alas que le permitirían afirmar con toda veracidad la leyenda de Ícaro. Transcurrida casi una hora y cuando la impaciencia comenzaba a alimentar la incredulidad, apareció en lo más alto de la loma. Tenía firmemente atadas a los brazos las alas para el vuelo, tan anunciado como esperado. Después del murmullo de la multitud asombrada, el silencio. Inmediatamente, se desprendió a volar agitando con fuerza su último invento. Sólo unos segundos duró la aprobación del público admirado, que vio rotas sus expectativas, cuando se desplomó aparatosamente sobre uno de los fotógrafos, que rodó con él por la tierra árida de enero, con su cámara destrozada para siempre. A muchos años del asunto, unos niegan la veracidad del hecho. Otros, los más numerosos, lo atestiguan. No pretenden enfatizar con ánimo guasón lo sucedido, sino que desean reconocer la inventiva aventurera de Cerebro de Bronce, quien hizo aportes singulares a la imaginería popular.
Fuentes
- Bernal Echemendía J.E (Juanelo). ¨Gente que la calle conoció¨, Ediciones Luminaria, 2009.
- Ilustración de Julio Neira.