Ernesto Estévez

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Ernesto Estévez
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NombreErnesto Estévez García
Nacimiento1967
La Habana, Bandera de Cuba Cuba
NacionalidadCubana
OcupaciónPintor

Ernesto Estévez García. Fotorreportero y fotógrafo para fines científicos. Pintor autodidacta. Creador independiente.

Sintesis biográfica

Infancia

Nació en La Habana, 1967. Tuvo una infancia feliz y como casi todos los niños. Con sólo ocho años se escapó de su casa para ver el malecón habanero. Gustaba mucho de leer a Julio Verne, Emilio Salgari y Jack London -sus autores preferidos—. Libros como Oros Viejos, con sus llamativas estampas; Mitos y leyendas de la Antigua Grecia y Los conquistadores del fuego, entre muchos otros, sirvieron de inspiración para sus primeros dibujos; abonaron en sus fantasías y sueños infantiles».

Fue temprana su afición a las cámaras fotográficas, porque nació prácticamente en el estudio de su padre, en los laboratorios de fotografía de los Estudios Fílmicos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Siempre estuvo metido en el cuarto oscuro. Le gustaba, sobre todo, aquella magia de ver cómo del papel en blanco salían las imágenes. Le echó a perder a su papá mucho papel por el instinto infantil de, en medio de la oscuridad encender la luz principal.

En la casa cuando su padre llevaba las cámaras el pequeño Ernesto sucumbía ante su encanto: le despertaba mucha curiosidad; quería cogerlas, palparlas, intentaba tirar fotos, trataba de capturar sus propias imágenes. Su mamá era editora también de aquella dependencia de las FAR. Y se reunían los amigos del padre y de la madre para conversar sobre cine, fotografía, todo aquello formó parte de sus ideas.

Hacia 1985, cuando Ernesto tenía unos 18 años, el padre decidió llevarlo a trabajar con él. Hubo un momento de su vida que se descarrió un poco; le gustaba mucho la música rock; deambular con grupos de amigo, entonces su padre, que sabía de su inclinación hacia la fotografía, cargó con él. Comenzó a aprender de manera seria; pasó algunos cursos; buscó literatura... en fin, seprepararó hasta que, ahí mismo, en los Estudios Fílmicos de las FAR, enfrentó su primera evaluación como fotorreportero.

Posteriormente cursó un curso de fotografía con fines de investigación científica y, enrolado en un grupo de jóvenes que practicaban la Espeleología, inició su periplo por cuevas en Matanzas y Pinar del Río. En tiempo de vacaciones se la pasaban hasta 15 o 20 días metidos en el monte, cocinando con leña, pescando en el río, comiendo frutos, casi en régimen de sobrevivencia. Ernesto asumía aquellas excursiones como aventura y pura curiosidad, sin sospechar realmente la connotación y los cambios que traerían a su vida.

Desde el primer viaje quedó fascinado ante ese mundo nuevo para él. A cada paso corrían peligros reales. Era un vínculo fuerte; disfrutó mucho ese ambiente.

Siempre iba con su cámara al hombro, intentando documentarlo todo. Encontró en ese universo una verdadera oportunidad para poner en práctica lo aprendido. Era un verdadero reto, pues lo hacía en condiciones difíciles de luz, pero que, a la vez, le brindaban una oportunidad única. Con trípodes, flash en mano, filtros de colores y uno o dos faroles chinos, le gustaba convertir el mundo de las tinieblas en un mundo de luz y color, salpicando las paredes, columnas, estalactitas y estalagmitas con flashazos de colores».

Lo que en principio era divertimento, se convirtió en algo muy serio, que él califica como una «verdadera experiencia espiritual, pues cambiaron sus conceptos y prioridades; empezó a formarse no sólo en él, sino también en todo el grupo, una conciencia ecologista: querían proteger esos santuarios naturales».

En 1988, en respuesta a una convocatoria del Salón Nacional de Fotografía 26 de Julio, sin muchas expectativas, Ernesto se decidió a participar con un reportaje sobre el mundo de las cuevas y, para sorpresa suya, ganó el primer premio en la Categoría de color. «Sería el primer reconocimiento a su trabajo y definitivamente un gran estímulo para su vida».

Incursión en el mundo de la pintura

En 1990 pintó su primer óleo —que todavía conserva—, con el tema de Charlot, el emblemático personaje de Charles Chaplin. Ya para ese momento era fotógrafo en la Casa Central de las FAR, y había llegado a la pintura motivado por el favorable ambiente para la creación existente en esa institución. Allí conoció a varios artistas, entre ellos al escultor y pintor Leo D’Lázaro, quien impartía un taller y le proporcionó los conocimientos básicos: cómo dominar los soportes del óleo, cómo mezclar los colores, cómo preparar un lienzo…

Pero en lo adelante, de una forma u otra, apareció siempre la naturaleza, lo que él justifica con la huella tan favorable que le dejó la Espeleología. «A través de la pintura, no sólo podía contemplar la naturaleza sino revelarla, darla a conocer desde sus perspectiva y visión, con el deseo que el espectador pudiera experimentar, también las mismas emociones que él sentía cuando estaba parado frente a un paisaje, era algo que no lograba con la fotografía. Con la pintura tuvo la oportunidad de modificar, de hacer más énfasis en uno u otro elemento, quitando o añadiendo lo que él deseaba, manipulando las luces, las brumas y los colores, dándole dramatismo o alegría, según quería».

De esa manera, la fotografía dejó de ser en Ernesto Estévez un fin para convertirse en un medio, en una herramienta necesaria que le permita acumular cientos de imágenes, hacerse de un rico archivo que, a la hora de componer y estructurar un cuadro, le posibilita incrementar elementos en el proceso creativo. Puede traer el paisaje al taller, más allá de las inclemencias del tiempo, la lluvia, el viento, el polvo, el sol abrasante.

Por no tener formación académica alguna, consideró que fue muy duro el proceso de aprendizaje; tanto el ensayo como el error, y, en la práctica, cada pieza se convertió en una verdadera escuela. Tuvieron que pasar diez años desde el momento en que apostó por la pintura, hasta que pudo realizar su primera exposición personal: «Metáforas del paisaje» acogida por la galería La Acacia, en 2002.

La loma del cimarrón (2006). Óleo sobre lienzo (120 x 150)
...me complace más que el mar (2007). Óleo sobre lienzo (120 x 80 cm)
La roca II (2007). Óleo sobre lienzo (100 X 150 cm))

Críticas recibidas

El galerista y crítico de arte Toni Piñera escribió: «Penetrar en los paisajes de Ernesto Estévez resulta una experiencia repleta de bucólicas reminiscencias y familiares impresiones, con las que el creador habanero regala una muestra de su vocación y búsqueda constante. Estos paisajes suyos, cubanos, tropicales, idílicos… son pequeños fragmentos de una monumentalidad de formas y detalles que se presentan en la opacidad y contrastes cromáticos, en la elaboración de los planos y la equilibrada verticalidad en su conjunto».

El crítico Jorge R. Bermúdez sostiene en La bella estrategia del paisaje, un texto que mantiene aún inédito: «Sin escapar de los esquemas que caracterizan al género, el paisajismo de Estévez tiene su sello más personal en los primeros planos de sus composiciones, así como en las atribuciones esteticistas que le concede en los mismos a aquellos valores propiamente cromáticos y dibujísticos, en aras de una atmósfera natural más intimista, donde lo humano no se ve, pero se siente».

Otros opinan que el procedimiento para las luces, es lo que hace distinta su obra. A propósito, en el catálogo a la exposición «Nueve artistas cubanos en Mónaco» de agosto de 2005, el crítico e investigador cubano Rafael Acosta de Arriba refiere: «Cuando Tomás Sánchez vio por primera vez sus cuadros, exclamó: “¡La luz! ¡Es la luz lo que los hace diferentes!” Y por supuesto, ese gran paisajista cubano sabía lo que decía. Ernesto Estévez García dota a sus composiciones de un tratamiento muy particular de la luz y de una mística y una atmósfera que son auténticamente suyas».

Obra paisajista

Fue un sentimiento ecologista —que permanece en él— lo que despertó su preferencia por pintar paisajes. Quisó motivar al espectador para que pudiera también impresionarse, de la misma manera que él, al ver un paisaje. En la mayoría de sus obras se pueden ver brumas densas, que representan a la naturaleza en su estado más puro, virgen y natural.

A Ernesto le hubiera gustado estudiar en una escuela de Arte. Hubo un momento en que hizo el intento: se presentó a un examen de ingreso en San Alejandro, pero no clasificó. Como el fotógrafo que nunca ha dejado de ser, viaja al campo en busca de imágenes, pero lleva una concepción previa de lo que quiere. Después, va extrayendo elementos y componiendo de acuerdo con lo que pretende. Trata de no usar fríamente la fotografía, sino de escudriñar en los elementos con los cuales va a trabajar en el taller; compone esa idea que tiene y quiere expresar a través de su obra. Para lograr, por ejemplo, esas brumas que son tan frecuentes en sus lienzos, se levanta muy temprano y sale en busca de lugares altos hasta encontrarlas.

Su zona preferida son los campos de Pinar del Río, cuna de diversas generaciones de paisajistas cubanos, entre ellos, Tiburcio Lorenzo y Domingo Ramos. Antes, simultaneaba esos recorridos con el territorio matancero, particularmente sus cuevas, para hacer fotografías con fines espeleológicos.

Se quedó como prendido a la zona que es la Sierra de los Órganos. Aunque también va a la del Rosario; prefiere la primera. Siempre ha sido su lugar de expediciones, el escenario donde se mueve.

Esa fruición por la naturaleza tiene un trasfondo espiritual, pues a pesar de haberse criado en un medio ateo, siente que «la Naturaleza no es resultado de la casualidad y, por ese razonamiento, desde muy joven, lleguó a Dios. Un poco trato de expresar esa presencia en todos los elementos que incluye en sus cuadros. Su credo religioso también influyó en su preferencia por el paisaje. A través de su obra pretende dar a conocer la creación divina que está en cada piedra, arroyo, cielo, árbol…».

Para Ernesto, una pieza nunca está acabada. A veces siente dolor porque sabe que debe terminarla, pero tiene permanentemente la sensación de que nunca concluye. Y le pasa con todas, por esa insatisfacción infinita que le hace, incluso, pensar que quizás no llegue, que no pueda entregar más, porque considera que me falta mucho por aprender. Siempre las ve inacabadas, no está conforme.

Ya sea en el gorgotear del agua o tras el vapor de la neblina, el paisajismo de este joven pintor invita a superar lo fotogénico para atisbar lo divino. He aquí su singularidad.

Exposiciones personales

2002. "Metáforas del paisaje". Galería la Acacia. La Habana, Cuba.

Exposiciones colectivas

2001. Salón de paisajes. "Paisajes y paisajistas". Galería La Acacia. La Habana, Cuba.

2000. "Las cocheras del rey". San Lázaro del Escorial. Madrid, España.

2000. "Estilos sin títulos". Centro de Presa Int. La Habana, Cuba.

1999. "Triunfo". Casa Guayasamín. La Habana Vieja, La Habana, Cuba.

1999. Exposición colectiva de la Asociación Canaria de Cuba. La Habana, Cuba.

1998. "Exposición XX Aniversario del taller de 10 de Octubre’". 10 de Octubre, La Habana, Cuba.

1996. "Expoventa". Galería Habana, hotel Nacional de Cuba. La Habana.

1994. II Salón Juan David. La Habana, Cuba.

1993. "Taller de Mariana Grajales, la peña del Trébol". 10 de Octubre, La Habana, Cuba.

1990. "Joven creador". Casa Central de las FAR. La Habana, Cuba.

1998. Salón Nacional de fotografía. "26 de julio’". Unión de periodistas de Cuba. (UPEC). La Habana, Cuba.

1987. "Exposición itinerante". L Salón Nacional de fotografía Joven. Asociación Hermanos Saiz. La Habana, Cuba.

Premios

1987. l Premio de Fotografía en el Concurso Nacional de Periodismo 26 de Julio, Ciudad de la Habana, Cuba.

Fuente

  • Grant, María. Ernesto Estévez. Lo divino tras la neblina, marzo 2011.Disponible en:Opus Habana
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