El aula voladora (Libro)

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Autor(a)(es)(as)Erich Kästner
GéneroNovela, Ficción, Literatura infantil
PaísAlemania


El aula voladoraLa primera parte del prólogo contiene un debate entre la señora Kästner y su hijo; un vistazo al Zuspitze una mariposa llamada Gottfried; un gato con manchas blancas y negras; algo de nieve perpetua; una apacible tarde de asueto y la justificada observación de que, algunas veces, los terneros se convierten en bueyes.

Argumento

Este va a ser un verdadero cuento de Navidad. En realidad ya quería haberlo escrito hace dos años; y luego, esta vez de verdad, el año pasado. Pero, ya se sabe, siempre surgía otra cosa. Hasta que mi madre me dijo hace poco:

—Si no lo escribes este año, no te regalaré nada en Navidad.

Eso lo decidió todo. Hice la maleta a toda prisa, metí en ella la raqueta de tenis, el bañador, el lápiz verde y muchísimo papel de escribir, y cuando, sudorosos y agotados, llegamos a la estación, pregunté:

—¿Y ahora a dónde?

Porque ya se comprende que es muy difícil escribir un cuento de Navidad en pleno verano. Uno no puede sentarse tranquilamente y escribir: «Hacía un frío cortante, la nieve caía a raudales, y al doctor Eisenmayer se le helaron las dos orejas cuando miraba por la ventana», yo creo que, ni con la mejor voluntad, puede escribirse algo así en agosto, mientras uno se abrasa en la piscina familiar y está a punto de coger una insolación. ¿O sí?

Las mujeres son prácticas. A mi madre se le ocurrió un remedio. Se acercó a la taquilla, se dirigió amablemente al empleado y preguntó:

—Usted perdone, ¿dónde hay nieve en agosto?

—En el polo norte —estuvo a punto de decir el hombre, pero luego reconoció a mi madre, se tragó la impertinente respuesta y dijo cortésmente—: En el Zugspitze, señora Kästner.

Y así fue como en ese mismo momento tuve que sacar un billete para la Alta Baviera. Mi madre añadió todavía:

—¡No me vuelvas a casa sin el cuento de Navidad! Si hace demasiado calor, ¡no tienes más que mirar la bonita nieve fría del Zugspitze! ¿Entendido?

Entonces salió el tren.

—No te olvides de mandar la ropa a casa —añadió mi madre ya con el tren en marcha. Para molestarla un poquito, grité:

—¡Y riega las flores!

Luego nos dijimos adiós con los pañuelos hasta que nos perdimos de vista.

Y ya hace catorce años que vivo al pie del Zugspitze, a orillas de un gran lago verde oscuro, y cuando no nado, o hago gimnasia o doy un paseo en el bote de remos de Karlinchen, me siento en un banco de madera pequeño en medio de una extensa pradera. Delante de mí tengo una mesa que no para de moverse, y en ella es donde estoy escribiendo mi cuento de Navidad.

A mi alrededor hay flores de todos los colores. Las gramas se doblan respetuosas ante el viento, las mariposas revolotean. Y una de ellas, una ojo de pavo grande, hasta me visita de vez en cuando. La he bautizado con el nombre de Gottfried, y nos llevamos bien. Apenas pasa un día en que no venga aleteando y se pose confiada en mi papel.

—¿Cómo te va, Gottfried? —le pregunto entonces—: ¿Aún está fresca la vida?

Como respuesta, levanta y baja las alas y sigue tranquila su camino.

Allá enfrente, al borde del oscuro bosque de abetos, han amontonado una gran pila de leña. Hecho un ovillo encima de ella hay un gato de manchas blancas y negras que me mira fijamente. Sospecho que está embrujado y que, si quisiera, podría hablar; pero no quiere. Cada vez que enciendo un cigarrillo arquea el lomo.

Por las tardes se marcha, porque a esas horas tiene demasiado calor. Yo también; pero me quedo.

Aunque estar ahí sentado, asarse de calor y, al mismo tiempo, describir por ejemplo una batalla de bolas de nieve, no es ninguna pequeñez.

Entonces me recuesto a mis anchas en mi banco de madera, miro al Zugspitze, en cuyos grandiosos precipicios brilla la nieve perpetua, ¡y ya puedo seguir escribiendo! Claro que algunos días se levantan nubes desde la orilla del lago por donde sopla el viento, flotan por el cielo hasta el Zugspitze y se acumulan delante de él hasta que no dejan ver nada.

Naturalmente, entonces se ha terminado el describir batallas de bolas de nieve y otros acontecimientos genuinamente invernales. Pero no importa. Sencillamente, esos días escribo escenas de interiores. ¡Hay que saber apañárselas!

Todas las tardes me recoge Eduard. Eduard es un ternero castaño guapísimo, con unos cuernos diminutos. Se le oye venir de lejos porque lleva una campanilla al cuello. Primero suena muy distante, porque el ternero pace allá arriba en una pradera de montaña. Luego el sonido se acerca cada vez más. Y al fin Eduard se deja ver. Se asoma entre los altos abetos verde oscuro, lleva unas margaritas en la boca, como si las hubiera cogido especialmente para mí, y trota por la pradera hasta mi banco.

—Caramba, Eduard, ¿ya ha terminado la jornada? —le pregunto. Él me mira asombrado, asiente y suena su campanilla de vaca. Pero aún come un ratito, porque aquí hay unas anémonas y unos botones de oro deliciosos. Y yo todavía escribo unas líneas más. Y allá arriba en el aire, un águila revolotea y se eleva al cielo.

Por fin dejo a un lado mi lápiz verde y le doy a Eduard unas palmaditas en su cálida piel suave de ternero. Él me embiste con sus cuernecillos para que me levante de una vez. Y luego nos vamos juntos a casa caminando despacio por la hermosa pradera de colores.

Nos despedimos delante del hotel. Porque Eduard no vive en el hotel, sino a la vuelta de la esquina, con un campesino.

Hace poco he hablando con el campesino, y me ha dicho que Eduard seguro que llegará a ser un día un buey grande.

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Sobre el autor

Erich Kästner, nombre completo: Emil Erich Kästner fue un escritor alemán, es especialmente conocido por su poesía satírica y por sus libros para niños. Nació el 23 de febrero de 1899 en Dresde, Alemania, fallece el 29 de julio de 1974 en Múnich, Alemania


Fuentes