Portal:Panorama Mundial/DE LA PRENSA/2016-09-28

El acento cubano en la paz de Colombia

PROGRESO SEMANAL 26 de septiembre del 2016 EEUU

La presencia en Cartagena de Indias de una delegación cubana encabezada por el presidente Raúl Castro Ruz sobrepasa los motivos protocolares de agregar más nombres a la lista de invitados porque la Isla ha sido un actor de privilegio en el proceso de paz de la nación sudamericana. Un rol reconocido por observadores y las partes contendientes en el conflicto armado más dilatado de la región.

“El compromiso del pueblo y gobierno cubanos con la paz de Colombia ha sido y será permanente”, declaró el mandatario antillano el 23 de junio pasado durante la firma de los acuerdos de cese del fuego definitivo rubricado por el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP).

La ceremonia marcó el fin del proceso negociador iniciado aquí en el 2012. Raúl Castro reiteró entonces que su gobierno “seguirá brindando las facilidades necesarias y contribuyendo en todo lo posible al fin del conflicto, con modestia, discreción y profundo respeto a las posiciones de las dos partes”.

Ese mismo día Timoleón Jiménez (Timochenko), jefe del Estado Mayor Central de las FARC-EP encomió el desempeño los garantes destrabando las pláticas que por más de dos años sostuvo la guerrilla bajo su mando con los representantes de la Casa de Nariño.

“Hemos discutido largamente, llegando incluso a callejones que parecían sin salida, que solo pudieron superarse gracias a la desinteresada y eficaz intervención de los países garantes, Cuba y Noruega, y las oportunas y sabias fórmulas sugeridas por la creatividad de los voceros de ambas partes o sus acuciosos asesores”, precisó.

Por su parte, el presidente Santos en cada una de sus intervenciones no ha escatimado elogios y felicitaciones a Cuba y a su Presidente calificándolo de “generoso anfitrión”.

De igual forma, el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, felicitó a Cuba y a Noruega por lo que catalogó de “considerables esfuerzos diplomáticos” durante el proceso de paz colombiano.

Para el presidente estadounidense Barack Obama la participación cubana en las pláticas muestran la posibilidad de encontrar puntos de contacto en la política exterior de ambos países.

“Hemos estado en el lado contrario de muchos conflictos en el continente americano. Pero hoy día, los estadounidenses y los cubanos están sentados juntos en la mesa de negociación, y estamos ayudando a los colombianos a resolver una guerra civil que se arrastra desde hace décadas”, expresó en su discurso en el Gran Teatro de La Habana.

Desde la Plaza de la Revolución habanera el Papa Francisco abordó el tema colombiano en un espaldarazo tácito a los esfuerzos cubanos para que las conversaciones avanzaran.

DISCRETOS PERO EFECTIVOS

Cuando el 19 de noviembre del 2012 Cuba fue presentada como uno de los dos garantes de las pláticas FARC-EP -Gobierno se trasladó a la esfera pública una participación discreta pero efectiva remontada a mucho tiempo atrás.

A finales del 2015 Rodrigo Granda, miembro del Estado Mayor de las FARC-EP, le contó al periodista Hernando Calvo Ospina que La Habana dio toda clase de garantías para que gobierno y guerrilla sostuvieran los contactos exploratorios previos. Antes y durante las negociaciones, expuso, “Cuba brindó todas las facilidades de seguridad, alojamiento, transporte, comunicaciones, etcétera, en pleno plan de igualdad para ambas comisiones negociadoras”.

Las autoridades del Archipiélago, aseguró, corrieron con todos los gastos operativos. “Todo lo paga el gobierno y el pueblo cubanos, cuya generosidad no tiene límites con este proceso de paz”, detalló.

No obstante, el guerrillero aclaró que Cuba no movía los hilos de las FARC-EP: “A veces –significó Granda- les preguntamos su opinión sobre un tema, y ellos nos dicen que no opinan pues son un país garante, y quieren que ambas delegaciones se sientan sin presiones ni intereses particulares. Además, las personas que nos acompañan este proceso son muy competentes, de mucha experiencia. Existen muchos cuadros destacados de la Revolución dedicados a tiempo completo para ayudar a sacar este proceso adelante”.

La labor cubana se extendió a aspectos poco conocidos. Así lo reveló en una entrevista radial la semana pasada la doctora Aurora Cristina García Moré; la sicóloga integró el grupo de expertos que atendió aquí a las víctimas del conflicto colombiano que viajaron a La Habana para entrevistarse con los representantes de ambos bandos.

APOYO EN LA GUERRA Y EN PAZ TAMBIÉN

“América Latina fue cambiando, y nosotros fuimos cambiando también. (…) Naturalmente que toda política entraña compromiso y usted no puede estar apoyando un movimiento revolucionario y un día, porque le conviene al Estado decir: Lo mando para el diablo, al diablo los revolucionarios, y olvidado de eso. Creo que hemos cumplido hasta el final”, le había dicho Fidel Castro a una delegación estadounidense que visitó a Cuba en el 1992 con motivo de la Conferencia Tripartita por los 30 años de la Crisis de los Misiles.

Discrepancias aparte, que no fueron pocas especialmente en cuestiones como la táctica de las FARC-EP de secuestrar y retener prisioneros por largo tiempo en la selva, Cuba siempre inspiró respeto y admiración entre los guerrilleros colombianos. Igualmente los gobiernos que en ese país anteriormente adelantaron procesos de paz con los diferentes grupos insurgentes admitieron la buena fe de la parte cubana.

“Ha sido para nosotros muy importante conocer a Cuba Revolucionaria, a su pueblo que resume la dignidad de Latinoamérica frente al imperio y, conocer a sus conductores y dirigentes. Esta experiencia nos reforzó aún más, en nuestra convicción de acrecentar los esfuerzos por una patria libre y soberana y por una Latinoamérica unida, como lo soñó El Libertador”, le escribió a Fidel Castro, el fallecido comandante de las FARC-EP Alfonso Cano evocando la reunión que sostuvieron el 23 de noviembre del 1991.

“En lo que respecta a mi experiencia personal y de gobierno, –opinó en sus memorias el expresidente Andrés Pastrana- tengo que reconocer que [Fidel Castro] siempre obró con transparencia, sinceridad, lealtad y amistad hacia Colombia, y que jugó un papel fundamental y generoso en los esfuerzos de paz que adelantamos”.

Así, con el mismo ímpetu que en su momento la Revolución Cubana apoyó a las guerrillas y demás movimientos insurreccionales contra las dictaduras y gobiernos derechistas en Latinoamérica en las décadas del 60, 70 y 80 del pasado siglo, cuando las condiciones aconsejaron otra cosa, La Habana fue receptiva al cambio. Colombia no fue la excepción.

Selección en Internet: Melvis Rojas Soris

Memorias del primer mundo

CELAG 4 de agosto del 2016 ECUADOR

Ava Gómez* y Alejandro Fierro**

Latinoamérica y, en particular los países de la región en los que se han desempeñado gobiernos progresistas, son definidos mediáticamente a través de una serie de marcos asociados al subdesarrollo, al populismo, a la corrupción y a la inestabilidad política. Así, los medios de comunicación hegemónicos, se centran en lanzar mensajes a través de los cuales se construye la deslegitimación de estos movimientos y liderazgos. Éste es un proceso que se da en dos sentidos: Primero, de Latinoamérica hacia fuera, enfocándose en los ‘peligros’ que asumen los partidos y movimientos progresistas de otras latitudes al estar vinculados con los ‘populistas’ y ‘corruptos’ de la región. Segundo, al interior de Latinoamérica, donde los medios manejados por las oligarquías de los países replican esta información, centrándose en la necesidad de la superación del ‘populismo de izquierdas’ que trajo la crisis a países otrora ‘pujantes y punteros’. Estamos pues ante un marco discursivo que se articula al interior de un escenario globalizado, con fuertes rasgos de dependencia comunicacional entre los países ‘centrales’ y los ‘periféricos’, o dicho de otro modo, los discursos que se generan en España o Estados Unidos, son trasladados a los grandes conglomerados comunicacionales de América Latina, los cuales replican las lógicas discursivas que provienen de los países ‘ejemplares’. Esto no es algo nuevo. Ya en los años setenta, Ariel Dorfman y Armand Mattelart, con su imprescindible obra Para leer al Pato Donald, centraban su análisis en las Industrias Culturales y en sus lógicas de dominio cultural. En particular, en las tiras cómicas que de Norteamérica se exportaban hacia Latinoamérica, con una intención doble: en primer lugar, expandir los ideales capitalistas y, en segundo lugar, rechazar todos los atisbos de cambio orientados por gobiernos de izquierda. Actualmente, en una suerte de continua ligazón con el colonialismo cultural y comunicacional, Estados Unidos y Europa occidental se convierten y se establecen como los modelos a seguir en todos los niveles: económico, político, cultural y de ocio, incluso deportivo y en términos de eficiencia. Los ejemplos en este sentido son muchos, pero quizá uno de los casos más llamativos es el de Felipe González –figura insigne del PSOE-, quien se ha convertido en punta de lanza en contra del gobierno venezolano, un protagonismo que ha sido exaltado con ahínco por el Grupo Prisa, con grandes intereses a nivel regional. En este sentido, el diario El País ha sabido aclamar su labor aludiendo constantemente a su papel de “experto autorizado” en el país bolivariano, sobre el cual tanto él como la otra “pluma influyente” en América Latina, Mario Vargas Llosa, llevan a cabo análisis ciertamente parcializados. El interés, como se destacó más arriba, no solo está centrado en Venezuela. El diario ABC de España, por ejemplo, pone su atención en la crisis del ‘populismo’ en América Latina, haciendo un repaso país por país, con un análisis tendencioso en el que se refiere a los jefes de Estado identificándolos con casos de corrupción, con comportamientos antidemocráticos y posicionando a los nuevos líderes conservadores (Mauricio Macri, en Argentina y Michel Temer, en Brasil) como los llamados a superar la crisis regional y a reunificar las relaciones disueltas por las previas diferencias ideológicas entre mandatarios. A su vez, este nuevo colonialismo rechaza la idea de crear una identidad política y cultural propia y se adhiere a los esquemas dominantes, abandonando así cualquier intento de conformar movimientos asociados a las diferentes dinámicas sociales, étnicas y enfoques críticos de América Latina. Contrario a ello, obvia esa riqueza y la remplaza por la homogenización de un discurso pragmático y técnico, que a su vez invisibiliza la correlación que hay entre el desarrollo de ese “Primer Mundo” y el subdesarrollo del resto del planeta. Cabe recordar que la construcción de una identidad latinoamericana de raíz popular fue uno de los principales instrumentos de lucha en la irrupción plebeya en la política del subcontinente que comienza a finales del siglo XX con la primera victoria electoral de Hugo Chávez. La valorización de lo propio, pero siempre asociado a las clases populares, era un elemento antagónico al imaginario de las clases altas, vinculado siempre a Europa y Estados Unidos. Los países con procesos más avanzados -Venezuela, Bolivia y Ecuador, principalmente- lograron introducir en el terreno de batalla un nuevo concepto para disputar: la Patria. Ese significante ha sido fijado tradicionalmente por la derecha. Era una amalgama más o menos difusa de recuerdos de la gesta independentista, grandilocuencia nacionalista, el mito desarrollista como horizonte (este último ejemplificado hasta el paroxismo por la divisa de la bandera brasileña “Orden y progreso”) y la sacrosanta unidad de la patria por encima de las divisiones de clase. Los movimientos de emancipación lograron resignificar el concepto, apropiándoselo para el proyecto popular. La Patria, desde ese momento, quedaba circunscrita a lo popular. Ya no había que buscar fuera los referentes. Tampoco valían las interpretaciones neutras que invisibilizaran las lacerantes desigualdades en favor de unos mínimos comunes denominadores abstractos. Se crearon de esta forma los ejes de disputa popular-antipopular, pueblo-oligarquía, patriota-antipatriota. Bajo esta resignificación, los liderazgos progresistas despojaban de su condición patriótica a los dirigentes de la derecha, procedentes de las clases altas y medias-altas. El término “antipatriota”, dirigido a la oligarquía política y empresarial, cobra su sentido a la luz de esta resignificación. El eje de disputa atravesó fronteras para poner los cimientos de una integración latinoamericana basada en el valor de lo propio y popular. Diversidad cultural pero con la base común popular. Es la readaptación del sueño de Bolívar al siglo XXI; es el “bolivarianismo” que esgrimiera Chávez. La sutil alfombra de la hegemonía se había deslizado, siquiera unos centímetros. La derecha empezó a salpicar su mensaje con apelaciones a lo popular, con palabras utilizadas en barrios y favelas, dichos de la calle… Incluso cambiaron su vestuario. Henrique Capriles no dudó en utilizar el chándal con los colores de la bandera venezolana, hasta entonces seña distintiva del chavismo.

 Este éxito es el que ha llevado a la derecha a tratar de reorientar el marco conceptual a su favor, dirigiendo la mirada, otra vez, a referentes externos.

Este marco discursivo se complementa, como se ha visto, con el ascenso de nuevos perfiles políticos “desideologizados” (aunque con una manifiesta ideología neoconservadora). Así, predomina en los medios de comunicación las hazañas de liderazgos ‘eficientes’, midiéndose todo en relación con los cánones eurocéntricos y su derivado estadounidense. Por otra parte, se abandonan los liderazgos carismáticos, que son identificados con el mesianismo populista trufado de ideología. De esta forma se sustituye por el líder-gestor, líder empresario, líder-eficiente, que sacrifica el carisma personal por la eficiencia de su gestión. Estos nuevos discursos usan los medios de comunicación de las nuevas generaciones para establecer esquemas sencillos relacionados con valores “coloridos” como la alegría, la felicidad, la naturaleza, la interconexión… que se manifiestan como el antónimo de los “grisáceos”, “tristes” y aislados países subdesarrollados, asolados por la pobreza y la corrupción.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Socióloga y Comunicadora
    • Analista habitual de TeleSur

Asesinato en Washington e impunidad

REBELIÓN 21 de septiembre del 2016 ESPAÑA

Orlando Letelier y su secretaria Ronny Moffit

Hernando Calvo Ospina*

El 21 de septiembre del 1976, una poderosa bomba explotó en plena Massachusetts Avenue, dentro del sector conocido como el Barrio de las Embajadas en Washington. Instalada en el auto y accionada a control remoto, mató de inmediato al chileno Orlando Letelier y a su secretaria Ronny Moffit, de nacionalidad estadounidense.

Era el segundo asesinato político en la historia de la ciudad. El primero había sido el del presidente Abraham Lincoln, en abril del 1865.

Entre 1970 y 1973 Letelier había ocupado cargos de máxima responsabilidad en el gobierno del presidente Salvador Allende. Era ministro de Defensa al darse el golpe de Estado el 11 de septiembre del 1973, por tanto el superior de Augusto Pinochet.

Junto a otros dirigentes del gobierno es arrestado y deportado a un glacial campo de concentración al sur del país. Ante la presión internacional, unos meses después es liberado. Al salir del país se convierte en uno de los principales acusadores de la dictadura.

Por tanto, era normal que inmediatamente se pensara en Pinochet como responsable de los asesinatos. Sorpresivamente, una teoría empezó a ser difundida por los más destacados medios de prensa estadounidenses. Y como casi siempre sucede, fue retomada por muchos otros en el mundo.

La revista Newsweek, en su edición del 11 de octubre, fue la primera en publicar apartes de un “informe secreto” que una fuente de “alta confianza” le había entregado. Al día siguiente el New York Times lo destacó en sus principales páginas. Y pocos días después lo hizo el Washington Post. Era un documento realizado por la CIA, dirigido al FBI.

En él se decía que quizás el asesinato del exministro no era el resultado de una orden de Pinochet: “Los servicios de seguridad indican que una investigación paralela averigua si el señor Letelier pudo haber sido asesinado por extremistas de izquierda, con el fin de comprometer las relaciones de Estados Unidos con la junta militar”.

Entonces se lanzaba una garrafal hipótesis: los “extremistas” habrían volado a Letelier porque necesitaban “crearse un mártir”.

La investigación se convirtió en algo extraordinariamente tedioso, complejo, que no se le veía progreso aunque todo parecía claro. No era difícil descubrir, sin mucho esfuerzo, que existía una tensión, una confrontación entre el FBI y la Justicia con la CIA y el Departamento de Estado, porque estos dos últimos se negaron a compartir la información. Situación que tenía su lógica: eran momentos en que el Congreso estaba empeñado en encontrarle hasta el último pecado a la Agencia, y su director, George Bush padre no podía permitir que apareciera mezclada en algo tan delicado.

Las autoridades federales debieron realizar miles de entrevistas y limpiar cientos de falsas pistas sembradas por la propia CIA, por órdenes directas de Bush, según se supo años más tarde dentro de las investigaciones sobre la llamada Operación Cóndor.

Cuando ya se creía que la impunidad sería lo único concreto, se anunció la responsabilidad de cinco hombres: todos con experiencia operativa en la CIA. De ellos, cuatro de origen cubano.

Michael Townley, estadounidense de la CIA que trabajaba bajo órdenes directas de Pinochet y su equipo especial de seguridad, la DINA, fue el jefe del equipo. Recibió la orden de matar a Letelier a fines de junio del 1976, unos días después de que el secretario de Estado Henry Kissinger se entrevistara con Pinochet.

Orlando Bosch Ávila, un terrorista de origen cubano, autorizó a sus compatriotas Dionisio Suárez, Virgilio Paz Romero y los hermanos Novo Sampoll a participar en el crimen. Estos, como Bosch, operarios de la CIA.

En su testimonio del 16 de diciembre del 1991, el entonces comisario general de la policía secreta venezolana, DISIP, narró en el 1981 ante la justicia chilena que en República Dominicana se había planificado el asesinato de Letelier

El exgeneral Contreras presentó el 12 de mayo del 2005 un documento donde confirma lo anterior y se amplía. En él trata extensamente el crimen de Orlando Letelier, por el cual estaba condenado.

En uno de sus apartes dice: “El subdirector de la CIA, general Vernon Walters, informó al Presidente de la República de Chile (Augusto Pinochet) que Orlando Letelier constituía un peligro para los Estados Unidos, ya que informaciones obtenidas por la CIA establecieron que se había comprobado que trabajaba como espía de la KGB dentro del territorio de los Estados Unidos [...] De acuerdo a lo planificado en la reunión de Bonao, en República Dominicana, y a la previa concertación del subdirector de la CIA con el Presidente de Chile, este último dispuso en forma personal, exclusiva y directa la acción de [...] Michael Townley en contra del señor Orlando Letelier del Solar, ordenándole a Townley partir a los Estados Unidos en septiembre del 1976 y dar cumplimiento al plan [...]”.

Durante muchos años los tribunales chilenos desecharon la participación de la CIA en el crimen, de seguro por poderosas presiones externas.

No tuvieron en cuenta los argumentos del exgeneral Contreras, aduciendo que era una estratagema para eludir responsabilidades y la condena.

El funcionario chileno Adolfo Bañados, que ha instruido la investigación, señaló algo muy revelador aunque ha quedado bastante ignorado: “Recuerdo que envié un oficio a Estados Unidos, al presidente George Bush padre, quien se había desempeñado como jefe de la CIA, preguntando por el contenido de esa reunión en República Dominicana. Bush respondió, por intermedio de uno de sus subsecretarios, y dijo que en esa reunión no se habló jamás de un proyecto para eliminar a alguien”.

Le fue negado que en Bonao se planificara el asesinato. Pero con esa respuesta se confirmó que Bush y la CIA sí sabían de esa reunión donde varios operarios de la CIA, todos de origen cubano, habían planificado varias acciones terroristas.

LA CIA Y SU INMENSO MANTO DE IMPUNIDAD

Michael Townley, quizás el principal terrorista con el cual contó la Operación Cóndor, fue extraditado desde Chile hacia Estados Unidos en el 1978. Apenas estuvo encarcelado cinco años al acogerse al amparo del Programa de Protección a Testigos, pasando a trabajar para el FBI con nueva identidad.

Cuando otras naciones lo han solicitado como testigo o para interrogarlo como presunto responsable de crímenes, regularmente las autoridades de su país se oponen. Cuando han aceptado, como en Italia, no se le pueden hacer preguntas que involucren a cualquier institución estadounidense. A la justicia de Argentina se le ha dicho claramente que Townley nunca estará ante sus jueces.

Los hermanos Novo Sampoll tampoco vieron por mucho tiempo los muros de la cárcel. Condenados, fueron absueltos en segunda instancia. José Dionisio Suárez y Virgilio Paz huyeron durante 14 años.

El FBI incluyó al primero en el programa televisivo America's Most Wanted, al ser uno de los diez más buscados por alta peligrosidad en esa nación. Su foto era exhibida en muchas oficinas federales. A pesar de ello vivía cómodamente en Puerto Rico -colonia estadounidense- donde se casó en el 1982 con su verdadero nombre.

Luego de ser arrestado en 1990, se conoció que desde el 1984 había estado en Centroamérica participando de la guerra sucia que la CIA y la Casa Blanca adelantaban contra el gobierno Sandinista de Nicaragua. Allá se encontró con Paz. Investigaciones particulares demostraron que ambos integraron la red de tráfico de droga que financió parte de esas operaciones.

La detención de ambos se realizó en la Florida, sin que existiera el gran despliegue policial acostumbrado para estos casos. Todo fue en la calma total. Como entre conocidos.

Es posible que con su captura las autoridades estadounidenses quisieran demostrar que ellas también castigaban a los comprometidos en la Operación Cóndor dentro de su territorio.

A pesar de haber reconocido la autoría del doble crimen, en particular el de la ciudadana estadounidense, lo que daba para cadena perpetua, no pagaron ni doce años de prisión.

A los ocho años se dio la tentativa de dejarlos en libertad, pero el Departamento de Justicia se opuso. El Servicio de Inmigración y Naturalización, SIN, logró tenerlos tras las rejas casi cuatro años más, argumentando que eran un peligro para la comunidad.

Finalmente las puertas de la cárcel se abrieron para Virgilio Paz el 26 de julio del 2001, y el 14 de agosto le correspondió a Dionisio Suárez.

El presidente George W. Bush, ahora el hijo, les dio el perdón y autorizó su excarcelación.

"Estoy sorprendido. El sistema funciona”, declaró Paz Romero pocas horas después de estar en libertad. “Es lamentable que haya tomado tanto tiempo, pero funciona. Dios bendiga a la democracia".

En la conferencia de prensa que ofreció unos días después, aseguró no sentir remordimiento por la muerte del excanciller Letelier, por lo tanto no le debía disculpas a la familia. Precisó que a la viuda le diría: "Su marido era un soldado de su causa".

Extrañamente, a los encargados de imponer justicia en Chile, Italia, Argentina u otras naciones afectadas por sus crímenes y acciones terroristas, no se les ha ocurrido pedirlos en extradición. Ni tan siquiera para testificar.

Y Estados Unidos se los negó a Cuba, que los solicitaba por actos terroristas.

Casi un año después, el 20 de mayo del 2002, el presidente Bush hijo estuvo en Miami. Su actividad central fue dar un breve discurso ante casi dos mil personas. La inmensa mayoría eran veteranos de operaciones contra Cuba y exoperarios de la CIA. Además de ofrecer todo su apoyo para acabar con la Revolución cubana, las palabras del Presidente insistieron en su compromiso de “guerra al terrorismo”.

Apenas ocho meses atrás se habían dado los terribles atentados en Nueva York y Washington.

Comprobando que quienes sirven a sus intereses se les disculpa el ser terrorista, no lejos del estrado estaban Paz y Suárez. Pero también Orlando Bosch Ávila, el cual había ingresado a Estados Unidos en febrero del 1988.

El terrorista caminaba tranquilamente por las calles de la Florida aunque estaba acusado en Venezuela y Cuba de la voladura de una nave comercial de Cubana de Aviación, el 6 de octubre del 1976.

No solo era el manto de la CIA que protegía a sus terroristas y criminales de la acción de la justicia. También ha existido otro poderoso motivo.

Un investigador estadounidense dijo que la excarcelación de Paz y Suárez se hizo porque Bush hijo quiso “complacer amigos cubanos, anticastristas, a quienes debe una deuda grande”. No era grande: inmensa.

Fue en la Florida donde se realizó el fraude que le permitió el “triunfo” electoral a Bush hijo, al estar perdiendo ante el candidato del partido Demócrata, Al Gore. Un Estado donde su hermano, John Ellis, “Jeb”, había llegado a ser su gobernador en el 1999 debido a la fuerte alianza con el sector liderado, muy mayoritariamente, por veteranos cubanos de la CIA.

Ann Louise Bardach, periodista del New York Times y la revista Vanity Fair, relata en uno de sus libros algunas intimidades de la familia Bush en el sur de la Florida, destacando sus fuertes lazos con los grupos más extremistas de la comunidad de origen cubano, en particular Jeb.

Asegura que Jeb ha sido el puente ideal para que su padre y hermano faciliten la liberación de individuos juzgados por acciones terroristas, o se detengan investigaciones por el mismo motivo, a cambio de un decisivo apoyo financiero y electoral.

Selección en Internet: Inalvys Campo Lazo

  • Periodista y escritor colombiano residente en Francia