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Iglesia de Santa Sofía

Iglesia de Santa Sofía
Información sobre la plantilla
Obra Arquitectónica  |  (Iglesia)
Iglesia de santa sofia.jpg
Originalmente fue una antigua basílica patriarcal ortodoxa, posteriormente una mezquita y en tiempos recientes fue habilitada como museo.
Descripción
Tipo:Iglesia
Estilo:Bizantino
Localización:Estambul, Bandera de Turquía Turquía
Uso actual:Museo
Datos de su construcción
Inauguración:360 de nuestra era.
Otros datos
Arquitecto(s):Antemio de Tralles Isidoro de Mileto

Iglesia de Santa Sofía. Es una de las obras cumbre del arte bizantino. Su significado es Divina Sabiduría y está dedicada a la segunda persona de la Santísima Trinidad. Durante casi un siglo fue el centro espiritual del Imperio bizantino, catedral de los patriarcas, escenario de los actos estatales importantes y marco de un esplendoroso ceremonial en el que se manifestaban el poder la dignidad del imperio teocrático.

Historia

La primera iglesia de la Sabiduría Divina, Santa Sofía, fue fundada por Constantino y fue consagrada el año 360, pero se incendió en el 404. Era una basílica con techumbre de madera y había sido concebida de manera ambiciosa, por lo que no es de extrañar que para su dedicación, el emperador hiciese "muchas ofrendas, a saber, vasos de oro y plata de grandes dimensiones y muchas cubiertas para el santo altar tejidas con oro y piedras preciosas, y además varias cortinas doradas para las puertas de la iglesia, y otras de tela de oro para las puertas exteriores", relata el "Chronicon Paschale". De la segunda Santa Sofía, consagrada el año 415, se conserva únicamente parte del pórtico después de ser víctima de la insurrección Nika. La revuelta del año 532 destruyó no sólo la catedral sino también la iglesia de Santa Irene, las termas de Zeuxippo y una parte del Palacio Imperial, ofreciendo a Justiniano la oportunidad que buscaba. Seis semanas más tarde se iniciaron las obras que prosiguieron durante cinco años, once meses y diez días, hasta ser consagrada el 26 de diciembre del año 537.

Desde entonces los elogios no han dejado de prodigarse, habiendo sido considerada unánimemente como paradigma del poderío bizantino, encarnando a la vez la idea imperial y el culto cristiano. El espacio que ocupa en la ciudad, coronando la colina de la primera Bizancio y junto al Palacio Imperial, no hace sino reforzar el significado apuntado. Para la realización de la obra, Justiniano se dirigió a dos arquitectos: el lidio Antemio de Tralles y el jonio Isidoro de Mileto, entendidos en estática y cinética y versados en matemáticas. Era corriente que las realizaciones monumentales fueran firmadas por dos técnicos. En realidad, se acudía, por un lado, a un teórico que establecía el plan sobre el que se iba a regir el edificio y, por otro, a un ingeniero que daría cuerpo a esta idea. Según Procopio, Antemio era el teórico e Isidoro el técnico y de ambos tenemos alguna noticia. Antemio procedía de un ambiente profesional; su padre era médico, como uno de sus hermanos, y según Agatias, debía tener conocimientos de pintura y escultura, lo que reforzaría su autoridad en lo relativo a las decoraciones de sus edificios. Era un experto, sin embargo, en geometría descriptiva.

Isidoro era autor de una edición comentada del segundo libro de Arquímedes, dedicado a la esfera y al cilindro, y de un comentario al tratado de abovedamiento de Herón. Además, había enseñado estereometría en las universidades de Alejandría y Constantinopla. Ambos dominaban unos conocimientos teóricos que podrían aplicarse a la construcción, incluso en el caso de un sistema de abovedamiento tan complicado como el de Santa Sofía. En este sentido, la realización de esta obra puede considerarse como el testamento de las ciencias desarrolladas durante el helenismo y que tiene su canto de cisne con Isidoro el Joven. A partir de aquí, la arquitectura se modificaría profundamente, pasando de las formas calculadas a las estructuras experimentales y realizadas a la estima. La escala de construcción se reduce notablemente y se asiste a una rápida transición que conduce de la Antigüedad a la Edad Media. Santa Sofía vendría a suponer, en consecuencia, la última creación de la arquitectura antigua. Y aunque los conocimientos técnicos explican la edificación de Santa Sofía, el resultado fue tan extraordinario, que no se dejó de incluir la intervención divina. Entre los arquitectos demasiado humanos y un dios demasiado lejano -Dragon-, fue preciso un intermediario: el emperador, iniciador del proyecto y suministrador de los fondos. Este emperador estaba necesariamente inspirado por Dios, que habría comunicado el proyecto a Justiniano por medio de un ángel.

El diseño no tenía antecedentes próximos. Está constituido por elementos corrientes en la época y familiares desde el Bajo Imperio: la planta basilical y la rotonda que, combinados, dieron como resultado un edificio nuevo, asentado sobre la cúpula y su sistema de contrarresto; sistema que contaba con dos semicúpulas dispuestas en el eje longitudinal del espacio, es decir, en el este y en el oeste; semicúpulas que descansan a su vez en dos pequeños nichos dispuestos en diagonal respecto al eje. La solución adoptada era completamente original al rechazar tanto las filas de columnas que separaban las naves de la basílica como las estructuras con deambulatorios concéntricos. Idearon un sistema audaz, capaz de dar una respuesta adecuada a un recinto de grandes dimensiones, un recinto de más de 1.000 metros cuadrados con una cúpula de 31 metros de diámetro y que no se apoya sobre muros sólidos sino que está suspendida en el aire. Es verdad que la del Panteón tiene 44 metros de diámetro, pero la formidable estructura de apoyo está ausente por completo aquí.

El plano de cimentaciones fue llevado a cabo con toda exactitud y todos los elementos principales de apoyo, es decir, los pilares, fueron construidos con piedra que, aunque era caliza, no quedaba sujeta a la contracción y elasticidad del ladrillo con mortero. La estructura exterior, cuya función estática era secundaria, se hizo bastante delgada, pero aún en ella se utilizaron grandes bloques de piedra hasta una altura de unos siete metros. Sobre los pilares principales, que determinan un cuadrado de 44 metros de lado, se tendieron cuatro grandes arcos, los de los lados norte y sur embebidos en los muros laterales de la nave y apenas perceptibles desde el interior, pero fuertemente marcados en el exterior por encima del tejado. Sobre los vértices de los arcos y las cuatro pechinas irregulares que los unen, se alza la cúpula principal, una concha gallonada por cuarenta nervios y cuarenta plementos curvos, reforzada en el exterior mediante cuarenta nervaduras cortas, colocadas a estrechos intervalos y que enmarcan pequeñas ventanas.

Para contener los empujes centrífugos de la cúpula, Antemio e Isidoro adoptaron una solución distinta para el eje este-oeste que para el norte-sur. De este modo, dispusieron delante y detrás de la cúpula central dos semicúpulas del mismo diámetro que la principal y que descansan, a su vez, en dos pequeños nichos, conformando un sistema de contención coherente y eficaz. En el eje transversal la solución es distinta; remite a muros tímpanos horadados que coronan un juego de arcadas apoyadas en columnas en los dos pisos. En el piso bajo, cuatro enormes fustes forman visualmente una especie de velo que define el espacio; en el superior, las seis columnas sostienen el tímpano, produciendo una impresión de notable ligereza. Detrás de estas columnatas, tanto en el lado norte como en el sur, se extienden dos galerías superpuestas, cubiertas con bóvedas de aristas. Allí, dos poderosos pilares sirven para contrarrestar los empujes de la cúpula central. La construcción, en cualquier caso, no estuvo exenta de dificultades y de ellas nos habla Procopio.

Cuando se estaba construyendo el arco principal oriental, pero aún no se había llegado á la clave, los pilares en los que se apoya comenzaron a inclinarse hacia afuera -su inclinación actual es de 0,60 metros-. Los arquitectos expusieron el problema al emperador, quien les sugirió terminar el arco de modo que se mantuviese por sí solo. Los arcos meridional y septentrional, por otro lado, ejercían tanta presión sobre los muros de los tímpanos subyacentes que las columnas empezaron a desconcharse. De nuevo el emperador intervino y ordenó la demolición de los muretes bajo los arcos, hasta que éstos se hubieran secado por completo. Los ejemplos mencionados, ponen de manifiesto cómo el edificio se deformaba a medida que se iba construyendo, de manera que cuando se llegó a la base de la cúpula, el espacio a cubrir se había extendido más de lo planeado. Sin embargo, la cúpula, construida con ladrillos puestos de canto unidos con gruesos lechos de mortero al objeto de conseguir una mayor ligereza, fue terminada finalmente, aunque no duró más de 20 años. Resquebrajada por una serie de terremotos que sacudieron a la capital entre 553 y 557, se hundió definitivamente en el año 558.

Por recomendación de Isidoro el Joven, los arcos meridional y septentrional fueron ensanchados progresivamente por el intradós, desde las impostas hasta la clave, de modo que el espacio central se aproximara más al cuadrado, elevándose la cúpula, el año 563, hasta los 56 metros de alto -desde los 51 originales-. Y aunque fue necesario efectuar algunas reparaciones -por ejemplo, en octubre del año 975, la semicúpula occidental se vino abajo por un terremoto, por lo que hubo de ser restaurada por Basilio II- y algunos añadidos como los minaretes obstaculizan la visión de la curva de la cúpula, el diseño de Isidoro el Joven no fue alterado sensiblemente. El recinto se completaría con un gran atrio al oeste, que daba paso a un exonártex y a un nártex, alcanzando así finalmente una superficie total de más de 10.000 metros cuadrados. El exterior es muy pesado y siempre lo fue, pues estaba sobrecargado de edificios de toda índole, aunque domina la ciudad y los volúmenes se acumulan hasta alcanzar la cúpula. Con esta visión, el visitante accedía al atrio para verse encerrado por pórticos, donde alternaban rítmicamente dos columnas por cada pilar. Sólo después de superar una de las cinco puertas de ingreso, veía la nave revelarse ante él, con su enorme cúpula y sus semicúpulas, empezando entonces a captar el dilatado espacio que en el exterior no era comprensible más que a medias.

Descripción

El templo Santa Sofia, es un edificio de color rojo oscuro con forma de basílica y planta de cruz con 3 altares.Está construida en la colina más alta de la ciudad a finales de siglo V bajo el reinado del Emperador Bizantino Justiniano. En el Siglo XIV la iglesia dio su nombre a la ciudad, que durante la dominación Turca se convirtió en mezquita hasta que en el siglo XIX dos terremotos le causaron grandes destrozos y fue abandonada. Ante la iglesia, durante el siglo XVI, fue quemado el joyero Georgi (proclamado santo, San Georgi Nuevo) y no muy lejos en el año 1873 fue ahorcado el Apóstol de la libertad al que más tarde se le levantaría un monumento. Los trabajos de restauración empezaron después de 1900. En su interior podemos encontrar antiguos frescos con motivos naturales como flores, arboles y pájaros. Al lado del muro de la iglesia se encuentra el monumento del soldado Desconocido y cerca está la tumba del Poeta Nacionalista y escritor Ivan Vazov. Según los científicos, La Iglesia “Santa Sofia”, es una de las obras de valía más relucientes de la arquitectura del Cristianismo Temprano en La Península Balcánica.

Arquitectura

Es el ejemplo más grandioso y paradigmático de la arquitectura bizantina cuyo nombre significa «Santa Sabiduría». Fue mandada edificar por el emperador Justiniano y se construyó en un tiempo récord: entre el 532 y el 537. Hay que señalar que con este emperador el imperio bizantino vivió su primera edad de oro: recobró territorios que habían pertenecido al imperio romano (como Italia), recopiló las leyes (Código de Justiniano) y llevó a cabo un vasto programa constructivo. La celeridad con que se llevó a cabo la construcción de Santa Sofía se debió tanto a la disponibilidad de recursos económicos suficientes, como al sistema constructivo utilizado (ladrillo, entre los materiales) y al empeño personal del basileus (emperador). Al parecer, el propio emperador dormía allí para vigilar la marcha de las obras, y según una leyenda popular un ángel asesoraba al emperador en cuestiones técnicas de construcción. Según la tradición Justiniano dijo al ver terminada la obra: «Salomón, te he vencido», haciendo referencia a la construcción del Templo de Jerusalén por este rey hebreo. Los arquitectos fueron Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, quieres eran a la vez geómetras, matemáticos y científicos. La planta se inscribe en un rectángulo en cuyo centro aparecen cuatro grandes pilares que sostienen a la alta cúpula central sobre cuatro pechinas. En dos lados opuestos de la cúpula central se sitúan una serie de semicúpulas y ábsides, que van descendiendo en altura y que actúan soportando y conduciendo el peso de la central, de forma que se puede prescindir del tambor y crear un espacio interior diáfano y que parece dilatarse. El peso también está aligerado por la utilización de materiales no muy pesados: ladrillo y tejas porosas de Paros. En los otros dos costados se ubican dos tribunas desde donde se puede observar el ceremonial litúrgico. Delante existe un atrio.

La altura de la cúpula central es de 55 metros, logro que supera a los 43,20 metros del Panteón romano y que solo será igualado con la revolución técnica que supuso lar arquitectura gótica seis siglos más tarde. En el interior la decoración es muy lujosa (en contraste con el sobrio exterior y a semejanza de las posteriores construcciones islámicas). Las cuarenta ventanas presentes en la cúpula dotan al interior de una gran luminosidad que contribuye a la sensación de ligereza -de poca pesadez- que percibimos. La decoración a base de mosaicos refuerza esta sensación. La cúpula, por otra parte, tiene un claro simbolismo: representa al cielo, al Universo; mientras que la sala de oración es una imagen de la Tierra. El origen de estas construcciones centralizadas las encontramos en los martyria de Tierra Santa, a los que ya nos hemos referido. A partir de la caída de Constantinopla en poder de los turcos se transformó en mezquita, y gran parte de su decoración musivaria desapareció, añadiéndosele caligrafías árabes en el siglo XIX. Su trascendencia fue enorme y no solo en el oriente cristiano, sino que se extendió a occidente y también a las mezquitas del Oriente Próximo. Así pues la mayoría de las iglesias de la zona cristiana ortodoxa (Rusia, Grecia, Bulgaria, Rumanía) presentan una clara influencia de Santa Sofía con su estructura de planta central y cúpulas entre las que sobresale la central. Otras iglesias con las mismas características y construidas en Constantinopla durante el periodo de Justiniano fueron las de los Santos Sergio y Baco, la de Santa Irene y la de los Santos Apóstoles.

Construcción

El emperador bizantino Constantino, en el año 360, hizo construir en el centro de la ciudad, en el lugar donde hoy en día se encuentra Santa Sofía, una gran iglesia con el nombre de " Megale Ekklesia". Sobre las ruinas de esta construcción de madera, que se quemó completamente durante un incendio el 20 de junio del 404, fue construida una nueva iglesia más grande y resistente entre los años 404-406 por el arquitecto Rufinos y fue inaugurada para el culto el 10 de octubre del 416. El emperador bizantino Teodosio fue el mecenas de esta segunda iglesia, que constaba de tres naves en forma basílica. Este edificio, del que pueden verse todavía los restos de su base, las escaleras y un friso decorado con relieves de ovejas justo delante del museo, fue prácticamente destruido por los opositores del emperador durante la insurrección de Nika (victoria) que empezó en enero del año 532. El emperador Justiniano, que recuperó su trono después de la insurrección de Nika, entre los años 532-537, mandó construir la iglesia que se visita hoy en día.

Características

La iglesia es de planta cuadrada de 79,30 m. x 69,50 m., con una gran cúpula central que mide 31 m de diámetro y 55 m de altura. La cúpula de Santa Sofía es de tal grandiosidad que sólo tiene su antecedente en el panteón de Agripa (Roma). Tiene un gran anillo de ventanas y está apoyada en cuatro pechinas, las cuales a su vez posan sobre cuatro pilares, que al estar en el exterior del edificio parece como si la cúpula se sostuviera en el aire. La cúpula ya mencionada tuvo que ser reconstruida en el año 558, y al ser nuevamente levantada se emplearon trozos de ánfora porosas para que su peso fuera menor. Además se le incorporó un tambor cilíndrico con una serie de ventanas alrededor del gran casquete esférico, que ilumina el interior de la iglesia. En la parte exterior se extiende un gran atrio de cinco pórticos, donde se conservan algunas columnas clásicas constantinianas y un gran recipiente con agua vendita para la purificación de los fieles. Después del atrio hay dos nártex o vestíbulos que mediante nueve puertas nos comunican a la iglesia. Tiene una nave central y dos naves laterales, y un ábside interior semicircular. La diferencia de altura de las naves fue aprovechada para levantar un segundo piso o matronio (gineceo). El espacio esta dividido en dos partes: la naos donde se colocaban los fieles, y la bema o presbítero, para los clérigos. Ambas estancias están separadas por la iconostasis, reja o cancel que cerraban con velos en el momento de la consagración. Próximas al ábside encontramos dos salas: la prótesis, donde se guardaban las especies, y el diacónicon, donde se revestía el sacerdote.

En lo que se refiere al espacio exterior, en esta obra es posible apreciar una construcción sólida y bien definida por sus líneas matrices en donde su detalle no es tan importante como en su interior. En la fachada oeste, se encuentra el atrio y la entrada principal, el cual consta de dos galerías, y posee dos plantas. Es de destacar que todas las aberturas en el exterior poseen arcos de medio punto. La construcción se eleva suavemente hasta entrar en contacto con una bóveda de cañón que ayuda en la descarga del peso de la semicúpula oeste. En la fachada norte y sur, se pueden observar los grandes contrafuertes que ayudan en la descarga de los grandes pesos de las cúpulas. Entre estos contrafuertes se pueden observar ventanales con arcos de medio punto y al igual que en la fachada este, la construcción se eleva bruscamente. En la fachada este se puede observar el espacio que ocupa el ábside. Su mayor característica son las líneas duras, sin mucha expresión, que definen su geometría. En la estructura de Santa Sofía, lo interesante es su ambivalente condición, donde coexisten dos tendencias de clara tradición: por un lado, la tendencia basilical con su sentido dinámico y su ritmo longitudinal, y por otro, la tendencia centralista con el espacio estático de la cúpula. Si la primera predomina, la cúpula no podría tener el énfasis que tiene y quedaría relegada a una función secundaria; si predominara la segunda, el efecto estático sería mayor y en torno a la cúpula el espacio se ordenaría, anulando todo dinamismo y evitando la aparición de un eje longitudinal de simetría.

En Santa Sofía, en cambio, coexiste el eje longitudinal de simetría, de una latente estructura basilical, con el espacio centralizado de la cúpula. Es decir, coexisten, hasta cierto punto, la cúpula del Panteón romano y las naves de una basílica constantiniana. El efecto de reposo y de movimiento se complementan en esta solución bipolar donde la cúpula se alarga en las grandes exedras de los ábsides hasta adquirir una impresión de espacio oval. Las exedras absidiales se expanden a su vez en otras exedras menores que tienen su antecedente en las exedras de San Sergio y San Baco, cuyo origen romano es clarísimo. Sin embargo, en Santa Sofía se ha perdido el orden adintelado que como residuo clásico quedaba en San Sergio para ser sustituido por un sistema más bizantino de columna y arco. El interior presenta un aspecto totalmente contrapuesto a su exterior: amplio, despejado y ligero. Un recinto cupular gigantesco, cuadrado, forma el centro del edificio; sobre cuatro anchas arcadas de pilares flota la cúpula lisa, inmersa en una luz sobrenatural gracias a las cuarenta ventanas que se abren en su arranque. Al este y al oeste su enorme empuje se distribuye sobre medias cúpulas de diámetros iguales (33 m), sustentadas por pilares dispuestos octogonalmente Por la parte del ábside y el atrio se contrarrestan los grandes empujes de las semicúpula mediante dos grandes exedras o cuartos de esfera, que a su vez lo están por otras más pequeñas.

En el eje norte – sur, la fuerza es absorbida por cuatro inmensos contrafuertes dispuestos por parejas, con columnas de color verde antiguo, pórfido rojo y mármol blanco. Las formas complicadas de sus recintos y bóvedas ofrecen perspectivas extraordinariamente ricas, la amplitud, la abundancia de luz y la armonía del recinto principal, se contrastan con las tremendas tensiones de los bovedajes y de los verticales pilares. La decoración policroma ayuda en Santa Sofía como en toda la arquitectura bizantina, a desmaterializar el organismo arquitectónico, dándole un sentido de irrealidad y una mágica apariencia que siempre ha dominado a la religiosidad oriental. Estas características ayudan a exaltar lo maravilloso del fenómeno espacial y lumínico. Además con la ingeniosa manera de emplear los recursos constructivos y de ocultar el sistema de contrarrestos, la decoración arquitectónica de revestimiento colabora con la impresión buscada. Esta decoración no recalca las líneas matrices y expresivas de la arquitectura como en Occidente, sino que las diluye en una deslumbrante vibración de superficie que cubre por igual todo el ámbito. En Santa Sofía, como en los demás interiores bizantinos, lo que se trata de provocar en el espectador es la impresión de la presencia de la Divinidad, provocando asombro, y llevándolo por igual hacia el encantamiento y al temor ante la majestad divina.

La decoración de revestimiento era también un legado de Roma, donde las grandes salas termales, una vez llevada a cabo la construcción masiva, se decoraban con mármoles policromos en busca de un acabado que asombre por su lujo y magnificencia, sin otra intención que la de significar la grandeza de una civilización. Esta decoración de revestimiento en Oriente se transforma en un carácter totalmente diferente, dejando de ser espejo de una civilización para convertirse en auxiliar de un culto.Los bizantinos tuvieron la audacia de liberar el mosaico elevándolo de su humilde condición de suelo pisadero a la majestad casi celestial de los ábsides y las cúpulas. La temática alcanzó también la misma elevación en cuanto a rango. Ya no eran simples dibujos geométricos, símbolos y alegorías de la vida cotidiana, sino que se trataba de las escenas más sublimes de la religión, las figuras más monumentales y apocalípticas, fragmentos bíblicos, y relatos hagiográficos. La luz en los interiores bizantinos con su tenebrosidad, con los centenares de lámparas que cuelgan formando una especie de techo centellante, provocaba infinitos reflejos en la superficie colorida de los grandes mosaicos haciéndolos brillar, como si realmente se miraran los ojos de Cristo, de los apóstoles o de los profetas. La iglesia de Santa Sofía constituye la cumbre absoluta de un arte clásico en el que han alcanzado su punto culminante dos corrientes o tradiciones artísticas distintas: de un lado, las tradiciones arquitectónicas y decorativas del arte clásico (helenístico y romano), y de otro, el estilo de los edificios abovedados del arte paleocristiano y del Asia Menor; al mismo tiempo, en el sistema de la distribución de espacio y paredes se establecen las bases de la arquitectura medieval.

Fuentes