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Sara Aguilar Torres

Sara Aguilar Torres
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Pianista y profesora de música
NombreSara Aguilar Torres
Nacimiento13 de julio de 1909
Camajuaní, Villa Clara,Bandera de Cuba Cuba
ResidenciaCamajuaní
NacionalidadCubana
Otros nombresSara Aguilar Torres
CiudadaníaCubana
Sara Aguilar Torres. Pianista de la Orquesta Francesa, de don Elías Buxeda. Fundadora del primer grupo femenino en Camajuaní, “El Casiguaya”. Fundadora también de la academia de música “Santa Cecilia”. Más de treinta años enseñando música: es toda su vida. Ahora lee mucho. Lee libros de música, de historia de la música, oye música clásica, algo popular también, y piensa mucho en sus años jóvenes, de sueños, de luchas; en sus buenos y malos momentos. Recuerda a los grandes artistas de su tiempo, a los que acompañó al piano, a los que vio actuar.

Infancia

Sara Aguilar Torres nació en Camajuaní, el 13 de julio de 1909. A los siete años de edad comenzó a estudiar música. Su primer profesor fue Amalio Jiménez. Su papá, Modesto Aguilar, era muy amigo de él; Amalio era sastre, pero también tocaba en la orquesta Armonía y en la Banda de Música del Municipio. En una ocasión su papá le habló de ella. Amalio se brindó para darle clases de lectura musical, sin interesar dinero por ello, y con Amalio comenzó. Por aquellos años había aquí una sola academia de música que era de Elías Buxeda Ojeda, El Neno, como le decían. Su situación económica era muy mala, y su papá en la barbería ganaba apenas para la comida; por mucha vocación que tuviera para la música, a su padre le era imposible pagarle las clases en la academia.

Una de las alegrías grandes de su vida fue el día en que el papá le regaló un pianito de juguete: el pianito sonaba bien, tenía sus notas. Una vez había una visita en la casa y comenzó a tocar el pianito aquel desde el cuarto. Tocaba una canción de moda. Lo hizo tan bien, que la gente aquella se quedó fría. En 1917 la situación económica de su casa mejoró un poco y matriculó en la academia de El Neno. A la misma fue con algunos conocimientos musicales, los que adquirió con Amalio. El Neno le dio clases de piano, y su padre, don Elías Buxeda Pons, le dio clases de lectura musical, teoría y armonía. Además de la academia, ellos tenían allí también su casa de vivienda y un almacén de música. Aparte de las parrandas, por aquellos años se sacaban en este pueblo muy buenas comparsas. Su padre sacó muchas. Ella lo acompañaba siempre en todos estos trajines. Él sacó las comparsas: «Los Lanceros», «El Conde de Luxemburgo», «La Viuda Alegre» y otras, pero estas fueron las mejores. Para sacar una comparsa, primero se seleccionaba la gente, se preparaban los cuadros de bailes y luego, al mismo tiempo, se ensayaba, se confeccionaba el vestuario.

Por ese tiempo cada comparsero costeaba su ropa. El día acordado, la comparsa salía y recorría varias calles del pueblo alumbrada con luces de Bengala. No llevaba conga, ni se bailaba. Eso de la comparsa delante bailando y el grupo musical atrás, fue después. La comparsa alumbrada iba hasta la sede de la sociedad. Su sociedad era La Nueva Era. Cuando la comparsa estaba llegando, la orquesta comenzaba a tocar la música acordada. Entonces, cuando entraban al salón de baile, ejecutaban sus cuadros. Las comparsas antes se sacaban motivadas por temas de operetas y zarzuelas, y se aprovechaba la música de estos géneros para acompañarlas musicalmente.

Pasado musical

Sobre el pasado musical camajuanense, muchas cosas le oyó contar a su padre. Él decía que por los años 90 del siglo XIX existían aquí dos grupos musicales de mucho prestigio en la provincia: uno era la orquesta La Lira, que dirigía Antonio Jiménez Moya, y el otro, La Charanga de Camajuaní, que dirigía Manuel Consuegra López. La Charanga, según él, tocaba jueves y domingos en la plataforma del Fuerte de Tambora, que estaba situado en las esquinas de las calles Industria y Vergara, donde se encuentra la tienda de ropa Las Tres Marías, y que la gente paseaba por esas calles cerca de las nueve de la noche. Le habló de la Banda de Música del Cuerpo de Bomberos del Comercio: que esta tocaba en desfiles y otros tipos de actividades militares. A veces la Banda se dividía en dos piquetes y amenizaba bailes y fiestas familiares. También, en ese tiempo, se llevaban muy buenas comparsas a las sociedades La Nueva Era, Colonia Española, Casino Chino, La Lira y el Liceo.

Pianista de la Orquesta Francesa

En 1927 terminó sus clases de piano y comenzó a tocar en la Orquesta Francesa, de don Elías Buxeda. La orquesta era exclusiva del cine-teatro “Muñiz”. El trabajo consistía en musicalizar películas. En ella don Elías tocaba el violín; Alberto Pérez, la flauta; Joaquín Arenas, la batería; Bernardo Depestre, el bajo; Carmita Orquín, el violín segundo; ella tocaba el piano. Las películas eran silentes. Cuando llegaban al teatro-cine a las 8 de la noche, don Elías ponía en el atril de cada músico un repertorio variado de valses, fox-trots, danzones, sones, danzas, tangos, fragmentos de zarzuelas, operetas, sinfonías, conciertos... Entonces, mientras se preparaban los proyectores y las cintas, se tocaban varias piezas para el público.

La película se iba proyectando y nosotros íbamos musicalizando las escenas. Por ejemplo: a veces en la película se bailaba un vals, y ellos, rápidamente, comenzaban a tocar un vals. Cuando se estrenó El sueño de un vals, que trataba sobre la vida de Strauss, con la película llegaron las partituras. La semana aquella en que comenzó a trabajar en la Orquesta Francesa, pusieron muy buenas películas: El botero del Volga, Mare nostrum y Ana Karenina. En la orquesta le pagaban tres pesos diarios, y cuando se tocaba para alguna compañía de teatro, cinco.

El estar trabajando en el cine-teatro “Muñiz” le dio la oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes artistas de aquellos tiempos, cubanos y extranjeros. Recuerda entre ellos al barítono Adolfo Ferroni, al tenor y la soprano Modesto Cid y María Severini, al niño concertista de seis años Julio Ramos, a la violinista Lady Thais, la soprano Zoila Gálvez, la vedette Blanquita Becerra; los tenores Juan Pulido, Hipólito Lázaro y Mariano Meléndez; al compositor mexicano Lorenzo Barcelata, al cantante de tangos Carlos Spaventa y al trío argentino Irusta-Fugazot-Demare. Pero antes habían estado aquí, yo no había nacido aún, La Bella Chelito, Brindis de Salas y el cuarteto Las Bretonianas.

También acompañó al piano algunas compañías de teatro y a otras las vio actuar. Entre las que acompañó al piano se encuentran las de Arquímides Pous, Bolito-Arango-Moreno, Lupe Rivas, Pilar Arcos, Enrique Arredondo, José Sanabria, Vejar-Arrechavaleta, Cecilia Montalván, Hermanos Torres, María Guerrero, Fe Malumbe, Paco Martínez y Esperanza Iris. También acompañó a los magos Mandrake, Richardine, Fumanchú y Onofroff.

El primer grupo femenino de Camajuaní

En 1929 se oía hablar mucho de un conjunto femenino que había en La Habana llamado Anacaona. Aquello logró en la Isla una especie de fiebre por los grupos femeninos. Aquí, en Camajuaní, el primero fue el suyo: el Casiguaya. Para formar el grupo buscó seis mujeres, porque pensó que era mejor formar un sexteto. Todas tocaban de oído. Las ubicó así: una que le decían Titico tocaba el tres; Alfonsa Casallas, los bongóes; Juanita Montejo, la marímbula; Marta Aguilar, su hermana, las maracas; Blasina Deschapelli era la cantante, y ella tocaba el piano: tocaban sones, boleros, rumbas, guarachas, congas...

También había otros grupos musicales aquí: los septetos de mujeres Caracusey, de Conchita Hernández, y Caunabó, de Hilda González; las orquestas de Benitico de Armas, Los Leiva; los conjuntos Camajuaní, Santiaguito Falcón, Hermanas Marrero...

Por aquellos años eran muchas sus actividades: tocaba en la Orquesta Francesa, estaba al frente del sexteto Casiguaya y tenía una escuelita en su casa, donde daba clases por la mañana a veinte niños. Impartía clases a unos chinos y turcos recién llegados al país, que querían aprender el idioma.

La academia de música “Santa Cecilia”

En 1930, el día 22 de noviembre, fundó la academia de música “Santa Cecilia”. Desde hacía un año en este pueblo no había academia. La única era la de El Neno, y este se había ido para Placetas. El 4 de enero de 1932 conoció al músico remediano Alejandro García Caturla. Era muy amigo del viejo Buxeda y de El Neno, y ese día vino a verlos, pero ninguno de los dos se encontraba en el pueblo. Alejandro y ella se encontraron en el cine-teatro “Muñiz” y hablaron un buen rato; era un hombre muy simpático, muy fino, y no solamente tenía conocimientos musicales, sino también históricos, folclóricos, filosóficos, políticos... Hablaba de todo y hablaba muy bien, con muy buena dicción, con autoridad. Ya por ese tiempo era famoso. Tenía sus Tres danzas cubanas, que ella tocaba, y había musicalizado unos poemas de Nicolás Guillén. Tenía otras cosas más, pero no las conocía. Después sí, después fui conociendo todo lo que él componía, y una de las cosas que más tocó de él, además de las Tres danzas cubanas, es la Berceuse campesina. Eso es lo que más le había gustado de Alejandro. Cuando lo asesinaron, lo sentió mucho.

La Orquesta Rítmica

A principios de 1940 se desintegró el sexteto Casiguaya. Las muchachitas comenzaron a casarse unas, y otras se fueron para La Habana. Solamente se quedó con la academia y, a veces, servía de pianista en cualquiera de los grupos musicales de aquí. Ellos la contrataban y ella iba a tocar.

A fines de 1940 fundó la Orquesta Rítmica. En ella se agrupaban el viejo don Elías, que era el violín primero; Fabio Pérez, violín segundo; Lázaro Rivas tocaba la trompeta, y también Elizardo Hernández. El trombón lo tocaba el Negro Echarte. Los saxofones Ernesto Pérez (Masundo), Rubén Pérez, Mariano Leiva y Juan Antonio Echemendía. Los cantantes fueron Pedro Jiménez (Rosillo), Anacleto Casallas y Manuel Hernández (El Moro). El contrabajo lo tocaba Bernardino Depestre y la batería Joaquín Arenas. Durante cinco o seis años tuvieron la orquesta, con ella fueron a tocar a muchos pueblos y ciudades de esta provincia y de otras.

Toda una vida

Por los años 50 Camajuaní tuvo un renacer musical; de los grupos mencionados con anterioridad no quedaba nada. Fue así cuando surgieron las orquestas Universal, Antillana, Jóvenes del Ritmo, Cuban Boys y los conjuntos Los Momos, Jóvenes Tropicanos, los tríos Los Cubanitos y Tres Toneles. Aparte de una nueva generación de trovadores, esta década también fue muy activa musicalmente para ella. Fue dejando una serie de actividades y se quedó nada más que con la academia. Tenía dos hijos ya grandecitos, y ellos requerían cada día más atención.

La década del 50 se puso un poco dura; se abrieron cuatro nuevas academias: la de Bertalina Rodríguez, la de Consuelo Peñate, la de Fronilde Rodríguez y la de Anita Triana. Entonces, en 1960, liberaron las academias de la incorporación a los conservatorios. Ya los estudiantes de música no tenían que pagar los cinco pesos anuales que pagaban por la matrícula. Continuó trabajando y luego pasó la academia para su casa, dejó el local de la calle “Leoncio Vidal Caro”. En 1968 la pusieron a trabajar como profesora de música en la Secundaria Básica de aquí. Luego, en 1971, se retiró.

En los años que tuvo su academia pasaron por ella unos cuantos cientos de alumnos, y logró graduar cerca de cuatrocientos. Más de treinta años enseñando música: es toda su vida. Ahora lee mucho. Lee libros de música, de historia de la música, oye música clásica, algo popular también, y piensa mucho en sus años jóvenes, de sueños, de luchas; en sus buenos y malos momentos. Recuerda a los grandes artistas de su tiempo, a los que acompañó al piano, a los que vio actuar. Ella siempre está recordando.

Fuente

Batista, René (2002). “Ese palo tiene jutía”. Editorial Capiro, Santa Clara, Villa clara, Cuba.