Creso

Creso
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Nacimiento Lidia
Fallecimiento Sardes, Turquía


Creso fue uno de esos personajes que pasaron a la Historia, no por sus éxitos, sino por los desastres a los que se dirigieron. En su caso se trata de una gran figura que había cosechado grandes victorias, pero que acabó eclipsada por la derrota a la que se acabó viendo avocado.

Fue rey de Lidia, una región en el oeste de Asia Menor (actual Turquía) y era tan rico que la expresión «tan rico como Creso» se originó como referencia a él. Famoso por su fortuna, también es célebre por malinterpretar un mensaje del oráculo de Delfos que lo llevó a su perdición. Se dice que su riqueza provenía de las arenas del río Pactolo en el que el legendario rey Midas se había lavado las manos para deshacerse del toque de Midas (que lo convertía todo en oro) y, al hacerlo, dice la leyenda, hizo que las arenas del río se llenaran de oro. Los lidios, durante el reinado del padre de Creso, Aliates (que reinó en torno a 635-585 a.C.), fueron los primeros en acuñar monedas en el mundo (el estatero lidio, inicialmente hecho de electro), mientras que Creso acuñaría más tarde monedas de oro y también financió la construcción del gran templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas de la Antigüedad, lo que lo asocia aún más con el dinero y una riqueza aparentemente ilimitada.

Tras conquistar las ciudades de Aeolis, Doris y Jonia, Creso no habría necesitado un río mágico de oro para enriquecerse, porque recibía tributos de todas ellas además de Frigia. Gran parte de la información de su reinado viene de la historia de Heródoto (en torno a 484-425/413 a.C.) que dice que consultó con el sabio Solón (en torno a 640-560 a.C.), que lo advirtió contra el pecado del orgullo de pensar demasiado bien de sí mismo, consejo que ignoró, y que su perdición se debió a una malinterpretación de su mensaje del oráculo de Delfos en relación a la guerra contra el Imperio aqueménida. También se dice que tenía al filósofo presocrático Tales de Mileto (en torno a 585 a.C.) como ingeniero de su Ejército, que lo ayudó a desviar el río Halis durante la campaña militar contra los persas, aunque su asociación con el filósofo no parece haber servido de mucho más que su consulta con Solón.

Algunos historiadores han afirmado que Creso era en gran medida una figura legendaria, su firma en la base de una de las columnas del Templo de Artemisa (que ahora se exhibe en el Museo Británico) es prueba de que fue un rey histórico real que gobernó desde la ciudad de Sardes. Hoy en día se suele hablar de él en referencia a su enorme fortuna, pero su historia también sirve como advertencia (igual que en la Antigüedad) sobre el orgullo y los riesgos inherentes a la interpretación de signos, augurios y mensajes de la divinidad.

Antepasados y ascenso al poder

Fue el último rey de la dinastía Mermnada (en torno a 700-546 a.C.) que empezó con el rey Giges (que reinó de 680-645 a.C.) que asumió el trono tras asesinar al rey Candaules (último de la dinastía heráclida) a petición de la esposa de Candaules. Giges había sido el guardaespaldas de Candaules y su confidente, y el rey, que quería confirmación de que su esposa era la más hermosa del mundo, hizo que Giges se escondiera tras la puerta de su habitación para verla desvestirse. La reina notó a Giges cuando se marchaba después de observarla y, avergonzado por haberla visto desnuda, le ofreció la oportunidad de matar a su marido por organizar el complot o suicidarse. Así que Giges mató a Candaules, se casó con su mujer y se convirtió en el rey de Lidia.

Platón, en la República, libro II, 359d-360c, ofrece una versión más colorida que la anterior de Heródoto en su cuento de El anillo de Giges, en el que Giges, un pastor humilde, encuentra un anillo mágico que lo hace invisible y lo usa para asesinar a Candaules y tomar el trono de Lidia. Consiguiera como consiguiese el poder, el pueblo no estaba nada contento de que hubiera expulsado al monarca heráclida porque la dinastía afirmaba que su legitimidad provenía del gran héroe Heracles (Hércules) así que Giges acudió al oráculo de Delfos para preguntar si debería ser rey.

El oráculo le respondió que sí y que su dinastía duraría cinco generaciones antes de que se reclamara venganza por el asesinato de Candaules. Giges ignoró esta última parte, movilizó a su Ejército y luego conquistó Mileto y Colofón, antes de morir en la batalla luchando contra los asaltantes cimerios. A su muerte, su hijo Ardis (que reinó de 644-637 d.C.) ascendió al trono y dedicó la mayor parte de su reinado a luchar contra los cimerios, con lo que probablemente murió en batalla. Su hijo y sucesor, Sadiates (que reinó de 637- alrededor de 635 a.C.), probablemente también murió a manos de los asaltantes cimerios. A Sadiates lo siguió su hijo Aliates, quien, aliado con los escitas, derrotó a los cimerios y estabilizó el reino. Fue el primer rey de la historia en acuñar monedas, hechas de electro (una aleación de oro, plata, cobre y otros metales).

Continuó la política de su padre de agresión contra las ciudades-Estado de Jonia y de dar regalos al oráculo de Delfos con la esperanza de conseguir la bendición de los dioses. Murió en 585 a.C. tras una batalla con los medos y Creso se convirtió en el quinto y último rey de la dinastía Mermnada.

Tras someter a Jonia puso la mirada en las islas exteriores del Egeo y empezó a construir una flota para someterlas, pero, cuando un consejero le advirtió de que era exactamente lo que esperaban los isleños, para derrotar a Lidia por mar, abandonó los planes y, en su lugar, firmó tratados con las islas.

Reinado

Creso continuó su política de conquista con la ayuda de sus nuevos aliados, había aprendido habilidades administrativas y políticas, además de militares, de joven cuando su padre lo nombró gobernador de Adramitio, y las puso en uso cuando se convirtió en rey de Lidia. Consciente de la importancia de las alianzas, hizo las paces con los medos y respetó el matrimonio acordado por su padre entre su hermana, Arienis, y el rey medo Astiages (que reinó de 585-550 a.C.). También mantuvo relaciones comerciales con Egipto y el Imperio neobabilónico, con lo que el reino se enriqueció aún más, y él también. Creso estandarizó el sistema monetario de Lidia al acuñar las primeras monedas de oro, mejorando así la moneda de su padre.

Creso era el monarca más poderoso de Asia Menor tras expandir su territorio hasta la costa desde Pérgamo en el norte, bajando por la costa, hasta el sur. Según Heródoto, se consideraba el hombre más feliz del mundo, pero esto no tardaría en cambiar a causa de la desgracia personal y el ascenso de Ciro II (Ciro el Grande, que reinó en torno a 550-530 a.C.), que derrocó a su abuelo, Astiages de Media, para establecer el Imperio aqueménida.

La caída de Creso

Aunque los escritores Jenofonte (430 - en torno a 354 a.C.) y Ctesias (siglo V a.C.) mencionan los problemas de Creso, entre otros, las dos historias más famosas sobre su caída provienen de las Historias de Heródoto (1.29-46 y 1.85-91). La primera tiene que ver con el gran sabio y legislador ateniense, Solón el Sabio. Solón viajó por Egipto y Asia Menor (también llamada Anatolia) y llegó, al final, al palacio de Creso en Sardes. Creso se alegró sobremanera de recibir a tan ilustre visitante y estaba deseoso de mostrarle sus tesoros. Después de que Solón los inspeccionara, le preguntó a cuál de todos los hombres que había conocido en sus viajes consideraría el más feliz. Creso despachó a Solón pensando que su reputación de sabiduría estaba sobrevalorada, pero no tardaría en descubrir la verdad de lo que le había dicho Solón en los acontecimientos que Heródoto narró en la segunda historia.

La primera desgracia que le ocurrió a Creso fue la muerte de su hijo Atis, que murió durante una cacería de un jabalí en el monte Olimpo (irónicamente, murió a manos del hombre que Creso había enviado expresamente a la cacería para mantener a Atis a salvo). Creso lloró la muerte de su hijo durante dos años hasta que le informaron de que los persas, dirigidos por Ciro, estaban ganando poder y decidió que sería mejor comprobar su progreso más bien pronto.

Envió un mensajero al oráculo de Delfos para saber si debía ir a la guerra contra el poderoso imperio persa que Ciro había conseguido establecer de manera tan rápida y el oráculo le respondió: «Si Creso va a la guerra, destruirá un gran reino». Contento con la respuesta, Creso hizo los preparativos y las alianzas necesarias y salió a enfrentarse al Ejército persa en el río Halis. Heródoto señala que ahí fue cuando Tales de Mileto, un ingeniero de las fuerzas de Creso, posibilitó el paso del ejército a través del río: Cuando llegó al río Halis, luego Creso, como digo, hizo cruzar a su Ejército por los puentes que ya había; pero según lo que cuentan los griegos, Tales el milesio transfirió el Ejército por él. Porque se dice que Creso no sabía cómo podría cruzar su Ejército el río, ya que estos puentes todavía no existían en esta época; y que fue Tales, que estaba presente en el Ejército, el que hizo que el río, que fluía a la izquierda del Ejército, fluyera también a su derecha. Y lo hizo de esta manera: empezando río arriba con el Ejército, excavó un canal con forma de medialuna para que fluyera por detrás de donde estaba acampado el Ejército. De esta manera, lo desvió de su viejo cauce por medio de un canal y, después de pasar el campamento, regresaba de nuevo a su cauce. El resultado fue que, en cuanto el río se dividió en dos flujos, se podía vadear en ambas partes. (I.75)

La batalla de Pteria (en torno a 547 a.C.) fue un empate y Creso se retiró de vuelta a Sardes donde el Ejército empezó a asentarse para el invierno. Creso esperaba que Ciro hiciese lo mismo, como era costumbre, pero en vez de eso Ciro lo siguió e insistió en atacar. Derrotó a Creso en la batalla de Timbrea (a finales de 547 a.C.) tras neutralizar a la caballería de Creso al dotar a su propia caballería de camellos (cuyo olor asustó a los caballos lidios) y, tras un asedio de 14 días, capturó Sardes y al rey. Tras la caída de Sardes, la esposa de Creso se suicidó y el rey fue llevado ante Ciro en cadenas.

Por atreverse a levantar un ejército contra el Imperio persa, Ciro ordeno que Creso ardiera en la hoguera vivo junto a otros 14 jóvenes nobles lidios. Cuando Creso vio las llamas que se le acercaban, clamó a Apolo que lo rescatase y, según Heródoto, cayó una tromba de agua repentina del cielo que apagó el fuego. Creso se salvó de morir quemado, pero seguía siendo prisionero del rey persa y, recordando las palabras de Solón el Sabio, exclamó: «¡Oh, Solón, Solón, Solón!» Ciro le preguntó a un traductor que significaba la palabra y Creso le contó la historia de la visita de Solón, que ningún hombre se podía considerar feliz hasta después de su muerte y también que el oráculo de Delfos le había engañado porque le había dicho que, si iba a la guerra contra Ciro, un gran reino caería, y que al final el «gran reino» destruido había sido el suyo propio. Esta historia conmovió tanto a Ciro que ordenó soltar a Creso y lo envió a Delfos para que el dios le explicara por qué lo había traicionado. La respuesta fue que el oráculo tan solo había dicho la verdad: era verdad que Creso había destruido un gran reino, y no era culpa de los dioses que los humanos malinterpretaran sus mensajes divinos. Si Creso no hubiese tenido tanta confianza en su propia sabiduría, dijo el oráculo, habría hecho una segunda pregunta para saber si sería el reino de Ciro o el suyo propio el que caería.

No existe ninguna documentación de la muerte de Creso, por lo que parece que los escritores posteriores se sintieron con libertad de proporcionarle una conclusión feliz a la historia de su vida. La mayoría de estudiosos y expertos actuales considera que Creso murió en la pira (o que se suicidó), pero que a la gente no le gustaba ese final para la historia de un rey tan rico y poderoso. Aun así, la historia de la caída de Creso sirvió como una advertencia entre los griegos contra la arrogancia y el peligro de tentar la ira de los dioses al creerse la persona más feliz del mundo.

Fuentes