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Leyendas Isabelinas

Las leyendas forman parte de la Cultura Popular Tradicional. Es parte de la oralidad de los pueblos y han existido desde la más remota antigüedad, en muchos casos ha sido el único medio del que se han podido auxiliar las sociedades para conservar y trasmitir su historia y cultura. En esta zona son maravillosas por sus fantasías. Creatividad y por la forma en que han sido trasmitidas de generación en generación, son de gran riqueza expresiva capaz de trasladarte a la época en que tiene lugar y a la situación que describe con un lenguaje enteramente popular.

Apuntes sobre Isabela de Sagua

El puerto de Isabela de Sagua se encuentra situado en los 22° 57’ de latitud norte y 80° 01’ de latitud oeste, en la costa norte de la provincia de Villa Clara, en la margen oeste de la desembocadura del río Sagua la Grande, sobre una franja de terreno pantanoso que sobresale de la costa en forma de península.

El río Sagua la Grande es navegable 32 Km. y su desembocadura forma un delta en el cual se ha asentado este poblado costero, que tiene una bahía de aproximadamente 12 millas de largo, rodeada por gran número de cayos por entre los cuales corren 6 canales que permiten la entrada de las aguas del Canal Viejo de Bahama. Esto ha hecho posible la existencia de grandes riquezas marinas y durante mucho tiempo permitió la realización de operaciones portuarias.

El poblado de Isabela de Sagua, cuyos orígenes datan alrededor de los años 1800, con una histórica tradición pesquera y portuaria, cuenta con una población de 3187 habitantes, 2294 viven en la Isabela y 893 en el poblado llamado Nueva Isabela, creado por la revolución para el beneficio de los habitantes afectados por el huracán Kate en el año 1985. El Consejo Popular de Isabela - Nueva Isabela fue creado en 1991 y tiene una extensión de 101.5 km². Antes de 1959 los pobladores se dedicaban fundamentalmente a la pesca, siendo explotados miserablemente por los medianos y grandes comerciantes, existía muy bajo nivel cultural entre la población.


Leyendas

Leyenda acerca del nombre de Isabela

Se cuenta en la historia de Isabela de Sagua que su nombre está dado porque en el río, que era la única vía de comunicación con Sagua existente en los primeros momentos se hacía el traslado de todo lo que se fabricaba en la zona, sobre todo el producto de los ingenios Dorado, Júcaro, San Jorge, Santa Ana, Delta, entre otros dedicados a la fabricación de moscabado, producto que se transportaba desde los ingenios mediante lanchas hasta las goletas ancladas en el puerto; pero esos medios de navegación no podían avanzar por el río utilizando velas, por no existir brisa hacia el interior y esto traía como consecuencia una incómoda operación en la que se movían los botes cargados mediante remos o palancas y tirando de ellos con sogas atadas a los árboles que se encontraban en los márgenes del río hasta llegar a la desembocadura.

Al llegar a este punto y encontrar la brisa marina, los marineros gritaban la orden ¡iza vela!, operación que al volverse costumbre vino a fijar el nombre que actualmente lleva este pueblo. Es la versión más acertada acerca del nombre del poblado, aunque otra versión plantea que se le puso en honor de Isabel la Católica, reina de España.

Anónimo

Los misteriosos ajíes

Se cuenta que hace algunos años en una casita situada en Salvador Cisneros, calle de Isabela de Sagua, vivió una hermosa muchacha llamada Juana Ibáñez junto a sus dos hermanos pescadores: Jacinto y Enrique. Esta muchacha era ama de casa y la tenía que parecía una casa de muñecas, limpia y recogida. Por eso todos la admiraban. Un día en que Enrique regresó de su pesquería le ocurrió algo extraño: a su puerta tocó un vendedor de ajíes para cobrar un peso que le había vendido a una muchacha en la ventana de la casa. Enrique le pide la descripción de la muchacha; el vendedor la describe como una mulata china muy hermosa, con el pelo largo la cual depositó los ajíes comprados en una fuentecita. Enrique va a la cocina y quedó muy sorprendido al ver en la mesa la fuente con veinte pesos debajo. Entró al cuarto y tomó un retrato de Juana para mostrarlo al vendedor. ¡Esa es la joven!, gritó el vendedor. Entonces Enrique le dijo: esta es mi hermana y murió hace algunos años. El vendedor no miró atrás, salió corriendo desesperado y cuentan que nadie más le vio regresar. En la actualidad las personas aún sienten miedo por lo sucedido.

Sandra Rodríguez Truy

El cayo de la leyenda

En una tarde fría todos los niños del barrio jugábamos a los escondidos cansados de correr, pensábamos en algo que nos pudiera divertir. De pronto, se me ocurrió una idea. Llamé a todos los demás y les dije:

  • ¿Qué tal si le decimos al abuelo Chino que nos cuente una de sus asombrosas historias?

Entonces nos dirigimos a su casa y le dijimos.

  • Abuelo, no tenemos a que jugar; cuéntanos una de tus historias.

Éste sonrió, respondió afirmativamente y nos dijo:

  • “Hoy no les contaré ninguna historia, sino una leyenda ocurrida hace mucho tiempo en un cayo muy alejado de aquí, cayo La Vela.

Nos acomodamos todos y el abuelo Chino comenzó a contarnos lo siguiente: Este cayo, situado al este de Isabela, sirvió de abrigo a los corsarios y piratas. Estos guardaban allí el botín del cual se apoderaban tras prolongadas expediciones y ataques marítimos. Estos hombres con sed de riquezas llenaban el sitio de joyas y lingotes de oro; lo enterraban en dicho lugar para protegerlo. Al pasar el tiempo volvían a recoger el tesoro. Todo esto con el paso de los años, fue contado por los ancianos, lo que hizo crear miedo en el pueblo isabelino y sólo los más valientes y decididos se atrevían a ir y al regresar exclamaban asombrados:

  • ¡Qué va, ni por todo el oro que hay enterrado allí vuelvo a ir; si se oyen voces y lamentos y el ruido de grandes y pesadas cadenas!

Al terminar de contar la leyenda se me ocurrió preguntarle al abuelo:

  • ¿Abuelo, si te coge una tormenta en las cercanías del cayo y no tienes otro lugar donde refugiarte, qué harías?
  • Pásala allí, mi nietecita, pero cuando pase, vete, no te quedes.

¡Que respuesta! Desde entonces, ya por costumbre vamos derecho al portal del querido abuelo, al que todos queremos y ayudamos, para que nos cuente una de sus asombrosas y escalofriantes leyendas. Ariadna Rodríguez Rodríguez

La aparecida de la Punta

Alguien dijo:- la hija de Marcelino García ha muerto. Tal comentario me daba vueltas en la cabeza como si los abismos se atrevieran a maldecir cualquier vida, incluso la más joven, la más delicada, como si de soledad estuviéramos prestos. Otra vez las voces. ¡Ha muerto! Se repetía de labio en labio. Un gran revuelo se armó, el miedo viajó por el pueblo con su sustancia viscosa y mal oliente, todavía algunos tienen la visión nocturna, melancólica, hay juegos de olas que predicen un juramento, una espera, una terquedad que se inmortaliza, yo la vi y por eso la cuento.

El séptimo cielo abrió sus puertas y ella entró inocente, vestida de blanco, al pasar apretaba los rosales contra su pecho, rosales que el polvo ceremonea con el tiempo, rosales de plata y rosales tibios, anhelantes, la luna se engalanaba con el impulso de la carne; miedo porque siempre estuvo, porque es fantasma de agua que imanta la garganta de la gente, miedo porque verán lo que pasó después de sepultada, por favor, créanme no suelo ser un mentiroso, por Dios que no. La niña acostumbraba a pasear noche tras noche por la Punta, dicen que fue un juramento hecho a un joven que, al parecer fue su novio y que tuvo necesidad de viajar para estudiar, la niña oscilaba en pleamar, algunos la vieron llorar desesperada, es el perfume que recorre los días sin remordimientos. Siempre entre sus manos un ramo de rosas, vestida de blanco y la soledad entintaba sus venas.

¿Quién sabe el sueño que tributa?

¿Quién el misterio que conmueve?

La veían vagar mirando al mar, deseaba un paso feroz del tiempo, a veces miraba un poco más allá, fugitiva de agravios en la sombra, nadie la acompañaba, esperaban que el mar guardara romances o desamores, ella cumplió siempre con el juramento, visitar vestida de blanco La Punta, esperar y esperar, ya era una costumbre verla transitar en la nocturnidad, solo el viento definía aquella visión, se ceñía inigualable a la feroz resistencia, los ojos signos del fuego del alma siempre vigilantes.

La muerte se asoma al espejo y llama, la muerte se embosca frente al rosal y rapta el espíritu juvenil, las rosas revelaron frialdad infinita, una pequeña gota de sangre amenaza. La niña hincó sus dedos, la niña fue perdiendo fuerzas, la niña murió. Otra vez los comentarios, se pasmó decían los más viejos, la niña de Marcelino no existe más. Muchos visitaron el viejo y lujoso chalet, curioseaban, otros iban a La Punta en busca de una presencia y nada era cierto, murió. Así pasaron los días y las noches, hasta que la esposa de Orestes, Pastora, que vive muy cerca del mar, la vio nuevamente. Estaba hermosa, casi se desmaya al asomarse a la ventana, hábito que consumía siempre. El esposo al presenciar el estado de su mujer se asustó y le dio a beber tilo, claro que no le hizo caso, pensó que era idea, exageraciones, pero no; también él se llevó un susto y cayó al suelo.

Este se lo dijo al vecino, el vecino siguió comentando, la noticia recorrió el pueblo. Nunca faltaron los osados que visitaban La Punta para verla; desde entonces Pastora cerraba las ventanas temprano aunque la veía a cada rato. El esposo lo sabia porque temblaba semejante a una hoja. La contemplación de un juramento irradia plenilunios, nombran la humildad de un cuerpo menudo, tierno. El joven jamás regresó. Dicen rumores que también se enfermó. Ella siguió esperándolo siempre apareciendo en La Punta. Por eso todos la llamaron la aparecida de La Punta. En silencio ofrece el agua una figura, una insepulta y triste dormida sobre el oleaje; sin fuga en la muerte atravesando la vida semejante a uno que la ve agitándose y compadeciéndose de su soledad.

Roberto Hernández Alonso

La leyenda del perro amarillo

Esta es una historia distinta, casi irreal o tal vez diferente, donde el inicio no existe y el final no termina. Solo un personaje protagoniza este cuento, hay más, tal vez tantos que no puedan contarse pero da igual, en definitiva, para todos es la misma historia que así comienza. Fue una noche como tantas, una más en mi pueblo hace como cincuenta años. Pocas estrellas y luceros salpicando el infinito, brisa suave adormeciendo los sentidos, luna blanca alumbrando tejados, muelles y almas. Sucedió ahí, en un lugar que le dicen El Varadero, refugio de barcos que al paso de los años y las olas van gastándose, quedándose sin vida y son llevados allí para que manos diestras le devuelvan el aliento imprescindible para seguir viviendo. Este lugar es tranquilo, solo velas, esqueletos de madera, utensilios de trabajo. Es fácil quedarse ahí cuidando estos fantasmas a los que nadie teme porque son inmóviles, indiferentes. Mi amigo estaba allí como cada noche recorriendo todos los rincones, acariciando un mástil, respirando vida en esos pedazos muerto. Va de acá para allá burlando el cansancio y el sueño, mira al cielo, dibuja con sus ojos dos estrellas más. El vigor de sus pocos años le permite ir y venir, subirse a uno que otro barco e imaginar una historia y cual chico navegar en su mente hacia el horizonte. Después, con el paso de las horas, el cuerpo agotado por la noche, busca alivio en una silla, mueble hecho de recortes que han quedado de algún pedazo de barco que deshecho aguarda para ser reconstruido. Se acomoda y se recuesta a la pared para disfrutar de lo apacible del lugar y del aire que le golpea suavemente. Mira a uno y otro lado, todo en paz.

  • Ya iba a cerrar un poco los ojos, -me dijo-, y siento que sus viejas manos se mueven con un temblor casi imperceptible.
  • Diga, abuelo, ¿Qué pasó? Cuénteme.
  • Salió de la oscuridad como si fuera un alma en pena, venia directo a mí con los ojos grandes y brillosos, parecían fuego. La boca abierta, la lengua le colgaba sobre sus dientes, era amarillo, un perro flaco y amarillo.

Confundida traté de restar importancia. ¿Qué habría de especial en un perro que vaga por la noche, tal vez buscando abrigo? Pero las manos del viejo ya no solo se movían, sudaban y su pálido rostro estaba fijo en el tiempo.

  • Era un perro amarillo y me miraba, se me venía encima - susurró. Yo no tenía miedo, qué podría hacerme un pobre animal. Pero sus ojos cada vez brillaban más y tuve miedo, entonces pasó lo que pasó.
  • ¿Qué sucedió? - le pregunté ansiosa.
  • Comenzó a crecer y a crecer y cada vez se ponía más grande, mientras más crecía él, más grande era mi miedo.
  • ¿Y qué hiciste, abuelo? - le pregunté.
  • Al principio me quedé sentado, solo miraba, pero no sé ni como empecé a correr sin mirar atrás, para casa de un amigo, le toqué en la puerta tan duro que por poco la tumbo. Me parecía que tenía el perro detrás de mí, pero no me atrevía a darme la vuelta.

Mi amigo abrió y le conté todo. Luego entre los dos fuimos a ver y no había nada. Yo ni a palos me quedé solo esa noche ni ninguna otra. La gente decía que no podía ser pero yo lo vi y no estaba dormido. El viejo me cuenta una y otra vez la historia, mientras lo hace sus manos tiemblan y se ponen sudorosas. Su mirada gastada por los años se pierde, su mirada vuelve a esa noche, sus ojos brillan y se quedan fijos. El viejo ya tiene más de ochenta pero la historia es la misma. Cada detalle permanece exacto, pero lo curioso de esto es que aunque pocos lo creen, muchos no dudan pues otros decían haber visto en noches tranquilas, de pocas estrellas que se pierden en la claridad de la luna, un perro flaco y cabizbajo que se paseaba entre la sombras sin que pudieran detenerlo. Como fantasma iba y venía sin que alguna mirada pudiera seguirlo y desaparecía ahí, donde el abuelo sentado huyó hace como cincuenta años. Esta historia con el paso de los años se ha convertido en ¨ La leyenda del perro amarillo ¨. Unos creen verlo, otros, que han querido, no lo han visto. A mí, en lo particular, me parece irreal, pero también cierto. De cualquier manera no quisiera tener una experiencia similar si alguna noche, por casualidad, me encuentro cerca. Y ustedes ¿qué hubieran hecho, si fueran el viejo de esta historia?. Annia Sisto Guerra

La cornuda de Marillanes

Solamente el motor de la chalana La conga, rompía el absoluto silencio de la bahía. Atràs quedaba Isabela como un collar de preciosas perlas, en la quietud de la madrugada que avanzaba, impetuosa, en busca de los primeros claros del día. El viejo Crescencio, llamado por todos Chencho, se aferraba al timón de la chalana y de vez en cuando se encorvaba como queriendo ver en la oscuridad la silueta de alguna boya que le indicara el rumbo al caudaloso Cañón de Marillanes.

  • Oiga usted, Juan Tomás, quién haya conocido esta bahía como yo cuando era muchacho y pescaba con mi papá y abuelo Tito, te daría que es tanta la diferencia como el día y la noche. A esta hora ya estaban en la cubierta par de picùas y habría visto varios tiburones grandes rondando la chalana.

Ahora me viene a la mente lo que nos pasó un domingo de junio, allá por el año cuarenta y ocho:

  • Llegamos ese día temprano y nos fondeamos en el pesquero viejo de la pared del cañón. El viejo cogiò una posta de macabì y la enganchó en el anzuelo, dejàndola caer al agua. Compadre, aquella posta no llegó al fondo, enseguida le picó un buen pescado que resultó ser el pargo màs grande que yo habìa visto en los días de mi vida. ¡María Purísima, Juan Tomás, què pargo tan grande!. Y, oiga usted, mi padre, tan rápido como el viento, enganchó otra posta de macabì y la dejó caer al agua. Enseguida picó otro peje. Este parecìa màs grande que el otro.

El viejo se amarró con èl y lo traía despacio pa´ la chalana, pero aquella pita de pronto se quedó tensa como si alguien la estuviera sujetando en el fondo del cañón. Oiga, compay, lo que habìa ahì abajo halaba tan duro que puso la popa de la chalana contra la corriente y ya el viejo no pudo aguantar màs el cordel. Por un milagro pudo darle dos cotes en la gaza de la codera que aguanta los arreos de la vela.

  • Oiga, viejo, aquello se puso feo. Parecìa como si el mismo diablo estuviera halando la chalana por la misma quilla, en contra de la corriente del cañón. De pronto, aquella cosa oculta en el agua, se quedó quieta y algo oscuro y siniestro comenzó a dejarse ver como a seis o siete varas de la chalana. Cuando terminó de salir a flote y se dejó ver en todo su tamaño, un poderoso escalofrío me dejó sin habla, como si un enorme clavo me hubiera entrado por la columna, dejándome fijo a la cubierta del barco. Aquel animal le sacaba un gran trozo por la popa y por la proa a la chalana. ¡María Purísima, Juan, què clase de cornúa!.

Mira eso, viejo, cómo se me ponen los pelos de punta de solo pensar que pà mì era màs malo que el mismísimo diablo.

  • Oiga usted, Juan Tomás, aquella cosa gigante comenzó a moverse en dirección a la chalana, como si estuviera reclamando màs comida. Cuando se pegó al barco, te juro, viejo, que podías tocar la cornùa con la mano.

Rápidamente el abuelo tomó el pargo que estaba en el otro corredor y se lo arrojó lo màs lejos que pudo. ¡ Santo Dios, caramba, aquello fue como si el bicho se estuviera comiendo un boquerón!.

  • Mire, Juan Tomás, se lo tragó de un solo bocào, no le bastó y se acercó de nuevo a la chalana, levantando sus cuernos, como si quisiera contar la comida que quedaba a bordo del barco. Después la maldita cornúa se quedó quieta y yo de bobo pensé que al final se iría, que a lo mejor se había llenado con el pargo que mi papá le echó.
  • ¡Aaaaah!, Juan Tomás, ese bicho pensaba de otra forma. Ella quería las tres comidas que estaban en la chalana y se lanzó, rápido como el rayo, contra la banda sacando toda la cabeza y la cornamenta fuera del agua.
  • Te juro, Juan Tomás, que si el diablo la ve en ese momento se va corriendo y se esconde en el mismísimo infierno. La muy golosa clavó sus dientes en la obra muerta, arrancando de un solo tirón todo el montante de estribor. Del susto yo caí entre la planta y la nevera.

Mi abuelo pescaba metido en el cuartel de proa y se puso tan chiquito que sobró espacio para meterse donde no cabía. El viejo, el más fuerte, logró arrancar de un sogazo la planta y le echó todo el saco de carná a la cornúa para darle tiempo a picar el cabo de fondeo. Aquello parecía una pesadilla, junto al ruido de la planta y los gritos de mi papá se escuchó la voz de mi abuelo que decía:

  • ¡Caramba, Chencho, pon rumbo al pueblo. Donde viva esta cornúa, la pesca, al menos conmigo, se terminó.
  • Oiga usted, Juan Tomás, le digo con honor a la verdad que yo me humedecí en los pantalones, y mi abuelo, huuuuum, de allá salía un olorcito tan desagradable que daba la impresión de estar metido en cualquiera de los escusados del pueblo.
  • No, no se ría usted, Juan Tomás, que en los tantos años que llevo pescando y son tantos como las escamas de un Sábalo, no he vuelto a ver otra como la cornúa del Cañón de Marillanes.

Nelson Rodríguez Machado.

La historia de Juan el muerto: una más entre tantas leyendas

Transcurría el año 1888 y la desembocadura del río Sagua lucía con orgullo toda una flora y fauna características solo de esta área donde el tranquilo remanso de aguas dulces se une en matrimonio con el misterioso mundo marino. Juan se levanta del mundo de los muertos y recuerda con exactitud el jolgorio de ese caserío todo pintado de blanco donde los que lo habitaban eran felices pescando y haciendo carbón. En Casa Blanca se vivía con el Don de la inocencia y la rudeza del trabajo. Llegó el 4 de septiembre y la tranquilidad del mar y el cielo despejado, le jugaron una mala pasada a los viejos lobos marinos. Juan se revuelve en el mundo de las sombras, recordando el siniestro huracán que decidió arrebatar de la faz de la tierra el asentamiento de carboneros y pescadores. Como un reloj de arena el día se iba desvaneciendo y los pobladores de Casa Blanca, confiados e incrédulos, olvidaron la alerta del Comandante del Puerto isabelino de buscar refugio en Sagua la Grande.

El peligro de un gran huracán era inminente. El sol corre sus cortinas y las condiciones climáticas comienzan a cambiar. Juan sufre, sufre, sufre porque sabe que todo ese mundo humilde de casas blancas será destrozado en breve por la furia del mar y de los vientos. Grandes olas se levantaron sobre la indefensa comunidad como castigando la desobediencia. Bastó poco tiempo para que nada quedara en pie. El silencio se convirtió en el único vocero de la terrible desgracia. Sólo un niño de 8 años sobrevivió a la tragedia y sobre un pedazo de madera era arrastrado por las olas y el viento. Era Juan pequeño e indefenso quien iba acompañado, según cuenta la leyenda, por una mujer toda vestida de blanco con un largísimo velo, parada sobre la superficie del mar junto a su endeble cuerpecito ya sin fuerzas. Ella lo condujo a salvo hasta la Comandancia de la Marina, situada en el lugar conocido por La Punta, en Isabela de Sagua, sitio donde fue recogido por varios hombres al escuchar su llanto. Casa Blanca quedó desolada y solo Juan, conocido desde entonces como Juan el Muerto, podía recordar lo acontecido en ese asentamiento de carboneros y pescadores el 4 de septiembre de 1888.

El café de Paquita

Hace unos días visitando a una querida amiga nacida en Isabela, y en medio de una amena charla, me anunció que me brindaría un bienvenido café. Muchos fueron los incidentes que inevitablemente hicieron que el café anunciado demorara mucho más de lo habitual y ahí mismo fue recordado el Café de Paquita, frase que para los isabelinos más entrados en años es muy familiar pues cuentan que en Las Carboneras vivía una frágil y simpática señora llamada Paquita Balaguer que recibía toda visita con tanto agrado que desde la llegada le anunciaba una taza de café. Esta señora era muy conversadora y abrumaba a la visita con su constante charla, interrumpida con el anuncio del retiro de la visita a lo que ella ripostaba volviendo a anunciar el café prometido. Esto sucedía varias veces hasta que inevitablemente, por el tiempo transcurrido, la visita tenía que retirarse por lo que Paquita se lamentaba ya que no tuvo tiempo de hacerle el café. Es por ello que desde entonces todo el café demorado para los isabelinos resulta parecido al Café de Paquita. Acelia Magdalena Alonso Carrill

La destrucción de un amor

Esto que les relato ocurrió hace muchos años cuando yo no vivía aquí, en este pequeño pueblo de Isabela. En una modesta casa de La Punta, cerca del mar, vivía una joven muy alegre llamada Teresa. Apenas tenía unos escasos 15 años. Como toda joven, estaba enamorada, ese hermoso sentimiento que nos hace soñar despierto y ver todo color de rosas, además es ciego y loco, todo tan bello en la adolescencia pues solo pensamos en que no existe el daño. Al fin el joven de los sueños le pide la mano a los padres de Teresa. El cumplía con las visitas y todo transcurría bien. Pero un día, después de la visita del novio, la joven lo despidió en la puerta, no dijo nada a nadie y se dirigió a su cuarto a dormir. Al despertar todo era diferente. Teresa no hablaba y su novio no regresó más. La muchacha fue empeorando hasta cambiar totalmente su personalidad. Ella se fue marchitando como una flor que se arranca sin piedad de un jardín para luego arrojarla al suelo para ser pisoteada. Solo su almohada guarda los secretos de aquel gran amor que fue traicionado y murió apenas comenzaba.

La leyenda del hombre sin cabeza

Un señor de apellido Prabanco había sido mambí y traicionó. El conocía un patriota llamado Casimiro Espinosa. Quién llegó una noche del invierno de 1897 a Isabela de Sagua con una misión especial y lo entregó a las tropas españolas. Un grupo de voluntarios puso fin a su vida en el varadero y lo arrojaron al mar enredado en un alambre de púas. Apareció varios días después en el ancla de un barco fondeado en el río. Cierto día vino un patriota y le pide a Prabanco que le ayudara a afilar el machete, Prabanco giraba la piedra y el revolucionario afilaba el machete, al terminar le corto la cabeza para que no delatara a nadie más. Desde entonces deambula por ese lugar un hombre carente de cabeza.

Leyenda De Juan el Muerto o del ciclón de 1888 en Isabela

En la amplia desembocadura del río Sagua existió, hace mucho tiempo un caserío de pescadores y carboneros con alrededor de 500 habitantes; llamado Casa Blanca, muy bello, lleno de hermosas casitas blancas que adornaban el paisaje, ahí vivía un niño de 8 años llamado Juan Acosta. El comandante del puerto de la Isabela avisó a los habitantes de ese lugar para que lo abandonaran ante el peligro que se avecinaba y se fueran a guarecer a Sagua la Grande.

Un peligroso huracán se aproximaba. Nadie hizo caso, el tiempo era tan bello y el cielo tan azul que era imposible creer que se acercaba un ciclón. En unas horas la sonriente cara del sol se oscureció, el viento sopló con furia, las olas se levantaban al cielo. Cundió el pánico. La violencia del huracán crecía con la llegada de la tarde y ya era demasiado tarde para obedecer las órdenes del comandante. Los pobladores corrían desesperados de un lado a otro, el mar embravecido entraba a las casas y arrollaba todo a su paso. Todo quedó reducido a escombros.

Por doquier aparecía una madre abrazada a su hijo, hombres sepultados en la arena y niños muertos con caras de espanto. Un niño, solamente un niño se había salvado y apareció envuelto entre frazadas ¡un milagro había ocurrido! El niño contó que fue guiado por una bellísima mujer, vestida de blanco con velo largo, muy largo que flotaba. Ella se mantenía a cierta altura de la superficie del mar y guiaba la pila de tablas que sostenían al muchacho hasta que llegó a la comandancia de la marina. Esta hermosa mujer era la Virgen del carmen, patrona de los Isabelinos, de los hombres de mar. El niño fue recogido por el comandante de la marina y allí creció, pues de su familia solo el se había salvado. Se le conoció como Juan el Muerto desde entonces por la leyenda que envuelve su salvación.

Fuentes

  • Documentos y autores de las leyendas