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Diablo

Este artículo trata sobre Diablo. Para otros usos de este término, véase Diablo (desambiguación).
Diablo
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Religión o MitologíaTodas
Venerado enEn todo el Mundo

Diablo. En la religión cristiana, es uno de los nombres del principal enemigo de Dios y de Cristo.Algunas corrientes de brujería moderna consideran que la figura del Diablo se ha tomado de la figura del dios pagano de los brujos, asimilada a Satán en los primeros siglos del cristianismo.

Orígenes del diablo según la biblia

En el Nuevo Testamento se explica el origen del Diablo como uno de los ángeles que se hizo malvado (Juan 8:44). Se infiere que es una criatura espiritual de la familia angélica de Dios Según manuscritos antiguos el nombre real de él en el cielo es Luzbel y al llegar al infierno él se cambió el nombre a Lucifer para estar en contra de Dios, a causa del deseo por la adoración que todas las criaturas inteligentes rendían al Creador. Según mitos no canónicos era el ángel que guardaba el trono del Dios, pero por su orgullo de querer convertirse en otro dios fue arrojado del cielo junto a una tercera parte de los ángeles. En ninguna parte de la biblia cristiana se habla sobre el diablo, entiendese Luzbel, todos los demás son demonios excepto Lucifer que es uno de sus hijos, el cual reclamó sus derechos y por eso lo botaron del cielo. Aclaro Luzbel y Yahveh son hermanos gemelos

Sus nombres y representaciones

Los nombres más comunes o conocidos con que se nombra al diablo en la Biblia son: Lucifer,Satanás, Belial, Samael, Damian, "antigua serpiente", "gran dragón", Jaldabaoth, «El dios negro», «el dios de este siglo» y «el padre de la mentira». Es quien crea y dirige a la Bestia (estructura de poder imperial). El número del diablo, considerado la Marca de la Bestia, es el seiscientos sesenta y seis, (666).

La presencia del diablo en el judaísmo

En el Judaísmo no hay un concepto claro acerca de la personificación de éste personaje a diferencia de religiones como el Cristianismo o el Islam. En hebreo, la palabra bíblica ha-satan significa el adversario o el obstáculo, o también "el perseguidor" (reconociendo que Dios es visto como el Juez Último).

En el Libro de Job (Iyov), ha-satán es un título, no un nombre propio, de un ángel gobernado por Dios; él es el jefe perseguidor de la corte divina. En el Judaísmo ha-satán no hace mal, le indica a Dios las malas inclinaciones y acciones de la humanidad. En esencia, ha-satán no tiene poder hasta que los humanos no hagan cosas malas. Después de que Dios señala la piedad de Job, ha-satán le pide autorización para probar la piedad de Job. El hombre justo es afligido con la pérdida de su familia, propiedades, y más tarde, de su salud, mas él sigue siendo fiel a Dios. Como conclusión de éste libro, Dios aparece como un torbellino, explicándoles a los presentes que la justicia divina es inescrutable. En el epílogo, las posesiones de Job son restauradas y el obtiene una segunda familia para "reemplazar" la primera que murió.

En la Torá, Satanás o ha-satan es mencionado varias veces. Un momento importante se presenta en el incidente del becerro de oro. Satanás es el responsable por la inclinación al mal, o yetser harah, de todos los hombres. En la Torá, él es el responsable de que los Hebreos construyeran el ídolo (becerro de oro) mientras Moisés estaba arriba en el Monte Sinaí recibiendo la Torá de parte de Dios. En el Libro de las Crónicas, Satanás incita a David a hacer un censo ilegítimo. De hecho, los Libros de Isaías, Job, Eclesiastés y Deuteronomio, tienen pasajes en los que Dios es mostrado como el creador del bien y del mal en éste mundo.

El infierno de los budistas

Si bien los budistas no reconocen a el diablo como otro ente, hay algunas pinturas del infierno, en la tradición budista, que muestran ciertas similitudes con las del infierno cristiano de la Edad Media y los posmundos dolorosos de muchas otras culturas. Se muestra como un lugar de dolor y tormento intensos, donde se somete a sus víctimas a las torturas más penosas, las cuales son infligidas y presididas por demonios. Todo este mundo está lleno de llamas, por lo que es insoportablemente caliente, aunque abajo hay regiones que alcanzan un frío amargo que produce los peores sufrimientos. El infierno consiste de subplanos, y cada uno se especializa en un tipo particular de sufrimiento adecuado para cierto tipo de acción torpe. En el budismo popular, estos subplanos se describen con frecuencia con lujo de detalle. Hay, por ejemplo, el infierno de la inmundicia, en el que se revuelvan en el lodo los corruptores de inocentes, mientras que son devorados por monstruosos gusanos. Los torturadores y asesinos son atravesados con un pincho para ser asados, y sus intestinos son picoteados por pájaros con picos de acero.

Quizá debemos tener cuidado del literalismo de dichas historias, las que algunas veces no se concretan a nada más que una burda superstición. A pesar de que el budismo nunca ha descendido a la predicción de las llamas del infierno, algunas veces se ha dibujado la imagen en gran detalle. Dicho énfasis puede tener un efecto saludable, haciendo que alguna gente considere las consecuencias de sus acciones más cuidadosamente, sin embargo tan sólo puede inducir sentimientos de culpa y temor irracionales. En tanto que para el budismo la existencia de estados infernales es un hecho evidente e inevitable, nunca usa la imagen para manipular o inducir estados mentales nocivos de lobreguez, pesimismo y desesperación, que afectan a mucha de la gente que ha sido educada bajo la influencia de la Iglesia, donde se enfatiza detalladamente la existencia del infierno, aun entre los más jóvenes. Un sentido moral genuino proviene de la confianza en uno mismo y de la madurez, no del miedo.

No debemos tomar las representaciones tradicionales de una forma demasiado literal. Los rasgos básicos del infierno, son el sufrimiento constante y el dolor inexorable, impuesto por seres furiosos y vengativos. Este tipo de experiencia se puede encontrar incluso en la tierra, hay gente que ve el mundo de esta manera habitualmente. Todos los que se encuentran a su alrededor parecen estar tratando de hacerles una mala pasada y se sienten constantemente amenazados. Su motivación primaria es la de eliminar o evadir esta amenaza, y están en un estado de enemistad, ya sea abierta o cubierta, con casi todas las personas que conocen. Sufren agonías de inseguridad y sienten el dolor y la humillación de todo agravio, leve o imaginado. Ven este tormento como si les fuese impuesto por sus enemigos, quienes, ellos sienten, están tratando de menospreciarlos constantemente. En muchos casos, debido a la forma en que se comportan con otros, llevan a la existencia los enemigos que, inicialmente, eran tan sólo imaginarios. Dichas personas están dominadas por las raíces del estado mental del odio y ven al mundo entero a través del velo de sus sentimientos proyectados. Viven en un infierno terrenal y hacen un lugar de tormento para sí mismos en cada situación en la que se encuentran. El infierno no es más que el mismo estado mental que se manifiesta en todos sus dolorosos detalles después de la muerte.

A pesar de que las representaciones budistas tradicionales del infierno guardan un cercano parecido con aquellas del cristianismo, el concepto del infierno difiere de su equivalente cristiano en dos aspectos importantes. El infierno no es un castigo y su duración no es infinita. Cada mundo es la objetivización de la propia mente del individuo, de acuerdo con el funcionamiento natural del principio del karma; nadie juzga y nadie condena.

El ímpetu que hemos establecido determinará el tipo de mundo en el que renaceremos. El budismo no cuenta con una concepción de un ser creador o juez divino -esto se considera parte de nuestras propias proyecciones, con respecto a nuestras esperanzas y temores, que se encuentran basadas en nuestra necesidad por una figura paterna alentadora, que organice al cosmos-. El universo está hecho de procesos que contienen las leyes que gobiernan su funcionamiento propio. El principio del karma es la ley inherente en la conciencia individualizada y determina los efectos de las voliciones propias que experimentará.

Todo proceso es impermanente, y un estado particular continúa tan sólo en tanto que las condiciones que lo han traído se encuentren presentes. Las voliciones basadas en el odio llevan la experiencia del infierno a su existencia. Cuando han sido agotadas o contrarrestadas por voliciones perspicaces, entonces dejaremos el infierno y apareceremos en algún otro estado que se ajuste a nuestra nueva configuración kármica. Permaneceremos en el estado de tormento por tanto tiempo y como hayan energías kármicas sin descargar que nos mantengan allí. La tradición sostiene que una vida en el infierno puede extenderse al cabo de muchos eones... quizás esto corresponde con la bien conocida experiencia del tiempo corriendo lentamente cuando nos encontramos sufriendo.

Diferencias entre judaísmo, cristianismo e islamismo, sobre la creencia de Lucifer, Satan o Iblís.

La visión que tienen las tres religiones monoteístas de Lucifer varía tremendamente. Mientras que para los judíos Lucifer, Satán y Belcebú son tres entidades diferentes, Satanás es un miembro de la Corte Celestial que ejerce como Procurador o Fiscal del Cielo, que asesora a Dios como una especie de acusador y Belcebú un horrible demonio. Los cristianos ven en Lucifer, Belcebú y Satán a la misma entidad; un ser demoniaco, malvado, el Ángel Rebelde que inició una revolución contra Dios en aras de derrotarlo y no someterse a su voluntad; solo que con diferentes nombres, pero una misma entidad. Para los cristianos, el Diablo es la personificación de toda la maldad del Universo, el origen de todo mal. En el Islam, el Diablo (Iblís) es sencillamente un djinn o genio malévolo, un espíritu de fuego, pero no un ángel pues los ángeles son incapaces de rebelarse según el Corán. Incluso el nieto de Iblís se convirtió al Islam según un hadice.

Fuentes