Diferencia entre revisiones de «El ruiseñor canta de noche»

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}}<big>'''El Ruiseñor canta de noche'''</big>
 
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*'''Fragmento Del Ruiseñor canta de noche'''
 
 
El Ruiseñor se llama Ruiseñor, Nightingale, porque canta de noche. Hay otras aves que gritan en la noche: el dormilón lloriquea y la lechuza ulula, el somorgujo chilla y el atajacaminos clama y reclama. Pero el [[Ruiseñor]] es el único que canta: tan melodiosamente como canta la alondra cuando despunta la mañana, como el zorzal cuando se pone el sol, canta en la noche el Ruiseñor.
 
El Ruiseñor se llama Ruiseñor, Nightingale, porque canta de noche. Hay otras aves que gritan en la noche: el dormilón lloriquea y la lechuza ulula, el somorgujo chilla y el atajacaminos clama y reclama. Pero el [[Ruiseñor]] es el único que canta: tan melodiosamente como canta la alondra cuando despunta la mañana, como el zorzal cuando se pone el sol, canta en la noche el Ruiseñor.
 
Pero no siempre ha cantado de noche el Ruiseñor.
 
Pero no siempre ha cantado de noche el Ruiseñor.
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Y en verdad, nada había en la tierra ni en el cielo que ella, Dueña Bienhechora, no hubiese ideado, o puesto en su sitio, o echado a andar. Cada pequeña, ínfima diferencia entre una cosa y otra, era ella quien la había pensado. Todo era su obra, y ella iba y venía sin cesar enmendando y modificando y podando, e ideando todo el tiempo cosas nuevas.
 
Y en verdad, nada había en la tierra ni en el cielo que ella, Dueña Bienhechora, no hubiese ideado, o puesto en su sitio, o echado a andar. Cada pequeña, ínfima diferencia entre una cosa y otra, era ella quien la había pensado. Todo era su obra, y ella iba y venía sin cesar enmendando y modificando y podando, e ideando todo el tiempo cosas nuevas.
 
No es de extrañar que el Ruiseñor se regocijara al verla y cantara para ella, puesto que ella había ideado al Ruiseñor, y también su canto.
 
No es de extrañar que el Ruiseñor se regocijara al verla y cantara para ella, puesto que ella había ideado al Ruiseñor, y también su canto.
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—Buena mañana —trinó el Ruiseñor.
 
—Es una bella mañana, sí —dijo Dueña Bienhechora. Y lo era. Sonrió, y la belleza de la mañana era su sonrisa—. Y yo —dijo ella—he tenido una idea nueva.
 
—Y buena, con seguridad —dijo el Ruiseñor, que nunca en su vida había tenido ninguna, ni buena ni mala.
 
—Yo creo que es buena —dijo Dueña Bienhechora. Reflexionó un momento—. Estoy segura de que es buena. Sea como sea, la he tenido y ya es. Con las ideas, una vez que las tienes, no hay vuelta atrás.
 
—Si tú lo dices...—dijo alegremente el Ruiseñor—. ¿Y cuál es esa idea nueva?
 
—Buena —dijo Dueña Bienhechora—. Puedes venir a ver, si quieres.
 
Juntos cruzaron la floresta hasta el sitio donde podía verse la idea nueva. Mientras Dueña Bienhechora caminaba brotaron, de las huellas de sus pasos, dos nuevas especies de tortuga, las pintas de los huevos del frailecillo, y el primer abejorro que hubo en el mundo. Tales prodigios no asombraron al Ruiseñor, porque siempre, por dondequiera que ella pasaba, ocurrían cosas semejantes.
 
<br>
 
En cierta parte del bosque, donde el sol caía en un entramado de luces y sombras sobre los helechos y las flores, había una criatura que el Ruiseñor nunca había visto.
 
—¿Es la nueva idea? —preguntó.
 
—Es —respondió ella.
 
La criatura tenía una cara redonda y chata y se sostenía, no sobre cuatro patas, sino sobre dos. Como las crías recién nacidas de ciertos animales, estaba enteramente desnuda de pelaje, salvo en la parte superior de la cabeza, donde le crecía una abundante y larga cabellera. Su tez, de aspecto frágil, irradiaba un brillo suave. Había algo, algo en ese rostro desnudo, infantil, en los ojos curiosos de la criatura, algo que nunca había visto el Ruiseñor en los miles de criaturas que antes ideara Dueña Bienhechora. Y por un instante, mientras observaba a la nueva criatura, el Ruiseñor supo que el mundo giraba debajo de él, giraba y giraba, y nunca volvía del todo al mismo sitio.
 
<br>
 
—¿Qué es? —preguntó en un susurro.
 
—Es una Niña—respondió Dueña Bienhechora—. Y hay un Niño para que la acompañe.
 
Otra criatura salió de entre el boscaje. Las dos se parecían muchísimo, aunque había diferencias. El Niño había apresado una salamandra escarlata y la traía para mostrársela a la Niña.
 
El Ruiseñor no comprendía. —¿Niño? ¿Niña?
 
—Son sus nombres —dijo Dueña Bienhechora.
 
—¿Nombres?
 
—Ellos mismos los idearon—dijo con orgullo Dueña Bienhechora—. Con una pequeña ayuda de mi parte.
 
Ahora el Ruiseñor estaba perplejo. Nunca había imaginado que hubiese, en toda la floresta, una criatura que ideara cosas. Él, por su parte, nunca había ideado ninguna. —¿Y cómo puede ser que ellos hayan ideado nombres?
 
<br>
 
—Bueno —dijo Dueña Bienhechora, internándose en el claro donde ahora el Niño y la Niña estaban sentados uno al lado del otro—. Ésa es la idea nueva.
 
Desde cierta distancia —no se atrevía aún a acercarse demasiado a la idea nueva— el Ruiseñor observó cómo jugaban el Niño y la Niña con la salamandra que el Niño había atrapado. ¡Qué manos tan hábiles tenían! Sus dedos largos y flexibles giraban hacia un lado y hacia otro con movimientos suaves y veloces, levantando a la salamandra y depositándola en el suelo, azuzándola, acorralándola y volviéndola a soltar. Al fin la Niña la dejó en libertad, y entonces, como si sus manos no pudieran estarse quietas, buscó otra cosa para coger —una flor, por el tallo, entre el índice y el pulgar.
 
<br>
 
Cuando vieron a Dueña Bienhechora, las dos criaturas nuevas corrieron hacia ella, sonriendo y llevándole las flores que acababan de coger. Dueña Bienhechora se sentó con los dos, y uno y otro treparon a su falda, y ella los estrechó contra su pecho, y ellos hablaron con ella de todas las cosas que desde que existían habían vista en el mundo.
 
—¡Mira! —dijo la Niña, señalando el cielo, de donde caía una cascada de luz rutilante que le entibiaba el rostro.
 
—Sí —dijo Dueña Bienhechora—. Es herrnoso y cálido.
 
—Nosotros lo llamamos Sol—dijo el Niño.
 
—Es un buen nombre —dijo, complacida, Dueña Bienhechora.
 
El Ruiseñor los observó durante un rato, y luego, todavía maravillado, remontó vuelo para ir a atender los asuntos de su vida: comer bayas y bichitos, cantar al sol y cuidar de sus polluelos.
 
—Vaya —se dijo—, es sin duda una idea nueva maravillosa. Estoy seguro de que a mi no se me habría ocurrido nunca.
 
<br>
 
Dueña Bienhechora paseó por la floresta con el Niño y la Niña, llevando a cada uno de una mano, y explicándoles el mundo que ella había creado.
 
Les dijo qué cosas eran buenas para comer y cuáles no lo eran, y al Niño y a la Niña la diferencia les pareció clarísima, tan clara como si siempre la hubieran sabido.
 
Les habló de ciertas cosas de las que ellos debían cuidarse. Les dijo que no debían abrir de un puntapié los nidos de las avispas, ni saltar desde sitios muy elevados, ni trabarse en lucha con animales corpulentos y feroces.
 
Los niños se reían, porque desde el momento mismo en que cobraran vida, ellos sabían perfectamente bien todas esas cosas.
 
Al atardecer llegaron a la linde del bosque, a un paraje donde el cielo crepuscular se veía muy alto, profundo y lejano, y recamado de nubes multicolores.
 
—¿Qué hay más allá? —preguntó el Niño, señalando aquella lejanía.
 
—Más mundo —dijo Dueña Bienhechora.
 
—¿Tan bello como éste? —preguntó la Niña.
 
—Sí, muy parecido a éste—respondió Dueña Bienhechora.
 
—¿Y qué son esas luces? —preguntó el Niño, señalando el cielo.
 
—Están lejos, muy lejos —dijo Dueña Bienhechora—. Tan lejos que jamás, por mucho que viajarais, podríais siquiera acercaros a ellas. Son muchísimo más grandes de lo que podéis imaginar, y hay tantas que jamás podríais llegar a contarlas. Sostienen el cielo, y nada existiría sin ellas.
 
—Yo las llamaré Estrellas —dijo el Niño.
 
—Oh —dijo la Niña, mirando hacia el este—. Oh, mirad, ¿qué es eso?
 
Por sobre las lejanas colinas purpúreas había asomado una esquirla de luz dorada Mientras el Niño y la Niña la miraban, crecía de tamaño y se remontaba lentamente por encima de la tierra.
 
—¡Qué hermosa! —dijo la Niña—. ¿Qué es?
 
La luz se redondeaba al ascender. Desprendida ya de las colinas purpúreas, surcaba el cielo. Era inmensa y brillante, y observaba al Niño y a la  Niña con una expresión astuta en su cara rechoncha.
 
—Va y viene—dijo Dueña Bienhechora—. Es muy hermosa, sí, pero no tan importante como ella cree ser. Le roba su luz al Sol, cuando el Sol se vuelve de espaldas.
 
—Yo la llamaré Luna —dijo la Niña.
 
—Me pregunto—dijo Dueña Bienhechora— por qué pensáis vosotros que todas las cosas del mundo deben tener un nombre.
 
Ella misma, por supuesto, había creado la Luna, como había creado también todas las cosas del mundo que el Niño y la Niña veían y nominaban.
 
Pero en ese momento no recordaba por qué la había creado.
 
Alguna razón habré tenido, pensó, escrutando la cara redonda que los observaba desde allá arriba. La sonrisa en la cara de la Luna parecía decir: Yo sé la razón.
 
Dueña Bienhechora se sentía atribulada. Cogió de la mano al Niño y a la Niña y los condujo de regreso a la floresta. —Queridos niños —dijo—, vosotros sois mi idea nueva maravillosa y os amo inmensamente.
 
<br>
 
»Os he mostrado todo cuanto en mi mundo puede proporcionaros alegría y placer, os he alertado sobre algunos de los peligros posibles, y explicado la forma de evitarlos.
 
»Os he hecho lo mejor que he podido para que seáis parte de este mundo que yo misma he creado, y siempre velaré por vuestra felicidad, como lo hago por la felicidad de todas mis otras criaturas.
 
»Pero quisiera deciros algo.
 
»Por vuestra propia felicidad, no habléis demasiado con... —Por encima de su hombro señaló hacia atrás con el pulgar.
 
—La Luna—dijo la Niña.
 
—La Luna—dijo el Niño.
 
—La Luna—dijo Dueña Bienhechora—. Creo que ella no es de fiar. En este momento no recuerdo por qué, pero es así. Ella va y viene, y roba su luz del Sol, y no es de fiar.
 
»¿Haréis lo que os pido?
 
—Si tú lo dices —dijo la Niña.
 
—Si tú lo dices —dijo el Niño, y abrió la boca en un inmenso bostezo.
 
—Bien—dijo Dueña Bienhechora—. Sois unas criaturas maravillosas y estoy segura de que seréis felices. No volveremos a hablar de ello.
 
»Y ahora me iré, pues tengo miles y miles de asuntos que atender, pero siempre estaré cerca, y siempre os tendré en mis pensamientos.
 
»Pase lo que pase.
 
Besó a los dos y se marchó, para ir a derramar la lluvia, y a plantar semillas, y hacer que la tierra girara en su cuenco. Tenía algunas ideas nuevas sobre escarabajos; como bien sabe quienquiera que alguna vez haya mirado de cerca la tierra, Dueña Bienhechora adora a los escarabajos.
 
El Niño y la Niña se acostaron a dormir sobre el musgo suave y mullido que tapizaba el suelo del bosque. Nada había que los perturbara, y nada que pudiera alarmarlos. Cuando dormían, no tenían sueños, ya que los sueños no habían sido inventados todavía.
 
Antes de dormirse, la Niña volvió a mirar a la Luna.
 
Al trepar cielo arriba su cara se había empequeñecido y había perdido su color dorado; su luz robada era ahora blanca y fría; reptaba por entre las ramas de los árboles y se deslizaba, furtiva, sobre los helechos y las flores, trocándose en negro y plata. Era hermosa y extraña, y la cara de la  Luna escrutaba el rostro de la Niña y sonreía una sonrisa misteriosa, como si supiera algo acerca de ella que la Niña ignoraba.
 
La Niña se dio vuelta, rodeó con un brazo al Niño, cerró los ojos, y durmió.
 
Los días iban y venían, cada uno tan parecido al anterior que era difícil decir si era el mismo día que volvía a repetirse una y otra vez, o días nuevos que venían para reemplazar a los viejos.
 
<br>
 
El Niño y la Niña comían cuando tenían hambre y bebían cuando tenían sed; cuando tenían sueño, dormían.
 
Con sus pies veloces y sus dedos ágiles exploraban el mundo que Dueña Bienhechora había creado, dando nombre a cada cosa que parecía tener algo que la diferenciaba de las demás.
 
La hoja de un árbol parecía muy semejante a toda otra hoja, de modo que no le dieron a cada una un nombre individual: a todas las llamaban hojas.
 
No había mucha diferencia entre un Murciélago y un Pájaro, pero existía, sí, una diferencia; así que llamaron Murciélago al uno, y Pájaro al otro.
 
La diferencia más grande que conocían era entre Día y Noche.
 
<br>
 
De día brillaba el Sol y había luz; y ellos salían entonces a explorar, y a poner nombres a las cosas, y comían y bebían. De noche no había luz, y ellos se acostaban entonces en el suelo musgoso de la floresta, y se abrazaban y dormían.
 
Y mientras ellos dormían, la Luna iba y venía, surcando el oscuro azul del cielo y observándolos desde la altura.
 
Una noche, muy cerca de donde el Niño y la Niña dormían, ululó una lechuza, y la  Niña se despertó.
 
En la oscuridad centelleante, miró en derredor. Ya las luciérnagas habían apagado sus luces. Pero una tenue claridad plateada flotaba sobre las hojas y las flores.
 
La Niña alzó los ojos.
 
Por entre las ramas de los árboles, desde la superficie azul profundo del cielo de la noche, circundada por las lejanísimas estrellas, la  Luna la observaba.
 
Pero no era la misma Luna.
 
La Luna que ella había vista era redonda, carigorda, con una sonrisa que le *inflaba los mofletes y los ojos de párpados pesados a medio cerrar.
 
Esta Luna era una delgada hoz de luz, arqueada como el recorte de una uña; tenía una cara enjuta, enjutísima, que miraba de perfil, y una boca pequeña y fruncida, y su ojo, frío, glacial, observaba a la niña de soslayo.
 
—¿Eres la Luna? —preguntó.
 
—Soy—dijo la Luna—. Claro que soy.
 
—¿Y qué ha sido de la otra Luna?—dijo la Niña.
 
—¿Qué otra Luna?—replicó la Luna. Su voz era fría y distante como su luz, pero la  Niña pudo oírla claramente.
 
—Tú no eres la misma—dijo.
 
—¿Eso crees? —dijo la Luna—. Pues no. Es que así son las cosas.
 
—¿Por qué?
 
—Ah, ah —dijo la Luna, y desvió la mirada—. Ése es mi secreto.
 
—¿Has cambiado?
 
—Eso sería revelártelo—dijo la Luna.
 
La Niña siguió mirando a la Luna durante un largo rato, tratando de pensar una pregunta que pudiera inducir a la Luna a revelarle lo que sabía. La irritaba que la Luna tuviera un secreto que ella no podía adivinar.
 
—Ha de haber más de una Luna —dijo—. Es eso.
 
—¿Eso es lo que tú piensas? —dijo la Luna.
 
—Tiene que ser así—dijo la N*ña.
 
—Hum...—dijo la Luna, y sonrió una sonrisa enigmática. Había continuado su camino, rodando hacia el poniente; y sin decir una palabra más se escondió detrás de los árboles, donde la Niña ya no pudo verla.
 
Por la mañana la Niña le dijo al Niño:
 
—Tendremos que ponerle a la Luna un nombre diferente.
 
—¿Por qué? —preguntó el Niño.
 
—Porque es diferente, ahora —dijo la Niña—. Yo la vi anoche. La otra vez era gorda y redonda. Ahora es delgada y afilada, y mira de perfil. Eso es una diferencia. Y las cosas diferentes deben tener nombres diferentes.
 
El Niño no supo qué decir. No le gustaba la Luna, y no le gustaba pensar en ella. —Tal vez no fuera la Luna —dijo.
 
—Era—dijo la Niña—. Se lo pregunté
 
El Niño dijo:
 
—Nosotros no teníamos que hablar con la Luna. ¿Recuerdas?
 
—No teníamos que hablar demasiado con la Luna —dijo la Niña—. Yo no hablé demasiado.
 
El Niño desvió la mirada. Sentía una cosa extraña, algo que no había sentido nunca desde que estaba en el mundo. No sabía qué era, ni por qué lo sentía.—La Luna es la Luna—dijo—. No cambia, y tiene un solo nombre. Dos nombres nos confundirían, y además no tendríamos que hablar con ella.
 
No volvió a mirar a la Niña hasta que ella dijo: —No hablaré más con ella.
 
Y no volvió a hablar con la Luna. Pero pensaba en ella.
 
Con los nombres pasa algo raro: cuando uno conoce el nombre de una cosa puede, aunque no la tenga delante, pensar en ella.
 
Y la Niña, aunque se cuidaba muy bien de mirar la sonrisa de la  Luna, podía pensar en la Luna, y si había una Luna, o dos. Podía hacer eso porque tenía un nombre en que pensar.
 
Podía decir para sus adentros: «La Luna», y aunque en ese momento brillara el Sol, y trazara dibujos de luces y sombras sobre las flores y los helechos del bosque, ella podía ver la cara blanca, fría y enjuta de la Luna, y sentir su luz plateada, y hacerle preguntas que la  Luna no contestaría.
 
También el Niño había reparado en esa cosa extraña que sucedía con los nombres.
 
Había descubierto que podía sentarse y pensar en cosas, en cosas que no estaban allí, delante de él.
 
<br>
 
Podía decirse «una Ardilla», y la ardilla que había pensado empezaba a corretear por su mente, y a juntar nueces en sus manos pequeñitas y negras, y a devorarlas una tras otra deprisa y casi sin respirar, que así es como comen las ardillas.
 
Podía decir para sus adentros «una Piedra»; y ahí estaba la piedra, no una piedra determinada, sólo una piedra, una piedra cualquiera, una piedra que sin dejar de parecerse a todas las piedras que él había vista, no era exactamente igual a ninguna.
 
Lo más interesante era, sin embargo, que él podía pensar al mismo tiempo en la piedra y en la ardilla, y en las numerosas diferencias que había entre una piedra y una ardilla.
 
Cierta tarde el Ruiseñor lo sorprendió así, absorto, pensando en los nombres de las cosas, cotejando unas con otras, y reflexionando sobre sus diferencias.
 
He aquí lo que vio el Ruiseñor: vio al Niño con la mejilla apoyada en una mano, y el codo sobre la rodilla.
 
<br>
 
Vio que los labios del Niño se movían, pero de ellos no salía ningún sonido. Vio que el Niño descruzaba las piernas y volvía a cruzarlas de otra manera, y que apoyaba la barbilla en el puño. Vio que el Niño se rascaba la cabeza y se reía solo, y se ponía de pie y se acostaba en el suelo y cruzaba las manos por detrás de su cabeza a guisa de almohada.
 
El Ruiseñor no sabía qué estaba haciendo el Niño y se sintió intrigado.
 
—Hola, hola —trinó desde lo alto de una rama cercana a la cabeza del Niño.
 
—Hola, Pájaro —dijo el niño, alzando los ojos y sonriendo.
 
—¿Qué es lo que estás haciendo? —preguntó el Ruiseñor.
 
—Pensando, simplemente —dijo el Niño.
 
—Oh—dijo el Ruiseñor—. ¿Pensando?
 
—Sí. Pensando.
 
—Oh —dijo el Ruiseñor—. ¿Y qué cosas pensabas? ¿Estabas ideando nombres?
 
—No estaba ideando nada —dijo el Niño—. No en este momento. Pensaba, nada más.
 
—Hum...—dijo el Ruiseñor, y cantó unas pocas notas, porque no se le ocurría nada que decir.
 
—Estaba pensando una pregunta —dijo el Niño.
 
—Qué listo eres—dijo el Ruiseñor.
 
El Niño cruzó las piernas de otra manera.
 
—Y ésta es la pregunta: ¿Por qué hay cosas en vez de nada?
 
El Ruiseñor miró al Niño maravillado.
 
—Ésa sí que es una buena pregunta—dijo—. A mí nunca se me habría ocurrido.
 
—Pero ¿cuál es la respuesta? —preguntó el Niño.
 
—¿Respuesta? —dijo el Ruiseñor.
 
—Una pregunta debe tener una respuesta.
 
—¿Sí?
 
—No importa, olvídalo —dijo el Niño.
 
—Está bien—dijo el Ruiseñor, y cantó una larga melodía.
 
<br>
 
El Niño lo escuchaba cantar y pensaba: ¿Por qué hay cosas en vez de nada? ¿Por qué tiene que haber algo en vez de nada, nada en absoluto? La pregunta daba vueltas y más vueltas en su cabeza y lo hacía sentirse extraño. Cuanto más pensaba en ella más extraño se sentía, como si él mismo no existiera.
 
Era la primera vez que alguien pensaba esta pregunta, y desde entonces hasta hay nadie ha hallado la respuesta: ¿Por qué hay cosas, y no nada?
 
Mientras en el claro el Ruiseñor cantaba y el Niño pensaba, la  Niña, en el linde del bosque, descubría una cosa extraña.
 
La Luna brillaba de día.
 
El Sol se había puesto, pero coloreaba aún el cielo en el oeste, y por sobre las colinas verdes había salido la Luna.
 
Estaba más gorda, y de nuevo sonriente, como la noche en que Dueña Bienhechora les había hablado de ella por primera vez. Sin embargo, parecía no estar del todo allí. Era muy pálida y casi transparente: la Niña podía ver a través de ella, podía ver a través de su tez blanca el azul del cielo.
 
—Hola, aquí estoy de vuelta—dijo la Luna.
 
—Hola —dijo la Niña. Estaba tan sorprendida que olvidó su promesa de no hablar con la Luna—. Has cambiado otra vez.
 
—¿De veras? —dijo la Luna con una voz débil y lejana.
 
—A menos —dijo la Niña— que haya tres lunas: una gorda, otra delgada y otra que brilla de dia. ¿Es ésa la respuesta?
 
—¿Y cuál es la pregunta? —replicó la Luna.
 
A la niña no se le ocurría cuál, exactamente, podía ser esa pregunta. Se sentó en el suelo y siguió mirando a la Luna. Pensó: Yo soy la pregunta. Largo rato permaneció sentada, mirando a la Luna, y pensando: Yo soy la pregunta. Pero no se le ocurría cómo formularla. Ahora habían aparecido una o dos estrellas y el azul del cielo empezaba a oscurecerse. Y la cara de la Luna iba adquiriendo brillo, se volvía más sólida, más la cara de la Luna.
 
—Te diré una cosa —dijo, mientras trepaba cielo arriba y su sonrisa se ensanchaba—. Tú y yo somos iguales.
 
—¿Sí? —dijo la Niña.
 
—Oh, somos muy parecidas —dijo la Luna.
 
—¿Y en qué nos parecemos? —preguntó la Niña.
 
—Te gustaría saberlo, ¿no?—dijo la Luna—. Entonces, no me pierdas de vista.
 
Ya era noche cerrada. En los confines del cielo las estrellas eran ahora incontables ; pero en el mediocielo brillaba la Luna y su luz apagaba el resplandor de las estrellas. Su claridad plateada revestía el mundo de un manto de extrañeza.
 
—Yo soy fuerte —dijo la Luna—, y tú también lo eres; pero no sólo en eso nos parecemos. Tú eres hermosa, y yo también lo soy; pero no sólo en eso nos parecemos.
 
—¿En qué más nos parecemos?—preguntó la Niña—. Dímelo.
 
—Oh, ya lo verás—dijo la Luna—. Mírame ir y venir, y lo sabrás. Es verdad.
 
La Niña, sentada allí, en el torrente de luz que vertía la  Luna, y oyendo su voz, supo que la Luna decía la verdad. Empezó a sentir miedo. Dijo: —Nosotros no tendríamos que hablar contigo.
 
—¿No?—dijo la Luna—. ¿Y quién os ha dicho eso?
 
—Ella—dijo la Niña, aún más asustada—. Ella nos lo dijo, ella, la que nos creó.
 
—¡Oh! —dijo la Luna—. Me gustaría saber por qué os dijo eso.
 
—Yo no lo sé—dijo la Niña.
 
—Me gustaría saberlo—repitió la Luna—. ¿No te parece que hay, quizás, algo que yo sé, algo que ella no quiere que vosotros sepáis?
 
—No lo sé—dijo la Niña.
 
—Me gustaría saberlo —insistió la Luna.
 
—Ella siempre nos ha dicho todo —dijo la Niña.
 
—¿Estás segura? —dijo la Luna—. ¿Segurísima?
 
—¿Y qué es lo que tú sabes? —preguntó la Niña.
 
—Ya lo descubrirás —dijo la Luna—. Tú, por ahora, no me pierdas de vista.
 
De pronto, la Luna desvió la mirada, y su sonrisa de plata se desvaneció. Unas nubes, oscuras como pizarra y orladas como de blanca filigrana se esparcieron en veloz carrera por el cielo y a través de la cara de la Luna.
 
Lejos, muy lejos retumbó un trueno.
 
El trueno dijo: — ¿Qué sucede?
 
La Luna se encogió y echó a correr a través de las nubes como si la persiguieran. Desaparecieron las estrellas. Aterida, la Niña se abrazó los hombros bajo una ráfaga de viento frío.
 
El viento dijo: —Si yo fuera tú, no hablaría con la Luna.
 
La Niña vio que la Luna desaparecía, como engullida por los nubarrones negros. Y oyó que al alejarse le decía: —Recuerda, no me pierdas de vista.
 
—Si yo fuera tú —dijo Dueña Bienhechora (porque su voz era la del trueno, y también la del viento)—, no escucharía a la Luna.
 
La Niña estaba asustada, pero preguntó: — ¿Por qué?
 
Dueña Bienhechora se sentó a su lado. —Querida niña —dijo—, ¿crees acaso que yo no sé por qué hago las cosas? Yo sé cómo estás hecha, cada trocito de ti, cada cabello de tu cabeza. ¿No he sido yo acaso quien te hizo, y no te he hecho así como eres para que puedas ser feliz en el mundo que he creado, y me hagas feliz a mi con tu felicidad? ¿Y no te parece, entonces, que yo sé qué es lo mejor para ti?
 
—Pero ¿por qué? —preguntó la Niña una vez más.
 
Dueña Bienhechora se levantó; dio en el suelo violento punta pié que retumbó en un trueno prolongado, y gritó: —¡Porque lo digo yo!
 
Dio media vuelta y se marchó; y la lluvia empezó a caer en grandes gotas frías que repiquetearon contra las hojas de los árboles e hicieron que las aves y las bestias huyeran para refugiarse en sus nidos y madrigueras.
 
Dueña Bienhechora estaba triste y confundida. Nunca, hasta entonces, en el mundo que ella había creado, en todo el tiempo que le había consagrado, había perdido de ese modo la paciencia y exclamado: «¡Porque lo digo yo!».
 
Pero tampoco antes, en el mundo, nadie le había hecho la pregunta que le hizo la Niña: «¿Por qué?».
 
La Niña le dijo al Niño: —Es cierto que la Luna cambia.
 
—¿De veras?—preguntó el Niño. Estaban sentados en una caverna pequeña, al abrigo de la lluvia que caía de hoja en hoja—. ¿Cómo lo sabes?
 
—He vuelto a verla —dijo la Niña—. Y estaba grande y gorda, no flaca y afilada.
 
—Quizás haya tres Lunas.
 
—No—dijo la Niña—. E:s la misma Luna, pero cambia.
 
—No me interesa—dijo el Niño. No le gustaba oír a la Niña hablar de la Luna.
 
—La Luna—le susurró la Niña, para que nadie más pudiera oírla—, la Luna tiene un secreto.
 
—¿Y tú cómo lo sabes?
 
—Porque me lo ha dicho ella.
 
—Nosotros no tenemos que hablar con la Luna.
 
La Niña tomó la mano del Niño y esperó. La lluvia caía y caía, como lágrimas. Y al fin el Niño preguntó:
 
—¿Y cuál es el secreto de la Luna?
 
—No sé. Ella no quiere revelarlo. Pero dijo: «No me pierdas de vista, y lo sabrás».
 
—Seguramente no ha de ser nada importante —dijo el Niño—. Algo bueno para comer, o algo de que cuidarse; o el nombre de alguna cosa que nosotros no hemos nombrado todavía.
 
—No. No es nada de eso. Es algo que nosotros no sabemos, algo que nosotros no podríamos imaginar.
 
—Ella ha de saberlo —dijo el Niño. Señaló con un gesto el mundo allá afuera, bajo la lluvia—. Le preguntaremos a ella.
 
—No —dijo la Niña—. Ella nos prohibió que hablásemos con la Luna.  Ella no quiere que nosotros sepamos el secreto de la Luna.
 
—¿Por qué? —preguntó el Niño.
 
—No lo sé—dijo la Niña.
 
El Niño se preguntó cuál podía ser ese secreto. Pensó que acaso fuera la respuesta a la difícil pregunta que él había pensado: ¿Por qué hay cosas, en vez de nada?
 
Si él pudiera conseguir que la Luna le revelara la respuesta a esa pregunta, sabría entonces todas las cosas. Pero eso no se lo dijo a la Niña.
 
—Tal vez, si supiéramos el secreto de la Luna —dijo—, sabríamos tanto como ella.
 
—Puede ser.
 
—Y entonces podríamos hacer las cosas que ella hace.
 
—Puede ser —dijo la Niña. Pero ella no creía que fuera ése el secreto de la Luna. Ella creía que el secreto de la Luna era un secreto que tenía que ver con ella: algo que ella no sabía sobre ella misma, y que la Luna sabía.
 
Pero eso no se lo explicó al Niño.
 
Dijo: —Nosotros podemos saber cuál es ese secreto. Tenemos que saberlo.
 
—¿Cómo? —preguntó el Niño.
 
—Haremos lo que ella ha dicho —respondió la Niña—. No la perderemos de vista, y lo sabremos.
 
Por alguna razón, o por ninguna, el corazón del Niño había empezado a latir con rápida violencia. — Está bien. No la perderemos de vista, y sabremos.
 
 
Y eso hicieron.
 
Esa noche velaron, y también la siguiente, y a partir de entonces, todas las noches.
 
Y vieron cómo cambiaba la Luna: salía cada noche a una hora diferente y noche tras noche se adelgazaba un poco más. Su cara rechoncha se consumía de un lado, hasta parecerse a un melón cortado por la mitad. Su sonrisa se había vuelto extraña, y su mirada, triste.
 
—El Tiempo me devora—dijo la Luna al Niño.
 
—¿Qué es el Tiempo? —preguntó el Niño.
 
—¿No lo sabes? —dijo la Luna—. Entonces obsérvame y lo sabrás.
 
A la noche siguiente la Luna estaba más delgada, y a la siguiente más delgada aún. Ahora era una vez más esa Luna enjuta, de cara afilada, que miraba de perfil.
 
—Es verdad que la Luna cambia —dijo el Niño—. Antes era de un modo y ahora es de otro. Una noche está gorda, y luego empieza a adelgazarse . Anoche era distinta de como es esta noche. Mañana por la noche volverá a ser diferente.
 
—Las cosas diferentes deberían tener diferentes nombres —dijo la  Niña.
 
La diferencia entre cómo eran las cosas antes, y cómo son ahora, y cómo serán, era la diferencia más grande que el Niño y la Niña habían aprendido hasta entonces.
 
A esa diferencia la llamaron Tiempo.
 
—¿Es ése el secreto de la Luna? —preguntó el Niño.
 
La Niña le preguntó a la Luna:
 
—¿Es ése tu secreto?
 
Pero la Luna sólo le respondió: —No me pierdas de vista.
 
Y cada noche que pasaba, la Luna se adelgazaba más y más. Ahora era apenas un recorte de uña, tan pálida y fina, casi nada.
 
—Me muero —dijo la Luna.
 
—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó el Niño.
 
—Mírame —dijo la Luna, y una lágrima plateada parecía brillar en su ojo—. Adiós —dijo.
 
Y a la noche siguiente no hubo Luna.
 
Las estrellas resplandecían más brillantes que nunca, pero la noche era negra y profunda. El Niño y la
 
Niña apenas podían verse uno a otro.
 
—Se ha ido —dijo el Niño—. Antes estaba, y ahora ya no está. Antes había una Luna, y ahora ya no hay Luna. Ha muerto. —Y se sentó muy cerca de la  Niña en la temible oscuridad.— Ése es el secreto de la Luna —dijo.
 
La noche siguiente fue igual de oscura.
 
Pero a la siguiente, el Niño y la Niña, sentados muy juntos y contemplando el cielo crepuscular hacia el oeste, vieron elevarse, por sobre las colinas purpúreas, más delgada y pálida que nunca, una Luna nueva.
 
—¡Luna! —exclamó la niña, maravillada—. ¡Has vuelto!
 
—¿De veras?—dijo la Luna nueva. Ahora miraba de perfil hacia el lado opuesto, y su voz, débil y fría, era aún más débil y más fría que antes—. Bueno, yo me voy y vuelvo. ¡Ah, pero es tan bello ser joven!
 
Y cada noche desde entonces, mientras ellos la observaban, la nueva Luna crecía y se redondeaba. Su sonrisa se ensanchaba y los mofletes se le inflaban.
 
—¡Ah!—le dijo ufana a la Niña—. ¡Es tan bueno ser fuerte y hermosa!
 
—¿Y yo soy como tú? —preguntó la Niña—. ¿Soy fuerte y hermosa?
 
—Tú te pareces mucho a mí—dijo la Luna—. Mírate por dentro y lo verás.
 
Las noches pasaban, y la nueva Luna carirredonda empezó, como antes le sucediera a la vieja Luna, a encogerse, a perder su redondez.
 
—Estoy menguando —dijo la Luna—. Estoy envejeciendo.
 
—¿Yo también envejeceré? —preguntó la Niña.
 
—Somos iguales —dijo la Luna—. Mírate por dentro y lo sabrás.
 
La niña se miró por dentro y vio que lo que decía la Luna era verdad: eran iguales. Ella también iba a cambiar. En realidad, ya estaba cambiando, como si dentro de ella tuviera una Luna propia. Era fuerte y joven y hermosa: pero también ella iba a envejecer. —Ése es el secreto de la Luna —dijo. Ella había pensado que el secreto de la Luna era un secreto que tenía que ver con ella misma; y era verdad.
 
Cuando llegó el día, el Niño y la Niña miraron en derredor. El mundo parecía diferente de como había sido hasta entonces.
 
—Todo ha cambiado —dijo la Niña. Miró al Niño—. Tú has cambiado.
 
—Tú has cambiado —dijo el Niño, mirando a la Niña.
 
—Los dos somos diferentes ahora —dijo la Niña—. Y las cosas diferentes deben tener nombres diferentes.
 
—¿Por qué habremos cambiado?—preguntó el Niño.
 
—Bueno—dijo la Niña, como una vez le dijera a ella la Luna—: Asi son las cosas.
 
—¿Y cuál va a ser tu nombre, entonces?—preguntó el Niño.
 
—Yo seré la Mujer.
 
Él irguió los hombros, alzó la barbilla y con aire resuelto miró la lejanía.
 
—Muy bien —dijo—. Entonces yo seré el Hombre.
 
Y se tomaron las manos, y se miraron, y súbitamente tímidos, turbados, no supieron qué hacer...
 
 
 
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==Síntesis Bibliográfica==
 
==Síntesis Bibliográfica==
John Crowley (1942) trabajó en Nueva York en documentales para el cine y la televisión. Publicó su primera novela, Deep, en 1975. A lo largo de su carrera ha cosechado múltiples distinciones, entre ellas, dos premios World Fantasy, un Mythopoeic, un Locus y el Imaginaire. Desde 1977 reside con su mujer y sus hijas junto a las colinas Berkshire, en Massachussets
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John Crowley (1942) trabajó en [[Nueva York]] en documentales para el cine y la televisión. Publicó su primera novela, Deep, en 1975. A lo largo de su carrera ha cosechado múltiples distinciones, entre ellas, dos premios World Fantasy, un Mythopoeic, un Locus y el Imaginaire. Desde 1977 reside con su mujer y sus hijas junto a las colinas Berkshire, en Massachussets
El ruiseñor canta de noche` recrea la historia de la creación desde un excepcional punto de vista, Contenido en el libro MAGNA OBRA DEL TIEMPO, que fue la primera recopilación de relatos que se publicó en castellano de John Crowley.  
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El ruiseñor canta de noche` recrea la historia de la creación desde un excepcional punto de vista, Contenido en el libro MAGNA OBRA DEL TIEMPO, que fue la primera recopilación de relatos que se publicó en castellano de John Crowley y El Ruiseñor canta de noche  .  
  
 
==Referencias==
 
==Referencias==
*[http//www. crowley(El Ruiseñor canta de noche)]
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*[http//www.El Ruiseñor canta de noche)]
 
*[http://www.john crowley]
 
*[http://www.john crowley]
 
[[Category:Libros]][[Category:Literatura]]
 
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Revisión del 12:48 14 nov 2011

El Ruiseñor canta de noche
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El ruiseñor.jpg
El ruiseñor canta de noche`, que abre la colección, es una deliciosa fábula sobre la pérdida de la inocencia en la que se rescribe la primera parte del `Génesis` desde un paganismo meditado y resultón.También nos introduce en un Crowley muy cercano a la abstracción de sus novelas, ése que requiere la máxima atención de un lector que, aún poniéndola, es posible que sólo capte la mitad de lo que está contando Tiene una mayor sofisticación narrativa, con historias más extensas y ambientes más complejos que rozan mayormente la ciencia ficción.
Título originalEl Ruiseñor canta de noche
Autor(a)(es)(as)Crowley John
GéneroNarrativa
ISBN853-241-056
PaísCuba
DistribuciónBandera de los Estados Unidos de América Estados Unidos

El Ruiseñor canta de noche

  • Fragmento Del Ruiseñor canta de noche

El Ruiseñor se llama Ruiseñor, Nightingale, porque canta de noche. Hay otras aves que gritan en la noche: el dormilón lloriquea y la lechuza ulula, el somorgujo chilla y el atajacaminos clama y reclama. Pero el Ruiseñor es el único que canta: tan melodiosamente como canta la alondra cuando despunta la mañana, como el zorzal cuando se pone el sol, canta en la noche el Ruiseñor. Pero no siempre ha cantado de noche el Ruiseñor. Hubo un tiempo, mucho después del principio del mundo, pero de todos modos un tiempo muy, muy remoto, en que el Ruiseñor cantaba sólo de día, y dormía toda la noche —como el mirlo y el reyezuelo y la alondra.
Cada mañana, en aquellos tiempos, cuando la noche huía y la Tierra volvía de nuevo su cara al Sol, el Ruiseñor se despertaba junto con la alondra y el petirrojo y el reyezuelo. Desembozaba su pico de entre las plumas de su hombro, esponjaba su oscuro plumaje y, mientras los largos rayos del sol se abrian paso a través de la fronda en que habitaba, el Ruiseñor cantaba. Cada mañana, en aquel entonces, parecía ser la primerísima mañana; todo cuanto veía el Ruiseñor, las hojas verdes perladas de rocío, el cielo irisado del amanecer, los árboles altos, el suelo musgoso pululante de insectos, las aves y las bestias despertando al sol, todo parecía nuevo, creado esa misma mañana. Y era así porque el Tiempo no había sido inventado todavía. Aunque estaba a punto de ser inventado.
Cierta mañana, una mañana idéntica a todas cuantas hasta entonces en el mundo habían sido, el Ruiseñor se despertó y cantó. Y mientras cantaba vio a alguien que se aproximaba por entre los claros del bosque. Era alguien a quien el Ruiseñor conocía, alguien a quien él amaba, alguien que, al acercarse a él, hacía que la melodía de su canto fuese más largo aún, y más melodiosa. No había en todo el mundo nada ni nadie que fuera como ella, y sin embargo ella era un poco, sólo un poco, parecida a todo cuanto existe. Ese alguien, ella, no tenía nombre en aquel entonces, como nada ni nadie lo tenía, por lo demás, porque aún no se habían inventado los nombres. Sólo después, mucho después de esta historia, le darían el nombre de Dueña Bienhechora.
El bosque, todo ese bosque por el que ahora caminaba, era su obra. Ella había ayudado a plantar los árboles y las flores en su diversidad infinita, les había ayudado a crecer, y había puesto el sol para que brillara sobre ellos. Era ella quien había pensado en poblar de pájaros los árboles y de insectos el aire, y los ríos y los mares de peces y la tierra de animales. Era ella quien había pensado en hacer la Tierra redonda como una canica azul y verde y blanca y en ponerla a girar alrededor del Sol para que hubiese día y hubiese noche. Y en verdad, nada había en la tierra ni en el cielo que ella, Dueña Bienhechora, no hubiese ideado, o puesto en su sitio, o echado a andar. Cada pequeña, ínfima diferencia entre una cosa y otra, era ella quien la había pensado. Todo era su obra, y ella iba y venía sin cesar enmendando y modificando y podando, e ideando todo el tiempo cosas nuevas. No es de extrañar que el Ruiseñor se regocijara al verla y cantara para ella, puesto que ella había ideado al Ruiseñor, y también su canto.

Síntesis Bibliográfica

John Crowley (1942) trabajó en Nueva York en documentales para el cine y la televisión. Publicó su primera novela, Deep, en 1975. A lo largo de su carrera ha cosechado múltiples distinciones, entre ellas, dos premios World Fantasy, un Mythopoeic, un Locus y el Imaginaire. Desde 1977 reside con su mujer y sus hijas junto a las colinas Berkshire, en Massachussets El ruiseñor canta de noche` recrea la historia de la creación desde un excepcional punto de vista, Contenido en el libro MAGNA OBRA DEL TIEMPO, que fue la primera recopilación de relatos que se publicó en castellano de John Crowley y El Ruiseñor canta de noche .

Referencias

  • [http//www.El Ruiseñor canta de noche)]
  • crowley