No olvidar nunca, ¡jamás!

Revisión del 01:14 24 abr 2022 de Javiermartin jc (discusión | contribuciones)
(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
No olvidar nunca, ¡jamás!
Información sobre la plantilla
Mujeres y niños.jpg


No olvidar nunca, ¡jamás!

En toda la historia de la humanidad no hubo un proceso judicial que llamara tanto la atención de los pueblos como el que se celebró contra los principales criminales de guerra nazi, en la ciudad de Núremberg, Alemania, se han escrito libros sobre el tema; algunos muy serios y documentados como el del soviético Arcadi Poltorak: “El Epílogo de Núremberg”, pero más recientemente aparecieron en Occidente libros en los que sus autores intentan poner en duda la justeza de las decisiones tomadas por el Tribunal Militar Internacional, e incluso declaran que el propio proceso fue un error histórico. Estos autores son los mismos abogados que defendieron a los criminales de guerra y también los propios criminales, que han cumplido condena y se han convertido en “respetables ciudadanos alemanes”

El nazismo es lo más horrible que ha generado el Imperialismo. Sí, lo más horrible. Pero ¿quizá para el imperialismo contemporáneo fuera también lo más racional? El sueño de Hitler, acerca del cacareado imperio nazi universal para los próximos mil años por lo menos, no era el delirio de un maníaco. Posiblemente, este sigue siendo también ahora el sueño más preciado del imperialismo como sistema social. Porque muchos de los problemas más agudos –sociales, nacionales y morales─ pueden ser resueltos mucho más fácilmente teniendo la posibilidad de barajar los pueblos como si fueran naipes y de quemar en los crematorios a quienes piensan de otro modo. (Jorge Dimitrov, destacado comunista búlgaro)

Durante el proceso que duró casi un año, desde el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946, de presentaron gran cantidad de pruebas y declararon muchísimos testigos de todas las naciones agredidas.

Abraham Sutskéver, habitante de Vilna, poeta, habla al tribunal de los horrores vividos en los campos de concentración. Él no menciona cifras, habla de la suerte corrida por su propia familia. De su mujer, ante los ojos de la cual habían asesinado a su criaturita. De cómo, posteriormente, mataron a su esposa ante sus propios ojos. El empedrado del ghetto estaba a veces rojo de la sangre de los fusilados. Desde las aceras se deslizaba a los canalillos, a los imbornales de las alcantarillas. La gente servía de blanco a los de la Gestapo para sus ejercicios de tiro. Blancos vivos: corre, sálvate y luego “pum”. Obligaban a los presos a lamer la suciedad de las botas de los soldados, a comerse sus propios excrementos. Aquellos verdugos-sadistas encontraban un placer particular en contemplar todas estas cosas.

La escritora polaca Severina Shmaglévskaya estuvo cosa de dos años en uno de los campos más terribles: el de Birkenau, filial de Oswiecim. Recuerdo el campo de que ella hablaba. Estuve allí el día de la liberación y publiqué en Pravda un reportaje titulado “Los humos de Birquenau”. Era una fábrica de la muerte no menos terrible que el propio Oswiecim. La escritora polaca estaba en lo cierto al declarar ante el tribunal que era precisamente allí donde el nazismo había realizado una de sus más refinadas vilezas. La gente era aniquilada allí no por decenas ni centenares, sino por convoyes enteros. Para ello, en un solar había sido construido un falso nudo ferroviario, con el edificio de la estación, con una red de vías férreas, con el horario de trenes que salían de allí para Praga, Milán, Múnich y Budapest. En realidad aquellas vías no conducían a ninguna parte. Se cortaban inmediatamente más allá del horizonte visible. Era una vía muerta. Birkenau era un inmenso campo con centenares de barracas, pero estaba apartado de la estación de ferrocarril y al parecer no tenía nada que ver con ella.

Llegaban convoyes de Hungría, Rumania y Polonia abarrotados de gente que llenaba a rebosar los vagones de mercancías, con las puertas cerradas. La gente se asfixiaba. Los cautivos dormían amontonados en el suelo y en literas dobles, en tres pisos, como sardinas en lata. El aire había pasado ya muchas veces por los pulmones, estaba intoxicado por la pestilencia de los excrementos humanos. Y he aquí la estación de Birkenau, a juzgar por todo, un importante nudo ferroviario. El convoy es recibido por militares afables y diestros. Toca una orquesta. A la gente le dicen que los sufrimientos del viaje han terminado. Ahora les espera el baño. La desinfección de la ropa. Desde aquí los llevarán, ya en vagones de pasajeros, hasta el lugar de trabajo. El ser humano, a pesar de todo es atraído por un futuro mejor. Y la gente lo creía, quería creer lo que le decía que parecía la salvación.

Los llevaban desde la estación a unos vastos edificios alargados. “Baños para caballeros”, “Baños para señoras y niños” –rezaban unas blancas tablillas esmaltadas. La gente entraba en una amplia sala: la “consigna”. Aquí les recogían las maletas, hatos y mochilas y les entregaban a cambio unos pulcros numeritos de acero. Más allá estaba el “guardarropa” y a cada uno le volvían a entregar otro pulcro numerito. Luego los recién-llegados iban a parar a una sala revestida de azulejos, un vasto local sin ventanas, bien alumbrado. Hileras de duchas, agua caliente y fría. La gente, que añoraba la limpieza, empezaba a lavarse sin darse cuenta que tras ellos las puertas no sólo habían sido cerradas sino tapadas herméticamente con brazola. Después, de una escotilla practicada en lo alto, caían unos polvos de color verdoso y por el local se extendía rápidamente un olor a veneno. Al principio escocía la garganta, luego un dolor torturante parecía desgarrar los pulmones. Las víctimas lo comprendían ya todo, se lanzaban hacia las puertas cerradas, suplicaban, gritaban, daban puñetazos en el hormigón. Todo inútil. A los quince minutos morían todos entre espasmos, sin saber que todos sus sufrimientos eran observados a través de unas mirillas especiales. Entonces, potentes ventiladores expulsaban el gas. Llegaban presos con ganchos, arrastraban los cadáveres y lavaban el piso con mangueras. Ciertas personas se dedicaban a recoger los numeritos y los pedazos de jabón. Serían entregados al siguiente grupo. Otro equipo quitaba a las victimas los anillos y pendientes, arrancaba de sus bocas las coronas y prótesis dentales de metales preciosos. Sólo después del examen más minucioso, para cerciorarse de que en los cadáveres no había nada más, los llevaban al crematorio. La productividad de este horrendo complejo era de mil a mil quinientas personas diarias. Cuando los crematorios, cuyas chimeneas humeaban día y noche, no daban abasto a consumir la enorme cantidad de “materia prima”, tiraban los cadáveres en unas hoyas enormes, revestidas de hormigón, los rociaban de petróleo con unas mangueras y los quemaban por así decirlo, al aire libre. Para acelerar la cremación, a lo largo de las hoyas iba gente con cazos de mango metálico muy largo, los cuales recogían la grasa de los cuerpos ardientes y regaba con ellos la inmensa hoguera. Así la cremación era más rápida y completa.

Severina Shmaglévskaya había vivido casi dos años en este campo, respirando el aire de los hornos de Birkenau, caminando por la nieve profusamente espolvoreada de negro y grasiento hollín. En el tribunal recordaba con horror detalles horrorosos. Ella había visto cómo los niños eran llevados en tropel a las cámaras de gas. ─Para los SS matar a los niños era una especie de deporte, una diversión picante, y había entre ellos un tal Adolf al que le gustaba fusilar a los niños en presencia de sus padres. Cuando las cámaras de gas no podían hacer todo el trabajo, llevaban a los niños junto a los hornos y allí mismo los fusilaban: ¡monstruos, verdaderos monstruos!
La testigo habla casi a gritos, le arden los ojos como si aquí mismo, en el grave silencio de la sala, viera ante ella a los niños condenados sobre los que disparaban los SS. Y, volviéndose hacia los acusados, les pregunta en un murmullo agotado que sin embargo se oye muy claramente en los auriculares:
─En nombre de todas las mujeres que han estado en los campos les pregunto: ¿dónde están nuestros hijos? Y es este momento ve todo el mundo que los monstruos nazis, habituados ya a la marcha lenta y bastante tranquila del proceso, están como petrificados, los ojos bajos, la cabeza hundida entre los hombros.

El campo de exterminio de Auschwitz - Birkenau

Rudolf Hoess, comandante del campo de Auschwitz - Birkenau, relata en su autobiografía que en el verano de 1941 (no precisa la fecha exacta) fue convocado a Berlín por Himmler. Allí éste le comunicó que Hitler había ordenado implementar la “solución final del problema judío” y que los hombres de las SS serían los encargados de ejecutar la orden. “Los sitios de exterminio en el Este son inadecuados para una acción de gran envergadura y a largo plazo. He designado a Auschwitz para este propósito”, agregó. Auschwitz – Birkenau era el más grande de los campos de concentración y exterminio establecidos en Polonia, y funcionaba simultáneamente como un centro de trabajos forzados y de asesinato masivo. Este campo fue designado para ser el centro principal para el exterminio del pueblo judío y para ello fueron construidas instalaciones para el asesinato masivo y hornos crematorios. Las matanzas se realizaban en cámaras de gas utilizando para ello un pesticida sumamente letal denominado Zyklon B. Su utilización había sido experimentada con prisioneros de guerra soviéticos.
En octubre de 1941 fue construido a tres km. de Auschwitz un nuevo campo: Birkenau (Auschwitz II) que en marzo de 1942 comenzó a funcionar como centro de exterminio, empleando cuatro cámaras de gas para ese propósito. Hasta noviembre de 1944 sirvió de “fábrica de matanza masiva” a la que llegaban transportes de toda Europa. La mayoría de los deportados eran judíos que eran enviados inmediatamente a las cámaras de gas. Sólo una pequeña parte de los recién llegados, después de pasar por un proceso de selección, eran enviados a trabajar en distintas secciones del campo o en fábricas que servían al esfuerzo bélico alemán. Algunos también servían de “conejitos de Indias” para los experimentos “médicos” de Mengele y su equipo. A mediados de 1944 se acrecentó el ritmo de los asesinatos masivos con la llegada de los judíos de Hungría y del gueto de Lodz.
El proceso de selección y exterminio estaba planificado y organizado eficientemente. Cuando el tren se detenía al lado del andén, las víctimas descendían y sus pertenencias eran apiñadas en un costado para ser luego enviadas a unas barracas que los prisioneros apodaban “Canadá” donde eran clasificados para su posterior envío a Alemania. Las personas eran obligadas a formarse en dos hileras, una de varones y la otra de mujeres, para que los médicos de la SS pudieran realizar una selección. Ésta se hacía de acuerdo al aspecto exterior del individuo, de hecho que su suerte se decidía en forma arbitraria y casual. Antes de su ingreso a las cámaras de gas los elegidos a ser gaseados debían despojarse de sus ropas. El pretexto era que irían a pasar por un proceso de desinfección. Al cerrarse las puertas las cápsulas de Zyklon B, que se convertían en gas al contacto con el aire, eran arrojadas a través de un orificio situado en el techo de la cámara. Luego del envenenamiento de las víctimas, los miembros del Sonderkommando - el grupo de prisioneros judíos obligados a trabajar en los crematorios -abrían las puertas, arrancaban los dientes de oro y cortaban los cabellos de las mujeres. Los cadáveres eran después cremados en los hornos instalados en la parte superior de la instalación, los huesos molidos y las cenizas desparramadas por la zona aledaña.
Entre los prisioneros que trabajaban en el campo se realizaban a menudo formaciones de conteo en las que se llevaban a cabo selecciones. Los débiles y enfermos eran enviados a las cámaras de gas. El régimen del campo era de una crueldad e inhumanidad sin límites y basado en un sistema de castigos y torturas del que sólo unos pocos lograron sobrevivir. En Auschwitz fueron exterminados más de un millón de judíos, 70.000 polacos, 25.000 gitanos y 15.000 prisioneros de guerra soviéticos y muchos otros miembros de distintas nacionalidades.

El mundo de los campos

La estructura jerárquica de los campos de concentración y trabajo fue establecida de acuerdo al sistema creado en el campo de Dachau. Al frente del campo estaba el "Lagerkommandant" y bajo su mando un equipo de oficiales de bajo rango. Uno de ellos estaba a cargo del campo de prisioneros, después haber pasado una etapa de entrenamiento. Supervisores y encargados de todo tipo estaban subordinados a la comandancia.
Un sistema jerárquico paralelo estaba compuesto de prisioneros. Los encargados o supervisores ("Kapos") eran la elite del campamento, una elite temida y envidiada. Entre los "kapos" judíos hubo aquellos que intentaron mejorar la situación de sus correligionarios, aunque no faltaron quienes se ensañaron con ellos.
Cuando el prisionero arribaba al campamento, debía entregar su ropa y efectos personales, sus cabellos eran rapados y recibía como vestimenta un uniforme a rayas de prisionero y un par de zuecos de madera. La expectativa de vida en un campo de trabajos forzados era por lo común de algunos meses. Luego de ese tiempo el preso se convertía - en la jerga del campo - en un "muselman", un ser humano en estado de completa extenuación y debilidad, de tal modo que apenas podía moverse y comunicarse.
"Yo soy el sobreviviente de turno, que apareció por casualidad... para relatar... del humo del crematorio, del olor a carne quemada... de las formaciones bajo los copos de nieve, del trabajo forzado letal, de la succión del tuétano de la vida, de la esperanza que no se acaba, del salvajismo de la bestia humana llamada hombre..." Jorge Semprún, La escritura o la vida
Uno de los momentos más aterradores para los prisioneros era la formación (Appel) que se realizaba al amanecer o por la tarde, cuando los prisioneros regresaban del trabajo. Estos debían permanecer en posición de firmes, sin posibilidad de moverse, a menudo por varias horas a la intemperie.
La rutina en el campo estaba compuesta por una larga serie de órdenes y obligaciones, habitualmente dictadas a todos los prisioneros, unas pocas a algunos individuos, la mayoría conocidas y algunas imprevisibles. Todas las fuerzas del prisionero se invertían en superar las distintas etapas de esa rutina diaria: amanecer temprano, arreglo de la litera, formación, marcha al trabajo, labor extenuante, espera de la comida diaria – consistente, por lo general en una sopa insípida de algún vegetal y media hogaza de pan - alimentación insuficiente para quienes realizaban pesadas tareas - regreso al campo, formación vespertina y así sucesivamente...
En los campos de concentración y de trabajos forzados se realizaban actividades culturales, religiosas e incluso reuniones políticas clandestinas. En las obras que se conservaron se ven reflejadas la vida y sufrimientos de los prisioneros en el intento de preservar su identidad humana y judía. Esas creaciones son un testimonio directo y auténtico. Los diarios personales escritos sobre trozos de papel, los dibujos y grabados que pintan la vida en el campo, las joyas preparadas con alambres de cobre, la "Hagadá de Pésaj" manuscrita o la plegaria en la víspera del año nuevo, expresan la enorme fortaleza anímica de esos hombres y mujeres extenuados y hambrientos que trataron de aferrarse a la creatividad al final de un día agotador. En la rutina del campo de concentración y trabajo los prisioneros demostraron heroísmo e imaginación en su intento de preservar no sólo la vida, sino su condición humana y valores morales básicos expresados en el compañerismo y la solidaridad al prójimo.
Ahora, a más de casi siete décadas de haberse cerrado el proceso de Núremberg, quiero llevar a las nuevas generaciones de jóvenes y refrescar en los más viejos los horrores de aquellos días aciagos para toda la humanidad, porque es nuestro deber, para conjurar el peligro de que se repita. No queremos olvidar, no podemos olvidar nunca, ¡jamás!

Fuentes

  • [Alberto Rodríguez Rodríguez, JovenClub de Pedro Betancourt]
  • [www.yadvashem.org/yv/es/holocaust/about/06/daily_life.asp]
  • [ Archivo de Yad Vashem, ID Number 37839]
  • [ Boris Polevoi. “A fin de cuentas”]
  • [www.yadvashem.org/yv/es/holocaust/about/05/auschwitz_birkenau.asp]