El aguijón del diablo (libro)
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El aguijón del diablo. Ricardo Alcántara aborda en “El aguijón del diablo” el delicado tema de las drogas.
Sinopsis
Fernando se quedó allí un buen rato, hasta que se le hizo tan tarde que no tuvo más remedio que salir disparado hacia su casa. Así que asomó la nariz, Joaquina le pidió que se acercara y con voz cansada le contó lo que había sucedido. Fernando la escuchó sin abrir la boca, desviando la mirada. Se sentía tan desconsolado que no fue capaz de hacer ningún comentario. Sentado junto a su madre, miró a través de la ventana. Y así, con la mirada perdida entre los nubarrones que parsimoniosamente se deslizaban por el cielo, la oyó decir: —Tenemos que ir a buscarlo. Fernando giró la cabeza y la miró a los ojos. Luego, bajó la mirada. No sabía qué hacer. Él jamás delataría a Gustavo, a pesar de todo, estaría siempre de su lado. —Es por su bien, ¿lo entiendes? -insistió Joaquina, tratando de convencerlo. Fernando continuó mudo. Sabía que su madre no lo engañaba, mas no estaba seguro de que a Gustavo le hiciera gracia que la llevara hasta él. Se rascó la cabeza y luego se pasó la mano por la nariz como si estuviera constipado y no llevara pañuelo. Incapaz de mirarla a la cara, observaba fijamente sus rodillas. —Gustavo es demasiado joven para andar vagando por la calle. ¿Qué será de él si no lo ayudamos? -se lamentó Joaquina. Su madre lo presionó de tal modo que al final consiguió romper la resistencia de Fernando. Al cabo de un momento, aunque bastante reticente, el muchacho respondió: —No sé dónde puede estar. —Pero seguramente conoces a sus amigos, o sabes si sale con alguna chica. —Sí, con Maite. —¿Dónde vive? —No lo sé -admitió Fernando, remiso. —¿Estudia con Gustavo? —Ya no. Trabaja de dependienta en una tienda del centro. Fernando no recordaba en qué calle quedaba la tienda, pero sabía cómo llegar hasta allí. Entonces, aunque sin estar completamente convencido de que aquello era lo correcto, acompañó a su madre. Mas, al llegar a la esquina de la tienda, se paró en seco. Él no quería entrar. Se sentía fatal sólo de pensar que Gustavo podría acusarlo de chivato. Apuntó con un dedo, y después dijo: —Es aquélla, la que está pintada de verde. Bien le hubiese gustado a Joaquina contar con la compañía de Fernando. Es para no tener que bajar a comprar con esta facha, ¿entendés? —Pasa. —¡Oh, qué bien huele! ¿Qué estás haciendo? —Canelones. —¡Qué ingeniosa, che! Me parece muy ocurrente celebrar el domingo en medio de la semana. O festejar las navidades en mayo o en julio, siempre y cuando te hagan algún regalito, ¿no te parece? —Yo... —Pero, ¿qué te pasa? No sé..., ¡te noto muy desanimada! —No, nada... —El que nada no se ahoga, querida, y a vos te pasa algo. Desembuchá que soy toda oreja. Joaquina aspiró hondo. Dudaba. Pensaba que desahogándose con Martha quizá conseguiría un poco de alivio, y que hablar del asunto tal vez la ayudase a ver las cosas más claras. Pero... “No, la ropa sucia se lava en casa”, se dijo finalmente, desviando la mirada. —Vamos, mujer, no te hagas de rogar -insistió Martha-. Acaso no sabés que con la boca cerrada no se llega a ninguna parte. En mí podés confiar, soy una tumba. —No ha pasado nada. Es lo de siempre, los problemas de cada día, las discusiones con los hijos... —Los hijos, siempre los hijos. Te preocupas demasiado por ellos -dijo sentándose en una silla de la cocina. “¿Cómo no voy a hacerlo, si son la cosa más importante de mi vida?”, se preguntó Joaquina azorada. —¿Querés que te haga una confidencia? Creo que me alegro de no haberlos tenido. Y no es que me guste estar sola... Pero los hijos son un quebradero de cabeza. Te lo digo yo, ¡que también fui hija! —Siempre tienes una broma a punto. —¿Sabés por qué? Porque cuando hablo demasiado en serio siento unas cosquillitas aquí, en el estómago. ¡Y son de feas! Más feas que un susto a medianoche. En aquel momento se abrió la puerta. Joaquina se giró rápidamente. Confiaba en que fuera Gustavo que venía a comer. Pero no, era Fernando que volvía del instituto. —Hola -le dijo y, sin quererlo, en su rostro apareció un cierto desencanto. A Fernando no se le pasó por alto y, aunque de buena gana hubiese preguntado qué sucedía, no soltó palabra. Era muy tímido y reservado, difícilmente se animaba a pronunciar el sinfín de preguntas que acudían a su cabeza. Dejó la mochila sobre la mesa y respondió un tanto cohibido: —Hola. Martha se incorporó casi de un salto y, llevándose las manos a la cabeza, exclamó: —¡Es tardísimo! Hoy tengo que entregar un vestido y todavía me falta coserle el ruedo. Querida, dame los huevos, ¿querés? Mañana, sin falta, te los devuelvo. Poco después, cuando se disponía a marcharse toda apresurada, con los huevos en la mano, se encaró con Fernando y le dijo: —A ver si se portan bien ustedes dos y no hacen rezongar a la mamá. La pobre no gana para disgustos. ¡Adiós! Fernando sintió un escalofrío y se le puso la piel de gallina. “¿Ya lo habrán descubierto?”, se preguntó con el corazón en vilo. “¡Menudo follón se organizará si saben algo! Papá es capaz de zurrar a Gustavo hasta dejarlo morado.” Y en su afán de averiguar algo se dirigió a la cocina. —Mamá, ¿puedo ayudarte? -le preguntó a media voz. Joaquina no lo había oído acercarse y se sobresaltó tanto que estuvo a punto de dejar caer la jarra que tenía en las manos. Era evidente que estaba echa un saco de nervios. Haciendo lo imposible por serenarse, respondió: —Pon la mesa. Apoyada contra el fregadero lo siguió con la mirada y, aunque no tenía por costumbre compararlos, no pudo menos que reconocer: “Son tan diferentes. Fernando, tan dócil, apocado, de pocas palabras... Es el que más se parece a mí. En cambio Gustavo es un calco de su padre. Vaya carácter. Y a medida que crece está cada vez peor. Ya no sé qué voy a hacer con él”. —Mamá, ¿cuántos platos pongo? —Tu padre no vendrá. Fernando calló, indeciso, aunque por fin se atrevió a preguntar: —¿Y Gustavo? —No lo sé, fue a estudiar con unos compañeros -mintió ella-.Pónselo por si acaso se presenta a comer. Pero Gustavo no apareció, ni siquiera llamó para avisar que no iría. Una vez terminada la comida, Fernando regresó al instituto. Y Joaquina, cosa que no era habitual en ella, sin ánimos de meterse en la cocina a lavar los platos, se sentó —Pero, ché, tenés que hablar con él en seguida. ¿No ves que mañana puede ser demasiado tarde? Y tenés que decírselo al padre.No se lo podés ocultar. —Sí, eso haré -murmuró Joaquina mientras se incorporaba. Y, luego de despedirse, se marcharon. Durante el camino de regreso, Martha tampoco dejó de hablar.Pero entonces Joaquina no la escuchaba, tal era su desconcierto y tan grande su desazón. Y al llegar al rellano, se apresuró a despedirse: —Gracias por acompañarme.¡Adiós! —No tenés nada que agradecerme: hoy por vos y mañana por mí -aclaró Martha; entonces cada una entró en su casa. Martha corrió a prepararse la mascarilla y, cuando se la hubo aplicado, se tumbó en el sofá. Mientras tanto, Joaquina aguardaba con impaciencia a que llegara Gustavo. Estaba decidida a coger el toro por los cuernos antes de que fuera demasiado tarde.Hablaría con su hijo cara a cara y le sacaría la verdad. Pero Gustavo no aparecía y ella sentía que los nervios se la comían viva. Fernando apareció a la hora de costumbre. Aún lucía las mejillas encendidas y una gran sonrisa le iluminaba la cara: ¡es que ya no era suplente en el equipo de fútbol, acababan de nombrarlo titular! Y eso que aún no había cumplido los dieciséis años. Durante el camino había planeado que, nada más entrar en casa, soltaría a los cuatro vientos la buena noticia. Pero, al verlo, sin darle tiempo a abrir la boca, Joaquina se abalanzó sobre él. Incapaz de controlar sus palabras ni su tono de voz, empezó a increparlo: —¿Se puede saber por qué no me entregaste las notas que te dieron en el instituto? Tú sabías que Gustavo no iba a clase, ¿por qué no me lo has dicho?Fernando bajó la cabeza. Sabía que tarde o temprano ese día llegaría y se había hecho firme propósito de mantener la boca cerrada. Jamás delataría a su hermano. Se lo había prometido y estaba decidido a cumplir su palabra. Habían estado siempre muy unidos y ahora no lo dejaría en la estacada. Con lo mal que lo estaba pasando, sólo le faltaba que también él le fallase.En vista de que de nada servía insistir, Joaquina le ordenó que se fuera a su habitación. Como tenía por costumbre, Fernando obedeció sin rechistar. Entonces, sentado sobre la cama con las piernas encogidas, esperó, preguntándose cómo acabaría todo aquello. Pero esperar de brazos cruzados se le hacía tan insufrible, Fernando se quedó allí un buen rato, hasta que se le hizo tan tarde que no tuvo más remedio que salir disparado hacia su casa. Así que asomó la nariz, Joaquina le pidió que se acercara y con voz cansada le contó lo que había sucedido. Fernando la escuchó sin abrir la boca, desviando la mirada. Se sentía tan desconsolado que no fue capaz de hacer ningún comentario. Sentado junto a su madre, miró a través de la ventana.Y así, con la mirada perdida entre los nubarrones que parsimoniosamente se deslizaban por el cielo, la oyó decir: —Tenemos que ir a buscarlo. Fernando giró la cabeza y la miró a los ojos. Luego, bajó la mirada. No sabía qué hacer. Él jamás delataría a Gustavo, a pesar de todo, estaría siempre de su lado. —Es por su bien, ¿lo entiendes? -insistió Joaquina, tratando de convencerlo. Fernando continuó mudo. Sabía que su madre no lo engañaba, mas no estaba seguro de que a Gustavo le hiciera gracia que la llevara hasta él. Se rascó la cabeza y luego se pasó la mano por la nariz como si estuviera constipado y no llevara pañuelo. Incapaz de mirarla a la cara, observaba fijamente sus rodillas. —Gustavo es demasiado joven para andar vagando por la calle.¿Qué será de él si no lo ayudamos? -se lamentó Joaquina. Su madre lo presionó de tal modo que al final consiguió romper la resistencia de Fernando. Al cabo de un momento, aunque bastante reticente, el muchacho respondió: —No sé dónde puede estar. —Pero seguramente conoces a sus amigos, o sabes si sale con alguna chica. —Sí, con Maite. —¿Dónde vive? —No lo sé -admitió Fernando, remiso. —¿Estudia con Gustavo? —Ya no. Trabaja de dependienta en una tienda del centro.Fernando no recordaba en qué calle quedaba la tienda, pero sabía cómo llegar hasta allí. Entonces, aunque sin estar completamente convencido de que aquello era lo correcto, acompañó a su madre.Mas, al llegar a la esquina de la tienda, se paró en seco. Él no quería entrar. Se sentía fatal sólo de pensar que Gustavo podría acusarlo de chivato. Apuntó con un dedo, y después dijo: —Es aquélla, la que está pintada de verde. Bien le hubiese gustado a Joaquina contar con la compañía de Fernando.
Datos del autor
Ricardo Alcántara Sgarbi (Montevideo, 24 de noviembre de 1946) es un escritor uruguayo, residente en Barcelona, España. A los 17 años viajó a São Paulo a estudiar psicología porque en la universidad en que estudiaba había cerrado. Trabajó de artesano, cocinero y en una guardería. La editorial La Galera fue la primera en publicar sus libros. En 1979 ganó el premio Serra d'Or que por primera vez era otorgado a un libro no escrito en catalán. Después de este premio, ha sido galardonado en diversos certámenes literarios. Es una muestra la obtención del Premio Austral Infantil de 1987 por Un cabello azul. En 1987 obtuvo el premio Lazarillo con Un cuento grande como una casa. En 1990 obtuvo el premio Apel•les Mestres con Carne y uña. Ha figurado en la Lista de Honor del Banco del Libro en Venezuela y del CCEI en España. También fue seleccionado para la Antología del Cuento Español (Universidad de Nebraska, EUA). La novela ¿Quién quiere a los viejos? ha sido seleccionada para la exposición The White Ravens 1997, que organiza anualmente la Biblioteca Internacional de Múnich. Reside en el Ensanche de Barcelona.
Otros libros del autor
- Un cuento grande como una casa
- ¿Quién quiere a los viejos?
- ¿Quién dice no a las drogas?
- Así se hicieron amigos
- Óscar tiene frío
- Tomás el lápiz mágico
- El pirata valiente
- ¿Quién ayuda en casa?
- El secreto de Óscar
- !Huy, que miedo!
- Óscar ya no se enfada
- Mishiyu
- Cuenta estrellas
- Los tres deseos
- Olor a mamá
- Aventura en la playa
- Tomás y la goma mágica
- La Pata Paca
- Tento y el diente
- ¿Quién recoge las cacas del perro?
- Tomás y las tijeras mágicas
- La máquina de los sueños
- Las ilusiones del mago
- Un regalo fantástico
- Tomás y las palabras mágicas
- El muro de la piedra
- Los vestidos de Pancheta
- El hijo del viento
- Anah y el silencio de la selva
- El joven guerrero
- El enfado de Candela
- Tulinet, las siete vidas del gato
- Nasario
- Ui, quina por
- Tento y el mar
- El tiempo dirá
- Tento y sus juguetes

