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Théodore Monod

Théodore Monod
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Naturalista viajero
Nacimiento7 de septiembre de 1902
Fallecimiento22 de noviembre de 2000

Théodore Monod. Naturalista viajero al estilo de los enciclopedistas del siglo XVIII, gran conocedor del África sahariana. Para el público, un humanista generoso.

Síntesis biográfica

El África sahariana fue su "diócesis". Este hijo y nieto de pastor, que se planteó estudiar teología él también, consideraba el Sáhara como su catedral y a los hombres del desierto como a sus feligreses. De hecho, desde la más tierna infancia, Théodore Monod siempre tuvo curiosidad por todo, primero en Ruán, después en París. Peces, insectos, fósiles, estrellas, lo que fuera: observaba con pasión todo lo que la naturaleza ponía a su alcance. Devoraba los libros que describían lo que no podía ver ni tocar, prometiéndose ir a verlo por sí mismo algún día.

La insaciable curiosidad por la naturaleza desemboca a la fuerza en el viaje. Cuando el niño Théodore recorría Francia con su familia, traía especímenes y apuntes sobre todo lo que había podido observar. De adolescente, soñaba con viajes lejanos y vivía de los relatos de exploradores. Se imaginaba recorriendo el Tíbet, ese tejado del mundo donde pensaba que los hombres estaban más cerca de Dios. Pero Théodore Monod no fue al Tíbet. En 1920, a los dieciocho años y con una colección de diplomas (biología, botánica, geología) de la facultad de ciencias de la Sorbona, partió como "naturalista" a bordo de un buque oceanográfico que hacía cabotaje a lo largo de las costas de Bretaña (fachada atlántica de Francia). Al año siguiente, ingresó en el Museo Natural de Historia Natural y, en 1922, fue nombrado auxiliar en el departamento de Pesca y Producciones Coloniales. Este cargo le llevó hasta Port-Etienne, en Mauritania, para estudiar la fauna marina y la pesca. Tras él, el desierto, inmenso y fascinante... Para volver a París tras un año de estancia en el extranjero, se dirigió a Dakar (Senegal) montado en camello. Descubrió maravillado el desierto y sus hombres, fue una auténtica revelación. A los veintiún años, su vida dio un vuelco: el especialista de la fauna marina se apasionó por el desierto.

Un peregrino comprometido

En 1925, el Museo lo envió de nuevo a África, pero a la zona ecuatorial: disponía de un año para hacer el inventario de la fauna acuática entre el sur de Camerún y el lago Chad. Aquella formidable misión le llevó a viajar por todas partes, andando, en piragua e incluso en silla de manos, por un África impregnada de costumbres coloniales. Sin embargo, el desierto le atormentaba. En 1927, la Sociedad de Geografía le propuso una misión hecha a medida: acompañar a una expedición científica a través del Sáhara, de Argel a Dakar, pasando por Tamanraset y Tombuctú. ¡Seis meses explorando el mayor desierto del mundo! El regocijo de Théodore Monod era inmenso. Se dedicó a coleccionar muestras de plantas y de rocas, y a multiplicar apuntes y croquis. Recogió una cosecha que le ocupó durante varios años en el Museo, pero tuvo tiempo para casarse con una joven procedente de la diáspora judía de Checoslovaquia.

Pero no renunció al desierto. En 1934, pasó catorce meses en las dunas de Mauritania. Al año siguiente, se convirtió en el primer hombre que exploró el entonces desconocido desierto de Tanezrouft, que aparecía en blanco en los mapas del Sáhara. En 1938, partió a Dakar con su familia para establecer el Instituto Francés de África Negra1 (IFAN), centro de investigaciones históricas y científicas sobre el África occidental francesa. Fue allí donde le sorprendió la guerra. Recibió el destino de soldado de 2a clase en un regimiento de las compañías saharianas montadas estacionado en el Tibesti, en el norte del Chad.

De regreso a Dakar y tras múltiples peripecias, militó contra la colaboración con los nazis, criticó con dureza el racismo erigido en política en las colonias y recibió a De Gaulle en 1944. Siendo ya profesor de zoología, titular de la cátedra de ictiología en el Museo, Théodore Monod se ocupó tanto de su laboratorio parisino y del IFAN como de las expediciones saharianas, que multiplicó entre 1953 y 1964. Recorrió el Sáhara de arriba a abajo, en camello y sobre todo a pie, sorprendiendo incluso a los hombres del desierto por su resistencia y frugalidad.

A la edad de noventa y tres años, aún ansioso por descubrir cosas a pesar de estar casi ciego, acompañó una expedición botánica a Yemen en 1995 y volvió al Sáhara el año siguiente. Tras haber recorrido infatigablemente el desierto durante su carrera de investigador, dedicó el final de su vida a armonizar su fe cristiana con la lucha por la dignidad humana. Anduvo al frente de las manifestaciones contra la bomba atómica, el apartheid, la marginación. Militaba contra todo aquello que, según él, amenaza o degrada al hombre: la guerra, la corrida, la caza, el alcohol, el tabaco, la violencia contra los humildes. Su credo: el respeto de la vida, bajo todas sus formas.

Muerte

Murió el 22 de noviembre de 2000, a la edad de noventa y ocho años.

Fuentes