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El náufrago
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Datos Generales
Autor(es):Eduardo Sánchez de Fuentes
Año:31 de enero de 1901
País:Cuba


El náufrago es una ópera escrita por Eduardo Sánchez de Fuentes.

Al calificar el aporte realizado por Sánchez de Fuentes al desarrollo de la música cubana, Alejo Carpentier señaló:

Escribió «criollas» destinadas a inscribirse en las recopilaciones de cantos de todos los países.

Sobre el autor

Eduardo Sánchez de Fuentes (Cuba, 3 de abril de 1874) fue un compositor de óperas, operetas, zarzuelas y canciones.

A los 16 años de edad, Eduardo Sánchez compuso la internacionalmente conocida habanera , en la que menciona a Cuba como “isla hermosa del ardiente sol” y también destaca a la palma “que en el bosque se mece gentil”.[1]

Sánchez también realizó la función de crítico, así como publicó algunos trabajos importantes e impartió diversas conferencias.

Estreno

Se estrenó en el Gran Teatro Tacón de La Habana, el 31 de enero de 1901.

Personajes

  • Rosa, mujer de Miguel, soprano
  • Melchora, tabernera, mezzo-soprano
  • Felipe, molinero, tenor
  • Miguel, marinero barítono
  • Arrigo, maestro de un buque mercante, barítono
  • pescador primero y marino primero, tenor
  • coro de aldeanos y marineros.

Época: 1900. La acción ocurre en un pueblo de la costa cantábrica.

Argumento

Rosa, aldeana, amiga de la niñez de Miguel y de Felipe, el hijo del más rico molinero del lugar, se decide por el primero. Su felicidad se aumenta con la presencia de varios hijos. Un día Miguel comprende que no basta su continua lucha con el mar para cubrir las necesidades de su familia, decide aprovechar un viaje que un naviero de la costa proyecta a un país extranjero, para regresar rico y así poder vivir tranquilo. En efecto, parte como piloto de la nave, no sin antes recibir de su esposa, como amuleto, un rizo de la melena del más pequeño de sus hijos. Pero pasa el tiempo y Miguel no vuelve. Todos lo suponen muerto y quizás sepultado en el mar. En esta situación los acontecimientos, se inicia la acción.

Acto I

Escena

La costa. Al fondo, el mar. A mano derecha y sobre el proscenio, una casita con puerta a la escena, en frente de la cual se ven una mesa y un banco, y frente al proscenio, una ventana. Más al fondo, la fachada de una iglesia.

A la izquierda se ve otra casita con puerta al proscenio. Tanto en la puerta como en el interior se ven dispersos varios objetos de pesca. Esta es la morada de Rosa. Más al fondo y en la misma dirección se levanta sobre una colina el molino de Felipe.

Un grupo de pescadores y muchachas de la aldea entonan una barcarola, en la que hablan de la triste vida del pescador, siempre en lucha con los elementos, pero que encuentra el cariño y el afecto de los suyos cuando regresa al hogar.

Rosa, que ha escuchado este canto, apoyada en la puerta de su casa, se aproxima al grupo y les dice que su vida sólo se reduce a esperar, esperar lo que sabe que nunca volverá. Después entra en su casa y los pescadores y las doncellas lamentan la triste suerte que ha tenido.

Uno de ellos dice que aún podía ser feliz si se casara con Felipe el molinero, que la ama y sólo espera el plazo fijado por ella para decidir su futuro. Seguidamente se alejan y queda sola la escena.

Rosa vuelve a salir de su casa y cuenta la desdicha que amarga su existencia. Hace cinco años que espera el regreso de su esposo y cada día que pasa, más se convence de que ha muerto.

Por último ha tenido un sueño cuyo significado le parece un triste presagio: Miguel le anuncia su muerte y le ordena que se case con Felipe y sea feliz con él. Rosa se aleja en dirección a su casa y comparece Felipe.

El enamorado molinero dice que en ese día se cumple un año del último plazo dado por la que ya puede considerarse como viuda de Miguel.

Felipe espera que Rosa no sea indiferente al afecto que ambos se profesan desde su niñez y que al fin accederá a sus reiteradas súplicas de que sea su mujer.

Aparece Rosa y Felipe le dice que de una sola palabra de su boca depende la felicidad de ambos. Le habla de la intensidad de su amor, de su paciente espera, del respeto al amigo ausente y de que es inútil que sacrifique su vida en esa forma.

Ella, con el corazón lleno de tristeza, pero comprendiendo las razones de Felipe, en su deseo de encontrar un compañero para su soledad y un padre para sus hijos, consiente en ser su esposa.

Regresan los pescadores y las doncellas, y Felipe, lleno de alegría, los llama para darles la buena nueva.

Todos se alegran con la noticia pues tanto Rosa como el molinero son muy queridos en la aldea. De la taberna sale Melchora, su propietaria, y al enterarse de la boda en perspectiva, une su felicitación a la de todos.

Igualmente Rosa se deja ganar por la alegría general.

Acto II

Escena I

Isla deshabitada. Grandes árboles, altas palmas. Espeso bosque en el fondo y a mano izquierda. A la derecha un pequeño plano descubierto con una mísera cabaña en el medio.

Miguel, el perdido esposo, con barba y cabellos largos, vestido con hojas de palmeras, pensativo y triste, está sentado en el tronco de un árbol a poca distancia de la cabaña.

El pobre hombre se lamenta de su horrible destino que le obliga a vivir en aquella isla desierta, sin esperanzas de volver a ver a su familia ni poder comunicarse con ella. Con triste acento evoca a su querida Rosa, a la que supone llorando su pérdida, creyéndolo muerto y esperando inútilmente su vuelta.

Pero de pronto, Miguel fija su vista en el mar y un grito de júbilo escapa de su boca. En la línea azul del horizonte se divisa una nave que avanza en dirección a la isla.

Esa nave significa su salvación, su vuelta a la vida. El pobre náufrago corre a la orilla y agita los brazos con desesperación para que vengan en su socorro.

Escena II

La misma del Acto I.

Han transcurrido dos años desde la época del matrimonio de Felipe y Rosa. Se encuentran reunidos todos los habitantes de la aldea para conmemorar el natalicio del hijo de Rosa y el molinero.

Donde antes imperaba la tristeza ha vuelto de nuevo la felicidad. Felipe toma un vaso y brinda por sus amigos presentes.

A petición de todos, ambos esposos cantan La pastora, especie de narración de una leyenda popular, durante la cual los aldeanos ejecutan un baile típico. Al terminar se oye la campana de la iglesia que toca el Ave María. Felipe anuncia que la fiesta ha terminado y entra con Rosa en su casa; los invitados se retiran por el fondo y Melchora vuelve a su taberna.

A poco llega Arrigo, contramaestre de una nave mercante, acompañado de dos marineros.

Con gran risa y algazara llaman a la taberna de Melchora a la cual piden un buen trago.

Mientras les sirve, la tabernera pide noticias de su viaje. Arrigo le cuenta que al partir de las costas de la India tuvieron que pasar una gran calma la cual los obligó a llegar a una isla desierta para aprovisionarse de agua, y cuál no sería la sorpresa de todos al encontrar a un pobre hombre que llevaba varios años abandonado en aquel paraje y al cual trajeron consigo.

Una vez que terminan de beber, el contramaestre y los marineros se marchan.

Melchora queda sola y una duda horrible la asalta: ese náufrago puede ser Miguel. Si estuviese vivo, qué terrible sorpresa para Rosa y Felipe. Pero de inmediato aparta esas ideas de su mente y entra en la taberna.

Poco después aparece por el lado opuesto un hombre envejecido, caminando penosamente, apoyado en un bastón.

Es Miguel, que no cabe en sí de alegría al ver de nuevo su aldea natal, su abandonado lugar.

Lleno de ternura expone todo el contento de su corazón, pensando en cuando vea de nuevo a sus hijos queridos y a su esposa, de quienes no piensa separarse más.

Después llama a la tabernera y cuando se presenta Melchora, le pregunta por su esposa.

La mujer, sorprendida, le responde que hace dos años que se casó, y ante el gesto de asombro de su interlocutor, añade que debe ser extranjero cuando esta noticia es nueva para él.

Miguel le responde que hace dos años que falta del pueblo y le suplica que le cuente algo de lo sucedido en ese tiempo.

Melchora le informa de la muerte de su hijo más pequeño, del matrimonio de Rosa con Felipe, del nacimiento del hijo de ambos, y de la general creencia de que Miguel murió en tierras extrañas.

El pobre náufrago queda consternado y su estado de ánimo impresiona a la tabernera. Miguel le dice que va a confiarle un secreto que solamente en la hora de la muerte podrá revelar. Melchora jura no divulgarlo y él le descubre su identidad.

Ella queda aterrada ante aquella noticia, pues no sabe qué hacer. Miguel se aproxima hasta la casa de Rosa y mirando por la ventana la ve en compañía de Felipe y de sus hijos, tranquila y sosegada.

El pobre hombre, temblando por la emoción, se da cuenta de que su presencia sólo traería disgustos y penas a la mujer que tanto ama, y este golpe tan terrible afecta de tal modo su debilitado organismo que siente que pronto será presa de la muerte.

Entrega a Melchora el talismán que le diera Rosa, el mechón de su hijito, y le ruega que lo entregue a su esposa luego de su fin. Toma en sus manos el pequeño relicario, lo besa y, casi moribundo, sus últimas palabras son para desear felicidad a Felipe y su compañera. Vacila y cae al suelo sin vida.

Melchora, llena de susto, pide socorro.

A sus gritos llegan Felipe, Rosa y los aldeanos. La tabernera señala el cuerpo sin vida de Miguel y entrega a Rosa el talismán; ésta comprende la verdad y cae desmayada en brazos del molinero.

El pueblo se entera entonces de lo ocurrido: el náufrago volvió demasiado tarde.

Bibliografía

  • González, Jorge Antonio (1986): La composición operística en Cuba. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1986.

Fuente

  • Diccionario enciclopédico de la música en Cuba. La Habana: Editorial Letras Cubanas (Instituto Cubano del Libro), 2009. Consultado el 18 de noviembre de 2010
  • encaribe.org
  • soncubano.com