Miguel Ángel Velasco
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Miguel Ángel Velasco. Fue un poeta español, compañero de generación de Vicente Gallego y Carlos Marzal. Cursó estudios de Filología y Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Su tarea como investigador se centró en la obra de Elias Canetti.
Trayectoria
Velasco logró pronto notoriedad como poeta: en 1979, a los 16 años, obtuvo un accésit del premio Adonais con Sobre el silencio y otros llantos, y en 1981 ganó el premio Adonais con el poemario Las berlinas del sueño. Ambas obras se sitúan en las coordenadas de los novísimos: verso libre, culturalismo e influencia de las vanguardias. Tras un largo período de silencio, regresó a la actividad pública con El sermón del fresno (1995), de inspiración clásica, al que siguen otros libros, como el emotivo La vida desatada (2000), inspirado por la pérdida de su padre. En su segunda época, Velasco ofrece un tipo de poesía muy distinto al de sus obras iniciales, con preferencia por el verso blanco, endecasílabo o alejandrino. Se aprecia en su dominio de las formas rítmicas el magisterio de Agustín García Calvo. El interés del poeta por los estados alterados de conciencia propiciados por fármacos visionarios como la LSD cristaliza en La miel salvaje (2003), Premio Loewe de Poesía de ese año, que le consagra en la poesía española contemporánea como «uno de los poetas fundamentales de su generación».
La repentina muerte (el 1 de octubre de 2010) de Miguel Ángel Velasco a los cuarenta y siete años conmovió tanto al mundo de la poesía como a la gente cercana que tuvo la suerte de su trato y compañía. En el volumen póstumo La muerte una vez más (Tusquets, 2012) se recoge la obra inédita de un poeta que, como afirmó Carlos Marzal en un homenaje reciente, «vivió la experiencia de la poesía como muy pocos han hecho: fue su destino, su interés primordial, su tabla de salvación (y también su hermana amarga, la hermanastra de los reproches y las peleas). A su manera sólo suya le dispensó la más alta consideración y le entregó sus trabajos y sus ocios, sus sueños y sus pesadillas». Recogidos bajo ese título, La muerte una vez más, y agrupados en cuatro libros: Espinas, Historia de las manos, La muerte una vez más y Circulaciones, se presentaron en mayo de 2012, editados por Isabel Escudero, los poemas que coronaban su obra.
«La mirada que encontramos en sus últimos versos», ha escrito Vicente Gallego, «parece no tener dueño: a fuerza de enfocarse en el objeto, el sujeto se disuelve como agente. Las cosas nos hablan ahora sin la interferencia de un observador que las cargue con sus interpolaciones, y tenemos la sensación de que es su propia música interna la que las empuja y las declara. En la posibilidad de paladear ese misterio, se funda gran parte de la visión solar y sagrada del mundo.» Ya Agustín García Calvo se dirigió a él para agradecerle en 1998 sus altas artes poéticas y musicales: su cuidado del ritmo del lenguaje, el sonar de los versos al oído: «Tus versos me desplegaban tantas palpables maravillas…, la memoria viva de lo que se podía palpar y se nos roba de entre los dedos. Y, si la poesía estaba para descubrir la mentira de la realidad, puede que haya otras vías…; pero es tan inmediata y sensible ésa que se te ha dado de que en un grano cualquiera de la masa, vendida y despreciada, estalle la infinitud, el no saber en el sentir…».

