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Apolo 17

Apolo 17
Información sobre la plantilla

Insignia de la misión
Insignia de la misión
Datos de la misión
Misión: Apolo 17
Nombre de los módulos: Módulo de mando: America Módulo lunar: Challenger
Número de tripulantes: 3
Rampa de lanzamiento: Centro Espacial Kennedy, Florida LC 39A
Comienzo del paseo espacial: 7 de diciembre de 1972 05:33:00 UTC
Alunizaje: 11 de diciembre de 1972 19:54:57 UTC 20° 11' 26.88" N 30° 46' 18.05" E Taurus-Littrow
Tiempo AEV lunar: 1º: 7 h 11 min 53 s

2º: 7 h 36 min 56 s 3º: 7 h 15 min 8 s Total: 22 h 3 min 57 s Paseo en CM: 1 h 5 min 44 s

Tiempo en la superficie de la Luna: 74 h 59 min 40 s
Cantidad de muestras: 110.52 kg (243.65 lb)
Amerizaje: 19 de diciembre de 1972 19:24:59 UTC 17°53′S 166°7′O
Duración: 12 días 13 h 51 min 59 s
Número de órbitas lunares: 75
Tiempo en órbitas lunares: 147 h 43 min 37.11 s
Masa: CSM 30.369 kg; LM 16.456 kg
Foto de la tripulación
I-D: Schmitt, Cernan (sentado) y Evans
I-D: Schmitt, Cernan (sentado) y Evans
Otras misiones
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Apolo 16

El Apolo 17 fue una misión de la NASA enviada al espacio el 7 de diciembre de 1972 por un cohete Saturno V, desde la plataforma 39A del complejo de Cabo Kennedy, en Florida (EE. UU.). Oficialmente se conoció como AS-512 y fue el encargado de enviar a los últimos astronautas hacia la Luna. Fue la séptima y última misión de alunizaje (de las cuales una fracasó), que se desarrolló sin grandes incidentes, salvo el retraso en el despegue en 2 horas y 40 minutos (cuando la cuenta atrás alcanzaba T-30 segundos) debido a un fallo en el control de presurización de la tercera fase. Fue el primer vuelo tripulado estadounidense que despegó de noche.

Historia

El Apolo 17 fue el primer y último lanzamiento nocturno de un cohete Saturno V. Tras cuatro años de misiones lunares, la NASA se sentía confiada y se atrevió a lanzar una misión Apolo en medio de la oscuridad de la noche. Un pequeño problema inesperado retrasó el despegue 2 horas y 40 minutos, aunque Evans no parecía muy preocupado. Los ronquidos del piloto del módulo de mando podían escucharse por el sistema de comunicaciones mientras la tripulación esperaba la decisión del centro de control. Finalmente, habría lanzamiento. Desde el interior de la cabina del módulo de mando América, el brillo de la ignición de los cinco motores F-1 fue claramente visible a través de la ventana antes incluso del despegue. Eran las 5:33 UTC del 7 de diciembre de 1972 cuando el Saturno V AS-512 despegó majestuosamente desde la rampa 39A del Centro Espacial Kennedy de Florida.

Los tres astronautas sintieron como su peso aumentaba progresivamente a medida que el enorme lanzador adquiría velocidad. Las vibraciones hacían difícil poder ver los indicadores en el panel de instrumentos. Cuando se separó la primera etapa S-IC, los tres astronautas se sintieron lanzados hacia adelante en sus asientos al mismo tiempo que un resplandor cegador se veía por la única ventana de la cabina. Parecía como si el cohete hubiese explotado y estuviese rodeado por una bola de fuego. Y con razón, porque la separación de la primera etapa del Saturno V era casi como partir el cohete en dos. Los ocho retrocohetes de combustible sólido de la S-IC que facilitaban la separación de esta masiva etapa ayudaron a hacer más llamativo el espectáculo luminoso. Durante el encendido de la segunda etapa S-II, la tripulación intentó infructuosamente observar alguna estrella que pudiera servir de referencia en caso de aborto. Aunque las luces de la cabina se atenuaron, ninguno de los tres pudo descubrir alguna. La separación de la torre de escape y de la segunda etapa S-II también estuvieron acompañados de destellos deslumbrantes ocasionados por los cuatro retrochetes de la S-II y dos cohetes de combustible sólido en la tercera etapa S-IVB. La torre de escape al separarse se llevó consigo la cubierta protectora (BPC, Boost Protective Cover) que cubría el módulo de mando, dejando al descubierto las cinco ventanas de la cápsula.

Tras un lanzamiento perfecto, el único motor J-2 de la tercera etapa S-IVB se apagó cuatro segundos antes de lo previsto, un suceso que no tuvo ningún impacto en la misión. Inmediatamente, los astronautas pudieron sentir la ingravidez. Ya estaban en órbita alrededor de la Tierra. Pero a diferencia de otras misiones Apolo previas, no había nada que observar por las ventanillas. La oscuridad reinaba sobre el Océano Atlántico cuando el Apolo 17 alcanzó la órbita. Pocos minutos después, un espectacular amanecer los sorprendió mientras se acercaban a las Islas Canarias. Durante el tiempo de estancia en la órbita baja -u 'órbita de aparcamiento' en la jerga de la NASA-, la tripulación comprobó el buen funcionamiento de los sistemas del CSM América mientras se apresuraban a fotografiar la Tierra. Con todo en orden, tres horas más tarde el motor J-2 de la tercera etapa S-IVB se encendió por segunda vez durante casi seis minutos para acelerar la nave hasta la velocidad de escape, de 8 a 11 km/s, mientras sobrevolaba el Océano Atlántico (las anteriores misiones habían realizado esta maniobra sobre el Pacífico). Los astronautas pudieron sentir claramente el ruido de baja frecuencia del motor a base de hidrógeno y oxígeno líquidos. Tras un par de horas en microgravedad, la aceleración que experimentaron los tripulantes era, según sus propias palabras, como la generada por 'un avión a plena postcombustión'. Tras el apagado de la S-IVB, el Apolo 17 había puesto rumbo a la Luna. Los tres astronautas ya casi no estaban ligados al campo gravitatorio terrestre. Numerosos objetos de color blanco se desprendieron de la tercera etapa y pudieron ser contemplados por la tripulación a través de la ventanilla, seguramente trozos de hielo.

Dos horas después del encendido translunar, Evans procedió a activar el interruptor correspondiente y el CSM América se separó de la etapa S-IVB con un golpe sordo. Las vibraciones duraron poco, pero los astronautas vieron varias partículas de hielo que se alejaban del vehículo como resultado de la sacudida. Los cortos impulsos de los motores de maniobra se escuchaban claramente en el interior de la nave mientras Evans maniobraba el América para darle la vuelta y dirigirse otra vez hacia la S-IVB, en cuyo interior se agazapaba el módulo lunar Challenger. El acoplamiento entre el CSM-114 y el LM-12 -los nombres oficiales del América y el Challenger- fue como la seda y sólo el fuerte sonido de los pestillos asegurando el agarre entre las dos naves rompió la concentración de la tripulación. Sin embargo, el indicador del panel de instrumentos mostraba que el acoplamiento en firme no se había efectuado. Una inspección visual de las marcas de acoplamiento externas demostró que las naves se habían acoplado con 1º de desviación, por lo que tres de los diez pestillos no se habían cerrado correctamente. La situación entraba dentro de lo normal y los astronautas abrieron la escotilla del CM y retiraron la sonda de acoplamiento para activar los díscolos pestillos de forma manual hasta que los indicadores del panel mostraron un acoplamiento firme. Los motores manobra del América se encendieron una vez más para sacar al Challenger de su nido. El Apolo 17, formado ahora por el CSM América y el LM Challenger, se dirigía a la Luna. La etapa S-IVB terminaría chocando con nuestro satélite 87 horas después del lanzamiento con el objetivo de estudiar el interior lunar gracias a las ondas sísmicas generadas por la colisión. El mismo día del lanzamiento, la tripulación tomó una de las fotos más famosas de la historia de la conquista del espacio. Curiosamente, no era una foto de la Luna, sino de la Tierra. La imagen, que sería conocida posteriormente como la 'canica azul', reflejaba la belleza de nuestro frágil planeta de forma tan espectacular que se ha convertido en un verdadero icono de nuestra civilización.

Ahora la tripulación pudo respirar tranquila y se quitó los molestos trajes de presión A7LB. Siete horas después del despegue, la tripulación procedió a llevar a cabo su primera comida mientras dejaban su planeta natal detrás. El viaje a la Luna transcurrió con normalidad. Al menos, todo lo 'normal' que puede ser un viaje tripulado a otro mundo. Ninguno de los tres astronautas sufrió el temido 'mareo espacial' ni experimentó nauseas o vómitos, aunque uno de ellos tuvo algunos episodios de flatulencias (sí, en serio). Por primera vez en el Apolo, los astronautas pudieron beber té y limonada, además de degustar tarta de frutas y pan con mantequilla. La única molestia que sufrió la tripulación tuvo que ver con las ampollas de cloro usadas para esterilizar el agua. La tripulación insertaba estas ampollas de cloro (en realidad, hipoclorito de sodio diluido a 1860 mg/L) en el sistema de agua potable para eliminar cualquier fuente de infección (para neutralizar el pH, a continuación se insertaba otra ampolla con otras sustancias químicas). Durante el Apolo 17, entre el 50% y el 70% de las ampollas sufrieron pérdidas al usarse y, aunque no afectó a la salud de los astronautas, sí que supuso un cabreo considerable por parte de los tres tripulantes.

El tercer día de la misión los astronautas dieron un susto al control de la misión en Houston al no responder a la llamada para despertarles. Schmitt había apagado sin querer el altavoz de la cápsula, por lo que la tripulación se despertó una hora más tarde de lo previsto. Durante la travesía lunar, el potente motor SPS del módulo de servicio del América se encendió durante dos minutos para situar a la nave en su trayectoria correcta. De paso, se pudo comprobar el funcionamiento de este delicado motor, encargado de poner la nave Apolo en órbita lunar y salir de ella. Uno de los paneles laterales del módulo de servicio se separó de la nave con un sonoro golpe cuatro horas y media antes de la inserción orbital, dejando al descubierto un conjunto de instrumentos científicos que escudriñarían la Luna desde la órbita.

A diferencia de las anteriores misiones lunares, el Apolo 17 no pasó por la sombra de la Luna antes de la inserción orbital. Unas horas antes de situarse en órbita, la tripulación pudo contemplar la Luna como un fino creciente. El motor del América se encendió sobre la cara oculta y el Apolo 17 entró en órbita lunar. Ahora tocaba activar el módulo lunar Challenger. Schmitt y Cernan abrieron la escotilla y activaron los sistemas de la nave. Unas 17 horas después de haber alcanzado la órbita, el Challenger y el América se separaron suavemente e iniciaron una especie de ballet espacial mientras una nave inspeccionaba a la otra. Evans se aseguró de que las cuatro patas del Challenger se hubiesen desplegado correctamente y de que la tobera del motor de la etapa de descenso estuviese intacta. Por su parte, Schmitt y Cernan hicieron lo propio con el América, inspeccionando la tobera del crítico motor SPS del módulo de servicio. El Challenger se alejó mientras ambas naves sobrevolaban el lugar de alunizaje una órbita antes del descenso. Cernan y Schmitt se prepararon para el momento más crítico de la misión: el descenso hasta la superficie. Los astronautas conectaron sus trajes al arnés de cables que los mantendría en posición vertical durante la maniobra. En el Apolo, uno viajaba hasta la superficie de la Luna de pie. Poco antes del encendido del motor principal, los dos astronautas pudieron sentir como sus botas tocaban el suelo cuando los motores de maniobra hicieron ignición para garantizar que el combustible de los tanques del Challenger estuviese en el fondo de los mismos. Segundos después, el motor principal cobró vida. Suavemente al principio, pero incrementando su empuje poco a poco, frenando su velocidad orbital de 3 km/s. Instantes después, el módulo lunar giró sobre su eje y el radar detectó la superficie lunar. Buenas noticias, porque sin radar la misión debía ser abortada inmediatamente.

El lugar elegido para el alunizaje del Apolo 17 era el valle de Taurus-Littrow, en el sureste del Mare Serenitatis. La selección había tenido lugar antes del lanzamiento del Apolo 16 y, como en el resto de misiones, no había sido un debate sencillo. Algunos científicos, incluyendo Harrison Schmitt, preferían un lugar más espectacular para la última misión Apolo, como por ejemplo el famoso cráter Tycho o el imponente cráter Tsiolkovsky en la cara oculta de la Luna. Pero aterrizar en estas regiones hubiese introducido demasiadas complicaciones en una misión de por sí bastante compleja. Las Colinas de Marius o la Davy Rille habían sido considerados lugares de interés para las primeras misiones Apolo, pero la comunidad científica pensaba ahora que no eran dignos para una misión de Tipo J como el Apolo 17 (las primeras misiones Apolo eran de Tipo H, con objetivos científicos más modestos). Finalmente, los candidatos serían el valle de Taurus-Littrow y los cráteres Gassendi y Alphonsus. Durante algún tiempo Alphonsus parecía ser el ganador, pero finalmente en febrero de 1972 la NASA anunció su intención de enviar el Apolo 17 a Taurus-Littrow. La posibilidad de encontrar evidencias de vulcanismo reciente en la Luna inclinaron la balanza del comité encargado de la selección.

El descenso fue perfecto, aunque el Challenger había comenzado la ignición de frenado un poco más alto de lo planeado. Al igual que en otras misiones Apolo, Cernan y Schmitt descendieron a ciegas, con las ventanillas del módulo lunar apuntando hacia el espacio. Cuando el Challenger estaba a cuatro kilómetros de altura, los dos astronautas pudieron ver las montañas más altas del valle en la parte inferior de sus ventanas. A 2,13 kilómetros de altura el LM se inclinó bruscamente hacia adelante para permitir que el comandante viese el lugar de aterrizaje. Cernan reconoció inmediatamente el valle de Taurus-Littrow y a cien metros de altura tomó el control manual (en realidad, 'semimanual') del Challenger, pilotando la nave hasta la zona más llana que pudo encontrar. Durante esta fase final estuvo ayudado por Schmitt, cuya tarea era 'cantar' los números de altitud y velocidad proporcionados por el radar, así como la cantidad de combustible restante. Y es que en el Apolo, el 'piloto del módulo lunar' no pilotaba realmente el módulo lunar, una tarea reservada para el comandante. A 25 metros de altura, y como estaba previsto, el escape del motor de la etapa de descenso del Challenger comenzó a levantar gran cantidad de regolito lunar, dificultando la visibilidad. Cuando una de las sondas de aterrizaje que se extendían bajo tres de las cuatro patas del LM tocó la superficie, se encendió la luz azul de contacto en la cabina y Cernan apagó el motor de la etapa de descenso. De no hacerlo, se arriesgaba a que las ondas de choque del motor pudiesen rebotar en la superficie y dañar el LM. El Challenger cayó en la débil gravedad lunar desde un metro de altura sin apenas velocidad lateral. Todavía quedaba suficiente combustible para permitirle dos minutos más de vuelo. El lugar de aterrizaje final estaba a 230 metros al este y 60 metros al norte del objetivo inicial. 'Okay, Houston, the Challenger has landed' fueron las escuetas primeras palabras de Cernan sobre la Luna. Eran las 19


La tripulación procedió a prepararse para la primera de las tres salidas de la misión. Se pusieron las mochilas de soporte vital (PLSS) y se colocaron las cubiertas de los cascos y las botas lunares sobre los trajes de presión. Despresurizaron la cabina del módulo una hora más tarde de lo previsto y Cernan comenzó a bajar por la escalerilla tras agacharse y abrir la escotilla del Challenger. Salir del LM del Apolo se asemejaba más a un parto que a un paseo espacial. 'Al pisar la superficie de Taurus-Littrow, me gustaría dedicar el primer paso del Apolo 17 a todos aquellos que lo han hecho posible', dijo Cernan al poner sus botas sobre la Luna por primera vez. Schmitt se le unió poco después y una de las primeras tareas que llevaron a cabo fue desplegar el rover lunar LRV-3 (Lunar Roving Vehicle), una maniobra que apenas les llevó quince minutos. Cernan condujo el pequeño coche unos metros y se aseguró de que las cuatro ruedas maniobraban correctamente. Posteriormente, colocaron la bandera estadounidense. Una enorme Tierra azul destacaba en el cielo lunar a baja altura sobre el horizonte. Las anteriores misiones Apolo habían alunizado más cerca del disco lunar, por lo que la Tierra aparecía mucho más alta en el cielo. Mientras se movía en las cercanías del LM, Cernan golpeó sin querer el guardabarros de la rueda trasera derecha del rover, un incidente que ya le había ocurrido a John Young durante el Apolo 16. Cernan realizó una reparación improvisada con cinta de celo y los dos astronautas se dedicaron a desplegar los distintos instrumentos del ALSEP (Apollo Lunar Science Experiment Package). El conjunto de instrumentos, alimentados por un generador de radiosótopos SNAP-27 con plutonio-239, sería instalado a unos 185 metros del LM. Los dos astronautas taladraron varios agujeros en el regolito lunar para extraer muestras del suelo y para instalar el instrumento de flujo de calor, uno de los más problemáticos en anteriores misiones. Lamentablemente, el guardabarros dañ ado provocó un verdadero baño de regolito para los dos hombres. Tras 7 horas y 12 minutos y después de haber recorrido 3,5 kilómetros con el rover, los astronautas volvieron al interior del Challenger.

Moverse en el apretado interior del LM era toda una odisea, incluso después de presurizar la cabina y quitarse los trajes. De acuerdo con la experiencia de anteriores misiones Apolo, los dos astronautas se movieron lentamente dentro de la nave, intentando no tropezar con los equipos del módulo. A pesar de haberse cepillado los trajes mutuamente antes de entrar, las escafandras estaban tiznadas por culpa del regolito lunar y un fuerte olor a pólvora impregnaba la cabina. Los trajes estaban bañados en sudor, así que los colgaron de las paredes del módulo e hicieron circular aire frío dentro de los mismos usando los umbilicales. Como resultado, el interior del LM parecía estar ocupado por cuatro tripulantes en vez de dos. Tras conversar con Houston y comer un poco, pusieron las cubiertas en las ventanas del Challenger y se dispusieron a dormir. Para ellos era de 'noche', pero en la Luna el día dura un mes y la superficie de Taurus-Littrow estaba tan iluminada como cuando aterrizaron. Dormir en la Luna era una pequeña odisea. Los astronautas colocaron dos hamacas dentro del reducido espacio del módulo, situadas de forma perpendicular una con respecto a la otra, e intentaron descansar. Al menos no tenían que hacerlo llevando los incómodos trajes de presión como en las primeras misiones Apolo. Lo más extraño era el absoluto silencio que reinaba en el exterior, cortesía de un mundo sin atmósfera.

El astronauta Gordon Fullerton despertó a la tripulación con la Cabalgata de las Valquirias de Wagner. Una manera como cualquier otra de despertarse en la Luna. Los dos hombres volvieron a repetir los procedimientos para salir del LM otra vez. En esta ocasión permanecerían 7 horas y 37 minutos fuera, pero recorrerían una distancia mucho mayor: 20,4 kilómetros. 'No hay ni una nube en el cielo. ¡Excepto en la Tierra!', bromeó Schmitt al pisar la superficie lunar por segunda vez. Durante un segundo, el geólogo se quedó mirando nuestro planeta extrañado. Algo no encajaba. Al final se dio cuenta de lo que pasaba: la Tierra había girado desde la salida del día anterior y no tenía el mismo aspecto. En el inmutable paisaje lunar, nuestro planeta era la única cosa que cambiaba constantemente. Los dos astronautas repararon una vez más el guardabarros del rover, pero en esta ocasión usaron un conjunto de cuatro mapas lunares como sustituto. La sorpresa de la salida fue el encontrar unos misteriosos depósitos de color naranja cerca del cráter Shorty. Los dos hombres se alejaron hasta una distancia máxima de 7370 metros del Challenger, todo un récord en el Apolo. Teóricamente, el rover podría llevarles a una mayor distancia, pero las medidas de seguridad lo prohibían. Si el vehículo se estropeaba, los astronautas tendrían que regresar al LM andando. La tercera y última actividad extravehicular tuvo una duración de 7 horas y 15 minutos, durante las cuales Cernan y Schmitt recorrieron 12,1 kilómetros en el rover. Al final de la caminata, los dos astronautas dedicaron unos minutos antes de subir al Challenger para descubrir una placa conmemorativa situada en la pata delantera del LM. En la placa -que perdurará milenios en el medioambiente lunar carente de erosión- puede leerse: 'aquí el hombre completó sus primeras exploraciones de la Luna. Que el espíritu de paz con el que hemos venido se refleje en las vidas de toda la Humanidad'. Al finalizar la ceremonia, Schmitt subió por la escalerilla y poco después le siguió Cernan, que se convirtió así en el último hombre en pisar la Luna. Cernan, consciente de la importancia del momento, dedicó unas palabras de despedida. Ni Cernan ni Schmitt imaginaban que cuarenta años después seguirían siendo los últimos seres humanos sobre la Luna.

Tras realizar varias tareas mundanas, como echar por la escotilla las mochilas PLSS o las bolsas con orina (que aún siguen allí intactas), continuaron con las preparaciones para el lanzamiento desde la superficie lunar. El despegue de la etapa superior del Challenger fue filmado gracias a la cámara de televisión del rover, aparcado a una distancia adecuada del LM. Desde Houston, Ed Fendell sería el encargado de controlar la cámara para seguir el ascenso del Challenger, una maniobra que debía ser realizada en el momento exacto para compensar el retraso en las comunicaciones por culpa de la distancia de la Luna. Una vez en órbita lunar el fino regolito lunar comenzó a flotar por la cabina del Challenger, y eso que los astronautas habían puesto cuidado en tapar todos los orificios de suelo donde se pudo acumular. El uso de la aspiradora mitigó el problema y para cuando se acoplaron con el América la mayor parte del polvo en suspensión había desaparecido. La tripulación se dedicó a trasladar los más de cien kilogramos de muestras lunares desde el Challenger al América (almacenadas en un maletín de aluminio de 48 x 30 x 20 centímetros). Cuatro horas después de haberse acoplado, separaron la fase de ascenso del Challenger, que terminaría por impactar contra la Luna. La tripulación permaneció un día más en órbita lunar realizando observaciones científicas. Finalmente, el motor del América se encendió y los tres astronautas abandonaron la órbita lunar para siempre. El regreso a casa fue una especie de anticlímax. Lo único que rompió la monotonía fue la actividad extravehicular de Ronald Evans, quien pasó 1 hora y 6 minutos fuera de la nave recogiendo carretes fotográficos y resultados de los distintos experimentos científicos situados en el lateral del módulo de servicio. Un espectacular paseo espacial entre la Tierra y la Luna, con la negrura del espacio como único telón de fondo.

Quince minutos antes de la reentrada en la atmósfera terrestre, la cápsula se separó del módulo se servicio. Un cielo azul radiante saludó a los astronautas mientras descendían hacia el Océano Pacífico el 19 de diciembre de 1972. La cápsula América rompió la superficie del mar a las 19:25 UTC, dando por finalizada la misión Apolo 17. Serían recogidos por los helicópteros del USS Ticonderoga minutos después. Los tres tripulantes estaban en excelentes condiciones, salvo por leves irritaciones en la piel causadas por los biosensores y una vejiga que le salió a Cernan en el labio superior. Cernan y Schmitt habían pasado tres días en la Luna (75 horas), incluyendo 22 horas y 5 minutos sobre la superficie lunar, recorriendo 36 kilómetros con el rover. Los dos astronautas tomaron 2237 fotografías y recogieron 110,4 kg de rocas lunares. Un magnífico broche final para un programa histórico.

Tripulación

La tripulación de la última misión Apolo estaba formada por Eugene A. Cernan (comandante), Ronald E. Evans (piloto del módulo de mando) y Harrison H. Schmitt (piloto del módulo lunar). De los tres solamente Cernan tenía experiencia previa en vuelos espaciales. Y vaya si la tenía. Cernan cumplía a rajatabla con todos los requisitos para ser uno de los mejores astronautas de la NASA. Inteligente, metódico, frío como el acero y trabajador incansable, ya había alcanzado el espacio durante la Gémini 9 y el Apolo 10. En esta última misión abandonó la Tierra para orbitar la Luna, allanando el camino para el histórico vuelo del Apolo 11. No fue una misión fácil. Durante unos segundos estuvo a punto de perder el control del módulo lunar Snoopy mientras sobrevolaba la Luna en compañía de Thomas Stafford. Ahora volvería a la Luna tres años más tarde, esta vez comandando su propia misión, la mayor aspiración de cualquier astronauta.

Imágenes

Véase también


Fuentes