Presencia de canarios en Gibara

Canarios en Gibara en el siglo XIX
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Fecha:Siglo XIX
Lugar:Villa de Gibara,Gibara
País(es) involucrado(s)
Cuba

Presencia de canarios en Gibara. Gibara está situada frente al Océano Atlántico, en la costa norte del oriente cubano. Su población cabecera se asienta junto a la bahía y puerto de igual nombre. En tiempos coloniales centenares de inmigrantes canarios arribaron a este territorio y se avecindaron en las inmediaciones del puerto, que fue durante el siglo XIX el principal enclave comercial del nororiente de la Isla.

Llegada de los primeros canarios

Los primeros canarios que llegaron a este espacio geográfico para establecerse procedían de Bayamo, donde se habían asentado previamente[1]. La inmigración hacia esta zona de ellos y sus descendientes comenzó desde los siglos XVII y XVIII coincidiendo con los momentos fundacionales de las haciendas situadas entre el hato de Holguín y la costa del norte. Entre estos se contó Juan Francisco de la Cruz Prada quien adquirió la posesión de Yareniquén en 1681[2]. Luego sus hijos y nietos, nacidos en Cuba, se asentaron en Guayacán, Auras, Yabazón y Arroyo Blanco. Una de sus nietas, María Felipa de la Cruz Moreno, residente en Auras, contrajo matrimonio con Salvador Hernández y Manzano, natural de Canarias[3] con quien fundó una larga familia. Felipe Pérez de Espinosa, paisano de Hernández, recibió del cabildo bayamés la posesión de Managuaco en 1683.

José Romero Medina, natural de Teide, en la isla de Tenerife, adquirió tierras en el valle medio del río Cacoyugüín en el último cuarto del siglo XVIII. Allí llegó a tener… una posesión en Candelaria por el valor de 525 pesos y en este mismo lugar un ingenio con trapiche para moler cañas y fabricar azúcar y aguardiente, casa de purga, 6 yuntas de bueyes, un cafetal con 20 000 matas de café, bestias caballares y mulares y ganado mayor y menor[4]. Tenía también por esa época una vega en la confluencia de los ríos Gibara y Yabazón y propiedades urbanas en la ciudad de Holguín[5]

El historiador Herminio Leyva Aguilera, publicó un listado de los vecinos que se establecieron en el poblado portuario de Gibara desde 1817, su año fundacional, hasta 1845[6]. Entre estos incluyó a dos matrimonios en los que ambos cónyuges eran canarios: el integrado por Mariano Cabrera y Dolores Pomeroles; y el de Francisco Betancourt y Tomasa Domínguez. Relacionó también al canario Agustín Rodríguez Risso, casado con la holguinera María de la Torre, y a Dolores Cáceres, compatriota de Rodríguez, quien tuvo tres hijos con Jaime Claps, este último natural de Ibiza, Islas Baleares. Aunque Leyva no lo recoge en el listado de primitivos vecinos, Juan Zaldívar, alcalde constitucional del primer ayuntamiento de Gibara -que se instituyó en 1823-, había nacido también en Canarias. Si bien hubo inmigrantes procedentes del archipiélago canario en el hinterland del puerto desde mucho antes del momento fundacional del poblado de San Fulgencio de Gibara, en 1817; es ya bien entrado el siglo XIX cuando se incrementó notablemente el arribo de estos a la zona.

La cercanía del puerto actuó siempre como un poderoso imán sobre los inmigrantes de aquellas islas, muy dedicados a la agricultura. El canario, al menos en Gibara, se vinculó siempre a los mercados con las producciones de sus predios. El cultivo del tabaco los relacionó con el mercado mundial, y otros productos agrícolas los enlazaron con los mercados local e insular. Hacia la medianía del siglo XIX, luego de establecerse las líneas regulares de barcos que transportaban pasajeros y cargas por las costas de Cuba varios productos agrícolas gibareños encontraron espacio económico estable en el mercado habanero. En los terrenos inmediatos a la villa vivían y trabajaban numerosos labriegos canarios que lograban una alta producción agrícola en sus pequeñas fincas. El historiador Herminio Leyva escribió en 1894:

En los egidos del poblado se encuentran 124 estancias o sean (sic) sitios de labor, que surten abundantemente al mercado gibareño de viandas, aves, frutas, leche, huevos, maíz, forraje, &. &. y en tal cantidad que sobra frecuentemente para exportar como sucede con los plátanos y el maíz, cuyos productos se solicitan en la plaza de La Habana por su bondad excepcional[7].

El ñame, cosechado en el valle del rio Yabazón, se enviaba también en grandes cantidades al mercado habanero. La imagen muchas veces repetida del canario encerrado en los límites de su finca produciendo casi solo para el autoconsumo, evidentemente no se corresponde con la realidad en la Gibara del siglo XIX[8].

La propiedad agraria y otras ocupaciones

La finca del canario

Hacia 1860 la comarca gibareña albergaba una numerosa población rural, con alta presencia de naturales de las Islas Canarias y de sus hijos y nietos. Vegas, maizales, platanales y otros cultivos poblaban sus pequeñas fincas. Numerosos animales domésticos formaban parte también de su patrimonio y en casi ninguna de sus casas faltaba un bien cuidado jardín, ni en las fincas un bosquecillo de árboles frutales. En las tierras llanas del valle de los ríos los labriegos isleños y sus descendientes trabajaron con tesón, pero fue en las Lomas de Cupeycillos y en la Sierra de Candelaria donde desarrollaron la labor más ardua. Allí son pocas y muy pequeñas las áreas donde pueden emplearse animales de labor. Una gran parte de esa zona está constituida por afiladas piedras calizas que impiden cualquier labor de arado. Caminar por estos lugares resulta difícil y un simple tropezón, o una caída, pueden ser peligrosos. Desarrollar la agricultura en esos parajes es una tarea que requiere de mucha constancia y de grandes esfuerzos. Entre los afloramientos de piedra, existen grietas y oquedades en las que fueron creciendo árboles cuyas hojas muertas al descomponerse crearon pequeños bolsones de suelo fértil, la mayor parte de los cuales tiene menos de un metro cuadrado de superficie. Abundan los que ni siquiera llegan al medio metro cuadrado. A su alrededor se encuentra la piedra desnuda. Cualquier planta que crezca en estos espacios lo hará como si estuviese en una maceta: sus raíces no pueden extenderse fuera del bolsón porque la piedra lo impide. En ocasiones existen también estrechas grietas en las que algunas plantas logran afianzarse. A la llegada de los inmigrantes canarios muy pocas personas se habían asentado en estos montes calizos. El trabajo allí era arduo. Primero había que talar el bosque. Luego, limpiar las áreas y acondicionar los pequeños espacios que contenían tierra apta para plantar. En ocasiones existían huecos en las piedras en los que no había tierra vegetal; entonces, los agricultores cargaban hasta allí un poco de la que sobraba en otro lugar, para sembrar más plantas. El producto agrícola principal en esta área fue el plátano. Los labriegos que se iban asentando en la Sierra de Candelaria y las Lomas de Cupeycillos llegaron a conocer hasta los más recónditos secretos para hacer prosperar los platanales en terrenos agrestes. La siembra no fue la única ocupación de los inmigrantes en este territorio; se dedicaron también a la ganadería. En ese caso, talaron el bosque para sembrar yerba de guinea. A golpe de mandarria rompieron las piedras y abrieron veredas; rellenaron los huecos donde equinos y bovinos pudieran fracturarse las extremidades. Cerraron el acceso del ganado a las profundas y peligrosas furnias donde cualquier caída resultaría mortal[9].Recogieron las piedras sueltas y las emplearon para construir cercas que aún hoy impresionan al viajero que se adentra en las lomas de Cupeycillos. Delimitaban así sus propiedades y protegían las siembras de la invasión del ganado. En algunas fincas, cuando el viento soplaba, a; accionar sobre la yerba de guinea semejaba las olas del mar. Era un mar verde[10]. Los alrededores de Gibara, como otros lugares de Cuba donde se asentaron agricultores canarios se convirtieron jardines productivos. En 1907 F. Figueras, en Cuba y su Evolución Colonial, refirió

Comarcas enteras hay en Cuba, y la de Vuelta Abajo es una de ellas, donde la tradición atribuye a los canarios la apertura de las fincas. Ha habido épocas en la que los valles de Güines y Yumurí, ambos de nombradía, parecían una reproducción exacta del valle de La Orotava. Y todavía en la presente Mayajigua, Las Vueltas, Camajuaní, Gibara y varios otros lugares donde se labra la tierra con esmero y en pequeña escala, son verdaderas colonias de canarios consagrados a su modo a las faenas de la agricultura”[11]

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Tener una finca propia fue el sueño de muchos isleños de Canarias. No todos estos inmigrantes arribaban a Cuba desprovistos de fortuna. Muchos de los que llegaron a Gibara trajeron desde sus lejanas islas dinero suficiente como para adquirir tierras llanas o de arado en los valles de los ríos o en las zonas fértiles cercanas a la costa de las haciendas de Potrerillo y Fray Benito. Otros, los más pobres, tenían diferentes opciones ante sí a su llegada: bien se contrataban para trabajar en las posesiones de sus paisanos hasta reunir el numerario suficiente para adquirir una pequeña heredad; o se acogían a las posibilidades que les brindaba el cabildo de obtener el arrendamiento de una parcela en los ejidos de Gibara pagando una cantidad trimestral casi simbólica por su uso y disfrute. Algunos con mínimos recursos podían arrendar o adquirir una parcela en las Lomas de Cupeycillos o en la Sierra de Candelaria, donde las fincas eran más baratas. En los libros de registro de la notaría pública gibareña del siglo XIX, correspondientes a la etapa 1841-1900, aparecen asentados numerosos documentos relativos a la posesión de la tierra promovidos por canarios; lo que evidencia la preocupación de estos inmigrantes por afianzar los derechos adquiridos sobre sus fincas rusticas. Esto era incentivado además porque los comerciantes de tabaco que hacían prestamos a los propietarios de las pequeñas fincas dedicadas al cultivo de la hoja, exigían casi siempre una garantía hipotecaria, y esto requería que el bien inmueble comprometido al efecto fuese debidamente registrado ante notario[12].

Otras Ocupaciones

No todos los naturales de Islas Canarias asentados en Gibara se vincularon únicamente al trabajo agrícola. Entre los que ejercieron oficios estuvo José Rodríguez Amador, hábil carpintero de ribera que en 1865 construyó el pailebot Antonia, de cien pies de eslora, embarcación que hasta el día de hoy sigue siendo la mayor de las construidas en Gibara en todos los tiempos. También Jerónimo Fernández Calero, diestro ebanista que incursionó además en la alfarería y en la industria del azúcar. Otros como Pedro Triana y Juan Serrano, aunque tuvieron fincas rurales, se dedicaron también al comercio. Hubo en esta inmigración competentes fabricantes de cal entre los que destacó la familia Pérez asentada en las lomas de El Catuco.

Fuente

Doimeadiós Cuenca, Enrique. Historiador de Gibara. Trabajo:Canarios en Gibara en el siglo XIX.

Referencias

  1. La pérdida de gran parte de la información demográfica sobre la región, como consecuencia del incendio de Bayamo en enero de 1869, es un obstáculo que hace difícil seguir la raíz canaria de muchas familias domiciliadas inicialmente allí
  2. Ver Ávila del Monte, Diego de: Origen del hato de San Isidoro de Holguín Imprenta El Oriental, Holguín, 1865, p p 66 y 68
  3. Ver Ávila del Monte, Diego de: Origen del hato de San Isidoro de Holguín Imprenta El Oriental, Holguín, 1865, p p 80
  4. Mireya Durán Delfino, Apuntes sobre la vida de una holguinera ilustre: Doña victoriana de Ávila González de Ribera. En Revista Gibara, Nº 1, Enero Abril de 1999
  5. . En 1798 José Romero contrajo matrimonio con María Victoriana de Ávila y González de Ribera, integrante de una de las familias de más antiguas de Holguín. Él aportó al matrimonio un capital de cinco mil pesos. Llamado por Francisco de Zayas y Armijo, Teniente Gobernador de Holguín, Romero se estableció en el nuevo pueblo de Gibara desde el mismo momento de su fundación. Allí construyó el muelle mejor situado y de mayor valor de uso del puerto, fue fundador de una compañía comercial y atendió también responsabilidades gubernamentales, que le encomendó especialmente el Teniente Gobernador. No en balde José Romero era en el naciente pueblo de Gibara el hombre de confianza de Zayas y el vecino de más carácter y caudales.
  6. Leyva Aguilera, Herminio: Gibara y su Jurisdicción. Establecimiento Tipográfico de Martin Bim, gibara, 1894, página 451
  7. Leyva Aguilera, Herminio: Gibara y su jurisdicción. Establecimiento Tipográfico de Martín Bim. Gibara, 1894. Página 254
  8. La numerosa documentación legal generada por los canarios establecidos en Gibara y las anécdotas atesoradas por la memoria familiar, los muestran relacionados con la agricultura comercial y en continua interacción con el mercado. Nacidos en pequeñas Islas situadas en la encrucijada de tres continentes, en su tierra ancestral era corriente la vinculación con el mar y el comercio.
  9. En más de una ocasión campesinos de estos lugares han perdido la vida al caer por accidente en estas furnias mientras cazaban jutías. Algunas de estas oquedades tienen más de 50 metros de profundidad. Esto da una idea del peligro que representan. (Al menos dos de estos hechos han ocurrido en los últimos cuarenta años)
  10. Entrevista a Desiderio Hernández León, nacido en Cupeycillos en 1905, nieto de canarios. (Realizada en Cupeycillos en 1993. Archivo del autor)
  11. F. Figueras: Cuba y su evolución colonial La Habana 1907, p 357 (Citado por Paz, Manuel de y Manuel Hernández en: La esclavitud blanca: Contribución a la historia del inmigrante canario en América. Siglo XIX. .Litografía Romero S.A. , Santa Cruz de Tenerife, Canarias, 1993, p 71)
  12. A fines del siglo XIX y principios del XX, la pequeña propiedad rústica de los campesinos canarios y sus descendientes asentados en el territorio gibareño, constituyó un valladar no despreciable para las grandes empresas norteamericanas, que invirtieron en Cuba en esa etapa. Estos campesinos, extraordinariamente apegados a las fincas que cultivaban con esmero se negaron a vender sus posesiones. Acostumbrados a moverse con éxito en los laberintos de la complicada legislación española, con sus títulos de propiedad debidamente legalizados ante notario e inscriptos en los registros correspondientes no podían ser desalojados con facilidad, por eso las empresas norteamericanas fueron a otros lugares de la geografía insular donde les resultó más fácil y barato obtener tierras. Se evitó así la confrontación con los labriegos que ocupaban el hinterland del puerto, y esto dio lugar a que los terrenos de los alrededores de Gibara sigan siendo hasta nuestros días un fértil venero de producción agrícola en manos de numerosas familias campesinas, descendientes de canarios.