Santa Lea
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Santa Lea Modelo de Virtud y Devoción. Viuda romana del siglo IV, alabada por San Jerónimo.
Historia
Santa Lea de Roma, viuda del siglo IV, nació en Roma, Italia. Es recordada por sus virtudes cristianas y su tránsito hacia Dios, alabada por San Jerónimo. Lea era una matrona romana que al enviudar muy joven aún renunció al mundo para ingresar en una comunidad religiosa de la que llegó a ser superiora, llevando siempre una vida ejemplarísima. Aunque se conoce poco de su vida, se sabe que Santa Lea dedicó sus años de viudez a la oración y a la caridad. San Jerónimo, en sus escritos, la menciona como un modelo de virtud para las mujeres cristianas de su tiempo. No sabemos más de esta dama penitente, cuyo recuerdo sólo pervive en las frases que hemos citado de San Jerónimo. La Roma en la que fue una rica señora de alcurnia no tardaría en desaparecer asolada por los bárbaros. Lea, «cuya vida era tenida por todos como un desatino», llega hasta nosotros con su áspero perfume de santidad que desafía al tiempo. San Jerónimo con palabras insustituibles dijo: «De un modo tan completo se convirtió a Dios, que mereció ser cabeza de su monasterio y madre de vírgenes; después de llevar blandas vestiduras, mortificó su cuerpo vistiendo sacos; pasaba las noches en oración y enseñaba a sus compañeras más con el ejemplo que con sus palabras». «Fue tan grande su humildad y sumisión, que la que había sido señora de tantos criados parecía ahora criada de todos; aunque tanto más era sierva de Cristo cuanto menos era tenida por señora de hombres. Su vestido era pobre y sin ningún esmero, comía cualquier cosa, llevaba los cabellos sin peinar, pero todo eso de tal manera que huía en todo la ostentación». La Carta XXIII de San Jerónimo nos ofrece un espléndido retrato de santa Lea (†384), una viuda romana que abandonó sus riquezas para seguir a Cristo y merecer el Paraíso a través de la oración, la penitencia y la maternidad espiritual de varias vírgenes. La carta de Jerónimo está dirigida a santa Marcela (hacia 330-410) para consolarla de la muerte terrena de Lea (enterrada en Ostia). Ambos santos, que eran amigos, tuvieron conocimiento de esta noticia mientras estaban leyendo y estudiando juntos el salmo 72. También Marcela era una viuda y noble romana, que había formado una comunidad femenina dedicada a la ascesis y de la que Jerónimo era el padre espiritual mientras estaba en Roma.
Alabanza de Lea por San Jerónimo
En su alabanza San Jerónimo escribió que « la alegría de todos nosotros debe acompañar a la que, habiendo pisoteado al diablo, ha recibido ya la corona de la seguridad». El autor de la Vulgata enumera algunas de las virtudes de la santa: «Pero ¿quién será capaz de ensalzar debidamente la vida de Lea? Se había convertido tan plenamente a Dios, que llegó a estar al frente de un monasterio y a ser madre de vírgenes». Jerónimo nos informa que Lea solía llevar vestidos ásperos, comía alimentos pobres e instruía a sus compañeros más con el ejemplo que con las palabras: «Fue tal su humildad y sumisión, que la que había sido señora de muchos parecía ahora criada de la humanidad; […] esclava de Cristo». Jerónimo hace un paralelismo con la parábola de Lázaro y del rico Epulón, y afirma estar convencido de que Vetio Agorio Pretéxtalo, un político que intentó restablecer el paganismo y que también murió en el 384, ahora está «en las sórdidas tinieblas», símbolo del Infierno. «Ahora, a cambio de un breve trabajo, goza ya de la felicidad eterna: es recibida por los coros de los ángeles, festejada en el seno de Abraham y, junto con Lázaro, pobre en otro tiempo, ve cómo el rico vestido de púrpura, todo un cónsul electo aunque todavía no investido de la toga palmada, pide que se le dé una gota de agua con el dedo meñique». En lo que parece una advertencia a convertirse, Jerónimo exhorta a no confiar en la gloria terrenal: «¡Cómo cambian las cosas! Este personaje hacía pocos días iba precedido de los más altos dignatarios, subía a la ciudadela del Capitolio como si celebrara el triunfo sobre sus enemigos, el pueblo romano lo había recibido, entre aplausos y ovaciones». Totalmente distinta es la suerte eterna de Lea, que a los ojos del mundo «parecía pobre y frágil, y cuya vida era tenida por locura». Ahora está delante de Cristo y puede cantar el salmo 47, citado por Jerónimo: «Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad de nuestro Dios». El santo concluye con otra enseñanza con fuertes resonancias evangélicas: «No queramos poseer al mismo tiempo a Cristo y al siglo; antes bien, lo breve y caduco abra paso a lo eterno, […] y no nos tengamos en nada por eternos, a fin de poder algún día ser eternos». Como comprendió santa Lea.
Celebración y Muerte
Santa Lea fallece el 22 de marzo del año 384 d. C. en Roma, Italia. Santa Lea de Roma es una figura venerada dentro de la Iglesia Católica, conmemorando su vida virtuosa cada 22 de marzo. En el siglo IV, vivió como viuda en Roma, donde San Jerónimo alabó sus virtudes cristianas. Su devoción y entrega a Dios la han convertido en un ejemplo de fe y humildad. La Iglesia celebra su memoria el 22 de marzo, recordando su tránsito a una vida de devoción y santidad.