Saltar a: navegación, buscar

Franciscanos

Orden Franciscana
Información    sobre la plantilla
Orden franciscana.JPG
GentilicioFranciscanos
TipoOrden mendicante católica
FundadorSan Francisco de Asís
Fundación1209
Lugar de fundaciónBandera de Italia Italia

Franciscanos. Orden mendicante católica fundada por San Francisco de Asís en el año 1209. San Francisco de Asís, laico que pretende al mismo tiempo dar un testimonio de pobreza y de penitencia, sin criticar al clero, al contrario, sometiéndosele. Dotado de una extraordinaria sensibilidad humana, de un sentido de la libertad cristiana que le permitía atreverse a todo, fascinó y arrastró detrás de sí las multitudes, dando lugar a la Orden Franciscana.

Orígenes

La reforma del siglo XII había tenido aspectos de movimiento laico y, hasta cierto punto, heterodoxo, sobre todo en el norte de Italia y en el sur de Francia. El carácter heterodoxo y antisocial se acentúa y llega al paroxismo durante los últimos años del siglo XII, en la provenza, y termina por desencadenar la cruzada albigense ya en el siglo siguiente. Pero también fuera de la Provenza reinaba la inquietud, y a cada paso aparecían predicadores populares que criticaban las riquezas del clero y exhortaban a los fieles a la penitencia y no a la revuelta. Los fieles, a su vez, se reunían frecuentemente en asociaciones de penitentes, más o menos al margen de la Iglesia y más o menos en contra de la Jerarquía.

Francisco de asis.jpg
En este ambiente de inquietud y de revuelta es donde aparece un laico que pretende al mismo tiempo dar un testimonio de pobreza y de penitencia, sin criticar al clero, al contrario, sometiéndosele. Este es San Francisco de Asís, hombre que fascinó y arrastró detrás de sí las multitudes de Italia con su cautivadora presencia y su palabra sencilla, de esta forma nace la Orden Franciscana, aprobada por el Papa Inocencio III, el grupo comenzó a aumentar y revistió carácter clerical: los compañeros reciben la tonsura, San Francisco es ordenado de diácono, y todos prometen obediencia al Sumo Pontífice. Desde entonces pasan a constituir una orden y entran al servicio de la iglesia en el año 1209.

En vista a la cantidad de personas, la forma de pensar y actuar esta Orden comienza a dividirse en grupos o congregaciones.

Clarisas

Dirigiéndose, por tanto, directamente a los laicos, pronto comienza a aparecer a su alrededor una clientela de hombres y mujeres que pretenden vivir más perfectamente el evangelio sin salir del mundo; o también mujeres que desean a su vez servir totalmente a la Señora Pobreza, como el Poverello. Éstas se juntan con Santa Clara en la capilla de San Damián para practicar el desprendimiento absoluto en la reclusión perpetua, nace así la Clarisas.

Terciarios

Los laicos reciben una regla que les enseña a practicar en el siglo la pobreza relativa y la penitencia. Se reúnen en asociaciones que no son nuevas en la Iglesia, ni están sometidas por completo a las directrices de los Frailes Menores. Sólo más tarde serán afiliadas y pasarán a constituir verdaderamente la "Orden Tercera de San Francisco". Es una iniciativa de la Santa Sede para evitar las consecuencias del espíritu, a veces turbulento y heterodoxo, de los penitentes seculares. Así los terciarios franciscanos, dominicos y de otras órdenes escaparán a los movimientos más o menos heréticos que continúan extendiéndose por la iglesia hasta finales de la Edad Media.

Los Capuchinos

Querían ser la forma moderna, sus secuaces creían que el espíritu franciscano primitivo, vivido en su pureza genuina sin mitigación ni privilegio alguno, seguía teniendo una gran actualidad y contenía un mensaje que la sociedad del siglo XVI debía recoger.

Era el ideal que movía a un grupo de franciscanos que no se sentían satisfechos con la solución dada al problema entre conventuales y observantes. Creían que la vida que llevaban no respondía a la mente de San Francisco. Y ellos querían vivir el franciscanismo en toda su integridad. Tres religiosos lograron dar cuerpo a estas ansias y atraer a un grupo de los descontentos. Eran Mateo Serafín de Bascio, y Luis y Rafael de Fossombrone.

Previa autorización pontificia conseguida en mayo de 1526, abandonaron los conventos para implantar un régimen de vida en todo conforme con la regla y testamento primitivo de San Francisco, sin admitir glosa ni privilegio alguno. A los solos dos años, el 3 de julio de 1528, Clemente VII aprobaba solemnemente la nueva familia religiosa.

Los nuevos religiosos, llamados primero popularmente y después oficialmente capuchinos, comenzaron a imitar a los primitivos franciscanos. Iban por todas partes predicando la penitencia y la renovación de costumbres. Se les reconocía por su capucha, el desaliño de su cuerpo, la barba espesa que cubría su rostro.

Villacrecianos

Fray Pedro de Villacreces, teólogo y predicador castellano, inició su reforma en 1396, por concesión de Benedicto XIII. Tuvo un rápido desarrollo: Santa María de la Salceda, Aguilera, La Cabrera, El Abrojo, Domus Dei y Scala coeli. Con su discípulo fray Lope de Salazar estuvo en el Concilio de Constanza y, al contrario que los observantes, prefirió seguir sometido a los ministros de la Orden. El papa había prometido incorporarlos a la observancia después de la muerte de Villacreces, pero se opuso con decisión San Pedro Regalado (1456), que logró mantener bajo el general las casas de Domus Dei y Scala Coeli.

Fray Pedro de Santoyo, discípulo de Villacreces, se separó para empezar una nueva reforma, que se unió a la Observancia en 1432, y fue declarada custodia independiente en 1477.

Otro discípulo de Villacreces, fray Lope de Salazar, fundó varios conventos entre las provincias de Burgos y Logroño, bajo el nombre de Custodia de Santa María de los Menores. Estaban sometidos a los ministros conventuales. Luego pasaron al régimen de los vicarios observantes y regresaron a los ministros en 1471. Pio II les concedió algunos privilegios (1460) y en 1463 reformaron el convento claustral palentino de Carrión de los Condes, con el consentimiento de los conventuales.

Coletanos

Santa Coleta de Corbie (1381-1447), aconsejada por su confesor, fray Enrique de Baume, obtuvo del papa Benedicto XIII la reforma de un monasterio, con la regla de Inocencio IV (1253) y constituciones propias. Luego siguieron otros, hasta 22. También los capellanes de dichos monasterios decidieron reformarse, formando una congregación. La principal diferencia con los observantes es que permanecieron siempre sujetos al ministro, a pesar de la insistencia y de los intentos del vicario observante por ocupar los conventos de Dôle, Moyrans y Péronne.

Los llamaban Ministerianos, Observantes bajo el ministro, Conventuales reformados, Observantes estrictos e incluso Nicolaítas (herejes). Al fin prevaleció el nombre de Coletanos. Despreciados por los conventuales y asediados por los observantes, fueron aprobados, sin embargo, por el general Antonio de Massa (1424-1430).

En 1436, el general Guillermo de Casale (1430-1432) les confirmó sus constituciones y les concedió cuatro religiosos por monasterio. Nicolás V les hizo muchas concesiones en 1448, liberándolos de la presión de los Observantes. También fueron aprobados por Pío II (18-10-1458) y por el general Francisco Della Rovere, que los confirmó siendo papa, añadiéndoles nuevos privilegios. En 1490 el general Sansón invitó al vicario observante de la provincia de Borgoña a no molestarlos, mientras les imponía a ellos la observancia de las constituciones sixtinas. En 1496, el vicario general ultramontano Oliver Maillard conseguía agregar seis conventos de coletanos a la vicaría observante de Aquitania. En otras provincias tuvieron un buen defensor en fray Bonifacio de Ceva.

Martinianos

En 1430 se publicaron en el capítulo de Asís las constituciones Martinianas, elaboradas sobre todo por San Juan de Capistrano, en un intento de reunificar la Orden. Era una reforma moderada, aunque severa en cuanto a pobreza y renuncia de privilegios. Pero fueron rechazadas por los conventuales y luego olvidadas por los observantes. Sólo estuvieron en vigor en algunas provincias centroeuropeas, por mérito del ministro y luego general (de la obediencia de Aviñón) Martín Doering. Pablo II les confirmó las constituciones para la provincia de Argentina (Estrasburgo) y Sajonia. Vivían bajo el ministro, con visitador propio.

Clarenos

La "Sociedad de pobres ermitaños de Angel Clareno", grupo de Espirituales que se separó de la Orden en tiempos de Juan XXII, sobrevivía en varias diócesis de Umbria, Marcas y Abruzzo, en el centro de Italia. El 4 de enero de 1444 fueron confirmados en sus prerrogativas, junto con las "hermanas de la sociedad de fray Angel Clareno". En tiempos de Sixto IV, buena parte de ellos pidieron dejar la "beca", para volver a la comunión con la Orden. Después de varios intentos, fray Pedro Hispano, su representante, profesó en manos del general Francisco Sansón. Éste se limitaba a confirmar al vicario en los capítulos generales.

Amadeitas

Es una reforma italiana, aunque el fundador fue el portugués Amadeo Mendez da Silva, de los condes de Vila Real, hermano de Beatriz, fundadora de la Orden de las Concepcionistas. Recibió el hábito franciscano en Asís en 1451, residió en Roma e inició su fundación en Catelleone di Cremona en 1464. Rechazado por los frailes de las demás familias, contó con el apoyo del ministro general Francisco della Rovere (1464-1469), del que parece que fue su confesor. Elegido papa con el nombre de Sixto IV, Della Rovere no dejó de favorecerlo, concediéndole la iglesia romana de San Pedro en Montorio.

De ese modo, los amadeitas se instalaron en Milán, Lodi, Génova, Foligno, Asis, en Italia central y septentrional y en España, pero no llegaron a tener más de treinta casas. El beato Amadeo murió en Milán en 1482. Su congregación permaneció siempre bajo la obediencia de los ministros generales y provinciales, hasta su supresión en 1568.

Capreolanos

Esta reforma la fundó Pedro de Capriolo para observantes que se pasaban a los conventuales y para otros franciscanos que se declaraban neutrales. Pablo II les retiró todas sus facultades en 1467, obligándolos a elegir entre conventuales u observantes. Con Sixto IV obtuvieron una vicaría general, pero todo terminó con la muerte de Capriolo en 1480.

Franciscanos en Cuba

La desamortización y exclaustración acabó con la presencia de la mayoría de las ordenes religiosas en Cuba a mediados del siglo XIX, e inició un proceso creciente de secularización en la sociedad cubana, en cuyas clases media y alta era ya visible un claro indiferentismo religioso. Aunque tras la firma del concordato entre España y la Santa Sede en 1851, las órdenes religiosas fueron autorizadas a regresar a la isla, los franciscanos no lo hicieron hasta 1887, experimentando un crecimiento constante de su presencia y actividad pastoral desde la independencia de la isla.

La Iglesia sufrió también aquí los embates del liberalismo anticlerical, en este caso español, mediante la aplicación de las leyes desamortizadoras y de exclaustración, primero con el gobierno liberal en 1820-22 y luego, de forma más incisiva, en el bienio 1839-41. La desamortización y exclaustración acabó con la presencia de la mayoría de las ordenes religiosas en la isla e inició un proceso creciente de secularización en la sociedad cubana, al producirse una seria disminución del clero e incrementarse la desatención pastoral que ya venía sufriendo la población, especialmente la campesina (incluida, por supuesto, la esclava).

La desamortización también afectó el lazo que existía entre la burguesía criolla tradicional y la iglesia, tanto por la presencia de miembros de esa burguesía en las ordenes religiosas, en especial franciscanos.

En 1887 el Padre Elías Amézarri, en calidad de capellán, solicitó al gobierno, con el acuerdo del comisario general de la orden en España, la autorización para fundar un convento franciscano en Cuba. El ministerio conservador de Cánovas accedió inmediatamente y con fecha 10 de octubre de 1887 se dictaba una real orden al gobernador de la isla para que facilitara un lugar adecuado a los frailes que habrían de llegar. Sólo diez días más tarde salía de Santander la primera expedición de frailes para su nuevo destino antillano.

Estos primeros seis franciscanos llegaron a La Habana en el mes de noviembre de ese mismo año, casi al mismo tiempo que el nuevo obispo Santander y Frutos y el gobierno insular les asignó inmediatamente la iglesia de Santo Domingo en Guanabacoa, una población aledaña de la capital, precisamente el último lugar donde había quedado un resquicio franciscano tras la desamortización.

Poco a poco se reconstruyó el convento, que estaba listo en 1892. Desde aquí se va a expandir la orden de nuevo por toda la isla.

Fuentes