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Cine italiano neorrealismo

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Cine italiano neorrealismo
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Concepto:El estilo del neorrealismo a pesar de ser mundialmente aclamado y tener una enorme influencia, sobre todo fuera de Italia, tuvo una acogida dispar entre el público de ese país

Cine italiano neorealismo. Estilo de espectaculares superproduciones históricas en la industria cinematográfica italiana. La película emblemática del neorrealismo es "Roma, ciudad abierta". Surge en un momento previo a las transformaciones mundiales del cine, antes de los “nuevos cines”. Desde 1945 a 1960 aparecen lo que se llaman los cines nacionales, es decir, que toman valor cines provenientes de países que antes no habían llegado a ningún lugar: Japón (Kurosawa, Ozu), La India, etc. Es un momento en el que estos cines nacionales cada vez tienen más importancia, con la excepción de África, que surgirá más tarde.

Historia

El primer periodo de esplendor del cine italiano comenzó en la década de 1910, cuando se constituyó como pionero de espectaculares superproducciones históricas. Hasta entonces, la industria cinematográfica italiana había sido una pálida sombra de la francesa, adoptando de su vecino más avanzado no sólo las ideas, sino también los actores (el cómico italiano más popular de los inicios del cine, Cretinetti, era de hecho francés, André Deed, al que se conocía en su país como Boireau).

Con la caída de "Troya" (1910, de Giovanni Pastrone), "Los últimos días de Pompeya" (1913, de Mario Caserini) y "Cabiria" (1914, de Pastrone), las compañías italianas Ambrosio y Cines lanzaron con éxito comercial una forma enteramente nueva de espectáculo cinematográfico al mercado mundial, incluido Estados Unidos. Y no menos importantes, al menos para el mercado interno, fueron los melodramas protagonizados por las famosas divas Lyda Borelli ("Fior di male", 1915, de Carmine Gallone) y Francesca Bertini ("Assunta Spina", 1914, de Gustavo Serena).

La I Guerra Mundial supuso el repentino final de este breve período de gloria. En 1919 un torrente de importaciones de Estados Unidos llevó a la industria italiana al borde de la bancarrota. La producción fue menguando a lo largo de la década de 1920 y al final de ésta sólo se hacía un puñado de películas cada año.

La situación mejoró en la década de 1930. La llegada del sonoro aumentó la demanda de cine hablado en italiano, y el gobierno fascista, que hasta entonces no había visto en el cine más que un vehículo propagandístico a través de documentales y noticiarios, intervino para apoyar a la industria.

A diferencia de su homólogo alemán, el régimen fascista italiano no intentó convertir el cine en un espectáculo nacionalista. Aunque se hicieron algunas películas fascistas, comenzando con la de Alessandro Blasetti, “Sole” (1928), en general, el gobierno se marcó como objetivo impulsar una industria cinematográfica autosuficiente y se inició la construcción de grandes estudios.

Algunos directores que habían emigrado, como Augusto Genina o Carmine Gallone, volvieron a su país, e incluso algún realizador extranjero como Max Ophuls rodó en Italia la exquisita “La signora di tutti” (1934). Las comedias y los melodramas eran especialmente populares. Películas como “Darò un milione” (1935, de Mario Camerini), protagonizada por un jovencísimo Vittorio de Sica, alcanzaron un reconocimiento internacional semejante al de las comedias de Frank Capra o Preston Sturges.

Nacimiento del neorrealismo

Tras la caída de Mussolini en 1943 y la liberación en 1945, Italia conoció el nacimiento de una escuela que suponía una nueva forma de ver el cine: el neorrealismo. Al utilizarse los estudios de Cinecittá para albergar a refugiados, los cineastas salieron a las calles para contar historias sobre la resistencia o la vida cotidiana de la posguerra.

La película emblemática del neorrealismo es Roma, ciudad abierta, de Roberto Rossellini, con guión de Federico Fellini, rodada durante los últimos meses de la guerra y distribuida en septiembre de 1945. No obstante, las semillas del movimiento habían germinado bastante tiempo antes, con títulos precursores como “Obsesión” (1942), de Luchino Visconti, quien, al tiempo que destacaba como director teatral y operístico, con barrocos montajes que dejarían huella en la segunda etapa de su cinematografía, rodaba películas de marcado estilo neorrealista como "La tierra tiembla" (1948), sólida epopeya sobre la dura vida de los pescadores sicilianos.

Filme “Ladrón de bicicleta” de 1948, de Vittorio de Sica

Asimismo, el equipo de director-guionista formado por Vittorio de Sica y Cesare Zavattini realizaba “El limpiabotas” (1946), sobre dos muchachos que viven de su ingenio en la Roma de la posguerra, la famosísima “Ladrón de bicicletas” (1948), considerada una de las mejores películas de la historia del cine, y “Umberto D.” (1952), la historia de un jubilado y su perro. Rossellini, tras el éxito de “Roma, ciudad abierta”, realizó “Paisà” (1946), película dividida en seis episodios sobre el avance aliado a través de Italia, y Alemania "Año cero" (1947), que tiene como fondo las ruinas de Berlín.

El neorrealismo, a pesar de ser mundialmente aclamado y tener una enorme influencia, sobre todo fuera de Italia, tuvo una acogida dispar entre el público de ese país. Así, La tierra tiembla se distribuyó sólo en una versión reducida y con el dialecto siciliano doblado al italiano, a pesar de lo cual funcionó mal en taquilla.

“Umberto D” fue aún peor, y sin embargo otras películas menos valoradas por la crítica que mezclaban contenidos sociales con elementos del melodrama y de la intriga tuvieron más éxito, como la película de Giuseppe de Santis “Arroz amargo” (1949), que en algunos planos se recreaba en los muslos de una joven Silvana Mangano avanzando entre los campos de arroz.

Además de estas dificultades, el neorrealismo tuvo que afrontar una escasa distribución y la hostilidad frontal de un gobierno preocupado por la imagen que estas películas transmitían de Italia, con lo que sus autores lo irían abandonando en pos de un cine más rentable y de estética más cuidada que iba ganando terreno en el panorama internacional.

Décadas de los 50 y 60

Para contrarrestar la fuerte competencia de Hollywood, la industria italiana se embarcó en la década de 1950 en una triple estrategia: por una parte, se realizaron comedias populares y películas de género de bajo presupuesto para el mercado local y proyectos más ambiciosos a través de acuerdos de coproducción con otros países europeos; por otra, se estimuló a las grandes compañías estadounidenses a reinvertir sus beneficios en el mercado italiano en producciones rodadas en Italia, como “Ben-Hur” (1959, de William Wyler) de la MGM].

Por otro lado, se fomentó la realización de prestigiosas producciones de cara a la distribución internacional, estrategia que culminaría en 1963 con la obra de Visconti “El gatopardo”, financiada por la 20th Century Fox. El gran éxito de “La dolce vita” de Federico Fellini (1960) y el éxito internacional de crítica de las vanguardistas “La aventura” (1960) y “El eclipse” (1962), ambas de Michelangelo Antonioni, situaron a Italia de nuevo a la cabeza del cine mundial por la calidad de sus producciones.

Al prestigio del neorrealismo y de los anteriores autores se vino a sumar una nueva generación de autores-directores, con figuras de la talla de Pier Paolo Pasolini (“Accatone”, 1961), Bernardo Bertolucci (“Antes de la revolución”, 1964), Ettore Scola (“El demonio de los celos”, 1970) o Marco Bellocchio (“Las manos en los bolsillos”, 1965), que trataban temas de gran importancia social y cultural de un modo muy personal.

La década de 1960 también estuvo marcada por el éxito extraordinario que alcanzaron internacionalmente un tipo de películas concebidas en principio para el mercado local, los spaghetti western, que utilizaban paisajes españoles o yugoslavos como localizaciones del Oeste estadounidense para crear un mundo de violencia ritualizada, casi abstracta, cuyo máximo exponente es el gran maestro del género, Sergio Leone (“Por un puñado de dólares”, 1964; “El bueno, el feo y el malo”, 1966).

Década de los 70

Tras la década de 1970, durante la cual los grandes autores continuaron en activo (Pasolini murió de forma prematura en 1975, “Visconti” en 1976 y Fellini en 1993), y con la excepción de figuras como Ettore Scola o Bertolucci, el cine italiano como personalidad diferenciada comienza a disiparse, disminuyendo los niveles de producción y las audiencias.

Los directores más prestigiosos se han visto tentados progresivamente por la seducción de la cinematografía internacional, como ilustran los casos de Bertolucci con “El último tango en Paris” (1972, con Marlon Brando) o Antonioni con “El reportero” (1975, con Jack Nicholson). De los grandes maestros del período de posguerra, sólo Fellini se mantuvo fuertemente enraizado en la cultura italiana (aunque interpretada de un modo singularmente idiosincrático).

El mundo de la Mafia, el terrorismo y la corrupción política continúan, sin embargo, suministrando temas tanto para directores ya consagrados como Francesco Rosi (“El caso Mattei”, 1973) como para la nueva generación de actores-directores encabezada por Nanni Moretti y Roberto Benigni.

La mordaz y a menudo nihilista sátira de los denominados nuevos cómicos es bastante menos suave que la de la generación anterior, popularizada por actores como Marcello Mastroianni, y ha tenido menor difusión.

Década finales de los 80 y los 90

Filme “La vida es bella,” de 1999, del director Benigni

Aunque dentro de sus fronteras el cine italiano haya experimentado a partir de finales de la década de 1990 un impresionante renacimiento, la proyección internacional de su cinematografía ha sido muy escasa.

La excepción a esta regla la protagonizan realizadores como Bertolucci o Benigni, autores de “El último emperador” (1987) y “La vida es bella” (1999), respectivamente, filmes que cosecharon excelentes críticas y varios premios:

  • Oscar de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos.

En la otra cara de la moneda se sitúan directores como Gianni Amelio ("Lamerica", 1994), Mario Martone (“L’amore molesto”, 1995) y Leonardo Pieraccioni (“Fuochi d’artificio”, 1997), que aún no han obtenido el reconocimiento internacional que merecen.

Fuentes